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“Nice People Take Drugs”

Crónica desde el corazón del imperio

Constanza Sánchez Avilés

De la Fundación Iceers

Washington
La corte suprema de Estados Unidos, centro del poder judicial del país

Debatir sobre la reforma de las políticas de drogas en la capital del prohibicionismo (Washington DC) era una idea que resultaba, cuanto menos, prometedora. Organizada por la Drug Policy Alliance (DPA) –una de las organizaciones más grandes y activas en este campo y liderada por el carismático Ethan Nadelmann–, la Reform Conference es el evento más numeroso, quizá el más importante, que reúne a la comunidad global que busca, desde múltiples ámbitos, un cambio en políticas de drogas.

Y así nos reunimos del 18 al 21 de noviembre más de 1.400 personas, de setenta y un países diferentes, en un hotel de la ciudad de Arlington, muy cerca del Pentágono y dentro de los límites del estado de Virginia (ojo, nos advirtieron, fuera del perímetro de DC, fuera del territorio “descriminalizado”). Imposible dar con un patrón de asistente: increíble diversidad. Usuarios, madres, activistas de derechos humanos, investigadores, reformers profesionales, militares y policías contra la prohibición, algún que otro cowboy, un rapero famoso (T-Dubb-O) y hasta un colectivo llamado Republicanos por la Legalización de la Marihuana. Todos juntos y bien revueltos. Los pasillos eran un hormigueo de caras conocidas y de historias fascinantes y escalofriantes al mismo tiempo: podías cruzarte con la madre de Ross Ulbricht, creador de Silk Road; con personas que acababan de salir de prisión tras pasar veintidós años encerrados por unos pocos gramos de marihuana; con indígenas del Amazonas, o con personas clave en la causa como Amanda Feilding, Rick Doblin, Steve Rolles, Peter Reuter y Robin Room.

Al aterrizar después de catorce horas de vuelo, me dio apuro confesar, al funcionario de aduanas que me entrevistó para averiguar si era apta para entrar al país, que el motivo de mi viaje era asistir a una conferencia sobre política de drogas. Pero estos temidos border patrols tienen esa forma rápida y eficaz de interrogarte, y al final les acabas confesando hasta el color de los calcetines que llevas puestos. No pareció sorprenderle ni preocuparle lo más mínimo el motivo de mi visita, pues no tardó ni dos minutos en estampar su sello en mi pasaporte y desearme con una sonrisa una feliz estancia. Mi cara de no haber roto un plato y mi pasaporte europeo, sin duda, ayudaron. Me acordé de Alexis de Tocqueville y La democracia en América, pensando que, a pesar de los prejuicios europeos hacia la sociedad estadounidense, es un lugar en el que el debate sobre lo prohibido y el intercambio entre personas que piensan exactamente lo contrario es tolerado y bienvenido de una manera mucho más natural que en muchos lugares del viejo continente. Mis profundas reflexiones se interrumpieron en seco cuando me dijeron que habían perdido mi maleta y que, seguramente, tardaría un par de días en llegar. Mi maleta, y con ella todo el material que llevábamos para el estand de Iceers. Así que los primeros días en el “nuevo mundo” pasaron entre jet lag, reclamaciones y ropa prestada.

Quema de una celda simbólica en la vigilia por las víctimas de la guerra contra las drogas, junto al memorial al Presidente Washington
Quema de una celda simbólica en la vigilia por las víctimas de la guerra contra las drogas, junto al memorial al Presidente Washington

Todo es política en Washington, aunque no toda es sobre drogas

Washington DC es un sitio que sorprende por lo familiar que resulta a todo recién llegado, que tiene la impresión de haberlo visto ya, gracias a las películas o series de intrigas y pasillos del estilo Homeland o House of Cards. En unos pocos cientos de metros cuadrados se puede pasear frente a la Casa Blanca, con su gran jardín en el que Obama indulta pavos en Acción de Gracias y en cuyos salones todavía resuenan los discursos de Nixon lanzando su guerra contra las drogas; el Capitolio, que certifica y descertifica a los países que han sido “buenos” en la lucha contra el narcotráfico; la Corte Suprema de Estados Unidos, que autorizó a importar ayahuasca para fines religiosos, y otros tantos emblemas del poder no solo nacional sino internacional, no solo político sino también económico: la sede del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional, la Reserva Federal… Aunque también centros de contrapoder y pensamiento alternativo como el WOLA, o de investigación como el Woodrow Wilson Center. Y cómo no, los famosos lobbyists de K Street, que llevan los intereses de sus empresas hasta los pasillos donde se aprueban las leyes federales, seguramente no para defender los intereses generales sino más bien para engordar las cuentas corrientes de sus ejecutivos. Pero, al igual que con el debate sobre lo prohibido, en Estados Unidos la incidencia por intereses privados en los campos de batalla de la política pública es algo normalizado y hasta considerado más honesto que, por ejemplo, las “puertas giratorias” negociadas en la sombra, tan comunes en nuestro país.

No todo es poder en Washington DC. Pero lo que está claro es que todo lo que allí sucede y puede verse tiene algo de político. Quizá lo más sorprendente, y menos conocido, es la cantidad de memoriales y museos que hay en esta ciudad. Existe un museo prácticamente para todo: desde arte nativo americano y espionaje, hasta historia afroamericana o el holocausto… Y un memorial para casi cada acontecimiento de la historia de Estados Unidos (corta, por otra parte, pues la Declaración de Independencia data del 1776): su guerra civil, la primera y la segunda guerra mundial, Vietnam, Corea, para los veteranos, para las víctimas de los atentados… También memoriales a los tres presidentes más ensalzados: Washington, Jefferson, Lincoln. Impresionante lo que este país invierte en su memoria, aunque se intuye forma parte de estrategias bien pensadas para construir y fomentar la cohesión nacional de un país profundamente diverso, y para aplacar las tensiones interraciales o de clase, que, a ojos de una observadora europea, no se entiende muy bien cómo no han explotado de manera mucho más virulenta.

Jason Hernández
Jason Hernández

Mientras tanto, en Arlington… solo se habla de drogas

Cerca del Pentágono sí que (casi) todo era política de drogas, y también diferente a lo que estamos acostumbrados en Europa. Al grupo de españoles presentes en la conferencia Reform –entre ellos, Joseba del Valle, de la Fundación Renovatio, y Ramón Morcillo, de Representación Cannábica Navarra, así como parte del equipo de Iceers– nos sorprendió cómo el tema de las drogas está en Estados Unidos en una situación más severa que en la mayoría de los países de Europa Occidental. Quizá de ahí que el debate sea mucho más global, abarcando aspectos de mayor complejidad que tienen que ver con la reforma legislativa, la política criminal y penitenciaria, pero también con la desigualdad social, la cuestión racial, las relaciones de poder (tema que impregna todo el debate sobre drogas en Estados Unidos) y con cuestiones filosóficas de mayor calado como la libertad individual, recogida en el lema de la DPA: “Nadie debe ser castigado o castigada por las sustancias que introduce en su cuerpo, siempre que no se haga daño a otros”.

En su charla inaugural, en la que se congregaron más de mil personas en un auditorio, Ethan Nadelmann expuso su visión del movimiento de la reforma de políticas de drogas explicando que este es muchas cosas pero, sobre todo, “un movimiento por la libertad: para liberarnos de la opresión, del miedo, de la encarcelación, del racismo”. Con el tono motivador, ascendente y a ratos emocionante que le caracteriza, Nadelmann recordó a la comunidad prorreforma que es necesario tener esta idea en la cabeza en todo momento, pues es “lo que nos conecta con otros movimientos de derechos humanos que han existido, y de los que vamos formando parte cada vez más”. El tono emocional impregnaba todas las salas de conferencias, en las que era frecuente que el público interrumpiera a los ponentes con aplausos, gritos de euforia, risas o llantos. Este estilo también nos llamó la atención; la gente estaba allí para compartir no tanto sus conocimientos o investigaciones, sino su experiencia y su testimonio. Estaba claro que muchos regresarían después a casa con un chute de adrenalina motivacional para seguir con su trabajo y su lucha.

Buena muestra de ello eran las muchas personas que participaban en la conferencia para compartir su historia con el resto de los asistentes. Y era difícil no contagiarte de ese espíritu emocional, que resulta de entrada naíf a los europeos, porque había historias que realmente te movían algo por dentro. Como la de Jason Hernández, el primer latino en recibir el indulto del presidente Obama. Jason fue condenado a cadena perpetua por un delito no violento relacionado con el tráfico de crac. Ingresó en prisión a los veintiún años, y allí ha estado hasta los treinta y ocho. Muy agradecido con Obama se mostró, pero le pidió que hiciera más, mucho más, para acabar con la guerra contra las drogas. Otra historia que nos puso los pelos de punta: la de un hombre que acababa de salir de la cárcel tras pasar veintidós años entre rejas por tener en su poder una onza (poco más de veintiocho gramos) de marihuana. A eso me refería cuando decía que en Estados Unidos están en otra situación.

El tema racial estaba casi omnipresente: de sobra conocido es que la mayoría de las personas encarceladas por delitos de drogas en Estados Unidos son afroamericanos, latinos o pertenecientes a alguna minoría étnica. Deborah Peterson Small, fundadora de la organización Break the Chains: Communities of Color and the War on Drugs, fue tal vez la persona que más nos fascinó. Esta mujer, activista veterana en la lucha contra la guerra contra las drogas y por la igualdad real de la población negra, explicó como la prohibición se impuso inmediatamente después de la consecución de los derechos civiles para los afroamericanos, y ha operado como un instrumento de control social sustitutivo, de los blancos sobre los negros, desde entonces. Para Small, la vigilancia policial es la forma en la que la América blanca continúa replicando el ciclo de la esclavitud y que recuerda constantemente la relación de poder que está en la base de la sociedad: “Todo lo que nos sucede a nosotros anuncia lo que te va a suceder a ti. Si no entiendes que nuestra lucha por la libertad es tu lucha por la libertad, es que no has entendido que la lucha de los oprimidos por su libertad es el agente y el catalizador de la libertad de sus opresores”. Y con autoridad invitó a todos a cuestionar su estrategia, desde los activistas hasta la industria cannábica, con la que se mostró especialmente crítica afirmando: “Debe decidir si quieren ser parásitos o ingenieros del cambio social”.

Activista con la camiseta de la campaña por la legalización de la marihuana medicinal en DC en 1997.
Activista con la camiseta de la campaña por la legalización de la marihuana medicinal en DC en 1997.

Catarsis en el Mall: vigilia para cicatrizar la guerra contra las drogas

Si interesante era lo que pasaba en las salas, más llamativo era lo que pasó alrededor, especialmente en el Mall. El Mall de Washington DC, una explanada que se extiende varios kilómetros desde el Capitolio hasta el memorial a Abraham Lincoln, ha sido escenario de las grandes marchas civiles estadounidenses, desde aquellas por los derechos de los afroamericanos hasta aquellas contra la intervención estadounidense en la guerra de Vietnam. Este lugar, quizá el más simbólico para la protesta de todo Estados Unidos, a los pies del monumento al presidente Washington, fue el lugar elegido para homenajear y recordar a las víctimas de la guerra contra las drogas mediante la narración de historias y testimonios, la quema de una celda simbólica y, al final, una rave cuyos asistentes fueron tan variopintos como los mismos asistentes a la Conferencia.

El viernes tuvo lugar el maratón en el que, bajo el título “Hablando claramente”, numerosas personas pasaron a compartir su experiencia relacionada con esta guerra y con las consecuencias de la prohibición: madres que perdieron a sus hijos porque una noche de fiesta no sabían lo que se estaban metiendo, personas cuyos familiares están desaparecidos o muertos en México, antiguos oficiales del ejército que participaron en operaciones contra el narcotráfico y que ahora se curan los traumas con plantas sagradas, miembros de MAPS, DPA y tantas otras organizaciones dedicadas a la causa. La media noche del sábado 21 tuvo lugar una gran hoguera y un espectáculo de fuego en los que simbólicamente se quemó una celda, representando a los encarcelados y a los muertos, y con la que se dio por clausurada, de forma no oficial, la conferencia. Una gran fiesta en la que, por primera vez, y quizá única, pudo verse a alguien portando una camiseta que decía “Nice People Take Drugs” a los pies del monumento del primer presidente del país, un país que auspició, financió y expandió la prohibición a todo el mundo. “Nice People Take Drugs” fue el lema acuñado por la organización inglesa Release en una campaña del 2009 contra el estigma relacionado con el consumo de drogas. En fin, la fiesta se terminó y esa noche volvimos al hotel preguntándonos si queremos ser parásitos o ingenieros del cambio social.

Mesa sobre modelos de regulación del cannabis.
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