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29 de Noviembre de 2022 #292

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Susan Sontag y sus metáforas

La escritora que recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras fue una figura fundamental para entender la cultura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. La ensayista, directora de cine y novelista mantuvo una frenética actividad durante décadas apoyada en las anfetaminas.

Un íntimo refugio

Susan Sontag nació en el Nueva York de 1933. Nieta de judíos emigrantes polacos, fue la mayor de las dos hijas de un matrimonio de la incipiente clase media americana. El próspero futuro de su padre, comerciante de pieles en China, se truncó al morir de tuberculosis cuando la futura escritora tenía tan solo cinco años. A su madre, Mildred Jacobsen, que se jactaba de haber ido a clase con el famoso gánster Mickey Cohen, le gustaba vivir “a todo tren”. Nunca supo muy bien cómo ejercer su papel, hasta el punto de pasar unos meses para comunicar a sus hijas que su padre había muerto. Mildred sucumbió al alcohol tras la defunción de su marido y ahogaba “con vodka y pastillas” su tristeza. Con apenas seis años, Sontag da muestras de su carácter escapándose de un campamento infantil, buscando llamar la atención de quien nunca supo atenderla. Comienza una vida itinerante marcada por la estrechez económica, el alcoholismo materno y la presencia de “un montón de tíos”, que al poco tiempo desaparecen. Todavía es una niña cuando la apedrean al grito de “judía de mierda”, algo que influye en que adopte el apellido de su padrastro (como forma de difuminar sus raíces) cuando Mildred se casa de nuevo. Sontag encuentra en la lectura y la escritura un íntimo refugio con el que paliar su necesidad de irse de casa. Un deseo que verá cumplido matriculándose en la Universidad de Berkeley.

Voluntad de autodestrucción

A través de sus diarios sabemos de la atribulada vida sexual de Sontag. Su hijo David Rieff publicó de manera póstuma, por “razones de índole práctica”, una selección de las anotaciones que su madre hizo en casi cien cuadernos durante toda su vida y que vendió por más de un millón de dólares a la Universidad de California en el 2002. Los dos volúmenes publicados hasta ahora abarcan un periodo comprendido entre 1947 y 1980. En sus páginas encontramos una adolescente que no quiere reconocer su homosexualidad y pretende “demostrar, por lo menos, que soy bisexual”. Con dieciséis años, Sontag se inicia en el alcohol y fuma marihuana. También apunta de manera sumarial: “en un sanatorio por un tiempo” y “crisis nerviosa”. Con diecisiete años conoce a Philip Rieff, profesor suyo en la Universidad de Chicago, con el que se casará una semana después. En su diario escribe: “Me caso con Philip con plena conciencia + temor a mi voluntad de autodestrucción”. Sontag tendrá a su hijo David poco después. La escritora supo que aquella relación no podría durar y confiesa: “El propósito del matrimonio es la repetición. Su mayor aspiración es la creación de mutuas y sólidas dependencias. / Las peleas al final se vuelven inútiles, a menos que siempre esté preparado para actuar en consecuencia, es decir, poner fin al matrimonio”. En diciembre de 1956 conoce a Allen Ginsberg y a Gregory Corso, quienes después serán conocidos como parte de la generación beat. En 1957 anota en su diario: “Eso es todo lo que hay. Ya no hay nada”, y rompen su enlace en 1958, aunque mantendrán todo tipo de desavenencias hasta llegar a las manos.

Anfetaminas de lo ‘camp’

En 1959, Philip Rieff publica Freud, la mente de un moralista, libro que había redactado Sontag a partir de unas pocas notas de su entonces marido y del que siempre reclamó la autoría. La escritora reproduce algunas de las desatenciones de su madre en el trato con su hijo. Trabaja más de diez horas diarias a base de tabaco, café y anfetaminas cuando entra en la prestigiosa editorial neoyorkina FSG. Allí publicará su primera novela: El benefactor (1962). En las anotaciones de su diario de aquellos años, Sontag se muestra bebedora de cerveza, jerez, pipermín, whisky, brandy, Pernod y vodka con Martini. Toma pastillas para combatir las fuertes migrañas que le acucian, a las que añade opiáceos como la codeína. En 1964, publica Notas sobre lo camp, que la encumbra en la palestra mediática. Sontag comienza a tomar speed para aumentar su capacidad de trabajo: “Ah, fue maravilloso. Todo era puro oro, todo. No había más color que el dorado. Era sencillamente fabuloso, la libertad total. […] Fue el ocaso de la movida de las anfetaminas, tomarlas nunca volvería a ser tan maravilloso. Y nosotros lo aprovechamos. Vaya si lo aprovechamos”. El escritor W.H. Auden era uno de sus camellos. A mediados de los sesenta, Sontag pasaba “dos semanas sin pegar ojo” a base de “cartones de Marlboro” y “frascos de dexedrina regados con litros de café”, así como Dexamyl, estimulante de moda (véase “Crónica de Sender”, Cáñamo, n.º 270), para poder acabar sus ensayos literarios: “Tras veinticinco horas de trabajo (Dexamyl –ininterrumpidas […]), creo que he resuelto las cosas”. Así nació Contra la interpretación, que publica en 1966. A su propio biógrafo, Daniel Schreiber, llegó a sorprenderle la fuerte adicción de Sontag a las anfetaminas. Al año siguiente, la escritora será detenida por impedir el acceso a una oficina de reclutamiento de Manhattan y publica Qué está pasando en Estados Unidos, donde reivindica la sexualidad y la ingesta de drogas como “técnica para explorar la conciencia”. Benjamin Moser nos recuerda que si bien la autora se opuso a la guerra de Vietnam, su fama hizo que frecuentara a “las personas que la habían declarado”, como el fiscal Robert Kennedy, hermano del presidente asesinado.

Lente de gran angular

“Lo que utilizo cuando escribo es el speed, que es totalmente opuesto a la hierba. Tomo un poco de speed cuando me bloqueo, para ponerme en marcha de nuevo. Me puedo tirar veinte horas sentada en una habitación sin sentirme en ningún momento sola ni cansada ni aburrida. Aumenta de forma increíble mi capacidad de concentración”

Pese a que Moser no lo cita en su imprescindible biografía sobre Sontag, en sus agendas aparecen anotaciones sobre el ácido lisérgico que presuponen una experiencia personal: “LSD: lente de gran angular: aplanamiento, pero se pierde perspectiva de profundidad (las cosas alejadas parecen estar al alcance)”, y más adelante añade: “LSD: todo se descompone (sangre, células, alambre) –no hay estructura ni situación ni implicación–, todo es física”. En otras entradas, Sontag muestra su progresivo rechazo al alcohol y sus experiencias con la marihuana, que prueba en un viaje a Marruecos: “Los marroquíes más jóvenes están sustituyendo el kif […] por el alcohol. (¡Es todo lo contrario!)”. Ella, sin embargo, sigue prefiriendo las virtudes de la anfetamina en boga: “El Dexamyl perfila los contornos (el kif dispersa)”. Su hijo reconoció que su madre se enganchó al medicamento a mediados de los sesenta y lo consumió con regularidad hasta entrados los ochenta. Su biógrafo Benjamin Moser escribe que su dependencia “habría de prolongarse durante por lo menos un cuarto de siglo”. Sigrid Nunez dijo en su libro de recuerdos sobre Sontag que ésta tomaba dexedrina: “Trabajaba día y noche, sin salir nunca del apartamento”. En los momentos álgidos de trabajo anfetamínico no se detenía ni para cambiarse de ropa: “Ni siquiera podía parar para encenderme mis propios cigarrillos. Tenía a David [su hijo, que entonces tenía diez años] de pie al lado encendiéndomelos mientras yo seguía tecleando”. En carta a su amigo Roger Straus, Sontag escribió: “He estado trabajando unas dieciséis horas al día, siete días por semana”. Quienes la conocían, no salían de su asombro al leer la crítica que hizo a Jean-Paul Sartre por los efectos que las anfetaminas tuvieron en la obra del francés: “Y mientras escribe esto, tiene alijos [del estimulante] esparcidos por todo el piso”, comentaba su hijo. Las diversas parejas con las que mantiene relaciones también son adictas a distintas drogas y alguna, incluso, acaba suicidándose. En sus diarios también aparecen anotaciones sobre el suicidio. En 1975 escribió: “Quiero contarme entre los supervivientes”. Según Moser, el abuso de las anfetaminas la condujeron a la depresión, llegó a plantearse el suicidio y durante un tiempo estuvo medicándose con Elavil (antidepresivo tricícliclo).

Speed ‘versus’ marihuana

En cuestión de drogas, Susan Sontag va a dejar clara su postura en dos entrevistas realizadas en 1978: una para High Times y otra para Rolling Stone. En la primera, tras ser preguntada si fumaba marihuana cuando escribía, la escritora contestó que lo había intentado pero que le relaja demasiado, y confiesa: “Lo que utilizo cuando escribo es el speed, que es totalmente opuesto a la hierba. Tomo un poco de speed cuando me bloqueo, para ponerme en marcha de nuevo […] Me puedo tirar veinte horas sentada en una habitación sin sentirme en ningún momento sola ni cansada ni aburrida. Aumenta de forma increíble mi capacidad de concentración”. En la entrevista, que no tiene desperdicio, la escritora habla de las anfetaminas en la obra de Sartre y de Malraux, para después adentrarse en los escritores decimonónicos. Para Sontag, Balzac o Dickens fueron “capaces de sintetizar el speed en sus propios organismos”. Y continúa diciendo: “Mucha gente tomaba opio en el siglo xix, era muy fácil de obtener, porque solía venderse en farmacias como analgésico […]; es bastante natural que los escritores e incluso los pintores tengan la necesidad de algo que les ayude a pasar esas horas y horas y horas que pasan con ellos mismos, escarbando en sus propias entrañas”. En Rolling Stone, Sontag confiesa la importancia que tuvo la marihuana para ella: “A lo largo de mi vida adulta tomé una modesta cantidad de drogas psicodélicas. Fumar hierba –algo que hice también con modestia– cambió mi sistema nervioso. Me ayudó a relajarme, por ejemplo. Es tonto, pero es verdad. Antes de fumar hierba nunca pude relajarme como me relajo ahora, y fumé por primera vez cuando tenía alrededor de veintidós años. […] Yo no sabía que uno podía relajarse ni que relajarse fuera algo bueno […] Lo que aprendí de las drogas fue un cierto tipo de pasividad que me hizo bien, porque yo era muy nerviosa. […] Y a los veinte, cuando empecé a fumar un poco de hierba, una sola calada profunda me permitía tener una idea de lo que era hibernar un poco cada tanto. Mi sistema nervioso aprendió la lección. Mi habilidad para relajarme mejoró mi vida. Ya no soy tan nerviosa”.

Susan Sontag y sus metáforas

La enfermedad y sus metáforas

En 1975, Susan Sontag sufre un agresivo cáncer de mama, algo que traslada a su ensayo La enfermedad y sus metáforas (1978). Su hijo, que también tomaba anfetaminas, se enganchó a la cocaína. Al poco, la autora mantiene una relación con Joseph Brodsky (premio Nobel de Literatura en 1987), y continuará publicando artículos, ensayos (Sobre la fotografía, 1977, o Ante el dolor de los demás, 2003) y novelas (El amante del volcán, 1992, y En América, 1999, por el que recibió el Premio Nacional de Libro de Ficción en su país). Existen numerosos testimonios que hablan de su magnetismo personal. Convertida ya en un icono de la cultura yanqui, llegó a aparecer en la película Zelig (1983), de Woody Allen. Su vida fue una montaña rusa sentimental y económica, hasta que en 1989 conoce a la célebre fotógrafa Annie Leibovitz, quien se convierte en el principal apoyo de Sontag hasta su muerte. La retratista de las celebridades le hace de mecenas. Moser cuenta: “El contable de la pareja calculó que, a lo largo de su relación, Leibovitz regaló a Sontag por lo menos ocho millones de dólares”. Ya en los noventa, la escritora acudió a Sarajevo para representar la obra Esperando a Godot (1952) durante el cerco a la ciudad. La apuesta por Beckett en pleno conflicto le otorgó mayor proyección internacional. En 1998, la escritora sufre un sarcoma uterino y es tratada con cisplatino. En el 2003 recibe el premio Príncipe de Asturias de las Letras, que mitigó su frustración por no haber conseguido el Premio Nobel de ese año, que ganó el sudafricano Coetzee. El duro tratamiento al que fue sometida devendrá en una leucemia que acabará con su vida el 28 de diciembre de 2004. Sontag no supo encajar el diagnóstico y sus allegados temieron por su salud mental. Comenzó a tomar Ritalín (psicoestimulante) y Ativán (ansiolítico), pero el tratamiento no funcionó como se esperaba. Su hijo (con el que mantuvo una relación de dependencia y chantaje emocional) revivirá la agonía de su madre en el libro Un mar de muerte (2008). De nuevo, Annie Leibovitz se hizo cargo de los costosos tratamientos y del traslado del cuerpo al cementerio parisino de Montparnasse, donde fue enterrada.

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