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Las memorias de un yonqui politoxicómano, erudito y lumpen

Entrevista a Eduardo Hidalgo

Memorias de heroína y desamor acaba de llegar a las librerías, una historia autobiográfica y verdadera que narra en primera persona, sin temor ni arrepentimiento, lo que ha ocurrido en las últimas cuatro décadas con la sustancia más mitificada del mercado ilegal. Hablamos con su autor, el sin par Eduardo Hidalgo.

Eduardo Hidalgo Downing (Madrid, 1970) se presenta en primer lugar como “yonqui politoxicómano”. Y aclara a continuación que “renunció forzosamente a la ominitoxicomanía a la tierna edad de 18 años, tras sufrir una psicosis cannábica”. Psicólogo; máster en Drogodependencias; fundador y coordinador durante diez años de Energy Control en Madrid; autor de libros como Heroína (2007), Ketamina (2005) o Hedonismo sostenible (2011); colaborador esporádico en esta revista; padre de familia, hijo fiel; sabio curtido en callejones; fiestero inagotable; personaje impar; alegre y temerario psiconauta… Eduardo Hidalgo es eso y mucho más: una especie en sí misma. 

Su indiferencia a figurar en primera línea ha ido paradójicamente engrandeciendo su figura, rodeándola de un halo de misterio. Frente a la idiotez, el exhibicionismo, la previsibilidad, el cliché y la tontería que reinan en el ecosistema mediático, Hidalgo tiene cosas que decir. Hablar con él sobre drogas es siempre un descubrimiento, y lo digo yo, que llevo diez años dirigiendo esta revista y en contacto con los que más saben de drogas del mundo entero.

Hablo de mí porque, sin ser el primero en pedirle que escriba sus memorias, he sido el más insistente, hasta el punto de ayudarle en su edición. Mi razón no ha sido otra que la curiosidad, el ansia de conocimiento, y la preocupación por que la historia de las drogas esté bien contada. Porque Hidalgo es la voz más autorizada para contarnos lo que ha ocurrido con la heroína en estos últimos cuarenta años, nadie como él aúna un conocimiento de primera mano y una capacidad de análisis tan afinada. Eduardo estuvo allí, sigue allí y acaba de publicar unas memorias inolvidables.

Memorias de heroína y desamor (Autsaider, 2026), de Eduardo Hidalgo, 392 páginas, 21 €.

Memorias de heroína y desamor (Autsaider, 2026), de Eduardo Hidalgo, 392 páginas, 21 €.

Memorias de heroína y desamor (Autsaider, 2026) es una historia verdadera en primera persona sobre la heroína en la que se ríe y se llora a partes iguales, una odisea tan lumpen como erudita que nos arrastra por los bajos fondos del Madrid de las últimas cuatro décadas. Estas memorias prueban que, como decía William Blake, el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría. Aunque Eduardo Hidalgo nunca renuncie al extravío, y menos a cambio de un palacio.

Han pasado cinco años desde la última vez que hablamos en estas páginas. Ahora la excusa es la publicación de Memorias de heroína y desamor, una biografía de los casi 40 años que llevas consumiendo la sustancia proscrita. Ya que el libro es una revisión de tu vida heroica, como resumirías tu relación histórica con el caballo, ¿ha sido un matrimonio feliz? 

Se dice que la heroína es la amante más celosa, la más posesiva, porque acapara para ella toda la atención, el interés y la energía vital. No dudo en modo alguno que para muchas personas haya sido y sea así. No obstante, no es mi caso. Mi relación con la heroína en lo que son ya 38 años de consumo continuado (más o menos intenso y habitual en según que momentos y etapas vitales) ha consistido en un vinculo poliamoroso absolutamente gratificante, placentero (por momentos explosivamente fogoso, otros apaciblemente gozoso), amable, respetuoso y con muy puntuales roces, desencuentros o encontronazos que realmente fueran a mayores. Ha sido mi acompañante durante más de media vida y en ningún momento me ha puesto trabas para que hiciese cualquier cosa que desease. Me ha dado total libertad para relacionarme con todo tipo de personas, de actividades y de sustancias. He consumido y sigo consumiendo decenas de otras drogas, he sacado adelante los estudios y los trabajos que me han interesado y he tenido relaciones sexoafectivas y de amistad como cualquier persona no consumidora. La heroína no me ha impuesto ni supuesto ninguna cortapisa para que me relacionara con nada ni con nadie, lo cual no es algo que pueda afirmar en sentido inverso: las cortapisas que me han sido o que me podrían haber sido impuestas al hacerse publica mi relación con esta sustancia son de tal magnitud que en buena medida me han llevado a callármela y a no airearla más allá de mi círculo inmediato de familia, parejas y amigos. Digamos que he sido más precavido y cauteloso a la hora de hablar de ella en según qué contextos de lo que lo he tenido que ser con cualquier otra cuestión concerniente a mis gustos, aficiones, ocupaciones y entretenimientos.

¿Cómo es consumir heroína después de casi cuatro décadas? ¿Sigue manteniendo su magia o se perdió el misterio?

Para mí es una maravilla. No solo no ha perdido la magia, sino que cuatro décadas después soy muchísimo más consciente de lo estupenda que es, de lo bien que me sienta, de lo mucho que me aporta. Hace lustros me encantaba, me parecía genial. La disfrutaba muchísimo, pero es como si la diera por hecha, como si la diera por sentado, como si fuera otra de las tantas cosas buenas de la vida, sin más. Con los años me he dado cuenta de que para mí no es una cosa más de la vida. No. Es algo excepcional. Para mí es muy especial y debo reconocerle el lugar que se merece. Puedo vivir perfectamente sin ella. Por temporadas la he consumido muy poco y ni me he acordado de ella. Si no la tomo no pasa nada, la vida es genial igualmente. Pero agradezco tanto saber que está ahí, agradezco tanto que esté ahí, me complace tanto poder contar con ella, disponer de ella… y, con el paso del tiempo, me parece asombrosamente más mágica.

Entrevista a Eduardo Hidalgo.

Eduardo Hidalgo en la plaza de Lavapiés, escenario de algunas aventuras recogidas en sus memorias.

“No me preocupa si mis hijos consumen drogas más de lo que me preocupa que conduzcan un coche, de hecho, me preocupa incluso menos lo de las drogas. Aun con todo, si por mí fuera, prefiero que el caballo ni lo toquen, y estaría verdaderamente aterrado si se lo inyectaran. No es algo que quisiera que hicieran. Se lo desaconsejo totalmente”

Ya hace cinco años, en estas páginas, hablamos mucho sobre la heroína sin omitir sus peligros. Hay tanto pánico que me siento obligado a preguntarte de nuevo por las precauciones que se deben tener con ella. ¿Está justificado tanto miedo al jamaro?

Hace cerca de cuarenta años vi a gente muy joven, de poco más de veinte años echar su vida a perder, pasar por situaciones inhumanas y calamitosas o directamente morirse. Hoy lo sigo viendo en mi entorno cercano. No lo he visto a tal extremo y con tantas personas con el uso de otras drogas, aunque también he visto o he tenido conocimiento de hostiones antológicos o de defunciones con alcohol, GHB, cocaína, cannabis… No voy a entrar en estadísticas ni en análisis históricos y sociológicos, voy a ir a mi experiencia directa, que no tiene por qué valerle a nadie más que a mí, pero que me parece que responde de manera honesta a tu pregunta. Tengo dos hijos y les tengo dicho lo siguiente: “Con las drogas yo no os voy a decir lo que tenéis que hacer, si tomarlas o si dejar de tomarlas. Ahora bien, que sepáis que Gary, mi primo por parte de madre, es esquizofrénico y que yo tuve una psicosis provocada por los porros. Es decir, que probablemente tengáis una mayor predisposición a sufrir trastornos mentales si consumís sustancias psicoactivas, por lo que, si las tomáis y empezáis a notar algo raro, mejor que pidáis ayuda pronto y paréis en seco. El resto es vuestra decisión”.

¿Te preocupa entonces que tomen drogas?

No me preocupa si consumen drogas más de lo que me preocupa que conduzcan un coche, de hecho, me preocupa incluso menos lo de las drogas. Aun con todo, si por mí fuera, prefiero que el caballo ni lo toquen, y estaría verdaderamente aterrado si se lo inyectaran. No es algo que quisiera que hicieran. Se lo desaconsejo totalmente. De modo similar, no soy yo de los que va diciéndole a sus colegas lo que tienen que hacer con su vida ni con sus consumos de drogas, sin embargo, a uno de mis amigos íntimos le he dado la paliza durante años para que no toque el jamaro ni la chuta. Y él, que tampoco es de los que aguantan que le vengan con estas historias, me lo ha agradecido en infinidad de ocasiones. Al final ha empezado a consumirlo, aunque reconoce haberlo retrasado años por lo que le decía y afirma tener muy en cuenta varias advertencias que le he dado. Que la suerte le acompañe. Dicho esto, no está de más mencionar que lo del yonqui que no quiere que sus hijos tomen jako no deja de ser lo mismo que lo de los actores, cantantes, artistas varios, conductores de Fórmula Uno, etcétera, que no quieren o que preferirían que sus hijos o hijas no hagan lo mismo que ellos. Los progenitores somos muy protectores. Que cada cual consuma o deje de consumir lo que le venga en gana, pero ahí queda eso dicho, para quien lo quiera entender.

La muerte a caballo

Con el pelo corto y el pelo largo, a Ana, la novia que murió de sobredosis y a quien va dedicado el libro.

Con el pelo corto y el pelo largo, a Ana, la novia que murió de sobredosis y a quien va dedicado el libro.

“La heroína no mata por el hecho de ser ilegal, pero mataría infinitamente menos si fuera legal, del mismo modo que el tabaco, el alcohol, las benzodiacepinas y mil y una actividades humanas matarían muchísimo más si fueran ilegales”

Tus memorias están llenas de aventuras, pero también de desgracias. Muere gente muy cercana y en estas muertes la heroína tiene un protagonismo innegable. ¿Es así o, más que la heroína como veneno, el problema viene por ser una sustancia prohibida?

El alcohol es legal, el tabaco es legal, las benzodiacepinas son legales. Mueren personas por el consumo de unas y otras sustancias. También mueren personas por la práctica de mil y una actividades, sean laborales, deportivas o de entretenimiento. La heroína no mata por el hecho de ser ilegal, pero mataría infinitamente menos si fuera legal, del mismo modo que el tabaco, el alcohol, las benzodiacepinas y mil y una actividades humanas matarían muchísimo más si fueran ilegales. Por otra parte, la heroína también mata a personas que, precisamente, lo que buscan es tener una muerte digna. Los opioides se han usado y se usan de manera habitual en la práctica hospitalaria para poner fin compasivamente a vidas que se han vuelto humanamente insufribles. Benditos sean.

La muerte está muy presente en tus memorias, no tanto como el amor, pero hablas de ella en distintos momentos, tanto de la muerte ajena como de la propia. No sé si más o menos que cualquier mortal, pero, teniendo en cuenta que has sufrido varias sobredosis, que llevas casi cuatro décadas consumiendo heroína y que los consumidores habituales de caballo tienen una esperanza de vida menor que la media, ¿qué piensas tú de la muerte?

La muerte es la estrategia más eficaz que ha ingeniado la naturaleza para la preservación de los seres vivos a lo largo del tiempo. Mantener en buenas condiciones a un organismo durante miles de milenios resulta extremadamente complicado. El uso provoca el desgaste, el deterioro de las partes y del todo. De tal manera que resulta más sencilla la sustitución de un organismo viejo por uno nuevo y aquí es donde entra en juego la reproducción, en nuestro caso la sexual, que asegura la preservación de la especie brindándonos, además, el regalo más maravilloso y placentero de la existencia: las relaciones sexoafectivas, el enamoramiento y el orgasmo. Un incuestionable premio en la dura lucha por la supervivencia que recompensa a quienes, más adelante, avejentados y desgastados, deberán abandonar el campo de juego para que los clones que engendraron alcanzando el éxtasis, cuando estaban en su plenitud, continúen la partida en perfecto estado y en condiciones idóneas. Ley de vida, por lo tanto. Así son las normas del juego y lo suyo es tomárselas con espíritu deportivo. Esto en términos biológicos, evolutivos, porque, si nos adentramos en el terreno de la metafísica, la espiritualidad y la religión, te diría, yo que soy un ateo recalcitrante, que la lección está en la Biblia.

¿En la Biblia?

“La mitificación del caballo es principalmente resultado directo de la prohibición”

Sí, en el Génesis. En el Edén había dos árboles de cuyos frutos no debíamos comer: el Árbol del Bien y del Mal, y el Árbol de la Vida. Comimos del Árbol del Conocimiento y el error fue tan garrafal que fuimos expulsados del paraíso. Comamos del Árbol de la Vida y entraremos en el infierno por la puerta grande. Actualmente hay una auténtica obsesión con la longevidad y un sector de la vanguardia científica busca expresamente las claves de la inmortalidad. Hay quien dice incluso que ya ha nacido la primera persona que vivirá mil años o que, de hecho, será inmortal. Pobrecita, en la qué se ha metido. Al respecto no puedo decir más que el consabido “cuidado con lo que deseas”. Ante la opción de ser mortal o inmortal no albergo la menor duda: yo quiero ser mortal. La vida es maravillosa, no lo niego, pero me temo que la inmortalidad se me haría un poco larga, como que, llegado determinado momento, prefiero retirarme a descansar en mis aposentos en vez de seguir viendo esta interminable película. A quien prefiera quedarse le cedo mi butaca para que deje el abrigo o el cubo de palomitas.

Has estado varias veces a punto de morir, ¿has atisbado algo al otro lado?

A título personal, por mi forma de entender la vida y por mis experiencias con las sobredosis, pienso que tras la muerte no hay nada. Somos seres vivos inconmensurablemente más egocéntricos y narcisistas que todos los demás juntos, pero, en términos cósmicos, igual de relevantes que un geranio o que un escarabajo pelotero. Y cuando a la vecina se le va el santo al cielo con lo de echar agua a las plantas y se le muere el geranio no espera volver a encontrárselo en el más allá. Entiende que no habrá segundas oportunidades, que se acabó, que ya nunca volverá a verlo florecer. Pues por muchos aires que nos demos, creo que para nosotros la cosa funciona igual.

¿Y qué piensas de la muerte propia?

Como decían los romanos, la muerte, la propia muerte, y más concretamente la capacidad para poder provocársela uno mismo, es un don, una ventaja con la que contamos los humanos que, llegado determinado momento y en según qué circunstancias, viene a ser un obsequio divino del que por fortuna podemos hacer uso feliz, digna y cabalmente, o, lo mismo me vale, por pura y dura desesperación. En cuanto a mi propia muerte, la verdad es que no me preocupa lo más mínimo. Si caigo fulminado en este preciso instante me da completamente igual. Me gusta la vida, la he disfrutado y la disfruto plenamente pero tampoco le tengo un especial apego ni quiero aferrarme a ella contra viento y marea. Cuando tenga que venir, que venga. Desde que tengo uso de razón he tenido siempre en la recámara, a veces en primer plano, la alternativa del suicidio, generalmente sin dramatismos ni tormentos, por mil motivos y por ninguno: por hastío, aburrimiento, desinterés, falta de alicientes, agobio, impulsividad, insensatez o como salida digna ante perspectivas funestas. La cuestión es que personalmente me la trae al pairo. Me da mucha pena por mis hijos, por mi familia, por algún colega que pudiera echarme en falta. Prometo que haré todo lo posible por no causar dolor en los demás, pero sabe Dios que el asunto está muy por encima de lo que pueda yo hacer o desear. 

La prohibición y el mito

Entrevista a Eduardo Hidalgo.

De entre las pocas fotos que atesora Hidalgo del pasado donde aparece con compañeros circunstanciales de correrías heroicas.

“El ostracismo que sufre la heroína del arsenal farmacéutico no es debido a su falta de utilidad sino a cuestiones extrasanitarias de índole moral, político e inquisitorial”

Tu libro sirve tanto para mostrar el atractivo del caballo como para entender su carácter maldito. Es difícil escapar de la mitificación de la heroína, tanto en lo bueno como en lo malo, ¿a qué crees que se debe?

Opino que la mitificación es principalmente resultado directo de la prohibición. Al salir de las farmacias y pasar al mercado negro, la diacetilmorfina ve encarecido desproporcionadamente su precio de venta al publico, ello da pie al paso del uso de la vía esnifada a la vía inyectada con el fin de aumentar la rentabilidad de cada dosis, al mismo tiempo que promueve su consumo entre personas marginales, propias del contexto donde se instaura el comercio ilícito, en lugar de entre ciudadanos comunes y corrientes que se abastecen en dispensarios del comercio legal. Sumas uno más uno y te salen dos. Personas socialmente desviadas que, una vez dependientes, incrementan sus actividades delictivas o adscritas a la economía sumergida para sufragarse unos consumos cada vez más costosos, mientras emplean una vía de administración altamente peligrosa y asociada con una elevadísima mortalidad y con problemas de salud de todo tipo relacionados también con la falta de asepsia y con la adulteración, que eran inexistentes cuando la heroína era un producto legal. Peligrosidad y problemas de tal calibre que se infiere que exponerse voluntariamente a ellos solo puede estar justificado por la obtención de unos placeres inconmensurables. A ello le sumamos el discurso social que proclama que quienes toman esta droga se comportan de tal manera y les pasan tales cosas, que se produce lo que se conoce como desviación secundaria: en tanto en cuanto que se espera que si consumo heroína voy a ser un enfermo desalmado que pasa por encima de su propia madre para administrarse una dosis, yo que tomo heroína soy un enfermo y, en consecuencia, me veo abocado a comportarme como un desalmado que pasa por encima de su madre para meterse el próximo chute, y eso es entonces lo que hago. Dos más uno, tres, y tres más seis, nueve: añadimos las crueles dinámicas del narcotráfico, la dispensación de la sustancia en entornos depauperados y por parte de minorías étnicas excluidas socialmente, la inoperancia inicial de los sistemas de salud, el alarmismo y el amarillismo de los medios de comunicación de masas, y tenemos los ingredientes principales para hacer una sopa boba con un aroma perniciosamente irresistible. La dejamos cocer a fuego lento y una vez servida en plato hondo y con cuchara la gastroenteritis que produce se propaga a niveles planetarios. Nota final: 10 cum laude. Un aplauso.

Tratando de ser ecuánime, dejando a un lado la romantización y la maldición, ¿cómo explicarías la importancia de la heroína en el botiquín humano?

¿Cómo explicarías la importancia del placer en la existencia humana? ¿Cómo explicarías la importancia de la eliminación del dolor en la existencia humana? La heroína es un excelente analgésico. La heroína es notablemente placentera para muchas personas.

Hoy que una parte significativa de la población se medica con benzodiacepinas o antidepresivos para poder sobrellevar su vida, ¿crees que, en una sociedad donde no existiera la prohibición de las drogas, la heroína podría cumplir un papel como fármaco en hospitales o recetada por médicos de familia?

Los opioides son los analgésicos por excelencia. Su utilidad médica es incuestionable y varios de ellos se emplean diariamente en los hospitales y en las consultas médicas de todo el mundo. La heroína es tan útil como cualquiera de sus análogos legales, a veces incluso cuenta con un perfil más equilibrado e idóneo, en términos de efectos deseados y efectos secundarios, que otros opioides para tratar según qué enfermedades. En el Reino Unido no ha dejado de ser nunca un fármaco de prescripción médica, a pesar de que su uso es claramente minoritario, en gran medida por los injustificados prejuicios y temores existentes a la hora de recetarla. El ostracismo que sufre la heroína del arsenal farmacéutico no es debido a su falta de utilidad sino a cuestiones extrasanitarias de índole moral, político e inquisitorial.

Entrevista a Eduardo Hidalgo.

“La mitificación del caballo es principalmente resultado directo de la prohibición”, sostiene Eduardo Hidalgo.

Con eso que llaman el renacimiento psicodélico hay mucha reivindicación acerca del uso de estas drogas para una buena salud mental. No niego que en un mundo sobreinformado, precario y confuso los psicodélicos nos pueden ayudar a aceptar la incertidumbre y a relacionarnos en términos menos conflictivos con nosotros mismos, además de ayudarnos a transformar nuestros patrones obsesivos de conducta o a superar adicciones. Me parece bien que se defienda el uso de los psicodélicos, lo que me resulta injusto es que se siga condenando a los opiáceos, como si estos no tuvieran ninguna utilidad saludable. ¿Qué les dirías a los que salvan los psicodélicos pero rechazan los opiáceos y consideran que deberían seguir prohibidos?

Les diría: “Tu quoque, Brute, fili mi?”. Les diría que se vayan a la mierda con sus prohibiciones. Que nos dejen en paz de una vez por todas. Que ya basta. Que ya está bien. Que nadie les ha dado vela en este entierro. Lo siento, pero no voy a perder el tiempo en explicar lo obvio. Que hubieran estado atentos en clase. Que vuelvan en septiembre.

Si nos fijamos en la crisis del fentanilo en Norteamérica, desde un punto de vista adaptativo, habría que reconocer que para millones de personas no es sencillo sobrevivir en un sistema tan agitado y ruidoso sin la posibilidad de desconectar con ayuda de analgésicos potentes. ¿No crees que esto explica en parte la actual crisis de los opioides? ¿Cómo podría arreglarse?

La actual crisis de los opioides se explica por un cúmulo de factores, uno de los cuales es el que apuntas. La solución, desde mi punto de vista, pasa por romper las dinámicas del narcotráfico, que ofrece siempre drogas más potentes y más peligrosas, más caras que su precio lógico de mercado y sin garantías de calidad. Pasa por tomar el control de las sustancias pretendidamente controladas por la legislación internacional: las han declarado ilegales, pero, en términos prácticos, han escapado por completo al control estatal y gubernamental. La solución de la crisis de los opioides pasa por su legalización, por su dispensación sensata y razonable, sin publicidad ni promoción del consumo, por la difusión de información veraz, práctica, útil y enfocada a la reducción de riesgos y daños. Por la inversión en investigación para obtener de estos productos sus efectos deseados y reducir los indeseados. Por la financiación de los programas de tratamiento. Y, claro, en última instancia, por la mejora de las condiciones de vida de las personas, desde lo más básico, como la vivienda, el trabajo y la alimentación, a lo más complejo: la salud mental, la igualdad de clases y la concordia geopolítica.

En cualquier caso, los opiáceos son sustancias delicadas. En esta revista hemos hablado mucho de cómo regular la marihuana, sin embargo, en relación a la heroína nunca sabemos bien cómo debería estar regulado su acceso. ¿Qué harías tú si recibieras el encargo de regular la heroína y los opiáceos?

¿Yo? ¿Que qué haría yo? Pues iría con una furgoneta cargada de kilos de diacetilmorfina de pureza farmacéutica gritando por un megáfono: “¡Caballo, jamaro, jako! ¡A diez euros el pollo! ¡Que me lo quitan de las manos, señora! ¡Burro, heroína! ¡Cosa fina, chiquilla, compra unas micras para el novio y lo tienes suavecito para todo el día, palabra de yonqui!”. Por lo demás, dispensarla en las farmacias como el omeprazol me parecería lo correcto.

El comienzo del renacimiento heroico

Entrevista a Eduardo Hidalgo.

“En cada grano de arena ver un mundo; / en cada flor, un paraíso; / vivir la eternidad en una hora; / sostener en la palma el infinito”, el famoso poema de William Blake puede leerse en la camiseta de Eduardo Hidalgo. Toda una declaración de intenciones en medio del trasiego urbano.

“Por mi forma de entender la vida y por mis experiencias con las sobredosis, pienso que tras la muerte no hay nada. Somos seres vivos inconmensurablemente más egocéntricos y narcisistas que todos los demás juntos, pero, en términos cósmicos, igual de relevantes que un geranio o un escarabajo pelotero”

Eres autor de cinco libros, el último publicado fue Hedonismo sostenible en 2011, ¿por qué has tardado tanto en volver a publicar?

A mí escribir me da una pereza enorme. Hago todo lo posible por evitarlo. Antes me venían a la cabeza ideas de libros que me parecía que estaban bien, que serían buenos, e inmediatamente los descartaba, me decía: “Quita, quita, no te metas en esos líos”. Y al final, automaticé tanto este modo de proceder que hacía mucho que no había vuelto a pensar en escribir nada, hasta que tú me persuadiste hábilmente. Luego, es cierto, una vez que me pongo me lo paso bastante bien, infinitamente mejor que mis lectores, eso seguro.

Al no tener redes sociales te libras de la penosa autopromoción a la que están condenados los escritores de hoy. Querría de todas formas pedirte que me recomendaras tu libro, ¿por qué son importantes estas Memorias de heroína y desamor?

¿Memorias de heroína y desamor? ¡Buah, es superimportante, tío! Vamos, es que es un antes y un después en la literatura heroica, ¡qué digo heroica, universal! Dentro de dos mil y pico años seguirá hablándose del cerco a los poblados del que habla el libro como sigue hoy hablándose de los lotófagos de la Odisea de Homero. Tienes que leerlo, es la piedra angular, el kilómetro cero, el punto de partida, el padre y la madre del renacimiento heroico que está por venir y que comenzará su andadura apenas se publique esta obra de arte sin parangón. No seas tonto y reserva ya tu ejemplar, que de aquí a un tiempo la primera edición va a estar cotizadísima. Míralo como una inversión.

Esta ha sido la autopromoción y la recomendación del libro.

¿Qué se va a encontrar el lector entre sus páginas?

Básicamente una sucesión de batallitas personales de alguien que ha consumido heroína durante muchos años y que no le ha robado la tele a su madre, no tiene el VIH, no ha atracado bancos, no ha estado en la cárcel, ha tenido sus novietas, sus hijos, sus estudios y sus trabajos. Y nunca ha dejado la heroína ni tiene intención alguna de dejar de consumirla, ni se arrepiente de tomarla ni se avergüenza ni ha hecho nada malo a nadie por consumirla. En fin, tal vez, en lugar de explicando lo que se va a encontrar, el lector pueda hacerse una mejor composición de lugar sabiendo lo que no se va a encontrar. Y lo que no se va a encontrar es una novela sobre la heroína que cumple con el guion omnipresente en las obras sobre el tema: paraíso, infierno y purgatorio. El usuario que descubre los placeres desorbitados del caballo para luego sufrir los padecimientos inclementes de la dependencia y del estilo de vida yonqui, para, finalmente, lograr abandonar el habito, romper las cadenas que le atan a esta droga y volver a llevar una existencia feliz y armoniosa como todo hijo de vecino que no tome esta cosa tan degradante. En mis memorias no hay purgatorio, no hay infierno, no hay paraíso. Quien quiera saber más, que se lo lea, que proseguir con esto supone caer de lleno en el espóiler.

¿Qué otros libros sobre heroína recomendarías?

Diario de un drogadicto, de Alisteir Crowley. I Was a Drug Addict, de Leroy Street. Yonqui, de William Burroughs. Diario de un rebelde, de Jim Carroll. La historia de Julián, de Juan F. Gamella. El siglo de la heroína, de Tom Carnwatch e Ian Smith. Como detener el tiempo, de Ann Marlowe. Perdón por las omisiones, me dejaré decenas, estos son los que se me vienen a la cabeza a la primera.

Esta es la primera entrevista que te hacen por Memorias de heroína y desamor, ¿cuál crees que va a ser la pregunta más habitual en las entrevistas que te hagan?

Con el micro abierto probablemente algo del tipo: “¿No crees que con este libro estás incitando al consumo de heroína, frivolizándolo, banalizándolo de manera absolutamente irresponsable?”. Con el micro en off y por lo bajinis: “Disculpa, pero, ¿tú me podrías conseguir algo bueno, de calidad, sin adulterar?”.

Me surge una duda final, ¿tendremos que esperar mucho para un próximo libro?

Mucho, poco, es todo tan relativo. En cualquier caso, lo que si puedo asegurar es que habrá próximo libro, Dios mediante, y que tú lo vas a escribir conmigo.

Así sea.

Una vida mejor

Entrevista a Eduardo Hidalgo.

Hace cinco años, en la revista Cáñamo nº 286 (octubre de 2021), se publicó “A vueltas con la heroína”, una conversación con Eduardo Hidalgo que ahora se ha incluido como epílogo en sus Memorias de heroína y desamor, con el añadido de una última pregunta. En aquella entrevista terminábamos hablando de la posibilidad milagrosa de que la prohibición a las drogas se derogara, y de que la moral que las identifica como demoníacas se olvidase como un mal sueño. La pregunta añadida ahora para el libro, que reproducimos aquí por su interés, dice lo siguiente:

Han pasado cinco años en los que tu vida ha seguido más o menos por los mismos derroteros, con la novedad de que has escrito estas memorias. Antes de poner el punto y final, ¿algo más que añadir?

Siguiendo el hilo de la entrevista, pienso ahora que si el jamaro se despachase en las boticas a un precio asequible como el tabaco, con una calidad estandarizada y sin adulterantes; en un entorno formal, normalizado y libre de estigmas; con acceso a información práctica y fácilmente entendible, este libro –que es, dicho sea de paso, la versión más ñoña y descafeinada del submundo heroico comparada con las millones de historias personales absolutamente brutales y desgarradoras sobre el tema– no se hubiese escrito nunca. Lo que significa que todo lo relacionado con mi uso de caballo habría sido tan distinto que mi vida habría sido otra, y todo me lleva a suponer que además habría sido mejor. Lo que hubiera sido de mi vida, si esta sustancia no hubiese pasado de las manos de los farmacéuticos a las de los narcotraficantes, es en cualquier caso irrelevante al lado de lo diferentes y mejores que serían las vidas de centenares de millones de personas en todo el mundo. Así pues, por el bien de la humanidad, no puedo sino desear fervientemente que se produzca pronto ese milagro al que aludes [la derogación de la prohibición], y que estas memorias sean una de las últimas obras que se escriban sobre esta temática en términos similares a los que han sido redactadas.

Sobre Memorias de heroína y desamor se ha dicho:

“Hay biografías que buscan redención. Esta busca la verdad entre callejones, sobredosis, psiquiátricos y amores torcidos, y la convierte en una extraña y divertida defensa para seguir vivo.”

Fernando Caudevilla, DoctorX

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“Por fin tenemos un nuevo libro de Eduardo Hidalgo. Aunque se ha hecho esperar, como era de esperar, no decepciona y emociona. Cargado de reflexiones de profundidad poliédrica, dotado con el sentido del humor y la distancia irónica que tanto caracterizan al autor y narrado de manera trepidante, su lectura atrapa, interesa, ilustra y, por qué no decirlo, también instruye. Un delirio lúcido, veraz y conmovedor sobre la locura, la cordura, las drogas, la muerte y la vida misma en el que el autor se expone en su más radical desnudez. El (in)genio ha salido de la lámpara en forma de libro.”

 José Carlos Bouso ´

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“Si los dope fiends estadounidenses tenían a William Burroughs y Hunter S. Thompson, nosotros tenemos a Eduardo Hidalgo, ¡que vale por los dos!”

Juan Carlos Usó

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #341

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