¿Quién mató a Kiki?

¿Quién mató a Kiki?

Este artículo se publicó originalmente en el número 274 de la revista Cáñamo España

En 1985, Enrique “Kiki” Camarena, un agente de la DEA destinado a Guadalajara, fue secuestrado por un grupo de sicarios al salir del consulado estadounidense. Lo torturaron durante dos días hasta que finalmente lo asesinaron. El gobierno estadounidense lanzó la Operación Leyenda para detener a los responsables. La investigación policial sigue abierta.

La investigación policial sigue abierta, a pesar de que el crimen se cometió hace treinta y cinco años. El 7 de febrero de 1985, Enrique “Kiki” Camarena, un agente de la DEA destinado a Guadalajara, fue secuestrado al salir del consulado estadounidense. Era la hora de comer y se iba a reunir con su esposa. Sin embargo, nada más pisar la calle, un grupo de sicarios lo secuestraron. Se lo llevaron a una casa en una exclusiva zona de Guadalajara. Allí lo torturaron durante dos días hasta que finalmente lo asesinaron. Encontraron su cuerpo envuelto en un plástico en un paraje rural, y el gobierno estadounidense lanzó la Operación Leyenda para detener a los responsables.

Camarena nació en 1947 en Mexicali, una ciudad fronteriza mexicana, aunque siendo un niño su familia se trasladó a Calexico, en California, donde creció. Al terminar el instituto se metió a los Marines y, tras terminar el servicio militar, empezó a trabajar en la policía de Calexico en 1974. Un año después lo reclutó la DEA, que había sido creada en 1973 y buscaba agentes latinos para poder infiltrar los nacientes cárteles de la droga. En 1981 se trasladó a Guadalajara (México) con la misión de investigar el cártel que se acababa de instalar en la ciudad.

En 1980, Miguel Ángel Félix Gallardo, un policía judicial de Sinaloa, se asoció con dos de sus paisanos (Ernesto Fonseca y Rafael Caro Quintero) para formar el primer cártel de la droga mexicano. Desde Guadalajara comenzaron a transportar cargamentos de marihuana y opio hacia Estados Unidos con impunidad y, en ocasiones, con el apoyo de los aparatos de seguridad del Estado mexicano. Camarena aterrizó en Guadalajara con la misión de infiltrar el cártel. Su trabajo pronto rindió frutos cuando supo de la existencia del rancho El Búfalo, que Caro Quintero había mandado construir en mitad del desierto de Chihuahua y donde tenía la plantación de marihuana más grande del mundo (de mil hectáreas). Camarena reportó a sus jefes de la DEA, pero estos le respondieron que no podían hacer nada sin pruebas. La tenacidad de Camarena le llevó a contratar a un piloto, con el que sobrevolaron la plantación y, tras tomar fotos, la DEA presionó a las autoridades mexicanas para que aseguraran el rancho. Cuando lo hicieron provocaron al cártel pérdidas de ocho mil millones de dólares.

René López, Jorge Godoy y Ramón Lira son tres ex policías judiciales mexicanos –y tres de los testigos protegidos por la Fiscalía estadounidenses en el caso Camarena–. En el documental The Last Narc (Amazon Prime), los tres relatan historias muy similares sobre cómo empezaron a trabajar para el narcotráfico. Uno de sus jefes en la policía les preguntó si les interesaría trabajar para un “comandante” de la Judicial como su chófer. Accedieron, y cuando les presentaron al presunto comandante, estos eran Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca y Miguel Ángel Félix Gallardo, los líderes del cártel de Guadalajara. López, quien trabajaba para Caro Quintero, relata que cuando decomisaron el rancho El Búfalo enfureció, pues aseguraba que ya habían sobornado a las autoridades mexicanas, a la CIA e incluso a la DEA. Así que ordenó el secuestro de Camarena. Para llevarlo a cabo se celebraron varias reuniones en las que los tres expolicías estuvieron presentes.

Tras el secuestro de Camarena se lo llevaron a una casa en la calle Lope de Vega, 881, que algunas fuentes señalan que era propiedad de Caro Quintero, aunque otras se la atribuyen a Rubén Arce Zuno, quien era el cuñado del expresidente mexicano Luis Echeverría (1976-1982). López –el chófer de Fonseca– narra que cuando llevó a su patrón a la casa este fue directamente a la habitación de servicio en donde Camarena estaba atado a una silla. “Al mirar en la casa me di cuenta de que estaba llena de políticos. Parecía una fiesta, había entre cincuenta o sesenta personas, entre políticos y narcos; la crema y nata de la sociedad”.

“No era una fiesta de cumpleaños, sino una fiesta macabra”, narra por su parte Lira, quien trabajaba de chófer de Caro Quintero y quien también estuvo presente en el lugar en el que torturaban al agente de la DEA. Cuando llegó con Quintero, este comenzó a pegar a Camarena y a exigirle que le dijera por qué había aceptado dinero del cártel y después destruido la plantación en el rancho El Búfalo, una acusación que Camarena negaba en todo momento; se defendía diciendo que solo hacía su trabajo. Además de golpearlo, los sicarios violaron al agente de la DEA y le agujerearon el cráneo con un taladro. Para infligirle más dolor, los sicarios trajeron a un médico, Humberto Álvarez Machain, quien inyectaba fármacos al agente de la DEA para evitar que perdiera el conocimiento y poderlo torturar durante más tiempo.

La Compañía

Héctor Berrellez era un agente de la DEA a quien le encargaron encabezar la Operación Leyenda, que lanzó el gobierno estadounidense para esclarecer el asesinato. Él fue quien reclutó a los tres ex policías judiciales (Lira, Godoy y López) y los llevó a Estados Unidos. Entre otras cosas, durante sus indagaciones consiguió una grabación del interrogatorio de Camarena que realizó uno de los asistentes a la casa de Lope de Vega, 881, un misterioso cubano quien también interrogó a Camarena. En la cinta, se le escucha preguntar al agente de la DEA lo que sabe del rancho Veracruz, y Camarena jura, entre alaridos, que no sabe de qué le habla.

Berrellez descubrió que el misterioso cubano era Félix Rodríguez, un experimentado agente de la CIA. Rodríguez, según el testimonio de los tres policías mexicanos, estuvo presente en las reuniones en las que se acordó el secuestro de Camarena. También acudió un agente de la DEA, cuyo nombre no revelan en el documental The Last Narc. El día del secuestro, según el testimonio de los expolicías, alguien de la DEA informó a los sicarios de la ropa que llevaba Camarena para que pudieran secuestrarlo sin problemas. Cuando Berrellez reportó a sus jefes de la DEA la vinculación con la CIA, estos le pidieron que persiguiera otras líneas de investigación. Sin embargo, el agente continuó explorando esta vía hasta que descubrió lo que sucedía en el rancho Veracruz.

En julio de 1979, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, de corte comunista, alcanzó el poder en Nicaragua. Eran los años de la guerra fría, y el gobierno estadounidense quería evitar que el comunismo se propagara por América. Para ello financiaron la Contra, un grupo paramilitar que pronto acaparó titulares por la brutalidad de sus acciones contra la población civil. El Congreso estadounidense abrió una investigación en 1982 y limitó los recursos que el gobierno estadounidense les brindaba. La CIA decidió entonces financiarlo ilegalmente a través de la venta de cocaína que compraban al cártel de Medellín. Las avionetas paraban a repostar en el rancho Veracruz, propiedad de Caro Quintero, donde la Contra también recibía entrenamiento militar.

Berrellez, uno de los agentes de la DEA más condecorados, cree que el asesinato de Camarena lo ordenó la CIA porque temían que descubriera lo que sucedía en el rancho Veracruz. En The Last Narc, el agente aclara que no cree en las teorías de la conspiración, y cuando le preguntan por qué hablar ahora, responde rotundo: “Quiero que le mundo sepa la verdad. Ya es hora. No quiero llevarme esto a la tumba. Y ahora, si me matan, está bien. He tenido una gran vida”.

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Así empezó la carrera de Rodríguez en la CIA, quien con el tiempo se convirtió en un temible “interrogador”. Su técnica la “perfeccionó” en la guerra de Vietnam torturando a miembros del Vietcong. En los años ochenta se encargó de coordinar a la Contra nicaragüense. Los tres expolicías mexicanos que trabajaban con Fonseca, Félix Gallardo y Caro Quintero afirman que no solo lo vieron interrogando a Camarena, sino que en varias ocasiones se reunió con sus jefes para llevarse maletas repletas de dólares. A sus setenta y nueve años, él probablemente sea el único capaz de responder a la pregunta de quién mato a Kiki.

 

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