Actualmente, el marco federal indio ya contempla márgenes para regular el cannabis con fines médicos, científicos, industriales u hortícolas y, en esta línea regulatoria, Uttarakhand se instala como el primer estado en autorizar el cultivo de cáñamo industrial en 2016, un antecedente que ayuda a entender la regulación del cannabis en los estados indios. Ese antecedente desplaza la conversación hacia lo técnico y ya no se trata solo si India permite o no permite el cannabis, sino con qué criterios genéticos, agronómicos y regulatorios pretende volverlo viable.
Así lo explica Vikramm Mitra cofundador y director gerente de Delta Botanicals & Research (una firma india de investigación en cannabis), quien en entrevista con el medio especializado HempToday sostiene que el verdadero cuello de botella no está en la ausencia de planta, sino en la falta de una genética estable, de bajo THC y adaptada al cultivo con las particularidades necesarias para prosperar en una inmensa nación como es la India.
Según su diagnóstico, Uttarakhand ya ha concedido más de 30 licencias para cáñamo industrial orientado a fibra y semilla, pero solo una compañía habría logrado desarrollar una variedad de fibra estable, lo que disminuye las posibilidades de convertir al país en una potencia mundial en la industria del cáñamo. En esas condiciones, la promesa industrial se topa con un problema básico: sin semillas estables no hay producción, ni precios previsibles, ni una base firme para ampliar la elaboración de alimentos, cosmética, fibra o investigación fitofarmacéutica.
Por eso, la idea de India como “tesoro” genético suena más a advertencia, ya que la biodiversidad, por sí sola, no construye una cadena productiva y esa riqueza botánica necesita traducirse en estándares reproducibles, laboratorios, capacidad de procesamiento de fibra, criterios regulatorios que no cambien al ritmo de la improvisación y variedades de cáñamo adaptadas al clima. En ese mismo sentido, Mitra proyecta que un desarrollo comercial escalable podría tardar entre cinco y siete años, siempre que el gobierno central y los estados despejen la discusión sobre los umbrales de THC y acompañen el proceso con infraestructura.
A esa discusión se suma lo medicinal y la entrevista plantea que India tiene una singularidad regulatoria frente a otros mercados, porque parte de una tradición ayurvédica que ya abrió espacio a formulaciones basadas en extractos de hoja. Pero también aclara que sin evidencia clínica y sin una actualización normativa sobre el uso médico de las flores, ese campo seguirá atrapado entre la ambigüedad comercial y la promesa terapéutica. Por eso, India tal vez puede tener materia prima, tradición y mercado potencial, pero todavía no ha resuelto cómo convertir todo eso en medicina consistente.
Por eso y más que una simple oportunidad de negocios, si India consigue pasar del cultivo tolerado a la estandarización verificable, podría transformar una herencia botánica dispersa en una industria con sentido productivo y sanitario. Si no lo logra, su celebrada riqueza genética seguirá siendo una reserva de posibilidades que el Estado invoca, pero todavía no termina de organizar.