Madrid, una tarde de verano de 1980.
Han pasado ya unos meses del concierto Homenaje a Canito en la Politécnica de Madrid, piedra angular de La Movida, y algunos de los chavales que protagonizarán el mentado panorama cultural y musical se dan cita ahora en el apartamento de una señora asociada al movimiento literario surgido en 1927, tras el Homenaje a Luis de Góngora en el Ateneo sevillano. La recién nacida escena madrileña se reúne con la vieja escuela que se reunió en Sevilla. Lo pop, con la alta cultura. La edad de oro se cruza con el Siglo de Oro. Y, a lo que vamos: Quico Rivas (27) meets Rosa Chacel (82).
Quico Rivas en 1968, cuando era un estudiante clandestinamente politizado que abogaba por no beber ni consumir drogas.
No es la primera vez que el joven aunque reputado crítico de arte, instalado en la capital desde 1977, visita a la autoridad literaria que volvió definitivamente del exilio también en el 77. Durante los últimos tres años, el transgresor Quico Rivas viene reivindicando el legado de la sinsombrerista. Lo inusual de la velada es que Quico, acompañado de un grupo de amigos, ha ido hasta su casa, a su salón presidido por el retrato que le pintó su difunto esposo Timoteo Pérez Rubio, para leerle el borrador de El tiempo de una canción, la novela en la que lleva trabajando desde que llegó a Madrid.
Y se trata de un coming-of-age subcultural, en primera persona y ambientado en la Sevilla del 68, protagonizado por Quico, un quinceañero tímido y marisabidillo que, a través de un amigo más precoz, un buen verano descubre las drogas, la contracultura, el hippismo, el sexo libre y el rock psicodélico (y su reverso oscuro: la misoginia, el cuelgue, el manicomio, la cárcel, la claudicación de la utopía). Una novela que abre con un verso de Long Hot Summer Night de Jimmy Hendrix. Un texto que incorpora una documentada genealogía de la cultura de la droga en la capital hispalense. Un documento casi periodístico sobre lo más granado del underground musical andaluz del momento. Un libro en parte autobiográfico en cuyas primeras y últimas páginas el Quico Rivas real y presente acude a una cochambrosa sala del Madrid pre-Movida para ver un concierto a su trasnochado ídolo juvenil, el ficticio Carlos Pinball, quien fuera leyenda local sevillana y carismático líder de los Flippers. Este reencuentro, auspiciado por la ingesta de la “mezclita” predilecta del Quico ochentero (a saber: la combinación de “alcohol, hachís y anfetaminas”), funciona en la novela como una lisérgica Magdalena de Proust que devuelve al protagonista las agridulces vivencias del pasado.
Sevilla, capital del porro
Quico Rivas en 1971 y una de sus obras, Sister Morphine, de 2008 (técnica mixta sobre papel, 33,5 x 29 cm).
Vete tú a saber lo que le pareció a Rosa Chacel un borrador con una historia y un tono tan ajenos a su mundo. Como en tantos aspectos en los que Quico se adelantó en su vida y su obra, su libro no contaba con una tradición literaria previa en España. En el mejor de los casos, algunos de estos temas llevaban unos pocos años tratándose desde los márgenes de la cultura popular, en los cómics y la música y el cine underground. Y siempre con Barcelona o Madrid como foco, acreditando raramente a Sevilla como una de las primeras puertas de entrada de la contracultura en nuestro país por el intercambio cultural con la bases americanas de San Pablo, Morón de la Frontera y Rota, por ser ciudad de paso en las rutas de hippies mochileros que conectaban Ámsterdam con Marruecos, y porque el sur de la península contaba ya con una larga y normalizada tradición grifota de la cual los legionarios fueron pioneros.
Quico y Rosa Chacel, fotografiados por Ferdinando Scianna, frente al retrato que pintó el esposo de la escritora, Timoteo Pérez Rubio.
De hecho, Quico habló de esta genealogía de las drogas, de la natural aceptación de los derivados de la marihuana entre la población hispalense, en un reportaje publicado en 1977 por la revista Almanaque y titulado “Sevilla, capital nacional del porro”. El artículo empieza afirmando que la ciudad “ocupa el primer lugar en el ranking nacional de aficionados al cannabis” y, a continuación, al estilo de Hunter S. Thompson, Quico procede a mezclarse en los aledaños de la Plaza de Santa Ana con una serie de interlocutores, tales como un señor de 49 años que ha “comprado hacschich (sic) a peseta cuando tenía 9 años”, cuando por ese dinero le daban cuatro porros. El mismo que afirma que la grifa se vendía abiertamente en los kioscos, que antes no “se bajaba al moro cualquier jovencito, como ahora” y que en Sevilla se lleva fumando canutos “de toda la vida”. Otro, un camello, le explica que hay “gente situada” que le compran kilos enteros de chocolate, y de su conversación concluye el reportero que, en cambio, el común de los sevillanos siente “verdadera alergia a lo que llaman ‘química’. La heroína, la morfina, la cocaína, las anfetaminas, etc.”, que son prácticamente desconocidas. “Incluso el ácido –o la pildorilla, denominación familiar del LSD–, apenas encuentra clientela: casi exclusivamente entre personas más o menos intelectualizadas, o en el equivalente a los que por otros pagos se conocen como hippies”. Algunos de los puntos de venta y a varias de las personas que hablan con Quico en el transcurso de su investigación los pondrá, sin maquillarlos apenas, como personajes secundarios de su futura novela.
Pero volviendo al episodio de la lectura de su novela de iniciación a Rosa Chacel, tenemos constancia de ella no por los célebres diarios de la escritora, que no mencionan el encuentro, sino gracias a que uno de los asistentes la reseñó en el número 10 del fanzine Hojo!, editado en diciembre de 1980. Y quien esto firma lo sabe –igual que el mentado reportaje sobre la Sevilla grifota– gracias a Fran G. Matute, periodista, profesor, gestor, crítico cultural y espeleólogo de la Sevilla contracultural y la Andalucía pop, amén de autor de A Quico Rivas. Por una revolución de la vida cotidiana (Athenaica, 2024), un opúsculo en forma de carta dirigida a este personaje (en la mayor acepción del término) que a través de la crítica de arte, la agitación cultural, la militancia política, el periodismo y la investigación, pero también la creación artística, literaria y musical, hilvanó las costuras del subsuelo sevillano, madrileño y barcelonés.
El sueño de los prematuros
Quico Rivas junto a Andy Warhol en Madrid en 1983.
"El común de los sevillanos siente “verdadera alergia a lo que llaman ‘química’. La heroína, la morfina, la cocaína, las anfetaminas, etc.”, que son prácticamente desconocidas"
Y ahora, encima, a Fran debemos agradecerle que vea la luz esta primera (y única) novela de Quico Rivas, un texto que, unos meses después de enseñárselo a la autora perteneciente a la Generación del 27, y algo avergonzado, el crítico reescribió y dio por terminado, al menos en su primera versión, en octubre de 1980. Luego, y tras “dormir en un cajón el sueño de los prematuros”, según dejó escrito Quico en una carta que nos descubre también Matute, el autor dio a leer la novela a algunos pocos elegidos, realizó algunas correcciones a boli sobre el mecanoescrito y le cambió el título: El tiempo de una canción pasaría a ser Lo que dura una canción. Años después, este original se dio por perdido cuando la casa del crítico sufrió un incendio en 1998, pero, más de una década después de su muerte en 2008, la familia la encontró en un cajón y se la dejó leer a Fran.
Y es con este último y definitivo epígrafe que la editorial gijonesa Colectivo Bruxista acaba de rescatarla del olvido, imprimiéndola por primera vez 46 años después de haber sido escrita. “El título es el proyecto”, que solía decir Quico. ¿Qué por qué no intentó el crítico publicar su novela en vida? Pues quien mejor que Fran para hacer conjeturas:
“La única vez que he leído que Quico se refiriera a eso es en la entrevista que le hace José Luis Gallero en el libro Sólo se vive una vez: esplendor y ruina de la movida madrileña (que es una maravilla), en la que le habla de la novela diciendo que, en ese momento, alrededor del año 90, ‘sólo salvaría el título’. Pero luego, en el 95, la retoma, así que tampoco hay que echarle mucha cuenta a lo que diga”.
Quico con barba diez en 1973. Dragón del opio II, obra de 2005 (técnica mixta sobre papel, 34,5 x 24 cm).
"Este reencuentro, auspiciado por la ingesta de la “mezclita” predilecta del Quico ochentero (a saber: la combinación de “alcohol, hachís y anfetaminas”), funciona en la novela como una lisérgica Magdalena de Proust"
Aunque después Fran confiesa que lo más interesante es que en el ordenador de Quico, al que la familia le permitió el acceso para escribir su biografía, encontró un documento que llevaba por título Lo que dura una canción. “Y claro, pensé que era la novela; pero no –sigue el investigador–. Era otra que empezó a escribir poco antes de morir y en la que quería contar su vida. Porque en la novela que acaba de salir, más que en la vida de Quico, se basa en la de su primo Paquico y sus amigos. En el archivo que había en su ordenador pretendía contar lo que le había pasado de primera mano y, de hecho, encontré un índice de lo que iba a ser la nueva novela. Y esta se movía justo desde el verano de 1968 en Sevilla al Madrid del año 85, terminando con el famoso viaje en tren de la Movida a Vigo”.
¿Significa eso que Quico nunca fue el quinceañero apocado y con dificultades para relacionarse con las chicas de la novela?, seguimos interrogando al biógrafo. “Sí, sí, lo fue. Pero en el año 68 Quico no fue un hippie… Era un militante clandestino de izquierdas. Es difícil saber si en algún momento anheló vivir el final de los años sesenta de otra manera, pero fue desde los ambientes políticos clandestinos que Quico vivió aquellos años; hasta el punto que en aquella época, desde esa férrea ideología marxista, él abogaba por no beber ni drogarse”.
Las ‘muletas’ del espíritu
Genio y figura hasta la sepultura. Quico fotografiado por Paquico Navarro, su primo y la persona que sirve de base al personaje de Fali en Lo que dura una canción.
Y sin embargo, Quico Rivas se desataría (y de qué manera) en esos campos al cambiar Sevilla por Madrid. O eso se deduce de las loas a la dexedrina (y a las anfetas en general) que el crítico suelta en la citada entrevista de José Luis Gallero y que también dejó escritas en artículos de revistas como Zikkurath o colaboraciones en La Luna de Madrid como “El rincón de los camellos”, una suerte de collage de textos de obras españolas de principios de siglo XX que lidiaban con el tema de la droga. Por no hablar de anécdotas como la contada en una mesa redonda por Alberto García-Alix, en la que el fotógrafo se lamenta de haberle contagiado a Quico la hepatitis al compartir con él una jeringuilla en Marruecos.
"Carlos Pinball es con toda seguridad un trasunto de Silvio Fernández Melgarejo, músico de culto y pionero del rock sevillano del que corrieron numerosos mitos urbanos y cantidad de jocosas anécdotas"
Es este el Quico que narra la novela en los 80, y que, en las primeras páginas de la misma, un momento antes de reencontrarse con su antiguo ídolo Carlos Pinball, declara:
“Se me antoja importantísimo y envidiable poder traspasar ese límite o frontera de ánimo que inaugura ese estado a partir del cual todo parece posible, aunque no lo sea, es lo mismo. Muchos han escrito y siguen escribiendo con agudeza sobre la voluntad y el optimismo. Personalmente, más que por estas dos cualidades tan fundamentales a la buena economía del espíritu, y habiendo sufrido desde la más tierna infancia las consecuencias de su casquivana naturaleza, me he sentido más atraído por el tema de sus muletas. Las personas de dudoso gusto suelen referirse a ellas con el nombre de drogas pero, en lo posible, procuraré esquivar todo lo referente a estas personas de dudoso gusto”.
Carlos Pinball, por su parte, es con toda seguridad un trasunto de Silvio Fernández Melgarejo, músico de culto y pionero del rock sevillano (Los X-5, Los 5 Mercurys, Gong, Smash, Luzbel, etc.) del que corrieron numerosos mitos urbanos y cantidad de jocosas anécdotas. Algunas de ellas, curiosamente (o no), podrían confundirse con los no menos numerosos mitos urbanos y las no menos jocosas anécdotas que se cuentan de Quico Rivas.
Caravana de camellos VIII, obra de 2004 (técnica mixta sobre cartón, 44 x 56 cm).
Por ejemplo, la que se recoge veladamente en Lo que dura una canción, cuando Silvio dejó la música de forma temporal tras casarse con Carolyn Williams, una rica heredera inglesa (americana en la novela). Cuentan que debido a las leyes franquistas, según las cuales las esposas no podían sacar dinero del banco, la cuantiosa mensualidad que ingresaba la familia de la aristócrata debía ser retirada por Silvio. Hasta que una de las veces el músico se fue del banco con un colega directo al aeropuerto de Málaga, y de allí en el primer avión listo para despegar. Sin llegar a salir de los aeropuertos, los dos juerguistas continuaron este particular periplo por toda Europa, cogiendo un vuelo tras otro y, por supuesto, sin parar de beber durante todo el trayecto… hasta que se terminó el dinero.
Quién sabe si, como especulaba antes Fran G. Matute, a Quico le hubiera gustado vivir los sesenta como una leyenda golfa del rock psicodélico. Lo que parece acreditado es que en los ochenta tuvo oportunidad de resarcirse, llegando a protagonizar anécdotas muy similares. Por citar sólo una famosa, aquella en que le alquiló a Pedro Almodóvar, por un montón de dinero, una casa preciosa en el centro de Madrid para que el director rodara La ley del deseo… Pero resultó que la casa no era suya, sino de un ligue que estaba de viaje, y al llegar la chica se encontró con las paredes de su casa pintadas y una película en marcha, mientras Quico vivía a cuerpo de rey en un hotel a costa de la productora.
“Yo mismo cultivé la leyenda de mi mala fama, que es la única fama respetable”, dejaría dicho Quico Rivas. En cualquier caso, lo seguro es que, como asegura Fran G. Matute, Lo que dura una canción “es un documento de primer orden para estudiar la contracultura en España. Esa parte vivencial, experiencial, generacional, de dudas, emociones, cambios sociales y familiares, se expresan mejor en una novela que en cualquier ensayo. La literatura sirve para eso. Y tener un texto que fue escrito prácticamente en tiempo real, porque pasaron solamente cuatro o cinco años desde que acaba el hipismo en Sevilla y se comienza a escribir la novela, y que se nutre, además, de personajes e historias reales, pues nunca vamos a tener un retrato más directo de lo que pasó en Sevilla en aquel tiempo”. Y además, se trata de una novela insólita en la tradición libresca de este país.