Klaas Bruinsma

El rey del hachís

Rafael Zaragoza
Este artículo se publicó originalmente en el número 250 de la revista Cáñamo España

De todos los narcos que pululan por el mundo, el caso del holandés Klaas Bruinsma es atípico. Durante la década de los setenta y ochenta fue el capo más importante de Europa; todos los meses importaba toneladas de maría y hachís de Marruecos y Pakistán, que después vendía a traficantes de media Europa desde el coffee shop que tenía en Ámsterdam con su socia, Thea Moear. Bruinsma provenía de una de las familias más ricas de Holanda. Su padre, Anton, era el fundador de la refresquera Raak. 

Su padre era sádico, una cualidad que también heredó Klaas. Estaba casado con una británica, de la que se separó cuando el niño tenía cuatro años. Ella vuelve a su país y a Klaas lo cría Anton y un ama de llaves. En el documental de Netflix Los señores de la droga, se relata un episodio cuando Klaas tiene cinco años y su padre le hace saltar desde un armario para cogerlo en el aire. Tras tres saltos, en el cuarto el progenitor deja que su retoño se estampe contra el suelo y le enseña una lección invaluable: no te fíes de nadie. 

A los dieciséis años, Bruinsma empieza a vender hachís en el instituto y lo arrestan por primera vez, pero debido a su edad le sueltan de inmediato, aunque le advierten que no siga por ese camino. No escarmentó y continuó con el negocio hasta que lo expulsaron del colegio meses después; entonces decide dedicarse al narcotráfico a tiempo completo. Eran mediados de la década de los setenta, y en sus inicios trapicheaba hachís en el bar Popeye. Bruinsma tenía un problema: nadie se lo tomaba en serio. Su forma de hablar y su pinta de pijo hacían que le vieran como un pelele. 
Bruinsma necesitaba credibilidad callejera, de la que él carecía, así que se buscó un socio. Pidió una cita con Thea Moear, una escultural mujer (ganadora del concurso Miss Hot Pants 1974), hija de una pareja de traficantes y que se había criado en el Barrio Rojo de Ámsterdam. Acordaron reunirse en el bar Popeye. “Estuve un rato esperando al Largo ‒relata Moear sobre su primer encuentro en el documental de Netflix¬¬‒, pero no sabía qué aspecto tenía. Cerca de mí había un tipo sentado con aspecto correcto y formal, como de estudiante”. Era Bruinsma. A las pocas semanas se asociaron y pusieron en marcha un coffee shop, el Buggie, desde el que lanzaron una de las sociedades más prolíficas del hampa.
El negocio iba viento en popa y pronto se dieron cuenta de que no tenían suficiente producto para satisfacer la demanda. Necesitaban un distribuidor más potente, y Thea pensó en un amigo suyo, Frits van de Wereld, un mítico contrabandista holandés. “La primera vez que el tío Frits vio a Klaas dijo: ‘¿Quién es este imbécil? No quiero volver a ver a este pijo’. Luego hablaron, vio que Klaas era un profesional y lo aceptó”, evoca Moear. Y así empezó su carrera hacia la cima.

Klaas se dio cuenta de que cuantos menos intermediarios tuvieran mayor era el beneficio. Así que empezó a cultivar a los contactos marroquíes y pakistaníes de Van de Wereld. Pronto trajo sus propios alijos. Las mulas le llevaban el hachís a la playa, en barcas de remos lo trasladaban a barcos más grandes, que lo transportaban a Ámsterdam. En cada viaje solía llevar entre una y dos toneladas de hachís o maría. Bruinsma era el proveedor, y su socia, Moear, con su extensa red de contactos, no tenía problemas en venderlo. Se convirtieron en los reyes de Ámsterdam: eran los principales importadores de hierba de Europa, y a ellos acudían camellos de toda Europa en busca de unos minutos con Thea. 

CEO

Bruinsma empezó a comportarse como un camello de los de antaño. Iba a todos lados con los bolsillos repletos de fajos de florines, que anudaba con una liga. Empezó a frecuentar a prostitutas de alto standing y a esnifar cocaína como si no hubiera mañana. Era el rey del hachís. Le obsesionaba ser más rico y poderoso que su padre y, siguiendo su ejemplo, creó tres divisiones claramente diferenciadas en su cártel: una de sicarios, otra dedicada a la importación de narcóticos y una tercera que se encargaba de blanquear sus ganancias. Él era el CEO, y a finales de los setenta ganaba varios millones de dólares al mes y era más rico que su padre. 

Iba a todos lados con los bolsillos repletos de fajos de florines. Empezó a frecuentar a prostitutas de alto standing y a esnifar cocaína como si no hubiera mañana. Le obsesionaba ser más rico y poderoso que su padre

Su nuevo estatus también llamó la atención de las autoridades holandesas, que crearon una división especializada en el crimen organizado; Bruinsma figuraba a menudo en sus informes. Su socia, Thea Moear, tenía muy mal gusto con los hombres. Primero se casó con un traficante llamado Hugo Ferrol, que se hizo adicto a la heroína y, en pleno mono, le dio una paliza y le disparó a la cara, pero falló por pocos centímetros. Bruinsma lo mandó asesinar y estuvo a punto de acabar tras las rejas. En agosto de 1983, otro novio de Moear se negó a pagarles un alijo. Bruinsma se presentó en su casa sin guardaespaldas y durante el tiroteo mató al exnovio, aunque quedó gravemente herido del estómago.

Cuando se recuperó lo detuvo la policía y le acusó de asesinato (lo que habría supuesto una condena de décadas en prisión), pero logró que solo le condenaran a dos años por homicidio involuntario. Salió de la cárcel en 1986 y, para entonces, su socia Thea, asustada por la violencia, se había retirado del negocio. Bruinsma se quedó sin un contrapeso que frenara sus instintos asesinos. La policía holandesa seguía todos sus movimientos muy de cerca, pero era cuidadoso. 

Asediado por todas partes, decidió hacer un último negocio que le permitiría retirarse para siempre del narcotráfico y vivir una vida apacible rodeado de prostitutas y montañas de farlopa. Para ello decidió traer un último alijo de cuarenta y cinco toneladas. Nunca nadie había intentado importar tanto hachís pakistaní. El viaje de Pakistán a Ámsterdam tardó diez meses (en el camino el alijo cambió de embarcación varias veces). Sin embargo, la policía recibió un chivatazo y en cuanto atracó en Ámsterdam el 24 de febrero de 1990 encontraron el alijo que habría supuesto beneficios por dos cientos cincuenta mil millones de dólares. 

Bruinsma estaba furioso y fuera de control; empezó a consumir cocaína como si no hubiera mañana. “Los últimos dos años que vi a Klaas iba de mal en peor. Cada vez era más paranoico y suspicaz por culpa de la cocaína y el alcohol. No dormía y no se fiaba de nadie”, evoca una prostituta a la que frecuentaba Bruinsma en el documental de Netflix. Era violento con las mujeres y totalmente impredecible, incluso para sus sicarios. Uno de ellos describió sus últimos días “como Hitler durante su última semana en Berlín, en el búnker, totalmente fuera de contacto con la realidad y muy peligroso”. La madrugada del 27 de junio de 1991 Bruinsma estaba en el club Hilton hasta las cejas de farlopa y empezó a discutir con Martin Hoogland, un expolicía reconvertido en sicario que le disparó tres veces en el pecho y lo remató en la cabeza. 

Destronando al rey 
Mabel Wisse Smit

El legado de Bruinsma sigue muy presente en Holanda y, de hecho, su sombra provocó la abdicación del príncipe Friso de Orange, segundo en la línea sucesoria. Friso anunció sus planes de casarse con Mabel Wisse Smit, y salió a la luz pública que ella había vivido un tórrido romance con Klaas Bruinsma a finales de los ochenta. Wisse reconoció que había coincidido con él ocasionalmente pero que no habían tenido ningún tipo de relación. Los servicios de inteligencia holandeses tuvieron que emitir un comunicado en el que decían que “entre ellos nunca hubo una relación comercial o íntima”, y que ella rompió con Bruinsma cuando supo a lo que se dedicaba. 

Sin embargo, poco después del comunicado, un exguardaespaldas de Bruinsma apareció en televisión y dijo: “Hasta el último día de su vida, Klaas Bruinsma estuvo loco por ella. Mabel fue la mujer más interesante que conoció en su vida. La verdad es que Mabel sabía perfectamente quién era Klaas”. El Parlamento holandés desaprobó el enlace, que solo pudo llevarse a cabo después de que el príncipe Friso renunciara a sus derechos de sucesión.