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“No podía evitar la historia colonial que hay detrás del nacimiento psicodélico”

Entrevista con Marta Echaves

Entrevista con Marta Echaves. Fotos: Marta Romero

Fotos: Marta Romero

Marta Echaves (Madrid, 1990) viene de la filosofía y la crítica cultural, pero sus líneas de investigación exceden lo que normalmente ocupa a estas disciplinas. Sus producciones a veces salen en forma de textos, otras como performance y otras como comisariado de exposiciones de arte contemporáneo. Lo político es eje de la mayoría de sus trabajos, que exploran, desde lo personal y lo colectivo, la contracultura, los afectos, las drogas y las realidades otras en relación con la muerte, los duelos o lo espectral. Es coordinadora de actividades de la editorial Caja Negra y esta vez su trabajo es un libro sobre la ketamina, Químicas piedades, editado por Cielo Santo, en donde la autora sigue la pista de este poliédrico fármaco, desde su origen militar a sus usos antidepresivos, recalando en la mitología de su síntesis, en experiencias extracorporales, en los saberes ketadélicos y en la contrahistoria clínica y financiera de su medicalización. 

Cubierta de Químicas piedades (Cielo Santo, 2026) de Marta Echaves, 280 páginas, P.V.P: 23 €.

Cubierta de Químicas piedades (Cielo Santo, 2026) de Marta Echaves, 280 páginas, P.V.P: 23 €.

De haber tenido, hubiera utilizado algún estimulante –legal o ilegal– para avanzar en la lectura del libro y preparar bien la entrevista. Pero no tenía. El uso de drogas como herramientas que sostienen los cuerpos para el trabajo en nuestras sociedades capitalistas fue uno de los temas que Marta Echaves abordó en su texto de 2019 Confiad en la piedad química. Ese fue el punto de partida de la investigación que la ha llevado al libro Químicas piedades (Cielo Santo, 2026), un ensayo sobre el uso occidental de sustancias psiquedélicas –y sus prácticas e imaginarios asociados– a través del caso de la ketamina, sustancia aprobada en 2019 como fármaco legal bajo el nombre de Spravato. 

Como no tenía anfetamina, ni tampoco derivados ni sus familiares, el tiempo se me vino encima y el día antes de la entrevista tuve que acabar de leer el libro de madrugada. Pude dormir tan sólo tres horas antes de coger el ordenador y conectarme con la imagen espectral de Marta Echaves en tiempo real para hacer la entrevista, porque da igual el tiempo que pase y los años de práctica, sigo sin poder escapar al atracón de trabajo en los días antes de la presentación, aunque sea un trabajo escogido por gusto. Me perdonarán esta chapa en primera persona: el hombre es un animal de confesión escribió una vez Foucault, y este libro de la Echaves tiene mucho de esto. De Foucault porque examina la historia en base a sus prácticas sociales, con especial atención a los discursos, las tecnologías y los poderes que los manejan, sus mutaciones y apropiaciones. Y de confesión, porque utiliza el formato de cartas en las que la autora o un alter-ego o persona no definida, escribe de forma bastante personal a autores que han influido en su investigación, o a los que ha querido invocar para darles un lugar en su recorrido y dialogar con sus propuestas teóricas: Sadie Plant, McKenzie Wark, Paul Preciado, Sayak Valencia, Marcia Moore, Evgeny Krupitsky. Vivos o no, conocidas en persona por Echaves, o sólo leídas. Aparecen, aunque sin carta dedicada, otros como Mark Fisher, del que Marta también se sirve para su propuesta. 

En realidad, las cartas son sólo uno de los formatos que la autora usa para el libro, en el que se intercalan todo tipo de materiales, desde relatos en primera y segunda persona (el de un enfermero que administra ketamina por primera vez, el de un paciente deprimido, el de un ratón de laboratorio) hasta el esquema de una línea cronológica, un capítulo con dos textos que transcurren paralelos y otros tipos de ficciones. Aún con todo esto, lo que más abundan son los capítulos de desarrollo de ideas al estilo del ensayo, sin que pueda llamarse clásico: textos en los que siembra y cultiva varias líneas de investigación muy fecundas, pero sobrefertilizadas de conceptos contemporáneos y poco barbechadas. La autora juega a definir su narración como “una fábula”, lo que le da la libertad para entrelazar una historia de la ketamina con los ingredientes de la crítica cultural, los relatos y las texturas poéticas, científicas, religiosas, químicas o filosóficas que más le apetece convocar.

Frente a la pantalla líquida, con tres horas de sueño y una conexión que glichea el vídeo y el audio cada cierto tiempo, sin más estimulantes que el café mezclado con leche y sin más alucinación que la de una mente de neurotransmisores más o menos estables bajo una situación de privación de sueño, hablo con Marta.

“La sustancia me sirve para hablar de la historia y de las políticas del siglo XX, de las formas de biopoder, de micropoder o de las expresiones culturales” 

En el libro explicas que para ti hablar de drogas era un compromiso político urgente por la posibilidad de que la mercantilización de los psicodélicos por parte de las farmacéuticas pueda acabar capturando los usos contraculturales y de experimentación política que han tenido estas sustancias. ¿Qué propones para confrontar ese proceso?

Lo que cada uno pueda hacer, con las herramientas que tenga y en el lugar en que está. En mi caso es comunicar esa preocupación, divulgar lo que está sucediendo. Intentar desentrañar las operaciones que hay detrás de los grandes titulares y las operaciones de marketing de la industria farmacéutica y Silicon Valley. Me interesaba poner en evidencia esta orquestación para el público general, porque, muchas de las cosas que digo, la gente que está metida en el ámbito de los psicodélicos las tiene claras desde hace muchísimos años. Yo no soy alguien que venga de la cultura psiconáutica o terapéutica, ni que tenga una trayectoria en prevención de daños. Lo hago desde mi propio lugar, mi forma de aproximarme es cultural e histórica, desde un marco cercano a los estudios culturales o la economía política, y eso me permite poner en contexto las sustancias de otra forma. Si yo fuese la persona que trabaja en la clínica hubiese hecho otro libro. Por otro lado, hago un ejercicio para desentrañar los ensayos clínicos en los que se descubre el efecto del antidepresivo de la ketamina, para contextualizar a la gente a la que puedan medicar con Spravato. Porque, cuando se medica a las personas, muchas veces hay una falta de pedagogía, y mucha asimetría del saber. Están esas dos capas: entender la relación entre las investigaciones psicodélicas históricas y el renacer actual, y tener más capacidad de generar nuestra propia pedagogía sobre los fármacos.

Imagen de la farmacéutica Parke-Davis, responsable de sintetizar la ketamina en 1962, patentarla en 1966 y comercializarla con el nombre de Ketalar.

Imagen de la farmacéutica Parke-Davis, responsable de sintetizar la ketamina en 1962, patentarla en 1966 y comercializarla con el nombre de Ketalar.

“No podía evitar la historia colonial que hay detrás de la industria farmacéutica, y no podía evitar el tema de que la operación del nacimiento psicodélico es colonial, y que de lo que estamos hablando es de unas formas blancas de entender la droga” 

Es desde esta perspectiva de crítica cultural desde donde trazas una historia de la relación de occidente con los psicodélicos en general, ¿por qué acabaste por profundizar únicamente en la ketamina?

Llevaba tiempo atenta a teóricos como Mark Fisher, Jeremy Gilbert o McKenzie Wark, que utilizaban la metaforología de las drogas para abrir horizontes de imaginación política. Al mismo tiempo veía cómo esas drogas estaban intentando ser capturadas por la industria. Es una tensión desde los campos de pensamiento sobre cómo dibujar el futuro. Hay batallas culturales que se están jugando en tiempo real y por lo tanto podemos tirar hacia un lado o hacia otro. Y en esa responsabilidad están los pensadores, los artistas o ciertos perfiles para pugnar por ciertos significados, y tirar más hacia el lado contracultural o político progresista, e ir contra el lado de la mercantilización. Para el caso concreto de la ketamina, lo que me hizo saltar las alarmas fue la aprobación del Spravato por parte de la FDA: es una sustancia que ya es legal.

¿A qué te refieres cuando hablas de la metaforología de las drogas?

Cuando Mark Fisher habla de comunismo ácido y cuando McKenzie Wark le contesta con su propuesta de femunnismo ketamínico, ambos están hablando de algo que va más allá de la ingesta de sustancias como la LSD, la ketamina y de sus efectos en el cuerpo. La sustancia sirve de vehículo para hablar de otras cosas. En mi libro la ketamina no aparece hasta la página 80. Todo el arranque va de otras cosas y también hay capítulos que no la mencionan. Por ejemplo, me sirve de excusa para hablar de cómo se crea un enclave como Goa, de cómo van cambiando allí las generaciones entre los hippies y los raveros, y de cómo es la relación entre la psicodelia y la blanquitud. Siguiendo a estos autores, la sustancia me sirve para hablar de la historia y de las políticas del siglo XX, de las formas de biopoder, de micropoder o de las expresiones culturales. Me interesa más hablar de cómo se organizan ciertas estructuras de poder, ciertos sentidos comunes o ciertos imaginarios que entrar a la cuestión del consumo o la legalidad. No me interesa entrar en ese debate. Yo tengo una posición personal sobre la legalización de las drogas, pero este libro no va de eso. Tampoco cuestiono los efectos antidepresivos de la ketamina ni digo que sea un engaño o una panacea. Simplemente expongo la forma en la que se construye esa verdad científica. Obviamente se pueden intuir mis opiniones, pero desde aproximaciones más laterales.

El pulverizador nasal de esketamina comercializado con el nombre de Spravato.

El pulverizador nasal de esketamina comercializado con el nombre de Spravato.

“No quiero estar colocada en la historia del pensamiento porque no es mi lugar. Creo que es un libro como de serie B, aunque sí es teórico. Tiene esa tensión de ser como una especie de texto un poco más punk, por eso me interesa lo de la fábula”

En la escritura del libro hay una tensión entre varios registros. Usas una cantidad enorme de conceptos de filosofía y crítica cultural muy contemporánea, y además acuñas unos cuantos nuevos. Pero luego el libro usa el recurso de presentarse como una fábula imaginativa. ¿Cómo fue el planteamiento del libro y cómo has manejado esta tensión de registros?

La posibilidad de hacer el libro surge porque las editoras me llaman para proponérmelo. En ese momento yo estaba mucho más activa con la investigación De las acechanzas, y la propuesta del libro significó también una fecha de entrega, o sea, no era una investigación que podía desarrollar en el tiempo que quisiera. Eso me hizo ponerme a leer al tiempo que escribía, estructuraba el libro e investigaba cosas nuevas, sin tener clara la estructura total o a dónde quería llegar. Por ejemplo, yo no quería hacer un libro sobre drogas y blanquitud, pero a medida que investigaba apareció esa cuestión y me di cuenta de que no podía evitar la historia colonial que hay detrás de la industria farmacéutica, y que no podía evitar el tema de que la operación del nacimiento psicodélico es colonial, y que de lo que estamos hablando es de unas formas blancas de entender la droga. En cuanto al texto, que haya cierto deje académico tiene que ver con que estoy muy acostumbrada a ciertos marcos teóricos, por mi trabajo leo teoría contemporánea todo el rato, con todos sus aparatos conceptuales, y tengo muy naturalizados ciertos vocabularios. Aunque yo intente no ser académica los suelto sin darme cuenta de cuánto distancio al lector en ciertas cosas. También hay partes del texto que son más complejas porque imito la forma de escribir de un autor para presentar sus ideas. Y creo que es un libro un poco juguetón. Aunque pueda ser claro no es súper pedagógico. La escritura del ensayo súper analítica y clara me aburre un poco, soy de crear imágenes y de una escritura un poco más sensual.

“Estaba haciendo teoría pulp. Me imaginaba como si fuese un libro de gasolinera, como cuando tú compras la música en la gasolinera”, cuenta Marta sobre Químicas piedades.

“Estaba haciendo teoría pulp. Me imaginaba como si fuese un libro de gasolinera, como cuando tú compras la música en la gasolinera”, cuenta Marta sobre Químicas piedades.

“Una cosa que me preocupa mucho, que la gente ya solo sepamos leer muy literal todo. Que me tomen demasiado en serio. No quiero que tomen demasiado en serio. O sea, quiero que te estimule la lectura, pero no que repitas lo que yo he dicho”

Para mí, que no estoy tan habituado a estos textos, ha sido una lectura lenta, también porque el libro cambia mucho: cada capítulo es un mundo, tiene su marco teórico y un vocabulario distinto.

Una cosa que tenía todo el rato en mi cabeza era que estaba haciendo teoría pulp. Me imaginaba como si fuese un libro de gasolinera, como cuando tú compras la música en la gasolinera. Es un libro que no llega a ser alta teoría, ni llega a ser filosofía. No quiero estar colocada en la historia del pensamiento porque no es mi lugar. Creo que es un libro como de serie B, aunque sí es teórico. Tiene esa tensión de ser como una especie de texto un poco más punk, por eso me interesa lo de la fábula, porque aunque quizá está escrito en un tono muy concluyente, de “esto es así”, la idea de nombrar de vez en cuando el tema de la fábula me permite entender que yo hago una selección de los hechos, que yo estoy contando mi versión de la historia, que tú puedes ser un experto en ketamina y desmontarme el libro, porque obviamente yo no soy una experta, ni soy química, ni soy farmacéutica, ni trabajo en la clínica con sustancias. Es una de las historias posibles, y no es la única historia de la ketamina.

Leyendo entre líneas.

Leyendo entre líneas.

“Estamos atrapados en una forma de hablar de nuestros malestares muy ligada a los vocabularios psicologistas”

Es una historia con mucha información.

Creo que el libro es para leerse con calma, si no, es verdad que puede ser demasiada información. Más que una panzada de leer, es un libro para leer poco a poco o ir eligiendo el capítulo que te apetezca. Puede que apabulle, pero creo que pasa más por la condensación de información, o de cierta velocidad de cambio de registro, que porque sea complejo. Y luego creo que también hay que ser sensorial a la hora de leer, que con lo que te quedes está bien. No es un libro concluyente, sino que tiene que ver con movilizar diferentes capas y que a cada uno le resuene algo. Mi objetivo no es transmitir una idea cerrada. De hecho, para mí el final es importante porque acaba con una especie de cosa medio delirante que me permite justo decir que no va sobre fines cerrados, sobre opiniones cerradas.

Hablas también de la búsqueda de vocabularios no patologizantes para expresar lo que sentimos o nuestros malestares.

Cuando hablo de esa idea de “realismo terapéutico” me refiero a la sensación de que estamos atrapados en una forma de hablar de nuestros malestares muy ligada a los vocabularios psicologistas. Esto tiene que ver con la hipótesis de Fisher. La idea de que una forma de desarticular la conciencia de clase es hacer que los problemas sociales se vuelven problemas personales a resolver en el despacho de la consulta de un psiquiatra. Y yo creo que eso fue pasando en los noventa y que ahora estamos en un momento en el que de forma inconsciente todos hablamos así, sin cuestionárnoslo. Me parece muy curioso que se esté dando más importancia a hablar de salud mental, pero al mismo tiempo sigamos hablando con un vocabulario de una disciplina que básicamente ha sido opresora, que ha intentado siempre clasificar cosas que a veces no son clasificables.

Modelo del cuerpo humano como máquina eléctrica.

Modelo del cuerpo humano como máquina eléctrica.

¿Tiene algo que ver esto con la acuñación de términos?

La invención de conceptos no es para resultar técnica y distanciarme del lector, sino porque creo que todos tenemos que inventarnos más palabras, y que tenemos que ser capaces de hablar de nuestras emociones desde cosas que resuenan a nosotros. Que no sea reproduciendo este vocabulario, porque sí que creo que al final parte de las herramientas del poder tienen que ver con delimitar los lenguajes. Al final, a mí no solo me interesa hablar de la FDA y de la captura de las sustancias, sino de cómo esa captura de las sustancias lo que hace es capturar ciertos imaginarios. Porque creo que parte del campo de batalla tiene que ver con las palabras y con la imaginación. Por eso intento inventar conceptos y por eso también me permito un juego de la ficción como una forma de hablar de la verdad. Hay ciertas escenas en el libro que son ficcionadas, y que lo importante es lo que a ti te mueva y no tanto que te lo tomes literal. Creo que es una cosa que me preocupa mucho, que la gente ya solo sepamos leer muy literal todo. Que me tomen demasiado en serio. No quiero que tomen demasiado en serio. O sea, quiero que te estimule la lectura, pero no que repitas lo que yo he dicho.

¿Cómo se relaciona todo esto con tu otro proyecto de investigación De las acechanzas, en dónde exploras lo político en relación a los duelos, la muerte, lo espectral o el más allá?

Una cosa que me ha gustado mucho del proceso del libro es darme cuenta de que tanto escribir sobre drogas y estados alterados de conciencia, como escribir sobre la potencia de las historias de fantasmas para hablar de memoria política, tienen que ver con algo muy parecido, que es intentar desentrañar qué sucede en estados extraordinarios de conciencia. O sea, ver fantasmas es un estado no ordinario de consciencia, igual que tomar una sustancia y ver, por ejemplo, a los seres que se aparecen con el DMT. Hay algo ahí que me interesa, y vuelvo a lo de la teoría pulp: quiero poder elaborar marcos de sentido de cosas que van más allá de lo racional y que no están bien vistas por la filosofía, o que no son empíricos. Hay algo en toda esa especie de rumores que rodean estos temas, de historias aparentemente irreales, o de alucinaciones, que yo creo que es algo a lo que hay que prestarle atención y que mola movilizar. Tanto De las asechanzas como Químicas Piedades tienen esta conexión de intentar ponerle palabras a esta especie de “más allá”. 

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