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El viejo de la montaña

Primera parte

El viejo de la montaña

Los chavales que le visitan para comprarle hierba le llaman el Viejo de la Montaña por el pelo largo, la barba blanca y el hachís tan bueno que tiene. En realidad, pese a las canas, Sam apenas acaba de cumplir sesenta años y lo que vende es marihuana, aunque siempre tiene algo de hachís casero para su consumo, que no duda en compartir con sus jóvenes clientes. En otro tiempo, Sam fue un abanderado del cultivo más vanguardista y tecnológico, pero acabó volviendo a los orígenes, y hoy en día cultiva como hace siglos.

Hace quince años que le conocí y ya entonces llevaba más de una década viviendo en el mismo pueblo diminuto de la provincia de Huesca donde sigue a día de hoy. Este recóndito lugar, de cuyo nombre no voy a acordarme, señor inspector, no es en el fondo tan distinto del pequeño pueblo agrícola de Idaho donde nació, y en el que solo había paletos, vacas y patatas, o al menos así lo veía él de adolescente. Para su gran alegría, la familia se mudó a San Diego cuando él tenía diecisiete años, y se encontró, de pronto, viviendo en California, que era el centro del mundo en aquella época. En cuestión de pocos meses conoció la marihuana, el ácido y la fiesta. La hierba se convirtió en su compañera inseparable. Se la compraba a un compañero de clase mexicano y siempre era marihuana de exterior importada del país vecino y llena de semillas.

El padre de Sam tenía un pequeño huerto en el jardín de casa, y Sam le ayudaba a cuidar las verduras. Una primavera se le ocurrió sembrar en un rincón algunas de las semillas que encontraba en la hierba mexicana, y germinaron en pocos días. En dos semanas tenían varios pares de hojas y crecían con rapidez. La alegría no le duró mucho, en cuanto su padre vio aquello, arrancó las plantas inmediatamente y le hizo prometer a Sam que no volvería a acercarse a las drogas. Esto se lo dijo muy serio, mientras se bebía una cerveza. Hay que decir que la propaganda anticannabis era terrible en aquel momento, y su padre no era muy distinto de la mayoría de los padres. Como tantos otros chicos, Sam no le hizo ningún caso. Siguió fumando y empezó a cultivar en el terreno de una antigua granja abandonada que estaba cerca de su casa. Su primera cosecha fue gloriosa: aquel octubre recogió dos kilos de marihuana. Estaba llena de semillas y no era muy potente, pero la había cultivado él. Se fumó una pequeña parte pero vendió la mayoría. Con lo que sacó de la primera cosecha compró un viejo Ford de tercera mano y empezó a pensar en el siguiente cultivo. Había estado leyendo manuales y revistas de cultivo como High Times, y estaba preparado para producir su primera cosecha de sinsemilla. La movida hippy de los años sesenta y principios de los setenta había llevado hasta California variedades de cannabis de todo el mundo. Los mochileros y los soldados regresaban a casa trayendo semillas de los mejores cogollos que habían fumado en sus viajes. Además de semillas de cannabis afgano, especialmente hasta que acabó la guerra de Vietnam en 1975 también se podía conseguir hierba tailandesa de altísima potencia, que fue usada por muchos cultivadores en el desarrollo de nuevos híbridos entre variedades índicas y sativas.

Coche

Sam llevó estiércol, preparó el terreno y en primavera sembró más de cincuenta plantas, la mitad de semillas mexicanas y la otra mitad de Skunk #1 y Early Skunk. Estas nuevas variedades prometían mayor potencia, producción y cosecha más temprana que las mexicanas, pero no eran fáciles de conseguir, ya que siempre se usaban para producir marihuana sinsemilla, que era más potente y se vendía a precio mucho más alto pero no tenía semillas que poder plantar. Las semillas de estas dos variedades las compró por correo a The Seed Bank, un banco de semillas afincando en Ámsterdam que se anunciaba en High Times.

Aquel verano aprendió a separar las plantas macho de las hembras y eliminarlas sin compasión. Sin flores macho no hay polen y todos los cogollos resultan sinsemilla, más potentes y mucho mejor valorados por los fumetas, pues no hay que perder el tiempo quitando los cañamones. Desde agosto casi pasó más tiempo con las plantas que en su casa, en parte para cuidarlas pero también por miedo a que se las robaran y por paranoia ante las continuas redadas de la policía contra los cultivadores.

Con lo que sacó de la primera cosecha compró un viejo Ford de tercera mano y empezó a pensar en el siguiente cultivo

A finales de septiembre tenía treinta plantas hembra de entre dos y tres metros de altura. Las primeras en estar maduras fueron las Early Skunk, mientras que las mexicanas y las Skunk no se pudieron cosechar hasta final de mes. En total, Sam consiguió casi doce kilos de sinsemilla. En dos meses la vendió toda y decidió usar el dinero para trasladarse a vivir a San Francisco, alquilar una casa y montar su primer cultivo de interior. La hierba de interior se estaba poniendo de moda y se vendía a un precio muy alto. Había que hacer la inversión en lámparas y demás, pero era una forma de cultivar muy segura y discreta que permitía realizar varias cosechas al año. La guerra contra las drogas emprendida por el Gobierno americano disparó el precio de la hierba de primera hasta llegar a superar el precio del oro. Sam empezó a cultivar en interior ayudando a Lucas, un gay muy simpático que se lo quería llevar al huerto y que cultivaba la mejor Northern Lights de San Francisco. En pocos meses fue capaz de montar su propio cultivo. Su cultivo no era muy grande, pero le permitía vivir bien sin trabajar demasiado. Sus cuatro lámparas de 1.000 vatios producían unos tres kilos cada tres meses. Más o menos, vendía alrededor de un kilo al mes a un grupo cerrado de unos treinta clientes de confianza. No cogía nuevos clientes porque no le sobraba material, y así no corría riesgos innecesarios.

Cosas de 1989

La vida le sonreía hasta que, como dice Sam, el jodido Bush padre y los cabrones de la DEA lo estropearon todo. El citado presidente le encargó a la agencia antidrogas que pusiera en marcha una gran operación contra el mundo cannábico. A lo largo de la década de los años ochenta había ido aumentando el cultivo de marihuana en Estados Unidos. Si en las décadas anteriores la práctica totalidad de la hierba se importaba de México, Colombia y otros países, para finales de los ochenta la cuarta parte de la marihuana se producía domésticamente. El cultivo en interior con lámparas había permitido la proliferación de miles de pequeños productores por todo el territorio. Por su discreción resultaban muy difíciles de detectar, y a la DEA se le ocurrió vigilar las empresas de productos hidropónicos que se anunciaban en las revistas sobre cannabis como High Times o Sinsemilla Tips.

Sus cuatro lámparas de 1.000 vatios producían unos tres kilos cada tres meses

Durante dos años, un centenar de agentes de paisano visitaron las tiendas interesándose por el cultivo de cannabis; el objetivo era tender una trampa a los propietarios y recopilar pruebas y grabaciones. El 26 de octubre de 1989 pasó a la historia del cannabis como el Jueves Negro en que se consumó la operación. Los agentes se presentaron en una veintena de empresas, detuvieron a más de un centenar de personas y se hicieron con los registros de los pedidos y las direcciones de los clientes. Con ellos, obligaron a UPS a entregar las direcciones de los clientes que habían recibido pedidos de estas tiendas y de The Seed Bank of Holland, el primer banco de semillas de cannabis, que tenía miles de clientes en Estados Unidos. Lo había fundado en Ámsterdam Nevil Schoenmakers, creador entre otras variedades de la mítica variedad Northern Lights #5 x Haze, y quien tuvo que cerrar el negocio y acabó detenido en su Australia natal acusado de narcotráfico. A lo largo de las dos semanas siguientes, los agentes de la DEA detuvieron a 400 cultivadores e incautaron más de 40.000 plantas. Pero la operación continuó y continuó. La DEA investigó a unas 100.000 personas por el solo hecho de haber comprado productos de jardinería, descubrieron un millar de cultivos de interior y llevaron al sector cannábico al completo a la más oscura clandestinidad durante años.

Sam no se enteró de que la DEA había realizado una redada en la tienda donde compraba todo el material de cultivo hasta que fue a buscar unas bombillas y se la encontró cerrada. No le dio mucha importancia en ese momento, pero en los días siguientes empezó a oír rumores de que la policía estaba descubriendo cultivos. Lucas y su novio Peter fueron detenidos un miércoles por la tarde, tras presentarse la policía en su casa con una orden de registro. Sam no se lo pensó dos veces: al día siguiente sacó todo el dinero del banco, cogió el coche y se dirigió hacia el sur. Era el 23 de noviembre, Día de Acción de Gracias, y había muy pocos agentes vigilando la frontera. Una hora después tomaba una cerveza en Tijuana mientras pensaba qué camino tomar. Acabó conduciendo hasta Ciudad de México, vendió el coche y compró un billete de avión a Madrid. Al fin y al cabo, tras doce años viviendo en California había aprendido bastante español.

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