Naturaleza o crianza por Fernando Pardo
Ilustración: Cristóbal Fortúnez

Naturaleza o crianza

Fernando Pardo
Este artículo se publicó originalmente en el número 259 de la revista Cáñamo España

Veinte años de investigaciones médicas han demostrado que los traumas sufridos en la infancia pueden afectar a la fisiología, alterar el modo en que se replican las células, y pueden aumentar el riesgo de enfermedades coronarias, los derrames cerebrales, el cáncer, la diabetes e incluso el Alzeheimer. En este caso no hay distingos entre razas o ricos y pobres.

Hubo un tiempo en que las teorías de Freud eran las que dominaban el mundo de la psiquiatría y la psicología. En esa época se consideraba que los trastornos mentales tenían su causa en traumas infantiles no resueltos. Posteriormente, la psiquiatría de corte biológico atacó con fuerza dichas teorías afirmando que las causas de los trastornos mentales eran fisiológicas o genéticas, desterrando prácticamente los enfoques psicodinámicos neofreudianos. Sin embargo, más tarde, gracias a la teoría, con base empírica, de John Bowlby, conocida como teoría del apego, y aún más, con investigaciones de algunos neurocientíficos impresionados por los estragos sufridos por niños en orfanatos rumanos, cuyos traumas eran claramente causados por la crianza, y no eran producidos por la biología, el péndulo volvió a pasar al lado de la crianza. Posteriormente, un representante de lo que podríamos denominar neurofreudianos, como Allan Schore, ha llegado a afirmar que la madre esculpe literalmente el cerebro de su hijo. Que la relación del principal cuidador con el bebé es la base de una posterior salud mental óptima.

En realidad se está llegando a la conclusión de que las experiencias adversas de la infancia pueden tener efectos importantes en la salud de las personas. No solo mentales. Veinte años de investigaciones médicas han demostrado que los traumas de distinto grado sufridos en la infancia pueden afectar a la fisiología, alterar cómo se lee el ADN y el modo en que se replican las células, y pueden aumentar de forma espectacular el riesgo de enfermedades coronarias, los derrames cerebrales, el cáncer, la diabetes e incluso el Alzeheimer. En este caso no hay distingos entre razas o ricos y pobres.

Se puede entender hasta cierto punto que los traumas infantiles pueden conducir a conductas de riesgo como el alcoholismo o la adicción a la nicotina, pero estamos hablando de enfermedades como el cáncer en personas que llevan vidas sanas. Altas cotas de adversidad afectan no solo a la estructura del cerebro y sus funciones, sino también al desarrollo del sistema inmunológico y hormonal. Se ha llegado a comprobar que los traumas infantiles, aun los leves, acortan los telómeros en la edad adulta y, en consecuencia, la longevidad de las personas afectadas.

¿Hay alguna solución para todo esto? Por ahora los investigadores aconsejan cosas sencillas y baratas: dormir bien, ejercicio, comida sana y meditación. Cosas que estimulan la neuroplasticidad. Estamos hablando de una epidemia silenciosa que golpea a toda la sociedad. Es algo que la farmacología no puede curar; lo máximo que puede hacer es enmascarar los síntomas.

Gran parte de los problemas de la sociedad actual se deben a la búsqueda de atajos: obtener el máximo con el mínimo esfuerzo. Algo de lo que son muy culpables los medios de comunicación. Es paradigmático el caso de las celebridades que tratan de paliar sus traumas infantiles con el aplauso del público, que nunca les satisface realmente, pues entre el público no suele estar la madre del artista. Bajo los focos, algunos individuos pierden la capacidad de responder a los desafíos vitales tal y como lo hace el resto de los mortales. De ahí que los ricos también lloren y suelan ser los causantes de que haya aumentado tanto el mercado de la psicoterapia y el consumo de fármacos. Se ha comprobado que la prosperidad en la sociedad occidental actual, con sus comodidades, que hacen que cada vez más gente pueda eludir el esfuerzo físico, tal vez estén sofocando nuestras funciones cerebrales normales, las que usaban nuestros abuelos.

Con la pretensión de ayudar a algunas personas a ganar una mayor competencia o salud mental, a mucha gente vulnerable se le recetan medicaciones que enmascaran las contingencias propias del mundo real para que sus emociones sean más manejables. Lo que ya se hacía en su día, a lo bruto, con las lobotomías. Actualmente hay personas que se mantienen todo el día en un entorno farmacológico. Durante el día toman fármacos para paliar la ansiedad y el dolor, y por la noche otros que promueven un sueño y descanso artificial. Tenemos muchos ejemplos recientes de conocidos artistas a los que este régimen farmacológico les ha llevado a la muerte y ha creado una auténtica epidemia en Estados Unidos. Mientras que el resto de los mortales tratamos de espabilarnos con la neuroquímica natural que ponen en marcha los acontecimientos de la vida, nuestro “camello” de fábrica, a veces con la ayuda de alguna cerveza.

“Goza de tu poco, mientras busca más el loco”, recomienda el refranero. Hans Christian Andersen también incidía en lo mismo cuando dijo: “Disfruta de la vida. Hay tiempo de sobra para estar muerto”.