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Gitano eléctrico

Se acaban de cumplir cincuenta años de la muerte de Jimi Hendrix, posiblemente el mejor guitarrista de todos los tiempos. No hace mucho, el director de la revista Guitar Player decía que iba a dejar de convocar la votación anual de mejor guitarrista del año porque siempre ganaba Jimi Hendrix.

La carrera de Jimi Hendrix fue meteórica: en solo tres años revolucionó el mundo de la guitarra eléctrica; descubrió para esta un continente del que solo aún se han explorado sus costas, y su primer disco, Are you experience?, fue para el aficionado como si hubiéramos encontrado un enchufe en las cuevas de Altamira.

Es cierto que existió un periodo pre-Jimi Hendrix, cuando este malvivía en el circuito denominado Chitlin, tocando en bares de carretera y tugurios varios. En esta época acompañó a los Isley Brothers o a Little Richard, quien lo expulsó por hacerle sombra. Pero decidió seguir su destino tocando en clubs del Village de Nueva York que se habían abierto a la música psiquedélica, algo distintos a los cafés folk en los que se curtió Bob Dylan, con el que se cruzó en varias ocasiones en el Village, ambos no teniendo dónde caerse muertos.

Cuando los dos eran famosos se encontraron de nuevo en el Village reconociendo la admiración mutua que tenían el uno por el otro. De hecho, Bob Dylan solía interpretar su tema “All Along the Watchtower” siguiendo la genial reinterpretación del gitano eléctrico. Como anécdota digamos que, cuando Bob Dylan dormía en sofás de amigos en el Village, regaló a uno de ellos el manuscrito de “Like a Rolling Stone”, que recientemente se vendió por más de un millón de dólares. Recordemos también que Paul Allen, socio de Bill Gates, compró una guitarra de Hendrix por una cifra considerable. Estamos hablando de gente que años antes no tenía ni para comer.

Un debate interesante es: ¿quién descubrió realmente a Jimi Hendrix? Se suele decir que fue Chas Chandler, miembro de The Animals, pero no es toda la verdad. El primero que estuvo a punto de descubrirlo fue Les Paul, excelente guitarrista de jazz que dio nombre a una guitarra Gibson, la Les Paul, que solía utilizar Eric Clapton. Les Paul era productor y acostumbraba a visitar locales de carretera y otro tipo de bares de mala nota en busca de algún talento.

En una ocasión en que viajaba con su hijo, decidió parar en el Lodi, un chiringuito en la zona de Nueva Jersey. Como estaba muy cansado le dijo a su hijo que daría una cabezadilla en el coche y que si había algo interesante que le avisara. Al poco su hijo le despertó golpeando los cristales de la ventanilla, diciéndole que había algo extraordinario que tenía que ver. Cuando entró en el local alucinó con Jimi Hendrix. Como estaba agotado, le preguntó al dueño del bar si este se quedaría más días y le dijo que actuaría durante tres noches. Al día siguiente volvió al Lodi con la intención de contratarlo y se encontró que estaba vació. Preguntó al dueño por el músico que había visto la noche anterior y este le dijo que tocaba muy fuerte, que le ponía de los nervios y lo había echado. Les Paul recorrió todos los bares de la zona preguntando por un negro que tocaba raro sin lograr dar con él. Nunca lo localizó. Hendrix ya estaba en Nueva York labrándose su porvenir en el underground.

Finalmente, fue Linda Keith, novia de Keith Richards, quien le habló a Chas Chandler de Hendrix. Este lo llevó a Londres, y el resto es historia. En solo tres años publicó tres discos irrepetibles: Are You Experience?, Axis Bold Love y Electric Lady Land.

Por mi edad viví la época de Hendrix en su momento, en vivo y en directo. Con quince años, un día, al llegar a casa volviendo del colegio, puse un programa de radio que se llamaba El clan de la una. El locutor dijo que le habían traído un extraño disco de Londres, puso “Purple Haze” y quedé totalmente alucinado. Posteriormente tuve la ocasión de ver actuar a Hendrix en el Festival de Wight, en 1970, y cumplió todas mis expectativas.

En aquel nefasto año no solo murió Hendrix con veintisiete años, sino también Jim Morrison, de The Doors, y Janis Joplin. Se acababa una era irrepetible.

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #276

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