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La primera plantación
Ilustración: Cristóbal Fortúnez

Estamos en la costa mediterránea de la península Ibérica, hace unos 3.000 años, en plena edad del bronce. Aún no existe España, ni siquiera ha comenzado la romanización. No hay regiones ni comunidades autónomas. La población es escasa, concentrada principalmente en los valles fértiles, donde desarrollan una agricultura todavía muy básica, que se completa con la ganadería, la caza y la recolección de alimentos silvestres.

Nuestro protagonista se llama Tai, y es un pastor de cabras. Su rebaño lo forman un centenar de animales, aunque él siempre dice que tiene “diez veces dos manos”, que es como cuentan en su poblado, una pequeña comunidad de unas cuarenta familias, alrededor de doscientas personas asentadas a orillas del río. Allí viven sus padres, su mujer y dos hijos que le quedan vivos, pues los otros dos murieron a los pocos meses de nacer; el chamán le explicó que los dioses no habían entrado en sus corazones y por eso su alma se apagó como un fuego que no se alimenta. Ru y Lat, un niño y una niña, son su mayor orgullo y alegría, aunque Tai sabe que no debe encariñarse mucho con ellos, aún son pequeños y los dioses son caprichosos. Muchos niños mueren cada año. En el “poblado de los dormidos”, que es el nombre que le dan al cementerio, entierran cada año muchos más niños que viejos.

Estamos en la costa mediterránea de la península Ibérica, hace unos 3.000 años, en plena edad del bronce

Tai aún no es mayor, ha visto morir el sol “dos veces dos manos” y ha ayudado a llamarlo de vuelta al mundo de los vivos al menos “tres manos”. Los ancianos dicen que en invierno, cuando los días son más cortos y el sol casi no tiene fuerza para subir en el cielo, el sol se muere y las plegarias y los cantos de las personas son necesarios para que vuelva a nacer, por eso todos los miembros de la tribu que han visto morir el sol al menos “una mano” deben ayunar y cantar durante los tres días en que el sol se está muriendo. Durante esos rituales nadie come nada y solo beben cerveza, “agua de granos”, la llaman, y vino o “agua de uvas”. Los hombres y mujeres se juntan en la cabaña del humo y cantan al sol y la luna mientras colocan plantas mágicas en piedras planas que sitúan sobre las brasas. Una de estas plantas es el cannabis, aunque nadie lo llama así. Para Tai y sus compañeros es maconia, que podríamos traducir como ‘planta toda buena’, pues todas sus partes son útiles. Usan las semillas para alimentarse, la fibra para hacer cuerdas, telas y esteras, y las flores para la magia y el dolor. La maconia también se usa en las noches de luna nueva, cuando el chamán narra las historias del principio del mundo y todos los miembros del poblado, salvo los niños más pequeños, respiran los vapores que desprende la planta mágica.

La vida de Tai no es fácil: en invierno vive en el pueblo y cada día lleva a pastar a las cabras por los alrededores. Su rebaño no es el único, y la competencia por los pastos es muy grande. A menudo debe caminar durante horas hasta encontrar hierba, pero cuando llega el verano la tarea se vuelve imposible en las tierras bajas y debe trasladarse a las montañas con el rebaño durante varios meses, en los que permanece solo, acompañado tan solo por sus perros y alejado de los hombres. En los meses de calor se alimenta de los animales que caza, los frutos que recolecta y una pequeña parte de la leche de las cabras que ordeña, aunque la mayoría la dedica a hacer quesos salados que conserva en una cueva para el invierno.

En su trashumancia hacia las montañas a final de primavera, Tai atraviesa muchos valles y en varios lugares siembra cannabis. Son extensiones pequeñas de terreno fértil, casi siempre en el suelo arenoso junto a un meandro del río o en las riveras más angostas de los riachuelos que descienden de las montañas.

Tai deja que las cabras devoren toda la vegetación y abonen el terreno con su estiércol antes de trasladarlas a otro prado, luego regresa y siembra las semillas de maconia que separó con cuidado el año anterior y que ha conservado durante el invierno en una vasija de barro bien tapada y protegida de la lluvia, las ratas y los pájaros. Usa un palo para hacer un pequeño agujero en el terrero blanco y coloca una o dos semillas en su interior antes de taparlo con un poco de tierra. Ahí acaba su labor agrícola. Tai se marcha con su rebaño y no regresa hasta que las lluvias de otoño hacen rebrotar los pastos en las tierras bajas y él puede llevar de vuelta el rebaño al poblado.

La maconia no siempre les ayudó a hacer renacer al sol. Las historias sobre el origen del mundo, esas que los ancianos repiten por las noches junto al fuego, hablan de que fueron los hombres del mar quienes la trajeron en sus barcos. Desde entonces, cada año los tres pastores del poblado se encargan de cultivarla cuando marchan a los pastos de la montaña. Siguen las indicaciones del chamán, que insiste mucho en que no deben plantar las semillas a menos de dos días de camino desde el poblado y nunca deben contar a nadie dónde lo hacen. Las plantas de maconia de los pastores son las únicas que se usan en los ritos del sol y de la luna y con los enfermos a punto de morir, pues han crecido gracias a los cuidados de los dioses, que las han regado por medio de la lluvia, y por eso son las adecuadas para los asuntos divinos. En cambio, las plantaciones que hay cerca del poblado las cuidan los hombres y se destinan a las necesidades de los hombres, principalmente a la elaboración de cuerdas y tejidos, aunque también se aprovechan las semillas pero nunca las flores.

La primera plantación
Ilustración: Cristóbal Fortúnez

Cuando baja de las montañas, las plantas de maconia están listas para ser cortadas. Si los dioses están contentos con el poblado, la cosecha será abundante y en el invierno los enfermos no sufrirán y las historias del chaman serán visibles para todos. Cuando los dioses se sienten furiosos con los hombres y las mujeres, se olvidan de cuidar la maconia de los pastores y no traen la lluvia o dejan que los animales la devoren. Esos años son muy difíciles y el poblado lo pasa mal. Por eso el chamán se preocupa de no enfadarlos.

Este año, cuando bajaba de las montañas, Tai estaba muy preocupado. En tres lugares donde había plantado semillas no encontró ninguna planta, como si hubiesen desaparecido. Era un terrible augurio. Muy enfadados debían estar los dioses para no haber dejado nada. Sin maconia podía ser imposible hacer renacer al sol y sería el fin del poblado. Solo le quedaba un lugar donde mirar, el más cercano al poblado, ya cerca de las tierras bajas. Era un claro que quedaba en el interior de una curva del río, protegido por altas cañas que llegaban hasta el agua. Todos los años cortaba allí las plantas más grandes, la mejor maconia. Este año era su última oportunidad.

En un prado cercano dejó al rebaño pastando al cuidado de los perros y se encaminó hacia la plantación. Tal y como el chamán le había enseñado, Tai iba recitando en voz baja las canciones mágicas que avisarían de su presencia a los dioses que cuidaban de la maconia y les permitirían desaparecer. Los humanos no debían ver a los dioses salvo cuando estos decidían mostrase o se convertirían en piedra, le había advertido el chamán. Estaba ya muy cerca del lugar cuando le pareció oír un ruido, ¿serán los dioses al marcharse? Asustado, cerró enseguida los ojos para no verlos si pasaban junto a él y aguzó el oído. Eran voces lo que oía, no eran dioses. Se acercó muy despacio y observó oculto tras un arbusto. Entonces los vio. Dos hombres que no conocía estaban sentados en el suelo junto a un fuego donde calentaban una gran losa de piedra cubierta con brasas. No eran del poblado, debían venir del otro lado de la montaña, Tai sabía que allí había otros poblados. Estaban arrancando los cogollos de una planta de maconia que habían cortado, una de las plantas de Tai:

–Mañana cortaremos todas las plantas y nos las llevaremos. El chamán estará contento con nosotros.

–No las hemos plantado nosotros: si las robamos puede que los dioses nos castiguen.

–Los dioses nos han bendecido permitiéndonos encontrar esta maconia. Si no quisieran que nos las lleváramos, no la habríamos encontrado.

Al cabo de un rato apartaron las brasas y cenizas de la piedra y pusieron sobre ella dos puñados de cogollos, que empezaron a desprender vapor casi inmediatamente. Los hombres se situaron junto a la piedra y se cubrieron completamente con una gran manta, de modo que los vapores no escaparan. Tai no sabía qué hacer, ellos eran dos y él estaba solo, pero el futuro del poblado dependía de la maconia. Esperó.

Unas horas después los dos hombres dormían profundamente, uno al lado del otro. Habían aspirado tanta maconia que Tai se acercó sin miedo de que se despertaran. Cantaba a los dioses como hacía siempre que estaba con las plantas. Vio con alivio que aquellos hombres solo habían cortado y profanado una. El resto seguía intacto.

Sin parar de cantar, Tai comprobó que la gran losa donde vaporizaron los cogollos ya estaba suficientemente fría como para cogerla y con gran esfuerzo la levantó sobre su cabeza y la dejó caer sobre las de ambos hombres.

A la mañana siguiente cortó las plantas, hizo un gran hatillo con ellas y se las cargó a la espalda. Dos días después llegó al poblado. Ru y Lat vinieron corriendo a recibirle; habían crecido mucho a lo largo del verano mientras él estaba en las montañas. Tai se sentía orgulloso, gracias a él el invierno sería bueno y el sol renacería de nuevo.

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