La gran ilusión
Ilustración de Cristóbal Fortúnez

La gran ilusión

Las ilusiones no tienen fin, hago el voto de extinguirlas todas (voto budista)
Fernando Pardo
Este artículo se publicó originalmente en el número 277 de la revista Cáñamo España

Como dice el maestro zen Huang-po: “El sabio rechaza lo que piensa, no lo que ve. El tonto rechaza lo que ve, no lo que piensa”.

La física cuántica está desmontando todas las intuiciones que solíamos tener sobre la realidad. Algunos de los científicos dedicados a su estudio y aplicación suelen pasar por alto las paradojas que plantea la teoría y se dedican a aplicarla en nuevas tecnologías que mejoran nuestras vidas, pero que a la vez nos controlan y esclavizan. Pero existe un pequeño núcleo de investigadores que intenta comprender qué nos dice la física cuántica sobre lo que consideramos la realidad, la naturaleza de la consciencia, la identidad, etc. Son pocos los que se atreven a explorar este extraño mundo, pero sus descubrimientos son alucinantes.

De entrada, la física cuántica pone en duda el materialismo y en entredicho la idea de que haya algo en lugar de nada. En realidad son las fuerzas magnéticas las que producen la falsa impresión de materialidad. La realidad en la que creemos es una ilusión; lo único que realmente existe, por así decirlo, es la experiencia inmediata no tamizada por los conceptos. Dicho de otra forma, los conceptos, por útiles que parezcan, no pueden ser un sustituto de la percepción. Si lo que nos interesa es despertar a la verdad, hemos de dejar de basarnos en lo que pensamos, concebimos, a expensas de lo que percibimos.

El verdadero conocimiento no nos viene a través de los conceptos o las creencias, ya sean antiguas o modernas, sencillas o sofisticadas. De hecho, es a causa de los conceptos y creencias como acabamos interpretando todo en términos de lo que ya creemos. Vemos lo que esperamos ver, no lo que está sucediendo. Esto no es conocimiento.

Como dice el maestro zen Huang-po: “El sabio rechaza lo que piensa, no lo que ve. El tonto rechaza lo que ve, no lo que piensa”.

Nunca seremos capaces de describir una experiencia perceptual de modo que, por ejemplo, alguien que no haya saboreado un zumo de naranja conozca su sabor a través de nuestra descripción; solo puede conocerlo, sin palabras, saboreándolo.

Por otro lado, imaginamos permanencia donde solo hay cambio. No podemos encontrar algo duradero, incluso por un nanosegundo. Si nos interesa despertar a la verdad y a la realidad, hemos de enfrentarnos a la gran ilusión; la profunda pero falsa convicción de que hay algo en lugar de nada.

La experiencia directa no engaña, solo lo hacen los objetos formados mentalmente; nuestra interpretación conceptual de la experiencia puramente perceptiva. Si no abandonamos lo que creemos saber en relación con la consciencia, no despertaremos del mundo ilusorio. Lo que llamamos universo es simplemente un objeto creado por el pensamiento, una construcción mental no una cosa real.

Como dijo Joseph Campbell, en cierto modo la religión cortocircuita la experiencia religiosa al conceptualizarla. De hecho, la verdad es todo lo que experimentamos. Pero la mayoría de las veces nos perdemos en nuestro pensamiento y no prestamos atención a la experiencia real.

Todos los conflictos y las guerras son fruto del pensamiento y de la creencia en un yo. Como decía Gurdjieff, somos sonámbulos que sustituimos la realidad por el pensamiento. Nos creemos seres individuales y separados, y esta es la base del sufrimiento y la insatisfacción permanente que ninguna idea u objeto pueden aplacar. En cierto modo nos ocurre como aquel barco que mar adentro, en la desembocadura del Amazonas, hace señales a otro barco para que les proporcione agua y este le contesta: “Bajad los cubos, estáis rodeados de agua dulce”.

Tal vez un día los descubrimientos de la física cuántica sirvan para que las personas despierten del sueño de la materialidad que tantas desgracias produce. No nos dejemos engañar por los cantos de sirena que nos prometen la felicidad donde solo hay desdicha, separación y falta de empatía.

No necesitamos ser matemáticos para entender la realidad, simplemente hay que vivirla sin interpretarla con los condicionamientos culturales y sociales que se nos inculcan desde la más tierna infancia.