Nada en la biografía de Michael Clegg haría presagiar que se convertiría en uno de los mayores promotores de éxtasis en la década de los ochenta y que construiría un emporio de millones de dólares. Clegg nació en Chicago en los cincuenta, en una familia de irlandeses católicos. Su madre lo llevaba a misa todos los días, lo que despertó en el joven un interés por conocer a Dios. Por ello, a los catorce años dejó el instituto para unirse a un seminario con la intención de convertirse en sacerdote. A los veintiséis y a poco tiempo de ordenarse, recibió otra “llamada” que le hizo abandonar la vida contemplativa y hacer una vida civil.
Se mudó a Dallas, donde montó una empresa de alarmas para casas que le fue bastante bien, y a los pocos años la vendió por 3,2 millones de dólares. Con las ganancias se compró una casa en California y empezó a practicar yoga. Se convirtió en instructor en un centro especializado para mujeres, donde, además de gurú, era un playboy. Así conoció a Paulina, con quien se casó a los pocos meses. Su viaje de novios lo hicieron en las playas de Tulum, en México, donde Clegg tenía un amigo. Al llegar su amigo le insistió en que tenía que probar una droga nueva, algo a lo que el antiguo seminarista era reacio –nunca había probado ninguna droga–. Al final sucumbió a la presión y tomó MDMA por primera vez en su vida. “Nunca había tenido una experiencia así en mi vida –evoca el propio Clegg en el maravilloso documental El profeta del éxtasis–. Tuve una sensación de felicidad extrema, de unidad y de luz, en la que no cabía el miedo. Fue curativo, tan maravilloso”.
El MDMA era legal en esos años. Fue sintetizado por casualidad en 1912 en los laboratorios del gigante farmacéutico alemán Merck, mientras buscaban una medicina para coagular la sangre. Se hicieron algunos estudios con animales, pero nunca en humanos, y la droga quedó olvidada durante muchos años. En la década de los setenta, Sasha Shulgin, un químico estadounidense, la volvió a sintetizar y la probó. Shulgin formaba parte de un grupo llamado Asociación Multidisciplinaria de Estudios Psicodélicos (MAPS, sus siglas por su nombre en inglés: Multidisciplinary Association for Psychedelic Studies), que en esencia era un grupo de doce académicos de diversas ramas que se reunían periódicamente para probar drogas que Shulgin sintetizaba. Cuando encontraban algo que les gustaba, como fue el caso del MDMA, lo usaban los psicólogos de MAPS como tratamiento underground.
Clegg sostiene que en 1983 conoció a Shulgin mientras paseaba por una playa californiana y que se acercó a él. Le explicó quién era, su pasado místico y su visión de expandirlo a todo el mundo. El químico accedió a darle la fórmula y a producirlo a gran escala. Esta versión, sin embargo, choca con la de los integrantes de MAPS, que sostienen que Shulgin lo único que le dijo fue el libro en el que se podía consultar la fórmula y que, sobre todo, no quería que el MDMA se ilegalizara (como sucedió dos años después de que Clegg iniciase su megaoperación). Cuando Shulgin vio lo que hizo con la fórmula, quedó horrorizado.
Emporio del buen rollo
El exseminarista tenía una misión y reclutó a una química recién graduada que trabajaba para la tecnológica Intel, Carina Leveriza. A ella le entusiasmó el proyecto y accedió a dejar su trabajo para trabajar con Clegg. Utilizó el libro para producir su primer gramo de MDMA. “Tenía mucha pureza y pensé que no había nada así en las calles”, recuerda Clegg. También trajo al grupo a dos hermanos que acababan de dejar el seminario, y adoptaron el nombre del Grupo de Texas. Una de las novedades de la síntesis que consiguió Leveriza es que producía pastillas (y no polvo, como hasta entonces), lo que la hacía pasar como algo inocuo.
La siguiente fase de su plan de negocios fue organizar fiestas en su casa de Dallas, en las que regalaba MDMA. Después empezó a frecuentar bares y garitos, donde la droga se vendía como cubatas. Uno de esos sitios, el Starck Club, se convirtió en el predilecto de los famosos, debido a las buenas vibras que emanaba el éxtasis. Las ventas se expandieron, y para principios de 1984 el Grupo de Texas producía un millón de pastillas, que, además de en bares, vendían en consultas de psicólogos. También puso en marcha una línea telefónica, 1-800-ECSTASY, para hacer pedidos desde la comodidad del hogar.
“Tenía más dinero que dios”, afirma sin rubor Clegg en el documental. Con los billetes compraba oro, que después enterraba en el jardín de su casa bajo la caseta del perro. Compró varias propiedades y, según sostiene, todavía hay millones de euros en lingotes enterrados en algún sitio de Vancouver. Aunque aseguraba que solo era un misionero del MDMA, en realidad lo que le movía era el dinero. Uno de sus socios cuenta que le vendió un millón de pastillas al grupo Rajneeshpuram, que encabezaba el Bhagwan Osho y que tenían un rancho con siete mil habitantes en Oregón, a un precio de quince dólares la pastilla; normalmente las vendía a tres.
El 31 de mayo de 1985, la DEA finalmente prohibió el MDMA y lo clasificó con la misma peligrosidad que la heroína. Detuvo a algunos de los socios de Clegg, que, paranoico, empezó a tener un comportamiento errático. Contrató a un psíquico, Peter Webber, para que le asesorara y para que le dijera si sus socios presos estaban cooperando con las autoridades. Mudó el laboratorio a México y empezó a exportar a Europa, donde era legal. Clegg se instaló en Ibiza y repitió la estrategia que había usado en Dallas unos años antes: regalaba muestras en los clubes más populares y consiguió, según asegura, desplazar a la cocaína como la droga de preferencia en la isla.
A principios de los noventa, la DEA se entera de la red de Clegg y montan una operación para detenerlo. Para ello detienen al psíquico Webber –que explicó a los agentes que estaba resfriado, lo que afectó a sus poderes y por eso no pudo “ver” su arresto–. Webber acordó colaborar con la justicia y llevó un micrófono a las sesiones de médium que tenía con Clegg, en las que este se incrimina preguntándole por sus socios detenidos y por los pasos de las autoridades.
A Clegg lo arrestaron en 1992 en un aeródromo de Nuevo México, donde había hecho una escala para repostar. Confesó todo a las autoridades a cambio de que su esposa Paulina quedara libre. Por su cooperación, le condenaron a una pena de cinco años de cárcel, aunque a muchos de los integrantes del Grupo de Texas les fue peor. La química Leveriza –cuenta entre lágrimas en El profeta del éxtasis– purgó una condena de seis años nada más dar a luz a su primogénito.
En la cárcel, Clegg tuvo una epifanía y encontró el estado místico que llevaba buscando desde que se unió al seminario. Dejó su nombre cristiano y adoptó el de Satyam Nadeen, que le había puesto el Bhagwan Osho una década antes. Empezó a escribir libros místicos y, al salir de la cárcel, en 1992, se dedicó a hacer retiros de yoga por todo el mundo. Vive en Canadá y asegura que, después de su detención, no ha vuelto a probar el MDMA.