Buñuel, hombre Martini
Ilustración: Cristóbal Fortúnez

Buñuel, hombre Martini

Este artículo se publicó originalmente en el número 266 de la revista Cáñamo España

El director de La edad de oro (1930), miembro de la generación del 27, inquilino de la mítica Residencia de Estudiantes y fundador de La Orden de Toledo, fue uno de los mejores cineastas de la historia del cine. Este artículo recoge episodios vinculados a siete décadas de ingesta alcohólica y la influencia que tuvieron en su biofilmografía.

La Residencia de Estudiantes

Luis Buñuel (Calanda, 1900 - Ciudad de México, 1983) fue el hijo primogénito de una familia del Bajo Aragón dedicada a la explotación vitivinícola. A los pocos meses de nacer, se traslada a Zaragoza, donde descubre el cine en la barraca Farrucini, tal y como cuenta en Mi último suspiro. El cineasta dedica a “los placeres de aquí abajo” multitud de páginas: “Yo he pasado en los bares horas deliciosas. El bar es para mí un lugar de meditación y recogimiento, sin el cual la vida es inconcebible […] En un bar, para inducir y mantener el ensueño, hay que tomar ginebra inglesa. Mi bebida preferida es el dry-martini […] Si bien el dry-martini es mi favorito, yo soy el modesto inventor de un cóctel llamado ‘Buñueloni’. En realidad, se trata de un simple plagio del célebre ‘Negroni’; pero, en lugar de mezclar ‘Campari’ con la ginebra y el ‘Cinzano’ dulce, pongo ‘Carpano”. Buñuel, en ocasiones, utiliza el sarcasmo para apostillar su adicción como un “ritual” que le traslada a una especie de beatitud, “acaso semejante al efecto de una droga ligera […], algo que me ayuda a vivir y a trabajar”.

En el libro Conversaciones con Buñuel, el cineasta le cuenta a Max Aub que se emborrachó por primera vez a los trece años, en una tasca de Zaragoza: “Pedimos chorizo y aguardiente. Debí de tomarme como un cuarto de litro de aguardiente. […] Me puse malísimo. Arrojé todo lo que había que arrojar y me desperté en la enfermería, con unas monjas dándome fricciones. Tan mal estaba, que ni mi padre me dijo nada”. Sus tomas aumentaron durante la agonía y entierro de su progenitor, donde se bebió “dos botellas de cognac en dos días”.

Los inquilinos de la bulliciosa Residencia de Estudiantes se iniciaron en la ingesta del ron. Buñuel lidera las juergas y lleva la iniciativa nocturna. Los años veinte fueron la época dorada de los combinados (ver “El cocktail García Lorca”, Cáñamo, n.º 253). En el Madrid de la época fueron proliferando los “bares americanos” (Pidoux, Broadway, María Cristina, Chicote, Nautic...). Algunos escritores “abstemios”, como Luis Cernuda, también sucumbieron a los encantos de la coctelería. Su correspondencia revela aficiones de Gimlet con lime juice.

En Vida secreta de Salvador Dalí, el pintor reconoce que fue Buñuel quien le enseñó a ir de juerga, e incide en la inclinación del aragonés por la bronca. Es la época en la que el futuro director practicaba boxeo y era “el más duro de pelar y el más atrevido de nosotros; inspeccionaba la sala en busca del menor pretexto para entablar combate”. Solían visitar el Rector’s Club, del Hotel Palace, donde tocaba una banda de jazz. En Conversaciones con Buñuel, de Max Aub, el aragonés reconoce que aquella vida marcó su carácter, dividiendo a los residentes en “vegetarianos” que seguían las directrices de Juan Vicens y “los que estaban conmigo, que éramos alcohólicos”.

La Orden de Toledo

Junto a algunos residentes y compañeros de correrías como Pepín Bello, Moreno villa, Dalí o Lorca, funda La Orden de Toledo en 1923. La razón de ser de dicha congregación consistía en emborracharse de forma soberana en la ciudad del Tajo. En Mi último suspiro, Buñuel explica que aquella orden “funcionó admitiendo nuevos miembros hasta 1936. Pepín Bello era el secretario. Entre los fundadores estaban Lorca y su hermano Paquito, Sánchez Ventura, Pedro Garfias, Augusto Centeno, el pintor vasco José Ucelay y una sola mujer, muy exaltada, discípula de Unamuno en Salamanca, la bibliotecaria Ernestina González”. La graduación militar de la orden tenía entre sus caballeros a Alberti (lo cuenta en La arboleda perdida), Ugarte, Jeanne Rucar, María Teresa León, Urgoiti, Solalinde, Hinojosa, René Crevel y Pierre Unik. En el grado más bajo del escalafón, como escuderos, figuraban Georges Sadoul, el operador Elie Lotar, Aliette Legendre, Roger Désormière, el pintor Ortiz y Ana María Custodio.

Los integrantes de la orden solían recorrer los “santos lugares”, como La Posada de la Sangre, que Cervantes inmortalizó en La ilustre fregona, y la tumba del cardenal Tavera. En la película Tristana (1970), Buñuel homenajea aquellos tiempos toledanos cuando Catherine Deneuve se inclina ante el rostro yacente del cardenal, esculpido por Berruguete.

La edad de oro de París

En 1925, el aragonés llega a París como director de escena de El retablo de maese Pedro, de Manuel de Falla. Allí “andaba de tasca en tasca y de cabaret en cabaret”, incluso tuvo la idea de montar su propio club. Por el estudio de su amigo, el pintor Viñes, pasaban tres o cuatro chicas “que estudiaban gimnasia rítmica”. Una de ellas era Jeanne Rucar, su futura esposa. Sin embargo, la única idea de Buñuel era echarles un somnífero en el vino “para poder abusar de ellas”. Su mujer recuerda: “Pensó que éramos putas”. Buñuel traslada la escena en Viridiana (1961). En la ciudad del Sena se empapa de las vanguardias y se enamora del cinematógrafo, entrando al poco tiempo como colaborador de Jean Epstein, de quien aprenderá el oficio. En 1929 rueda Un perro andaluz, con Salvador Dalí, y en 1930, L’Âge d’or, producida por los Condes de Noailles, de quienes recibió setecientos mil francos. En las Conversaciones le cuenta a Max Aub que acudió al castillo de los nobles en busca de financiación. Allí se encontró con Jean Cocteau, autor de Opium (1930), libro donde trata las películas de Buñuel. En aquella visita casi todos eran opiómanos: “Había algunos cuartos donde no se podía entrar del olor. Yo no he tomado nunca ninguna droga. Una vez, no recuerdo quién, me ofreció tomar cocaína como la cosa más natural del mundo, y me puso un poco de polvo entre el índice y el pulgar. Debí de sorberlo mal, porque lo único que me pasó es que me dejó insensible una aleta de la nariz y su alrededor, como si hubiese ido al dentista”.

En 1930 también viaja a Hollywood, donde conoce a Charles Chaplin, quien le organizó una orgía que acabó frustrada: “Llegaron tres muchachas preciosas, de Pasadena, pero en seguida empezaron a pelearse porque las tres querían a Chaplin”. En Mi último suspiro, Buñuel recuerda con nostalgia a “las putas madrileñas, los burdeles parisienses y las taxi girls de Nueva York”.

Vuelve a España y rueda en 1933 Las Hurdes, tierra sin pan, financiada por Ramón Acín, quien le prometió sufragar la película si le tocaba la lotería, como finalmente ocurrió. En 1936 estalla la guerra civil y, tal y como cuenta Román Gubern en Los años rojos de Buñuel, el director realiza labores políticas al servicio del Partido Comunista, para finalmente partir al exilio en 1938.

Un piano de champán

Regresa a Estados Unidos, donde sus vínculos comunistas le van a cerrar muchas puertas, por lo que decide, en 1946, instalarse en México. La alcoholemia de Buñuel le lleva a montar un bar en casa, donde pasaba las veladas con las visitas. Su mujer reconoce en sus memorias: “Obedecí mucho a Luis; a veces pienso que fue una pena no tener carácter […] Jeannette Alcoriza me regaló un piano que colocamos en el vestíbulo […] Todos los días me sentaba a tocar; la música subía por el vestíbulo y llenaba la casa. Meses después, durante una cena, ya en la madrugada y con bastantes copas encima, Cotito, la hija de los Mantecón, propuso a Luis: ‘Te cambio el piano por tres botellas de champán’. Me reí ante la incongruencia de la propuesta, pero Luis contestó: ‘Hecho’. […] Pensé que ahí quedaría, que era una broma. A la mañana siguiente sonó el timbre: era Cotito con un camión de mudanza y las tres botellas de champán”.

El cineasta fue también un impenitente fumador: “Imposible beber sin fumar. Yo empecé a fumar a los diecisiete años y aún no lo he dejado. Desde luego, pocas veces he fumado más de veinte cigarrillos al día. ¿Qué he fumado? De todo. Tabaco negro español. Hace unos veinte años, me acostumbré a los cigarrillos franceses: los Gitanes, y, sobre todo, los Celtiques son los que más me gustan […] El tabaco es un placer de todos los sentidos. De la vista (es bonito ver bajo el papel de plata los cigarrillos blancos, alineados como para la revista), del olfato, del tacto. […] Me gusta sentir el paquete en el bolsillo, abrirlo, palpar la consistencia del cigarrillo, notar el roce del papel en los labios, gustar el sabor del tabaco en la lengua, ver brotar la llama, arrimarla, llenarme de calor”.

Es probable que, en su “fumar de todo”, el director probase el cannabis. En Buñuel por Buñuel, Pérez Turrent y José de la Colina sitúan la República de Miranda de El discreto encanto de la burguesía (1972) en México porque los burgueses fuman marihuana, a lo que el director responde: “¡Pero la están fumando en el salón de un país europeo, y además la marihuana se puede encontrar en todas partes!”.

Un bárbaro cosaco

En el volumen Correspondencia escogida de Luis Buñuel, se testimonia la dipsomanía del director, que comienza a acarrearle problemas de salud. En carta de 1950, escribe a Lulu Jourdain: “Hace un año, según me dijeron, tenía destrozada la vesícula biliar. Me he repuesto y sigo bebiendo como un cosaco. Ahora estoy rebosante de taras artríticas en forma de neuritis, por ejemplo, en el nervio óptico de ambos ojos. Veo deformados los objetos, hasta el punto de que, si ahora me pusiese a pintar, dejaría en ridículo a El Greco. Mis oídos se “esclerotizan” día a día y estoy bastante sordo”. Cumplidos sesenta años, se suceden las cartas donde repite “fumo y bebo como un bárbaro cosaco”. Francisco Rabal se convierte en su confidente: “Estoy medio neurasténico”, a quien le cuenta sus dolencias e incluso le pide que “cuando vengas de París me traigas dos frascos de 40 grageas cada uno de Rastinon (Hoechst). Es mi antiglucémico, y aquí no hay”. Ramón J. Sender, que compartía exilio mexicano, avala la amistad de ambos en el epistolario mantenido con Carmen Laforet: “Buñuel y él eran dos borrachos indecentes”.

En carta al productor Serge Silberman, ya con sesenta y siete años, espeta: “Aquí no hago nada. Leo. Me aburro. No preparo nada. Floto. Mi salud, como de costumbre. La preservo a base de ginebra y tabaco. […] Tal vez si le veo este verano y después de beber unas copas de [vino] Beaujolais seguidas de champán, podríamos hacer algún proyecto de producción cinematográfica”.

Buñuel, en plena dipsomanía, confiesa a José de la Colina que era aficionado a las armas de fuego, inquietud que traslada a sus películas. En Susana (1951): “Para que los diálogos no fueran demasiado estáticos, puse a [Fernando] Soler limpiando armas”. En el número cincuenta que la revista Turia dedica a su figura, Cabrera Infante dice: “Disfrutaba este placer de tirar tiros por gusto”. En Mi último suspiro afirma: “He practicado el tiro un poco por todas partes, incluso en mi despacho... No se debe disparar jamás en una habitación cerrada. Así perdí yo una oreja en Zaragoza”.

El último suspiro

El guionista francés Jean Claude Carriere se convirtió en su amigo y mano derecha en las últimas películas. El método de trabajo consistía en encerrarse a beber en algún parador hasta que acababan el guion. Confiaba en la inspiración que le proporcionaban sus “Buñuelonis”: “Un cóctel a tiempo vale más que todos los libros […] De momento no tengo ideas para un churro ni gana alguna de trabajar, a pesar de los dry-martinis que tomo todos los días para inspirarme”.

Buñuel siguió bebiendo y fumando hasta el último aliento de su vida. Jeanne recuerda que entró en coma diabético y “el médico ordenó internarlo en el hospital. Le sacaron dieciocho litros de agua. Estuvo inconsciente más de veinticuatro horas. Al fin recobró el conocimiento. Me pidió: Jeanne, dame un cigarrillo”.

Buñuel dejó a su esposa, en herencia, tendencias alcohólicas: “Adoro el tequila. Lo descubrí durante la enfermedad de Luis; a la enfermera le gustaba beber una copita al mediodía, la acompañaba y acabé prefiriéndolo al whisky, a mi refresco de whisky, como [Buñuel] lo llamaba”.

Podría decirse que el director siguió bebiendo después de muerto. Como homenaje póstumo, Carriere ficciona en Buñuel despierta (2016), el levantarse de entre los muertos para leer la prensa que el cineasta deseara en Mi último suspiro. Su amigo le lleva a la tumba una botella de Rioja.

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