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El triángulo esmeralda

A unas cuantas horas de San Francisco, viajando hacia el norte de California, se encuentra un paisaje icónico. Si vas por la autopista 101, bordeando la orilla del mar, deja atrás los cultivos de uva del condado de Mendocino y atraviesa los bosques de Redwood, en el condado de Humboldt. Inmensas secuoyas se destacan a los lados de la carretera, como guardianes de un territorio mágico.

A unas cuantas horas de San Francisco, viajando hacia el norte de California, se encuentra un paisaje icónico. Si vas por la autopista 101, bordeando la orilla del mar, deja atrás los cultivos de uva del condado de Mendocino y atraviesa los bosques de Redwood, en el condado de Humboldt. Inmensas secuoyas se destacan a los lados de la carretera, como guardianes de un territorio mágico.

Sobre los bosques se encumbran colinas de amarilla hierba seca peinada por el viento. Un paisaje árido y seco: para un ojo poco entrenado, escasos son los signos que anuncian haber llegado al corazón del Triángulo Esmeralda.

Desde los años sesenta, los condados de Mendocino, Humboldt y Trinity se han convertido, según dicen, en la región cultivadora de cannabis más productiva del mundo. Sin embargo, desde hace décadas los productores de la preciada hierba han operado escondidos en las colinas, cultivando su marihuana en invernaderos y arriesgándose a entrar en prisión en caso de ser descubiertos. A pesar de la necesaria discreción, la promesa de lucro y su clima idóneo para el cultivo, sumado a la conciencia creciente de las propiedades médicas del cannabis, han permitido a esta zona vivir durante años una auténtica fiebre del oro, del oro verde. Un fenómeno que ha atraído también a trabajadores migrantes en busca de oportunidades: el Triángulo Esmeralda, el último far west.

Con los cambios más recientes en las políticas gubernamentales y la despenalización en muchos estados del consumo de marihuana, la activa comunidad clandestina de productores está viviendo ahora un momento histórico. El uso de cannabis está arraigando tanto en la cultura como en la economía de todo el estado, y aunque aún se mueve en la penumbra de la clandestinidad, se ha convertido en un estilo de vida no solo para los productores, sino también para sus ayudantes y los trabajadores que cada año, durante la cosecha, dejan la bahía de San Francisco para subir al norte del estado buscando trabajo.

De hecho, el cultivo continúa siendo ilegal, y los productores necesitan confianza y discreción por parte de los trabajadores. En muchos casos se trata de negocios familiares, y los trabajadores que llegan para ayudar en la cosecha suelen ser los mismos de siempre o amigos de confianza de los mismos cultivadores.

Los trimmers, cuyo trabajo, como su nombre indica, consiste en manicurar cada flor de cannabis con tijeras cortando las hojitas de la planta, representan la población de trabajadores estacionales de la industria en el Triángulo Esmeralda. Muchos los llaman trimmigrants, haciendo un juego de palabras entre manicuradores y migrantes. Durante los meses de octubre y noviembre, los bares de los pueblos del condado se llenan de música en vivo, karaoke y bailes en una celebración del mágico y oculto universo de la marihuana. No será difícil encontrar trimmers profesionales en su día de descanso o buscadores de fortuna esperando una ocasión de trabajo.

El cultivo de cannabis está públicamente más aceptado desde hace un tiempo, lo que permite a los productores no estar tan escondidos como hace unos años. La legalización del comercio se acerca, y en un horizonte cercano se esperan drásticos cambios en la economía del estado y en la ecléctica comunidad de agricultores y trimmers, hasta ahora protegidos por las imponentes secuoyas, las vastas colinas y una callada discreción. ¿Qué pasará?, se preguntan algunos mientras miran cómo el humo de su joint asciende hacia los cielos.

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