Carlos Enrique Lehder

El hippy neonazi

Los dos ídolos del narco Carlos Enrique Lehder eran Adolfo Hitler y John Lennon. Fue uno de los fundadores del cártel de Medellín junto a Pablo Escobar. Tambien puso en marcha un partido político, el Movimiento Cívico Latino Nacional, que buscaba instaurar un régimen neonazi en Colombia.

El colombiano Carlos Enrique Lehder era un narco de ideología muy peculiar, repleta de dicotomías. Sus dos ídolos eran Adolfo Hitler y John Lennon. Se declaraba “antiimperialista”, aunque sentía devoción por la Coca-Cola y admitía con culpa: “Es lo único que me gusta del imperialismo”. Lehder fue uno de los fundadores del cártel de Medellín junto a Pablo Escobar. También puso en marcha un partido político, el Movimiento Cívico Latino Nacional, que buscaba instaurar un régimen neonazi en Colombia. En un plano más pragmático, buscaba a toda costa evitar la extradición de colombianos a Estados Unidos. No llegó muy lejos, y Lehder ocupa el dudoso honor de ser uno de los primeros narcos colombianos en ser extraditados en 1987. Allí sigue preso, después de treinta y dos años.

Nació en 1949 en Armenia, en la región cafetalera de Colombia, hijo de una colombiana y un hotelero alemán. Su padre simpatizaba con el régimen nazi –de ahí el interés de Carlos por el Führer–, que se instaló en Colombia en la década de los treinta del siglo pasado. Cuando Carlos tenía catorce años, sus padres se separaron. Su madre se lo llevó a Detroit y lo dejó al cuidado de unos familiares. Su tío, según la prensa colombiana, abusó de él y eso le dejó enormes secuelas. Empezó robando coches en Detroit para una red que después los vendía en Canadá. Lo detuvieron por primera vez en 1973, y unos meses más tarde lo volvieron a arrestaron en Miami por hacer trapicheos con hierba. Lehder estuvo preso dos años. Su compañero de celda fue George Jung, el narcotraficante que inspiró la película Blow y que le contó los secretos del negocio. Según Jung, Lehder le juró que cuando quedara en libertad montarían un emporio de cocaína, con el que buscaría “destruir a la decadente sociedad norteamericana”.

Cumplió su palabra. Cuando salió de la cárcel en 1975, se asoció con Jung. Reclutaban a mujeres jóvenes estadounidenses dispuestas a pasar unos días de vacaciones en Antigua. A la vuelta, traían en sus maletas algunos kilos de marihuana escondidos tras un doble fondo. La aviación era su gran pasión, y durante estos años –en los que vivía en Miami– se matriculó en una escuela de vuelo. La leyenda cuenta que cuando tuvo su primer millón compró un avión que reparó y vendió a un Pablo Escobar que empezaba a hacer sus trapicheos. Lehder siguió comprando avionetas y aviones y poniéndolos al servicio de su nuevo socio, y fue fundamental para el crecimiento del cártel de Medellín.

Durante sus frecuentes viajes al caribe, Lehder y Jung tuvieron una idea rompedora. Iban a comprar una isla en las Bahamas, a doscientas millas de Estados Unidos. La isla en cuestión tenía unos cien vecinos, a los que hizo generosas ofertas para que le vendieran sus propiedades. A otros los tuvo que intimidar, pero finalmente cedieron y se fueron cuando vieron que las denuncias a la policía no conducían a nada. Lehder actuaba con total impunidad; durante su juicio reveló que había sobornado al primer ministro de Bahamas, Lynden Pindling. Parte del atractivo de la isla era que tenía una pista de aterrizaje de dos kilómetros a la que podían llegar todo tipo de aviones. Todos los días aterrizaban aviones colombianos. Su carga partía en avionetas a Estados Unidos volando bajo para evitar los radares. Los fardos los arrojaban a playas de Florida, donde los cómplices de Lehder los recogían. Era la primera vez que alguien intentaba algo así, y los guardacostas estadounidenses tardaron años en reaccionar.

La isla bonita

Además de aeropuerto, Lehder organizaba en su isla fiestas y orgías legendarias. Tenía a su disposición las cien lujosas viviendas de los antiguos habitantes a disposición de sus invitados. Según la leyenda, Lehder era bisexual y tenía un apetito voraz. En un documental de PBS, uno de los asistentes a una de esas fiestas las describió así: “Cinco hombres, diez mujeres y todos corriendo en pelotas, cambiando de parejas, bebiendo y fumando porros… Fueron tres días de Sodoma y Gomorra”. Su otro pasatiempo en las Bahamas era entrenar a los sicarios que estaban en Cayo Norman y adoctrinarlos en su visión del nazismo. La isla operó hasta 1982, cuando la DEA finalmente la desmanteló. Lehder escapó y, según cuentan, desde el avión en el que huyó lanzó panfletos que rezaban “DEA go home”, acompañados de billetes de cien dólares.

Se instaló en Armenia, donde no cultivó un perfil bajo. Se paseaba con deportivos de lujo por las calles de la ciudad y mandó construirse una mansión, la “Posada Alemana”, en donde tenía animales salvajes. También encargó al escultor Rodrigo Arenas Betancourt una interesante escultura de John Lennon con un casco de soldado alemán, un sincretismo de sus dos pasiones. Lehder fantaseaba con presidir Colombia. Para lograrlo abrió un periódico (con un tiraje de cincuenta mil ejemplares) y fundó un partido político, el Movimiento Cívico Latino Nacional, cuyo verdadero fin era combatir el tratado de extradición que el Gobierno colombiano había firmado con Estados Unidos.

A pesar de que la DEA lo buscaba, empezó a conceder entrevistas, a medios tanto locales como internacionales. Unas entrevistas muy locas en las que alababa a Hitler y denunciaba el imperialismo yanqui. En una de ellas, en 1983, reconoció sus lazos con el narcotráfico. Ese mismo año, en agosto, Rodrigo Lara Bonilla fue nombrado ministro de Justicia y rápidamente emprendió una cruzada contra el cártel de Medellín y reabrió algunas causas penales pendientes contra Lehder y le decomisó propiedades. El narco se tuvo que refugiar en la clandestinidad, aunque continuó con su frenesí periodístico.

El foco mediático no sentó muy bien en las filas del cártel de Medellín, cuyos capos temían que en alguna de sus diatribas Lehder revelara algo indebido. En agosto de 1984, Escobar mandó asesinar al ministro de Justicia Lara Bonilla y la presión contra el cártel incrementó. Lehder huyó, estuvo en Cuba una temporada (hasta que le declararon persona non grata), luego en España, en México, en Nicaragua (protegido por los sandinistas). Y finalmente regresó a Colombia, donde retomó su carrera como si nada.

Lehder era devoto de los porros, los consideraba algo “para el pueblo”, mientras que la venta de cocaína era “para sacarle plata a los ricos”. Durante una fiesta repleta de mujeres, botellas y farlopa, Lehder se fue con una mujer que era amante de uno de los guardaespaldas de Escobar. Este, según la leyenda, tocó a su puerta para que saliera y cuando Lehder abrió le pegó un tiro en la frente. Se disculpó con Escobar y la fiesta siguió. Al día siguiente Escobar le sugirió ir a una hacienda, un “lugar seguro”, a descansar. Luego avisó a las autoridades, que lo detuvieron a la mañana siguiente, el 4 de febrero de 1987. Casi de inmediato y sin pasar por un juzgado, lo subieron a un avión que lo llevó a Tampa Bay, donde le juzgaron y condenaron a cadena perpetua. Lehder hoy tiene sesenta y nueve años. En el 2016 escribió a Barack Obama para pedir clemencia y que le extraditaran a Colombia, pero la petición fue rechazada por el expresidente. Si no hay contratiempos, el próximo año saldrá de la cárcel.

Una inusual alianza (despiece)

El hippy neonazi Carlos Enrique Lehder

Desde hace un año, Jorge Lara, hijo del ministro asesinado, Lara Bonilla, y Mónica Lehder, hija del narcotraficante Carlos Lehder, han concedido entrevistas y dado charlas juntos para demostrar que la reconciliación en Colombia es posible. Lehder fue uno de los autores intelectuales del asesinato del ministro de Justicia, Lara Bonilla. Sus hijos se conocieron hace un par de años gracias a Juan Pablo Marroquín –hijo de Pablo Escobar–. “Nunca nos buscamos para juzgarnos ni señalarnos. Desde el contacto ya existe esa paz. Yo tengo treinta y cinco años, Jorge perdió a su padre hace treinta y cuatro, llevamos toda una vida trabajando en este perdón”, declaro Mónica Lehder a la revista Semana el año pasado.

La última vez que Lehder vio a su padre fue hace quince años. Para la familia es imposible conseguir una visa para visitarlo, dado que sigue formando parte del programa de protección de testigos. Hace un par de años Lara hizo campaña para que, por motivos humanitarios, dejen volver a Lehder a Colombia. “Pedimos algo de humanismo al gobierno gringo”, declaró Lara a Semana.

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