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¿Cómo es el circuito del cannabis en Groenlandia?

En Groenlandia aunque el cannabis es ilegal, existe un mercado clandestino donde la distancia, el clima y queda atravesado por el juicio social. Al mismo tiempo, el foco del debate sanitario se ha concentrado en la adolescencia.

Groenlandia es una gran red de localidades conectadas por avión, helicóptero o barco. Esa geografía que casi no posee carreteras define también el recorrido que debe realizar el cannabis y, a diferencia de lo que ocurre en otros países, aquí depende de rutas largas, riesgosas y, por ende, caras. 

Sin embargo, la prohibición no ha logrado eliminar la demanda y la ha empujado hacia un circuito donde la oferta es irregular y la vigilancia social, intensa. En informes y revisiones académicas, el consumo aparece como un problema de salud pública en crecimiento. 

Un reporte del Nelson A. Rockefeller Center (Dartmouth) cita datos de 2002 según los cuales 44,1% de los varones y 47% de las mujeres de 15 años en Groenlandia habían probado cannabis. Aun si esos números, en un territorio con población pequeña, la proporción de adolescentes que experimentan con cannabis preocupa por su impacto en sus trayectorias educativas, salud mental y vínculos familiares.

En ese marco surgieron respuestas institucionales como Allorfik, el servicio nacional de tratamiento de diferentes adicciones y que fue implementado en 2016. Una revisión disponible en PubMed Central ubica la creación de Allorfik dentro de una estrategia más amplia, subrayando que la marihuana se incauta con frecuencia. 

El precio es otro termómetro del fenómeno. El sitio especilizado The Cannigma estima que en Groenlandia el cannabis puede rondar los 59 dólares  por gramo, encarecido producto del transporte, escasez y riesgo penal que suman en cada tramo. 

Groenlandia vuelve evidente cómo la prohibición rara vez reduce el fenómeno, más aún cuando el territorio, el clima y la escala demográfica hacen excepcional cualquier política pública. En este contexto, la demanda no desaparece, se desplaza hacia circuitos menos visibles y más costosos, donde la logística y el riesgo penal terminan determinando quién accede, a qué precio y con un control social constante.

Sin embargo, esta vigilancia no siempre protege y a veces solo empuja el tema hacia el silencio. Por eso, más que copiar modelos ajenos, el desafío pasa por respuestas pensadas para el contexto local que miren más allá del delito y apunten a las condiciones que sostienen el mercado negro incluso donde el sol desaparece durante meses.

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