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De verdad os digo: he tomado ya tantas mierdas y tantas cosas raras que se me acaba el repertorio. Juro que si no fuera por mis amigos hace tiempo que no sería capaz de salir adelante.

Afortunadamente, amigos no me faltan y con ellos, más mierdas, cosas raras y sobradas que meterme (ni pensarlo quiero el día que me abra una cuenta en Facebook). De modo que si en la entrega anterior fue mi compadre Javier Marín quien me alentó a fumar escorpiones, esta vez ha sido mi tío José Carlos Bouso el que me ha retado a tomar cartas en este asunto. Tema serio: el descubrimiento de la LSD-25.

Ustedes ya saben: el 16 de noviembre de 1938, Albert Hofmann sintetiza dicha sustancia para los laboratorios Sandoz, que, hechas las primeras pruebas, la relegan al baúl de los recuerdos por carecer de interés farmacológico. Cinco años después, el 16 de abril de 1943, encontrándose Albertito en lo que llama “un creativo descanso de mediodía”, le da la ventolera y –contraviniendo la praxis habitual de no volver a menear lo que ya se ha demostrado que no tiene ningún valor– se decide a sintetizar de nuevo aquel compuesto porque le “gustaba su estructura química”. El caso es que a la hora de sintetizarlo comete algún tipo de error en lo que respecta a las medidas de higiene y seguridad, de tal manera que de una u otra forma su organismo entra en contacto con la sustancia –se supone que por vía dérmica, es decir, por haberla tocado con la yema de los dedos y, si acaso, por haberse tocado luego la conjuntiva de los ojos o la boca–. La cuestión es que, después del error, sucedió lo siguiente, narrado por el propio Hofmann en su informe para la compañía:

“Tuve que dejar de trabajar en el laboratorio y dirigirme a casa porque sentí una gran agitación, acompañada de un ligero mareo. En casa me tumbé y me sumergí en un estado similar a una intoxicación, que no resultaba del todo desagradable y que se caracterizaba por vívidas ensoñaciones. Con los ojos cerrados (la luz del sol me molestaba), pasaba por mi mente un torrente de fantásticas imágenes de extraordinaria plasticidad y un intenso juego de colores caleidoscópicos. Después de unas dos horas, ese estado desapareció”.

¡Bendito curro! ¡Te zampas un tripazo en horario laboral, te piras a casa a gozarlo y, con dos cojones, se lo cuentas por escrito a tus jefes, que, encima, se muestran interesados en el asunto y te piden que repitas! Porque eso es lo que pasó, que sus superiores sintieron curiosidad y se animaron incluso a probarlo ellos mismos.

Antes, es bien cierto, vino el afamado “día de la bicicleta”, el 19 de abril de 1943, en el que Hofmann, intrigado con lo que le había pasado tres días antes y tras descartar que los efectos hubieran sido producidos por el disolvente empleado en la síntesis, se administra 250 microgramos de tartarato de dietilamida del ácido lisérgico (equivalente a 170 mcg de LSD base) y se pega la primera tripada planificada de la historia de la humanidad.

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El resto, valga la redundancia, es historia y todos nos la sabemos, más que nada porque o bien la hemos vivido o bien hay decenas, cientos o miles de voces que nos la han contado.

El problema, el misterio, el interrogante que ha traído este asunto a La Tercera Fase es la prehistoria, es decir: aquello que pasó con anterioridad al “día de la bicicleta”, aquello de lo que no podemos obtener más testimonios que el del propio Hofmann, aquello que pasó el 16 de abril de 1943 o en cualquier otro momento previo.

“Pero, teniendo el testimonio del propio Hofmann, ¿para qué queremos más?”, se preguntarán ustedes… ¿Verdad?

Ingenuos… Ya se la metieron doblada con la cigüeña, con París, con la boda y la hipoteca, con Felipe González, con Rajoy, con Monedero y el coletas… ¿Y aún siguen creyendo en el buenrollismo del mundillo de la psiquedelia? ¡Espabilen, cojones!

¿Cuántos tripis han tenido ustedes en sus manos? ¿Cuántos ajos han manoseado sus camellos de turno a lo largo de los años? ¿Cuándo alguien se ha colocado con ellos con tan solo tocarlos? ¿Quién se ha pegado jamás un viaje de LSD de tan solo dos horas –¡dos!– de duración?

¡Amos, anda! Que sus jefes (los de Albertito) se lo tragasen, pase, pero al tío Bou no le van a engañar.

Así que el menda (el Bouso), incrédulo de la versión de Hofmann, se ocupa de escribir un artículo exponiendo sus dudas y lo zanja diciendo: “Que se coma el marrón el Edu haciendo una cata en condiciones y que nos cuente”.

De modo que en esas estoy: en vísperas de relatarles mi experiencia psicodélica tras haberme administrado cinco gotas –¡cinco!– de LSD vía dérmica (la mitad de ellas –hagan ustedes la cuenta– con DMSO).

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¿Que qué es el DMSO?

Dejen que se lo explique Tom Wolfe (en Ponche de ácido lisérgico):

“La Prueba de la Licenciatura del Ácido está programada para el lunes 31 de octubre en la sala Winterland. La noche de Halloween. A la noche siguiente el Partido Demócrata de California celebra en Winterland una gran concentración de apoyo al gobernador Brown, que se enfrenta a Ronald Reagan. Kesey y los Bromistas celebran su gran evento en Winterland, ¿no es cierto? Lejos, pues, de ser una ‘licenciatura del ácido’ será una Prueba del Ácido de increíbles proporciones. El ponche lisérgico azotará el aire como un tifón; centelleará en todas las venas; 6.000 adictos se colgarán con LSD hasta la locura, rebotarán contra las paredes como pelotas de golf eléctricas… El cielo se vendrá abajo… pero eso no será todo. ¡No se detendrán ahí, los muy maniacos! Los Bromistas untarán todas las puertas, barandillas, paredes, sillas, sistemas de calefacción, fuentes de agua… con DMSO… mezclado con LSD. ¿Lo captan? El DMSO es casi un viejo ideal alquímico, el disolvente universal. Te pones una gota en la punta del dedo y al cabo de treinta segundos lo sientes en la boca. Te traspasa la piel y todo el organismo a velocidad de vértigo. DMSO con LSD… ¡Qué visión! A la noche siguiente todos los miembros del Partido Demócrata de California se quedarían totalmente flipados, colgados como primates. Ocho mil obesos y enfisematosos senadores, miembros de la Cámara Baja del Estado, miembros masculinos y femeninos del Comité Nacional, congresistas y el propio gobernador se pondrían a aullar como demonios, a correr de un lado para otro emitiendo gorjeos y escupiendo y agitándose y brincando como palomitas en una sartén…”.

¿Escucharon ustedes alguna vez a alguien hablar del tremendo viajazo que se pegaron los gordos enfisematosos del Partido Demócrata de California la noche siguiente a la del 31 de octubre del año de la tana? No, ¿verdad?

Pues a mí tampoco me escucharán hablar del tremendo viajazo que tuve tras administrarme cinco gotas de ácido vía dérmica (algunas con DMSO). Sencillamente, porque no lo tuve. Ni tremendo ni tremebundo. Ni jocoso ni introspectivo. Ni místico ni destroy. Nada de nada. Y valga decir que, siendo conservadores y considerando que cada una de las gotas tuviese tan solo 50 mcg de LSD, el total de 5 equivaldría a 250 mcg, 80 más que los que Hofmann habría consumido el afamado “día de la bicicleta”. Y la cuestión es que, habiendo probado esas mismas gotas por vía oral, todo apunta a que su contenido de ácido lisérgico tal vez pudiera ser mayor pero difícilmente menor.

¿Explicación?

¡Qué sé yo! Será el tartarato…

La primera síntesis que realizó Hofmann fue de tartarato de dietilamida del ácido lisérgico, y habría entrado en contacto dérmico con él en su forma sólida (en sal). Las síntesis actuales, si no me equivoco, acostumbran a ser de LSD base (y a lo mejor, este cambio podría influir en la eficacia con la que la sustancia es absorbida por la piel). A la hora de escribir este artículo y de realizar el mencionado bioensayo, yo me administré LSD base pero en forma líquida, no en forma de sal. Todas estas cuestiones, lógicamente, vienen a ser variables de relevancia suficiente como para poder explicar por sí mismas las divergencias en las distintas experiencias. El problema reside en que controlar esas variables (tartarato, base/líquido, sólido) resulta imposible cuando se cuenta con los medios de un consumidor cualquiera como yo, que puede acceder únicamente a los productos del mercado negro.

Lo que tiene delito es que realizar tales pruebas con todas las de la ley (replicando el experimento con voluntarios varios y contando con la síntesis de químicos expertos) hubiese sido mucho más fácil estando Hofmann vivo y no ahora… ¡Que manda cojones que el menda viviera 103 años y aún sigamos comiéndonos la cabeza con esto!

Fotografías: Alberto Flores

Nº 238 ya en los quioscos

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