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La primera vez
Ilustración: Cristóbal Fortúnez

Cada mañana, Quique va a casa de Julia y juntos cuidan su planta de marihuana. Preparan una regadera mezclando agua del grifo con agua de lluvia que tienen guardada en un bidón, le añaden un tapón del abono orgánico con guano que compraron en el súper y riegan a Shiva, pues ese es el nombre que le han puesto.

1.

– ¿Ya te vas?, pero si acabas de desayunar.

– Es que he quedado.

– Cada día lo mismo, duermes hasta las doce y en cuanto te despiertas desayunas y desapareces. ¿Te has creído que esto es un hotel?

– Un hotel de lujo, con lo bien que cocinas y lo bueno que está todo.

– Mira que eres zalamero, anda, pásalo bien.

– Te quiero, mamá, hasta luego.

Quique tiene quince años, es moreno, alto, flaco y desgarbado, como si brazos y piernas le hubiesen crecido demasiado aprisa. No hay ni una nube en el cielo y el sol de agosto recalienta el asfalto pero camina deprisa, impaciente por llegar a su destino. Al otro lado del pueblo, en una casa adosada con jardín, vive Julia. Su adorada Julia.

Julia tiene dieciséis, el pelo castaño muy corto y unos enormes ojos de color canela. Va a un curso más que Quique, y este año empieza el bachillerato. Hasta hace nada era más alta que él, pero desde que dio el último estirón, Quique le saca casi una cabeza.

Rosa, la madre de Julia, fuma porros desde la adolescencia. Hace tiempo que dejó atrás otras sustancias más peligrosas, pero el cannabis siempre ha seguido a su lado. Cada tarde, cuando vuelve del trabajo, se lía un porro y se sienta a fumar en el jardín. Su hija lo ha visto desde siempre y apenas le prestaba atención, pero Quique se fijó enseguida. El chaval no tiene problema en decir las cosas directamente, y un día que salió el tema del cannabis, le preguntó si les dejaría probar.

– Yo os podría dar maría; me estaría saltando la ley, ya que los dos sois menores de edad, aunque no se tendría por qué enterar nadie y, en realidad, no creo que sea más grave que dejar que os bebáis una cerveza... Pero sería demasiado fácil, no aprenderíais nada.

– Entonces, ¿qué tenemos que hacer, buscar un camello? Sabes que lo encontraremos.

– No me cabe duda, nunca ha sido difícil encontrar droga. Pero si queréis seguir mi consejo, plantadla primero y probadla después, cuando cosechéis. Yo os dejo tener una planta en el jardín.

El jardín es muy discreto y está a salvo de miradas curiosas. La valla que rodea la casa impide la visión a los pocos peatones que pueden pasar por la calle. Solo desde la casa contigua se puede ver el jardín, y en ella vive Felipe, un simpático jubilado que también cultiva: cada año pone una docena de plantas intercaladas entre las tomateras. Cuando Rosa le contó lo que habían hablado, Felipe le regaló a la joven pareja un esqueje de una variedad de la India que, aseguró, les iba a llevar al espacio sideral.

Trasplantaron el esqueje a un macetón de cerámica azul que encontraron tirado junto a los contenedores de basura y decidieron reciclar. Es tan pesado que tienen que moverlo entre los dos, pero el viento no puede tumbar la planta ni los días de más viento.

Cada mañana, Quique va a casa de Julia y juntos cuidan su planta de marihuana. Preparan una regadera mezclando agua del grifo con agua de lluvia que tienen guardada en un bidón, le añaden un tapón del abono orgánico con guano que compraron en el súper y riegan a Shiva, pues ese es el nombre que le han puesto. La costumbre que tienen algunos cultivadores, sobre todo, los principiantes, de darles nombre a las plantas es muy curiosa. Nadie le pone nombre a los tomates del súper, sin embargo, cuando se cuida y se convive con una planta se percibe con claridad que es un ser vivo independiente y que, como tal, se merece tener nombre propio. Puede parecer raro, pero es similar a lo que sucede con las mascotas, casi nadie llama “perro” a su propio perro.

Planta de marihuana Shiva
Ilustración: Cristóbal Fortúnez

2.

A lo largo del verano, Quique y Julia han hablado mucho de cómo será la primera vez que... fumen. Han entrado en varios foros de cultivadores y han aprendido un montón sobre plantas y drogas. Conocen las numerosas ventajas del autocultivo: el consumidor no tiene que recurrir al mercado negro, controla completamente el proceso de producción y, por tanto, puede asegurarse de que no se utilicen insecticidas y otros pesticidas tóxicos durante el cultivo. Desde un punto de vista más educativo y espiritual, Rosa cree que es positivo que el efecto psicoactivo del cannabis sea una especie de premio a todo el trabajo y la dedicación puestos en el cultivo. Rosa les ha prometido que cuando Shiva esté cosechada y seca, les dejará probarla. También les ha advertido que ella guardará la cosecha y se la racionará, pero que les dejará seguir consumiendo si esa es su decisión.

No sé si es buena o mala idea, pero es el camino que Rosa ha decidido emprender para educar a su hija y, de paso, a su amigo, de una manera diferente a como lo hicieron sus padres con ella. De su infancia y adolescencia no tiene un mal recuerdo, sus padres eran buenas personas, la querían y se preocupaban por ella, pero nunca hablaron de ciertos temas como las drogas o el sexo; actuaban como si esos asuntos no existieran, no fueran con ellos o no formaran parte de los conocimientos que unos padres deben transmitir a sus hijos. Como tantos otros, ella tuvo que aprender por su cuenta y tuvo varios tropezones, ninguno muy grave, pero sí lo suficiente como para decidir ocuparse personalmente de que Julia estuviese mejor informada. Desde pequeña decidió no evitar ningún tema y contestar siempre sus preguntas con la verdad. En algunas ocasiones esa política educativa le había traído algún problema, como cuando Julia a los seis años les contó a sus compañeros de clase que los regalos de Navidad los compraban los padres y no Papa Noel, pero, en general, había resultado positiva. Julia era una buena persona, equilibrada, divertida y segura de sí misma. Ambas tenían una buena relación, que en el último verano se había extendido a Quique. Al igual que de las drogas, también había hablado abiertamente con Julia de sexo, no solo de anticonceptivos sino de lo bueno y divertido que es. Hasta había dejado una caja de condones en el cajón de la cómoda, “por si acaso...”.

3.

Pese a ser novatos, tuvieron suerte. El tiempo fue bastante seco durante todo el mes de septiembre y, cuando llegaron las tormentas a principios de octubre, se ocuparon de mover la planta y ponerla a cubierto cada vez que iba a llover. El diez de octubre cosecharon la planta, emplearon toda la tarde en manicurarla con mucho cuidado y colgaron las ramas en el garaje. Un delicioso e intensísimo aroma impregnaba el ambiente. Diez días después, el secado había concluido. La cosecha fue fantástica, una caja grande de galletas llena de cogollos densos y resinosos.

La primera vez Rosa quiso estar presente para guiarlos, además, ya tendrían ocasiones de sobra de fumar a solas. La fecha elegida para el “estreno” invitaron a Felipe y se sentaron los cuatro en el jardín. Puso un buen disco y zumos y galletas en el centro de la mesa, por si les entraba hambre o les subía demasiado. Rosa había hablado con Felipe de qué método de consumo era el más recomendable. Como ni Julia ni Quique fumaban tabaco primero pensó en usar una pipa o, incluso, un bong, pero al final se acabó decidiendo por el porro por dos motivos: el primero, la tradición, al fin y al cabo es como siempre hemos fumado aquí; el segundo, por compartir. Una de las cosas más bonitas del mundo cannábico es la faceta social y colectiva; entre un grupo de fumetas es impensable no compartir el porro con quien no tiene. Lías un canuto, fumas y lo pasas, así funciona.

Rosa sacó la caja de galletas y escogió un cogollo. Quique quiso encargarse de liar el porro, pero tras varios intentos y cuatro papeles rotos consintió en que se ocupara Felipe. En unos minutos el pensionista fumeta lió un canuto perfecto, con boquilla de cartón y ligera forma de trompeta.

– Quien lo rula, lo peta. –Felipe acercó la llama y con una larga calada encendió el canuto y se lo pasó a la joven.

Julia recibió el porro con gesto inexperto e inhaló el humo con cautela. Tosió un poco pero dio una segunda calada con más confianza. Quique, incapaz de esperar a que se lo pasase, tomó el cigarrillo de las manos de su amiga y se lo llevó a los labios. Sería por impaciencia, o por ese afán de parecer más machitos que tienen a veces los varones, pero Quique no calculó bien la cantidad de humo que inhalaba. Rosa se dio perfecta cuenta al ver cómo se alargaba la calada. En el preciso instante en que el canuto se separó de su boca, un profundo espasmo sacudió sus pulmones y su cerebro comprendió que se había pasado. El ataque de tos fue inmediato, Quique se puso muy rojo y parecía que fuera a echar los pulmones por la boca. Rosa y Felipe se reían. Cuando se le pasó la tos y levantó la vista tenía los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa boba en la cara.

Aquel día no necesitaron más. Diez minutos después, Julia y Quique se partían de risa con cualquier tontería, luego cambió la canción y sintieron la música como nunca antes, después se quedaron absortos en sus pensamientos... Fue sencillo, suficiente, fantástico.

Dos semanas después repitieron y fumaron cuatro o cinco caladas cada uno. Casi demasiado, se pasaron la tarde tirados en el sofá sin ánimo de moverse. Luego aprendieron a regular para obtener el efecto deseado. Los dos han seguido consumiendo cannabis desde entonces, ninguno a diario, más bien esporádicamente. No se esconden. Quique decidió hablar con sus padres y se lo contó; esperaba cierto rechazo, pero ellos le confesaron que también fumaron cuando eran jóvenes.

Las recomendaciones de los adultos no sirven de mucho, los jóvenes están hartos de recibir órdenes y consejos. La sinceridad y el ejemplo, por otra parte, les resultan mucho más exóticos y estimulantes.

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