Juarma, maldad positiva
Foto: Vanessa Beltrán

Juarma, maldad positiva

Este artículo se publicó originalmente en el número 281 de la revista Cáñamo España

La reedición de su novela Al final siempre ganan los monstruos está contando con un enorme respaldo de público y prensa, que por lo general, entre paternalista y alucinada, se empeña en presentárnoslo como un jornalero al que se le ha aparecido la Virgen en mitad de un olivar y le ha entregado en mano, ya escrita, su novela. Que alguien fuera de las élites sociales haya parido semejante pepinazo les resulta sorprendente. Pero Juarma (Deifontes, 1981) lleva publicando fanzines y cómics desde 1998, sacó un poemario en 2017 –“casi veinte años después de haberlo escrito”– y, en el 2018, su primera novela –“apenas nadie sabe que yo escribía”–. Un total de cuarenta y seis títulos se acumulan en su haber, contando su recientísimo Abrázame hasta que esta vida deje de dar puto asco (Autsaider Cómics, 2021). Nihilismo troceado, amasado y procesado para convertirse en viñetas de algo parecido al humor, odio desde el cariño, maldad positiva.

Escribes poesía, narrativa, cómics…, pero hasta hace nada tu faceta más conocida era la de autor de tebeos.

Bueno, escribía antes de dibujar. Desde los catorce años, cuando entré al instituto. Pero me daba mucho miedo escénico enseñar las cosas que contaba. Tampoco tenía máquina de escribir u ordenador para mandar esos textos a alguna parte. Así que decidí seguir haciéndolo solo para mí y que nadie me leyese nunca. Y ahí me escondí durante más de veinte años. Con los dibujos iba sacando un poco la rabia y me resultaban más baratos de hacer. Cogías un rotulador, ibas a la copistería y sacabas un fanzine. Tampoco creo que sea un autor de tebeos. Nunca he estado muy cómodo en este mundillo. Y la última vez que escribí un poema fue en el 2003.

Ahora que tu novela Al final siempre ganan los monstruos está teniendo tanta repercusión, prácticamente se pasa por alto toda esa trayectoria, casi como si emergieras de la nada.

Al final siempre ganan los monstruos (Blackie Books, 2021)
Al final siempre ganan los monstruos (Blackie Books, 2021)

Sí, me pasa cuando hablo con periodistas, que parece que me he caído de un árbol y me preguntan nada más que chorradas. Les parece como pintoresco que puedas escribir o dibujar viniendo de trabajos precarios o viviendo al día, buscándote la vida y tirando como puedes, haciendo cualquier cosa. No considero que tenga una trayectoria como dibujante. He hecho cosas, siempre manteniendo las distancias con ese mundillo, intentando ser independiente y funcionando a impulsos. Mis fanzines y tebeos siempre han sido muy marginales y minoritarios. Igual sí es emerger un poco de la nada para según qué gente, pero me la suda, vaya.

Recuerdo haber leído en alguna entrevista que el esfuerzo y el trabajo duro no te habían servido de nada. Ahora que tu carrera como autor empieza a despuntar, ¿cómo lo ves?

No considero que mi carrera como “autor” empiece a despuntar. Este año ha salido la novela y el tebeo con Autsaider gracias a la COVID y me lo he planteado como tirar una monedita al aire, para ver si sale cara o cruz y merece la pena seguir compartiendo las cosas que hago. Siempre me he conformado con que saliese de canto, pero eso ya no me vale. Por eso me veo más cerca de desaparecer si la cosa no funciona que otra cosa. El mantra del esfuerzo y el trabajo duro te puede servir para autoconvencerte de algo, pero todo depende demasiado de tener suerte o no y de las casualidades. Pero vaya, eso me parece a mí. Que cada cual piense lo que quiera.

Al final siempre ganan los monstruos, que acaba de editar Blackie Books, salió inicialmente con la editorial Camping Motel. ¿Qué sensación te deja que el mismo material que publicaste hace tres años ahora sea la hostia?

Son sensaciones raras. La mayor parte del tiempo no entiendo nada y me siento como en plan ¿qué pinto aquí? Yo pongo todo de mi parte para que la cosa funcione medio bien y pueda seguir compartiendo historias, pero el ámbito cultural no lo entiendo y a la mayoría de gente con la que hablo le metería una puñalada en el cuello. Cuesta también lo de volver a explicar una historia que escribiste hace cuatro años. Pero, como te decía antes, para mí es una oportunidad con la que no contaba y voy a dar lo mejor de mí y sonreiré siempre que pueda aunque no tenga ganas, porque me gustaría poder seguir haciendo esto.

"No me gusta la gente, no soporto la maldad consciente, pero con cualquier gesto de bondad y humanidad me gana cualquiera"

Cuando te preguntan si tu novela es más o menos autobiográfica, ¿crees que es por morbo o porque no han salido de su casa? A veces da la impresión de que flipan demasiado.

Los periodistas solo buscan historias que les reporten clics a los medios en los que trabajan; esa es mi impresión. Y las noticias culturales no creo que sean muy rentables. Muchas veces ni te respetan: les cuentas algo y escriben lo que quieren, su idea preconcebida, con sus etiquetas de mierda. Lo paso muy mal con estas cosas. Si yo no he vendido la historia como algo autobiográfico, me jode que me pregunten cosas personales y sean intrusivos. No les importa que les respondas mil veces: “esto es ficción”. Ellos ya tienen su idea prejuiciosa para construir un relato donde lucirse, tú eres un don nadie y te están haciendo un favor sacándote en prensa. Mi sensación es que la mayoría son gilipollas.

¿Puedes contar un poco de qué va para orientar al personal?

Al final siempre ganan los monstruos es una historia sobre un grupo de personas que viven en un pueblo en el que no hay muchas oportunidades ni salidas. Para mí va sobre no tener esperanza, no tener futuro y buscarte la vida y sentirte vivo sea como sea. También aborda el tema de las plantaciones de marihuana en ámbitos rurales. Y habla de amor, lealtad y mentira.

Y Abrázame hasta que esta vida deje de dar puto asco, que está aún más reciente, ¿de qué va?

Abrázame hasta que esta vida deje de dar puto asco (Autsaider Cómics, 2021)
Abrázame hasta que esta vida deje de dar puto asco (Autsaider Cómics, 2021)

Sería difícil de resumir. Son viñetas que dibujo en lugar de ponerme a llorar. Agarro esa sensación mala que siento y la transformo en un chiste raro sin gracia lleno de colorines. Si no dibujara esas viñetas le metería fuego a cosas. Son mi catarsis, mi forma de soltar la rabia, un antidepresivo que me sienta bien.

Vemos viñetas de humor, de corte reflexivo, pero también hay algunas que parecen más un estado de ánimo que no busca el gag.

Sí. Son frases tontas o emociones que siento. No pretenden ser graciosas, y si alguien se ríe con ellas igual ha sido sin yo pretenderlo.

Igual es cosa mía pero, de un tiempo a esta parte, ¿hay algo más de optimismo velado, dentro de mala hostia, en tus viñetas? Quiero decir, que el mosqueo con el mundo está, pero con menos saña.

Hay mosqueo con el mundo siempre, pero cada vez tengo más confianza en el amor, la generosidad y las personas que te rodean. También depende del momento en el que la haya dibujado. Hay algunas más antiguas, pero las de los tres últimos años las ha dibujado una persona un poco diferente a lo que yo era, que arde por dentro pero está aprendiendo a controlar y convivir con ese fuego.

"Son viñetas que dibujo en lugar de ponerme a llorar. Agarro esa sensación mala que siento y la transformo en un chiste raro sin gracia lleno de colorines"

Recuerdo tus colaboraciones con El Jueves, con el TMEO... ¿Has abandonado definitivamente el cómic en formatos, ya no digo largos, sino que vayan más allá de la viñeta autoconclusiva?

Dibujo lo que me da el punto. Las historias más largas tampoco sé qué hacer con ellas si las hago, porque a día de hoy no publico regularmente en ninguna parte ni tengo ganas. Si me piden y pagan cosas largas, las hago sin problema. Pero si no, no tienen salida. Me da un poco igual la extensión de lo que me apetezca contar.

Juarma
Juarma, maldad positiva

"Si no dibujara esas viñetas le metería fuego a cosas. Son mi catarsis, mi forma de soltar la rabia, un antidepresivo que me sienta bien"

Me suena haber leído en alguna ocasión en la que hacías un poco de cachondeo sobre las quejas de algunos dibujantes, sobre si su trabajo era duro o si lo de hacer cómics estaba mal pagado.

Antes era un poco más beligerante, ahora me la sudan muchísimo estas cosas.

En tus cómics, creo que el único “serio” que recuerdo es el de la caja Rojo (2012), en el que un chaval sufre sus primeros desengaños y empieza a paladear las mierdas de la vida.

Estaba también Todos los poemas hablan de ti (2013), que lo hice en un fanzine compartido con mi amigo José Tomás. Tampoco me apetece ponerme serio para contar algo que pueda quedar mejor escrito.

Esta revista tiene un tema central al que me gusta remitir, ¿eres de aquellos a los que fumar les inspira para crear o de los que les da ganas de todo menos de trabajar?

Cuando fumaba se me ocurrían más tonterías que dibujar y la cabeza me funcionaba de forma distinta. Me activaba mucho y no solía apalancarme. Todavía sigo dibujando payasadas que hay apuntadas en mis libretas de cuando no podía pasar sin yerba.

Juarma, maldad positiva

Abrázame hasta que esta vida deje de dar puto asco está dedicado a Davín (DEP), editor de Ultrarradio y Cretino, amigo y dibujante, con la estrofa de los Eskorbuto “Cuidado, os avisamos, somos los mismos que cuando empezamos”.

Davín me dio confianza y me enseñó que vengas de donde vengas y tengas las circunstancias que tengas, puedes contar historias. Sin miedo, sin titubear, sabiendo siempre quién eres y quién ha estado contigo cuando tocaba pelear.

Ahora resides en Valencia. Tu misantropía, desde que vives en esta ciudad, ¿ha aumentado o ha disminuido?

Estoy más calmado desde que vivo aquí. Con la pandemia no salgo mucho a la calle. No me gusta la gente, no soporto la maldad consciente, pero con cualquier gesto de bondad y humanidad me gana cualquiera.

THUNDERSTRUCKPor Juarma.

Thunder­struck. Por Juarma

Antes era raro ver marihuana plantada en el pueblo. La tenían los cuatro colgados, los cuatro jipis o punkis y los fumetas de toda la vida. Con la crisis mucha gente perdió su empleo y su sustento económico. Para no perder sus casas y poder seguir pagando las hipotecas, buscaban dinero fácil cultivando marihuana. Pero el dinero nunca es fácil. Asumes unos riesgos: te puede pillar la Guardia Civil y acabar jodido si te cuelas, puedes recibir multas o acabar en la cárcel por defraudar consumo eléctrico si te da el punto de poner un interior, y sobre todo, te pueden robar o atracar y no van a dudar en usar la violencia. Y pase lo que pase nunca vas a poder ir a la Guardia Civil. Estás desprotegido. Tienes que tener los cojones bien puestos. Nadie va a comprender que no tengas dinero para comer o para pagar tus letras. A mí esos asquerosos que se dedican a robar plantas a gente que se la está jugando por necesidad me ponen enfermo, me joden mucho. Pero a ver, pedazo de escoria, estás robando a un jornalero o un albañil en paro, que se la juega con esto para sobrevivir y por dar comida y techo a sus familias. Robad un puto banco, hijos de puta. Y dejad que la gente se pueda buscar la vida.

Dani y el Liendres sí podían disponer de más dinero cuando éramos chavales. En sus casas no les faltaba ni se lo bebían sus padres. Ambos pusieron la pasta la primera vez que decidimos comprar una cantidad grande de droga. Bueno, grande. Me hace cierta gracia recordarlo: cien putos gramos de hachís. A Lolo y a mí nos tocó ir al polígono con el Potas. Ya en el pueblo, nos juntamos en el videoclub del Liendres aprovechando que sus padres no estaban y preparamos barritas de chocolate que luego vendimos a mil pesetas. Todo nos salió de puta madre. Además de costearnos nuestros porros, sacábamos algo de dinero que nos fundíamos de fiesta los fines de semana. Después volvimos dos o tres veces a por más posturas de cien gramos. Como nos iba bien, decidimos que podíamos probar con doscientos e invertir las ganancias en conseguir más chocolate. Luego pillamos trescientos. Nos presentaron en el polígono a un cabronazo que nos hacía mejor precio por el costo y además nos ofreció éxtasis. Y decidimos probar. Los putos éxtasis se vendían más rápido y mejor que el hachís y nos daban más beneficios. Luego, cuando manejábamos más dinero con nuestros negocios, comenzamos a trapichear con la coca y a consumirla. Nuestra empresa crecía, manejábamos mucho dinero recién estrenada nuestra mayoría de edad y nosotros éramos cada vez más golosos.

Cuando terminamos el instituto en el pueblo de al lado y nos fuimos los cuatro a estudiar y trabajar a la ciudad fue perfecto. Teníamos más independencia y lo más importante: el polígono nos pillaba más cerca y podíamos ir a pillar hasta en un puto autobús urbano o un taxi, a la hora del día que quisiéramos. La idea era costearnos las fiestas y darnos caprichos. Pero pronto me di cuenta de que podía sacar un buen dinero de ahí y tomármelo más en serio. Siempre iba a pillar y me encargaba de la parte fea, de hacer las particiones, de los pesos, de los cortes, del embalaje, etcétera. Conocía a más gente en el polígono. Me interesaba escuchar a cualquier camello que me enseñase cómo hacerlo mejor. Ponía siempre la oreja y me dejaba aconsejar. Mis amigos son demasiado viciosos y nunca pensaban en hacer dinero con esto. Solo querían pasarlo bien y que nunca nos faltase droga. No tenía nada que perder, así que me puse a trapichear por mi cuenta.

Cuando empecé con la yerba me fue muy bien. La vendía a camellos que conocía en el polígono. Aquí, en Villa de la Fuente, hay buena tierra, buen sol y crece una marihuana de mucha calidad. La pagan bien. En el polígono siempre me pedían que llevase más, así que empecé a comprar maría a la gente del pueblo para venderla luego a un tercero y llevarme un buen pellizco. La mayoría de la yerba en este puto pueblo pasa por mis manos. Mis contactos me pedían más, porque luego ellos multiplicaban el dinero. Quería llevarme más guita, pero los mierdas que estaban por encima de mí no me dejaban negociar directamente con los narcos más grandes, que son los que luego mueven esta marihuana por toda Europa. Por querer ganar más, me he visto muchas veces en situaciones complicadas, de las que he tenido que salir yo mismo, con gente chunga de verdad. Una vez quedé con unos camellos que me ofrecían algo más de dinero por la yerba. Me confié, pensaba que no podría salir mal y me metí solo con muchos kilos de yerba en una parte peligrosa del polígono que no conocía bien. Además de robarme la marihuana, me dieron una paliza y me mangaron todo lo que llevaba encima. En esos momentos, lo normal habría sido pensar en dejar esta vida y quitarme de complicaciones. Pero no soy así.

Cuando aquellos camellos me crujieron a hostias en el polígono, Lolo no lo pensó mucho y me dijo que lo íbamos a arreglar. Avisamos también al Liendres. Compramos unos bates de béisbol en el Decathlon. A Dani lo dejamos aparte, porque Dani no tiene tanta maldad como nosotros. Nos subimos a un Golf GTI negro tuneado que tenía el Liendres y nos fuimos al polígono. Eran las once o las doce de la mañana. Aparcamos a unos metros de la casa donde me robaron y me dieron la paliza y esperamos allí. Salió uno de los que me calentaron el hocico; debía de pesar más de cien kilos, estaba fuerte el hijo de puta. Llevaba los brazos tatuados con tribales horteras, una camiseta de tirantes con media barriga fuera, un pantalón de deporte y chancletas. Lolo me preguntó:

—¿Es ese?
—Sí, ese es uno. Pero faltan otros dos.
—Entonces, esperamos.

Al rato llegaron en una escúter sin chasis los otros dos hijos de puta que me pusieron el careto como un cromo. Miré a Lolo y al Liendres y apretando los dientes les dije:

—Estos son.
Lolo lo tenía claro:
—Para mí, el gordo. Liendres, tú le metes al de la coleta. Y tú Jony, al de los pelos de punta.

Antes de bajarnos del coche, Lolo puso la música con el volumen al máximo. Comenzaron a sonar los punteos del principio de Thunderstruck. Le dije a Lolo:

—¿Qué coño haces?

—Vamos a poner AC/DC a toda hostia para que se asomen todos los primos a los balcones y salgan a la calle. Para que vean lo que pasa cuando a nuestro Jony le ponen una mano encima.

Lolo era así. Imagina la escena: una calle en lo alto del polígono, en una zona donde ni entra la policía, un Golf GTI negro tuneado con las lunas tintadas con Thunderstruck a toda leche y todos los vecinos asomados a las ventanas y a las rejas, mirando el coche. Los que me dieron la paliza se acercaron sin saber quién había dentro. Pensarían que era el coche de unos yonquis y se pusieron como en plan chulitos y se confiaron. Cuando estaban a un metro, nos bajamos con los bates de béisbol, comenzamos a repartir palos y en poco más de un minuto estaban los tres tirados en el suelo. Seguía sonando Thunder­struck. La gente nos insultaba y amenazaba desde las ventanas y las rejas, pero nadie se atrevió a plantarnos cara. Nos subimos al Golf GTI tuneado, andando despacio para que todos nos vieran bien las caras y nos fuimos de allí. ¿A ti te llegó alguna denuncia? A nosotros tampoco. Con AC/DC retumbando en el Golf GTI negro tuneado del Liendres, nos fuimos a un bar en La Chana, nos drogamos y nos emborrachamos, celebrando que siempre nos teníamos los unos a los otros.

(Fragmento de Al final siempre ganan los monstruos)

 

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