Narcoiglesias
Capilla del barrio de Tezontle en Pachuca reformada con dinero de Heriberto Lazcano, fundador de los Zetas.

Narcoiglesias

Este artículo se publicó originalmente en el número 285 de la revista Cáñamo España

¿Hasta dónde llega la complicidad entre iglesia y narcotráfico? En América Latina, los narcos suelen ser católicos devotos y no solo demuestran su fe haciendo promesas vanas, sino que también buscan el perdón divino dando generosas limosnas, construyendo o remodelando capillas.

La humilde capilla del barrio del Tezontle, una zona marginal de la ciudad de Pachuca, en México, gozó de un lavado de cara radical en el año 2009. Se ampliaron los muros, se pintaron de naranja y se edificó una gigantesca cruz metálica de veinte metros. Se convirtió en una de las iglesias más importantes del estado de Hidalgo. La reforma la pagó un vecino del barrio, como quedó patente gracias a una placa en uno de los muros del templo: “Centro de Evangelización y Catequesis Juan Pablo II. Donado por Heriberto Lazcano”. Lazcano es el fundador del cártel de los Zetas, uno de los más sanguinarios del mundo y quien murió en un tiroteo con la Marina el 12 de octubre de 2012. Cuando la foto del templo se publicó en la prensa, se generó un escándalo que derivó en el retiro de la placa. Sin embargo, todos los 12 de octubre se sigue realizando una misa en memoria de Lazcano, en la que el párroco pide a Dios para que perdone sus pecados.

¿Hasta dónde llega la complicidad entre iglesia y narcotráfico? En América Latina, los narcos suelen ser católicos devotos. En vísperas de la visita del papa Benedicto XVI a México, en el 2012, el cártel de los Caballeros Templarios dejó una narcomanta en la que prometían portarse bien durante la visita papal y pedían lo mismo a sus rivales, del cártel Jalisco Nueva Generación: “Así que no piensen en acercarse y menos en generar violencia justo en estas fechas que viene Su Santidad Benedicto XVI. Quedan advertidos, entrometidos”. A pesar de la promesa, ese mismo día los mismos Caballeros Templarios dejaron otra narcomanta con diez cabezas cercenadas.

Los narcos no solo demuestran su fe haciendo promesas vanas, sino que también buscan el perdón divino dando generosas limosnas, construyendo o remodelando capillas. Es imposible saber cuántas de estas narcocapillas existen en México, aunque no es raro ver en zonas rurales del Triángulo Dorado (que controla el cártel de Sinaloa) modernas y ostentosas iglesias o mausoleos en los cementerios. En la parroquia de Tamazula, en Durango, las bancas de la iglesia fueron donadas por familias de narcotraficantes del cártel de Sinaloa como Inés Calderón, la familia Coronel (los suegros del Chapo Guzmán) o por Sandra Ávila Beltrán, “la Reina del Pacífico”.

¿Es correcto que los curas acepten estos regalos de narcotraficantes? No. Sin embargo, poco pueden hacer para evitarlo. En un reportaje de la revista Proceso, un portavoz del Episcopado mexicano reconoce: “Sabemos de esos donativos. Los narcotraficantes van y colocan sus bancas en los templos y no hay quien los pare. No censuramos a nuestros párrocos por eso. Comprendemos lo difícil de su situación”. El padre Robert Coogan ilustra lo difícil que es convivir con el narco. Él oficia en una capilla de la prisión de Saltillo, en el fronterizo estado de Coahuila, en donde muchos de los reos pertenecen al cártel de los Zetas. En el 2011, le ofrecieron pintar la capilla y el sacerdote se negó, alegando que la capilla tenía goteras y que el agua arruinaría el trabajo de los pintores. Lejos de disuadirlos, además de pintar los reos impermeabilizaron el recinto.

La guerra contra el narcotráfico deja todos los años entre veinte mil y treinta mil muertos, y el portavoz del episcopado confiesa que en ocasiones los cárteles van a buscar a sacerdotes para que oficien misas tras algún ajuste de cuentas. Muchos lo hacen contra su voluntad, porque resistirse les puede costar la vida. El portavoz relataba el caso de un cura al que obligaron a dar misa en la casa de un capo. Cuando volvió a su casa, los narcos tocaron a su puerta y le dejaron una pick-up último modelo para agradecerle sus servicios. Tuvo que rechazar el regalo. No todos resisten la tentación.

Crimen sin resolver

Uno de los mayores crímenes sin resolver en la historia reciente de México se remonta al 24 de mayo de 1993, cuando un grupo de sicarios acribillaron a tiros al cardenal de Guadalajara, Juan José Posadas Ocampo, en el aeropuerto de la ciudad. La historia oficial cuenta que los sicarios del cártel de Tijuana pensaron que se trataba del Chapo Guzmán, a quien habían ido a asesinar (y que entró al aeropuerto unos minutos antes). Posadas estaba en el aeropuerto para recoger al nuncio apostólico (representante del Vaticano en México) Girolamo Prigione. Presuntamente, le iba a contar lo que había descubierto sobre la penetración del narcotráfico en la Iglesia católica.

Seis meses después del asesinato, en diciembre de 1993, el nuncio Prigione se reunió con los hermanos Arellano Félix. Además de jefes del cártel de Tijuana, eran una de las familias bien de la ciudad, muy devotos y que hacían generosas donaciones a la parroquia a la que asistían todas las semanas. Durante las reuniones que sostuvieron con el nuncio querían transmitirle que ellos no habían participado en el asesinato del cardenal (aunque sí lo hicieron). El nuncio debía de transmitirle el mensaje al presidente Salinas de Gortari, cosa que hizo. La reunión fue confirmada por el fiscal de la época, Jorge Carpizo, en un libro que escribió sobre el crimen. Allí relata que tanto él como el presidente sabían de la reunión y que decidieron no detener a los hermanos. Hubo otra reunión con el nuncio Prigione en enero de 1994, a la que se barajó que el presidente acudiese. Sin embargo, se echó atrás y volvió a optar por no detener a los hermanos.

Oficialmente, el mensaje que lanza el Vaticano es el de tolerancia cero ante las narcolimosnas. Sin embargo, esto es difícil de llevar a cabo en la práctica. En junio de 2014, en uno de sus primeros actos como papa, Jorge Bergoglio aseguró en Calabria: “Los mafiosos no están en comunión con Dios. Están excomulgados”. Sus palabras respondían al asesinato de un niño de tres años y su abuelo, en un ajuste de cuentas de la ‘Ndrangheta. Era la primera vez que un papa se refería con tanta claridad a una compleja relación con un siglo de historia. El papa Francisco puso en marcha una comisión para asegurarse de que no haya limosnas de mafiosos en Italia y para iniciar el proceso de excomunión de los capos de la mafia que prometió.

La dureza con la que el Vaticano ha enfrentado a la mafia italiana no se ha trasladado a América Latina, donde la realidad es más cruda. En los últimos nueve años, treinta y siete sacerdotes mexicanos han sido asesinados, según cifras de la Conferencia Episcopal Mexicana. El padre Gregorio López, de la parroquia de Apatzingán, se ha acostumbrado a oficiar misa con chaleco antibalas bajo la sotana. El cura ha organizado a los vecinos para protestar y exigir que se vaya del pueblo el cártel de los Caballeros Templarios, y fomentó la creación de los grupos de autodefensas paramilitares, que han surgido para “liberar” a los pueblos del crimen organizado. López ha recibido decenas de amenazas e, incluso, una advertencia del obispo, quien le pidió bajar el perfil, dado que no era propio de un pastor. Rodríguez le contestó: “Sí, señor, pero un pastor que está viendo que le chingan a las ovejas y se queda callado no es pastor, es un asalariado”. El obispo cumplió su palabra y suspendió al padre Goyo en julio del 2020.

Blanco divino

Jorge Mercedes

Jorge Mercedes era un pastor evangélico dominicano que tenía una popular iglesia llamada El Rugido del León. En sus servicios, el “pastor Jorge” curaba a feligreses que, incapaces de andar, eran “sanados” por sus manos y echaban a andar. La iglesia tenía filiales en Colombia, a las que acudía a predicar a menudo. La policía colombiana lo detuvo en el año 2015 acusado de lavado de dinero. Según la Fiscalía, el pastor Jorge recibía enormes cantidades de dinero del Clan del Golfo (uno de los cárteles más fuertes de Colombia). Con ese dinero compraba propiedades en diversos países latinoamericanos, que posteriormente donaba a los prestanombres del cártel. Se declaró culpable de los cargos que le imputaban y permanece preso.

Además de la fe, uno de los enormes atractivos que brindan las iglesias para los cárteles es que son ideales para blanquear dinero. Particularmente, las evangélicas, que en las últimas décadas han experimentado un enorme crecimiento en toda América Latina. Solo en México, hay cien mil iglesias evangélicas registradas, mientras que en Guatemala son treinta mil. Las leyes de prácticamente todos los países americanos hacen que todas las religiones estén exentas del pago de impuestos. Además, en sus declaraciones de la renta no tienen que especificar la procedencia del dinero ni el uso que se les da. Esto dificulta la labor de los investigadores.

 

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