Así cuidé y protegí una granja ilegal de marihuana en California
Fotos: Akån

Así cuidé y protegí una granja ilegal de marihuana en California

Akån: aventura en una granja ilegal de marihuana narra las aventuras y desventuras de Ezú Vulkan, un inmigrante en la California previa a la legalización del cannabis.

Akån: aventura en una granja ilegal de marihuana

En la California del 2017, Ezú Vulkan trabajó en una granja ilegal de marihuana pocos meses antes de que el cannabis saliera de la ilegalidad. Como se intuye en sus vivencias de esos días, los tejemanejes y la explotación laboral no iban a terminarse con una simple ley. Akån: aventura en una granja ilegal de marihuana es el libro que ha publicado Vulkan y que narra sus más que jodidas experiencias en la búsqueda del american dream. A él todo (o casi todo) le fue mal, bastante mal. Estuvo encargado de cuidar y proteger una granja ilegal perdida entre las profundidades del bosque de Garberville, en el conocido Triángulo Esmeralda. Posiblemente, muchos lectores de Cáñamo hayan visto la serie de Netflix Murder Mountain; dicha montaña está ubicada muy cerca de donde Ezú residió durante tres semanas, entre osos y cannabis, como nos cuenta el autor de este libro de aventuras y desventuras.

Como ya comenté en otra ocasión (Cáñamo, n.º 255), lo que ocurre en el Triángulo Esmeralda no es ni Murder Mountain ni el Summer of Love del 67, hay en aquella realidad muchos grises, algunos (incluso) muy cercanos al arcoiris. En las montañas de Humboldt se pueden encontrar farmers adictos, farmers disparando a latas de tomate, farmers con un rifle que acumula telarañas y que dan de comer a su gato solo pienso orgánico… El relato de las vivencias de Vulkan, sin embargo, se centra en las sombras que proyectan las lomas donde se camufla la industria de cannabis más grande de todos los tiempos.

‘Trimmigrant’

¿Cómo es la California que encontraste en tu búsqueda de trabajo en la industria del llamado “oro verde”?

Llegué a San Francisco en octubre del 2017, justo unos meses antes de la legalización. Me sorprendió la gente indigente que caminaba por las calles como si fuera una nueva raza, con varias capas de piel de diferentes colores, su casa a cuestas y una mirada perdida e inofensiva, parecían haber salido de una máquina de lavado de cerebro, probablemente, así trata el gobierno de Estados Unidos a su gente sin recursos. En las calles de la gran ciudad ya había vallas promocionales de envío de marihuana a domicilio a través de una aplicación; eso me sorprendió y me di cuenta de lo atrasados que estamos en España frente a la legalización del cannabis. Solo perdí unas horas paseando por Chinatown para aprovisionarme de una navaja y una sopa caliente; después tomé un bus directo hacia la zona de Eureka, en el condado de Humboldt. Tras más de seis horas de viaje, el bus se paró en Garberville y yo era el último pasajero que no se bajaba. Los pocos forasteros que iban conmigo se apearon, así que decidí bajar, y allí es donde comenzó la aventura. No tenía ni idea de dónde estaba; algunos conocidos que vinieron a buscar fortuna me dijeron: “Si ves cuervos, ¡ese es el sitio!”. Y, efectivamente, había cuervos por todas partes.

¿Cuánto dinero lograste y en cuánto tiempo?

Logré una importante recompensa para el tiempo que estuve trabajando y no fue precisamente económica, ya que en cuanto mencionaba el dinero temía por mi vida y no tenía escapatoria. Cuando os leáis el libro entenderéis a qué me refiero. La tensión e incertidumbre de los últimos días no puede sanarse con ningún tipo de recompensa, quizás haber conocido a Akån y este libro sea lo más valioso que obtuve de la experiencia.

¿A cuánto te pagaban el pound?, ¿cuántas horas y dinero hacías en un día?

Me prometieron mil dólares por semana, lo cual estaba muy bien, y unos ciento veinte por cada media libra [pound] de trimming. Entre los trabajos de la granja y labores básicas de subsistencia, ocupaba más de quince horas diarias y en malas condiciones, sin poder recibir una ducha caliente, ya que estaba bajo cero y apenas tenía agua. Me levantaba muy temprano y me ponía la ropa que no acababa de secar, hacía un litro de café aguado con la poca agua acumulada de la lluvia en los maleteros de los coches y así empezaba a trabajar. Mi trabajo consistía en ser el guardián y responsable de la granja desde la salida del sol hasta muy entrada la noche. De eso me enteré a medida que pasaban los días y me encontraba solo en la granja a cargo de unas mil ochocientas plantas. A pocos kilómetros, cruzando el bosque, estaba la cabaña, camuflada entre los árboles; era el secadero oficial de la granja, donde siempre había otras mil plantas secando que también debía cuidar y vigilar con el respaldo de una pistola y un fusil de asalto con silenciador...

Ezu rodeado de setecientas plantas de marihuana en floración.
Ezu rodeado de setecientas plantas de marihuana en floración.

¿Te pagaban la comida?

Los primeros días me dejaron un kit de supervivencia a base de bollos de manteca, huevos, zumo artificial y algunas tonterías más que considero comida basura y que hinchan la barriga y no aportan energía, pura grasa y chorradas de niños, y unas pocas setas y fruta que se terminó al tercer día. A partir de ahí, supervivencia y racionar la comida. No me trajeron nada más y tuve que tirar de un congelador que había en el exterior con carne de caza en estado más que dudoso, pues se cortaba la corriente a menudo y dejaba de funcionar porque el generador se quedaba sin gasolina, a saber el estado de esa carne... Me hacía sopas con el pollo y le daba la carne a los perros, incluso uno de ellos, después de comer, estuvo vomitando por la noche y, al día siguiente, desapareció y jamás regresó.

Describe a los lectores de Cáñamo cómo era la granja donde trabajaste.

En la granja de Rolo solo había marihuana cultivada en exterior: unas setecientas plantas en cada invernadero: cuatro invernaderos en total, con familias de Cookie y Gorilla Glue, principalmente, ya en floración, distribuidas en bancales y sacas de tierra individuales. La granja, obviamente, era ilegal. Compras un trozo de terreno, eliminas unos cuantos árboles y ya tienes espacio para tu granja en medio de la nada, de acceso limitado incluso con el mejor todoterreno, un lugar seguro. Como abonos y químicos se utilizaban productos orgánicos que pude comprobar personalmente en las etiquetas de los envases mientras los manipulaba. Los primeros días me vigilaban, luego me fueron dejando solo hasta que pasaban los días y nadie venía a la granja, sin recursos y con el clima cada vez más agresivo y frío. Mi situación era crítica, no podía pedir ayuda ni desplazarme porque era un auténtico barrizal, con torrentes de agua que bloqueaban los caminos. No había cobertura y no tenía vecinos, no que supiera... Así que estaba solo.

Vivir como un redneck

¿Qué tal con los rednecks?

Apenas tuve contacto con nadie excepto con Rolo y su socio. Rolo era de origen latino y podía medir dos metros diez fácilmente, con unos ciento cuarenta kilos de peso; era enorme, imponía mucho respeto, pero de aspecto agradable y simpático, excepto cuando las cosas no salían bien, y, creedme, la última semana no salió nada bien. Rolo era muy inestable emocionalmente y, ya sabes, la maría no ayuda nada en eso y él se la pasaba fumando a pesar de sus bajones: podía fumar, fácilmente, cinco gramos al día de pura mota. Su otro socio no dijo su nombre y solo pude conocerlo un día. Tuvimos una conversación de media hora, en la que me contó como trabajando en la construcción una mole de cemento le cayó en la cabeza aplastándole medio cráneo y parte de su cuerpo. El hombre sobrevivió al accidente y presumía de no tener miedo: “No le temo a nada”, me dijo.

Comentas en tu libro que has puesto en riesgo tu vida, ¿qué peligros reales viviste?

Desde el momento en que me subí al pick-up del granjero mi destino era incierto; por no hablar de la noche que pasé colgado en el bosque de secuoyas o del granjero que me quiso llevar en su furgo durante la madrugada… No sabía dónde me metía, no había oído hablar de Eureka ni de Garberville ni de Murder Mountain ni de desaparecidos... Me enteré después de todo eso, de dónde estaba. Desconocía los riesgos del trabajo, la gente; en realidad, no sabía nada, necesitaba dinero y no me lo pensé para venir: compré el vuelo y llegué, feliz y sin miedo. A los pocos días de estar en la granja de Rolo me dejaron solo, sin recursos, sin estufas para calentarme en la noche, rodeado del bosque al que llaman la Selva, donde habitan osos, coyotes y fugitivos. Me contaron historias para no dormir, incomunicado y con apenas contacto con los granjeros; comenzaba a sospechar que podría suceder algo, que alguien se acercara, una redada… O los mismos granjeros, que podrían deshacerse de mí tan fácilmente para no pagarme. Sin recursos y con un frío helado que ya asomaba en el horizonte, cada día iba a peor. Había mucha basura por toda la granja, un auténtico vertedero muy sospechoso; descubrí restos de ropa de otros trabajadores tirada por todas partes y objetos valiosos que nadie dejaría por ahí tirados, tiendas de campaña montadas, mochilas, fotografías... Luego, las armas que me dejaron: el rifle, el fusil, la pistola.

¿Qué problemas has conocido en tu círculo cercano?

Me contaron alguna historia surreal motivada por el consumo de cocaína de los granjeros, alguna pelea entre jefes que terminó en balazos y el colega tuvo que esconderse bajo una mesa, pero nada más fuera de lo normal en ese país. Si mezclas drogas, alcohol, armas, ¿qué esperas?

En el libro hablas sobre la explotación laboral y los abusos en las granjas.

En ningún momento me tocaron físicamente ni me gritaron ni amenazaron, quizás porque tuvimos muy poco contacto; como dije, me la pasé solo casi todo el tiempo. Tuve que hacer trabajos de todo tipo, ya no solo los básicos de cuidar las plantas, trimming, poda, etc., también de carpintería, plegar invernaderos, cargar sacas de tierra, recuperar tuberías rotas, reparaciones en el secadero, cargar bombonas; todo bajo la lluvia y sobre el fango, a muy pocos grados de temperatura. En ningún momento me dejaron suficientes provisiones para sobrevivir, apenas tenía comida, y poco de lo que había era sano, no tenía agua ni ropa de abrigo. Todo tuve que buscarlo por ahí tirado; apenas podía encender una luz en la noche ni tenía gasolina suficiente para la estufa, y me obligaron a dormir varias noches bajo las plantas húmedas del secadero, un secadero sin ventanas ni pared, con goteras, en pleno noviembre en las altas montañas de Humboldt. Las historias que me había contado Rolo me hacían pensar que en cualquier momento me comería un oso o me pegarían un tiro y me dejarían en medio del bosque a merced de los coyotes.

El síndrome de la montaña

¿Por qué es tan importante la figura de Akån?

Akån es el perro guardián de la granja de Rolo, un fila brasileiro grande y viejo. Fue mi compañero fiel en toda la estancia en la granja desde el primer minuto que nos conocimos. Era mi sombra y yo la suya;  en varias ocasiones, evitó peligros que me acechaban por el bosque y me advirtió de personas que seguramente merodeaban por la granja. Le quería como a un hermano peludo. Akån es el único nombre real en el libro. Me daba la tranquilidad y la distracción que necesitaba en ese lugar tan inhóspito.

Akån en todo su esplendor, siempre alerta y protector.
Akån en todo su esplendor, siempre alerta y protector.

¿Qué hiciste con el dinero, lo enviaste o viajaste con este encima?, ¿a dónde fuiste después de la cosecha?

Cuando escapé de la granja viajé hasta San Francisco. Llevaba conmigo más de un kilo de maría, que ocupaba todo el macuto, bien envuelto en camisetas y algún plástico. Era mi única recompensa de la aventura, para nada pensaba en escribir un libro. En San Francisco me compré una máquina de vacío por unos treinta dólares, pensaba enviarme el kilo de maría dividido en bolsas a través de la mensajería ordinaria. Lo tenía todo listo, incluso había ido a los correos a investigar acerca de los envíos, aduanas, destinatarios, etc. Hice una exhaustiva investigación y, tras ver varias noticias con final fatal, me di cuenta de que era un riesgo muy alto y decidí solucionar allí mismo el problema: lo dejé en el congelador de un amigo para que se deshiciera de él cómo y cuándo quisiera. Faltaban pocas semanas para la legalización del cannabis en California y el precio por gramo ya había bajado considerablemente, así que venderlo no era una opción rentable y disponía de poco tiempo. Recuerdo que un tipo me ofreció novecientos dólares y los rechacé porque me parecía muy poco, luego me di cuenta de que ahí los precios estaban cambiando; igualmente, ya pensaba más en el libro que en malvender la mota. El colega me alojó en su casa dos semanas y me dejó su ordenador, y así pude escribir el libro; directamente, lo mandé a imprimir antes de mi regreso a Barcelona: iba a ser mi verdadera recompensa. Nada más llegar a Barcelona preparé una exposición de fotografías y experimentación sensorial reproduciendo en vivo la escena más tensa de la historia, el último capítulo.

¿Volverías?

Solo volvería para buscar a Akån y poder agradecerle tantas cosas que no pude al despedirnos con una sola y última mirada; fue realmente muy duro. Me entran ganas de regresar para reventarle la cabeza a estos idiotas que juegan con la vida de los demás como carniceros con sus marionetas, enviciados de avaricia y abusando como tontos del poder que tienen.

¿Qué opinas de la serie Murder Mountain?

Hace unas semanas, antes de responder a estas preguntas, descubrí el titular de la serie Murder Mountain haciendo búsquedas de gente desaparecida en California. Ahora que la nombras la acabo de ver entera por primera vez y apoyo el hecho de que la mota en California está contaminada y solo ven dinero tras ella, no hay sentimiento. De ahí todos los problemas. Incluso los hippies que la cultivaron por primera vez en la zona enseguida se dejaron cegar por el color del dinero.

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