Ilustración: Pedro Sánchez González
Ilustración: Pedro Sánchez González

El cónsul Pablo Neruda

Este artículo se publicó originalmente en el número 282 de la revista Cáñamo España

Neruda, autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, uno de los poemarios más reconocido y reconocible de la literatura universal, fue un experimentado fumador de opio en su etapa como cónsul honorario en Asia.

El Canillas

Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto nació en Parral, una pequeña ciudad de Chile, hijo de una maestra rural, que murió poco después del parto, y un pequeño propietario de viñas. Fue un chico de escasas carnes al que apodaban el Canillas. Su padre nunca quiso que fuera poeta y castigaba a su hijo si le veía escribiendo “versitos”. De ahí que sus primeros poemas publicados salieran bajo el seudónimo de Pablo Neruda, como forma “de ocultar a su padre el deshonor de un hijo poeta”. A los dieciséis años se traslada a Santiago a estudiar pedagogía en francés, idioma que le abriría horizontes literarios. Neruda frecuentaba los billares, fumaba tabaco malo y bebía “leche con parafina”. En la calle Maruri, 513 de la capital, el joven Canillas va a ir “ensanchando” su biografía. Lleva una vida bohemia donde frecuenta el malevaje y los prostíbulos. Entre versos, lecturas y cabarets, el joven de Parral se fue abriendo a la vida. Poco a poco la bohemia lo atrapa y en sus primeras cartas a Albertina, amor adolescente, le confiesa que “anda de juerga, como todas las noches”, e incluso piensa en suicidarse “rabiosamente”. Neruda tiene apenas dieciocho años y son tiempos de zozobra personal. En ese epistolario amoroso de juventud abundan las descripciones etílicas: “Anoche, de vuelta a casa, te escribí, estaba muy borracho. No he querido abrir la carta y te la mando sin saber qué dice”. Estira las madrugadas de forma cotidiana. A veces pasa los días sin salir de la cama y publica Veinte poemas de amor y una canción desesperada, título universal de la poesía amorosa. Se da cuenta de que sus amistades se están matando y que, con ese ritmo de vida, él también corre peligro. Siente la necesidad de huir de Chile, y orienta su vida hacia la carrera diplomática.

El cónsul Pablo Neruda

En 1927, Pablo Neruda es designado como cónsul honorario en el continente asiático. En julio, sale desde Buenos Aires, a bordo del Baden, con destino a la ciudad de Rangún. Más tarde ocuparía el mismo cargo en Sri Lanka (entonces, Ceylán), Batavia (Java) y Singapur. De vuelta a América, continuaría ocupando el consulado de Chile en Buenos Aires, donde conoce a Federico García Lorca (véase Cáñamo, n.º 253), con quien compartirá salidas nocturnas. Finalmente, su destino será Barcelona y después Madrid, bajo el auspicio de la también diplomática, poetisa y futura premio Nobel Gabriela Mistral.

En la sinecura de su consulado en Rangún, el poeta descubre un país donde las mujeres de la aristocracia fuman grandes puros y tienen mando. Volodia Teitelboim, amigo y biógrafo del poeta, menciona que frecuentando los bajos fondos “por la calzada sucia, cubierta por escupos de betel y salpicada por bailarinas de mercado […], encontraba amigas momentáneas”. Neruda salía de Chile buscando alejarse de la bohemia y se encuentra en otro ambiente sórdido, solo y casi arruinado. En carta a su amigo el cuentista argentino Héctor Eandi, le escribe: “Preparémonos al horror de estas colonias de abandono, tomemos el primer whisky and soda o chota pegg a su honor de buen amigo Eandi. Beber con ferocidad, el calor, las fiebres. Enfermos y alcohólicos por todas partes. En la cabina de al lado, fiebre y delirium”.

Eandi se convierte en su confidente. Sus cartas muestran una total apatía y entrega al alcohol: “Tengo humo en el corazón”, “desearía abrazarlo […] y que tomáramos juntos este terrible whisky tropical”, “estoy solo: cada diez minutos viene mi sirviente, Ratnaigh, viene cada diez minutos a llenar mi vaso. Me siento intranquilo, desterrado, moribundo”. Neruda es un cónsul alcoholizado: “Hace dos días interrumpí esta carta, me caía lleno de alcoholes”. Y en esa atmósfera va a escribir su libro Residencia en la tierra.

Neruda, fumador de opio

Ya desde Ceylán escribe cartas a su amigo Eandi donde se siente impresionado por la naturaleza deslumbrante que le circunda. Sin embargo, continúa su febril apatía, y decide aceptar un nuevo traslado, en esta ocasión a Singapur: “El cónsul general me ha propuesto en esa vacante, y aceptaré, estoy cansado de Ceylán, de esta inactividad de muerte. Eso quiere decir el mágico archipiélago malayo, bellas mujeres, bellos ritos. He estado ya dos veces en Singapur, Bali, y he fumado muchas pipas de opio allí”. Neruda mata el tiempo leyendo sin cesar. Es el único placer que le va quedando: “En las tardes también sentado con mis pocos libros y mi whisky and soda, me siento feliz. Sin embargo, mi querido amigo, no me faltan amargas preocupaciones”. Su precaria situación económica le hace contraer deudas con los bancos y le cuesta “sangre vivir pagándola, con dinero apenas para mi arroz”. En ese clima de pesadilla, el mero hecho de escribir a su confidente Eandi le parece un acto heroico. Pasa días en una febril ensoñación sin levantarse de la cama, “comiendo un poco de arroz al día y un poco de whisky”. Neruda adolece de una enfermiza soledad, que intenta paliar rodeándose de los animales que le brinda la exuberante fauna del trópico: serpientes, aves canoras y “uno muy curioso y simpático: un mongoose”.

El opio en ‘Memorial de Isla Negra’

Si ya en Residencia en la tierra (1935), obra poética del primer Neruda, encontramos un canto dionisiaco llamado “Estatuto del vino” (donde hace referencia a “su amapola eficaz”), habrá que esperar hasta el poemario Memorial de Isla Negra (1964) para encontrar su poema “El opio en el este”, donde el poeta escribe: “Ya desde Singapur olía a opio. / El buen inglés sabía lo que hacía. / En Ginebra tronaba / contra los mercaderes clandestinos / y en las colonias cada puerto / echaba un tufo de humo autorizado / con número oficial y licencia jugosa […] Quise saber. Entré. Cada tarima / tenía su yacente, / nadie hablaba, nadie reía, creí / que fumaban en silencio. / Pero chasqueaba junto a mí la pipa / al cruzarse la llama con la aguja / y en esa aspiración de tibieza / con el humo lechoso entraba al hombre / una estática dicha, alguna puerta lejos / se abría hacia un vacío suculento: / era el opio la flor de la pereza, / el goce inmóvil, / la pura actividad sin movimiento. / Todo era puro o parecía puro, / todo en aceite y gozne resbalaba / hasta llegar a ser solo existencia, / no ardía nada, ni lloraba nadie, / no había espacio para tormentos y no había carbón para la cólera”.

Se trata de un poema extenso en el que continúa la descripción de su experiencia como si fuera la excusa que le lleva a plantear la denuncia de los parias asiáticos: “Miré: pobres caídos, / peones, coolies de ricksha o plantación, / desmedrados trotantes, / perros de calle, / pobres maltratados. / Aquí, después de heridos, / después de ser no seres sino pies, / después de no ser hombres sino brutos de carga, / después de andar y andar y sudar y sudar / y sudar sangre y ya no tener alma, / aquí estaban ahora, / solitarios, / tendidos, / los yacentes por fin, los pata dura: / cada uno con hambre había comprado / un oscuro derecho a la delicia, / y bajo la corola del letargo, / sueño o mentira, dicha o muerte, estaban / por fin en el reposo que busca toda vida, / respetados, por fin, en una estrella”.

El opio en ‘Confieso que he vivido’

Edmundo Olivares, en su libro Pablo Neruda: los caminos de Oriente, resalta que el poeta se tuvo que buscar la vida a su llegada a Rangún: “Durmiendo hoy aquí, mañana allá […] pasando la noche en lugares sin nombre, al amparo de templos budistas, en prostíbulos e incluso fumaderos de opio”. Lo que nos lleva a comprender mejor que Neruda publicara, en su famoso libro de memorias Confieso que he vivido (1973), un capítulo titulado “El opio”, donde evoca su experiencia con el alcaloide: “Había calles enteras dedicadas al opio […] Fumé una pipa... No era nada... Era un humo caliginoso, tibio y lechoso... Fumé cuatro pipas y estuve cinco días enfermo, con náuseas que me venían desde la espina dorsal, que me bajaban del cerebro... Y un odio al sol, a la existencia... El castigo del opio... Pero aquello no podía ser todo... Tanto se había dicho, tanto se había escrito, tanto se había hurgado en los maletines y en las maletas, tratando de atrapar en las aduanas el veneno, el famoso veneno sagrado... Había que vencer el asco... Debía conocer el opio, saber el opio, para dar mi testimonio... Fumé muchas pipas, hasta que conocí... No hay sueños, no hay imágenes, no hay paroxismo... Hay un debilitamiento melódico, como si una nota infinitamente suave se prolongara en la atmósfera... Un desvanecimiento, una oquedad dentro de uno... Cualquier movimiento, del codo, de la nuca, cualquier sonido lejano de carruaje, un bocinazo o un grito callejero, entran a formar parte de un todo, de una reposante delicia”.

Al igual que ocurre en el poema “Memorial de Isla Negra”, el poeta, tras haber descrito su experiencia de consumo, se distancia de la misma para utilizarlo como denuncia: “El opio no era el paraíso de los exotistas que me habían pintado, sino la escapatoria de los explotados... Todos aquellos del fumadero eran pobres diablos... No había ningún cojín bordado, ningún indicio de la menor riqueza...”. Neruda señala que los fumaderos “tenían a la puerta su expendio autorizado, su número y su patente”, y utiliza la experiencia para denunciar a los colonizadores, que mediante el opio explotaban un poco más a los colonizados.

Opio íntimo y cotidiano

Sin embargo, el profesor de la Universidad de Colorado Francisco Leal, en su artículo “Pablo Neruda y el opio”, se aventura un poco más y apunta a una estrecha relación entre la obra nerudiana y la toma del alcaloide mientras fue cónsul. Leal afirma: “La relación de Neruda y el opio fue íntima y cotidiana en Asia, mientras duró la escritura de Residencia en la tierra”.

La amapola, que para Neruda es “la flor de la adormidera”, aparece trece veces en la obra. El poeta también escribe sobre el opio en las crónicas de sus viajes que redacta para el periódico chileno La Nación. Lo indeleble de la experiencia y la influencia que tuvo en su personalidad poética lo demuestra el hecho de que, más de treinta años después, escribiera el poema “El opio en el este”. El alcaloide se antoja como algo más que un elemento de denuncia política.

Neruda también dedica una “Oda al vino” en su libro Odas elementales (1954) y una “Oda a la farmacia” en Nuevas odas elementales (1955). Para Neruda, la farmacia tiene un “sagrado olor a bosque y a conocimiento”. En su obra poética tienen cabida la belladona, el betel y la hoja de coca. No es de extrañar que en la casa del escritor en Santiago de Chile, conocida como La Chascona, se encontrara un juego de aliñe, en los que en lugar de aparecer los rótulos de “sal” y “pimienta”, rezase “morfina” y “marihuana”. Otro de los objetos que se conservaron fue un cofre donde guardaba el whisky y una vaca de cerámica que utilizaba para servir ponche de ron. Neruda fue un gran coleccionista de todo tipo de objetos: pecios, vajillas, botellas y conchas marinas. Además de atesorar una excelente biblioteca que donó a la Universidad de Chile.

En las vigas del bar de su casa en Isla Negra, están tallados los nombres de diecisiete amigos. Neruda los hacía inscribir para poder seguir bebiendo con ellos cuando fallecían. Sea, entonces, un brindis por Neruda.

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