La investigación se enfocó en Enterococcus faecalis y Enterococcus faecium, dos especies frecuentes en infecciones instrahospitalarias. Para el ensayo, los autores reunieron 20 aislamientos clínicos y los expusieron a cinco aceites comerciales con CBD y derivados, además de un CBD de referencia en cristales con pureza declarada de 99%.
El equipo hizo una prueba estándar en laboratorio. Puso las bacterias en un caldo de cultivo y fue aumentando la cantidad de CBD hasta ver cuál era la menor dosis que detenía su crecimiento, lo que se conoce como concentración inhibitoria mínima (MIC). En el conjunto de cepas, el trabajo reporta actividad antibacteriana del CBD y explica que con una dosis muy baja, de 1 microgramo por mililitro o menos, ya se frenaba el crecimiento bacteriano y describe una relación directa entre concentración de CBD y efecto inhibitorio.
El dato más llamativo se vio en E. faecium. En 11 muestras, el CBD puro frenó la bacteria con 0,5 microgramos por mililitro o menos, una dosis muy baja. En E. faecalis, casi siempre alcanzó con 1 microgramo por mililitro o menos, aunque algunos aceites necesitaron más. La idea es simple, no todos los productos con CBD son iguales y la mezcla y la dosis cambian el efecto.
La lectura se une a otras investigaciones y cobra relieve considerando que según el informe anual 2024 de EARS-Net del ECDC, diez países europeos reportaron porcentajes superiores a 25% de E. faecium invasivo resistente a vancomicina. En ese contexto, cualquier pista para ampliar el arsenal antimicrobiano merece atención, aunque todavía esté lejos del consultorio.