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Fotografía de Alberto Flores
Fotografía de Alberto Flores

Hace un par de años, entrevistando a mi amiga Ian Aüake, que había dado a luz hacía poco, me dijo lo siguiente: “Oxitocina es esa gran diosa que llena mi alma estos últimos meses, de rato en rato me asalta la idea de qué será cuando deje de producirla a borbotones. Esas frías salas de paritorio que antes me espantaban, ahora me atraen brutalmente: pienso en sus goteros llenos de oxitocina sintética”.

Y, lógicamente, desde entonces yo tampoco pude dejar de pensar en lo mismo que ella. Para ser sincero, hacía ya tiempo que le venía siguiendo la pista a esta sustancia. Sin embargo, tenía un problema: las preparaciones hospitalarias (absolutamente fiables y relativamente fáciles de conseguir) no me valían para nada en tanto en cuanto que la oxitocina, a no ser que sea empleada con la finalidad de provocar contracciones uterinas o para estimular la secreción de leche materna, no es activa vía oral, y vía inyectada apenas atraviesa la barrera hematoencefálica. Para otros fines –ya veremos cuáles– únicamente pueden utilizarse los espráis nasales, que se venden a espuertas en internet pero que, por regla general, son un puro y duro timo.

El problema, por lo tanto, consistía en encontrar un proveedor fiable. Así que no me tocaba más que cargarme de paciencia y esperar. Lo cual, después de media vida tratando con camellos, no consistía en modo alguno una novedad. Estaba curtido y sabía que, más tarde que pronto, aparecería el bendito dealer. Y, efectivamente, así fue, y por eso ahora les vengo a contar lo que ocurrió después de que la catara, recatara y requetecatara.

 

La hormona del amor

Pero antes, déjenme que les hable un poco más de ella: Ian es una chica... –ay, perdón, que se me va la pinza–, la oxitocina es la molécula del momento, la que trae loca a buena parte de la loca vanguardia de la comunidad científica, la joven promesa con el potencial para solucionarlo y mejorarlo todo, todito, todo. La oxi, la toci, la oxi-toci (es que aún no tiene un nick en el argot de las drogas) es una hormona que las mujeres segregan en grandes cantidades durante el parto y la lactancia, y actualmente se piensa que fomenta y fortalece el vínculo y el apego entre madre y bebé. Es por ello –y también porque parece ser una sustancia fuertemente involucrada en el establecimiento de relaciones sociales y personales basadas en la confianza y en la generosidad– que es conocida como la “hormona del amor”, “de los mimos”, “del apego y de la unión”. También es un compuesto segregado profusamente en los orgasmos femeninos y masculinos –antes, durante y después o todo lo contrario, pues no termina de estar muy claro cuándo lo hace, pero lo hace–. Las esperanzas puestas en ella son tantas y tan altas que no falta quien ya vislumbra un “tercer verano del amor” protagonizado por esta molécula o por alguno de sus derivados que, comparativamente, tendrían tal potencial para el mimosismo que, a su lado, la MDMA (protagonista del “segundo verano del amor”) parecería Chucky frente a Mimosín. Es decir, que la cosa promete.

 

El experimento

En fin, a lo que vamos: cuando me llegó el espray estábamos bicha mala y yo (¡uy!, qué lapsus, “mi chavala”, quería decir) en plena honeymoon y ofuscados con el cabreo de turno (lo sabemos, si así andamos ahora, cuando termine la luna de miel saldremos hasta en la prensa cannábica).

Inhalé dos veces por cada fosa nasal y me concentré para detectar cualquier posible efecto. La verdad es que me sentí un poco embobado, calmado... Pero, claro, eso es lo que tiene concentrarse en algo. Sea como fuere, no coloca, si era eso lo que querían saber (que lo era). Tampoco me veo con autoridad moral como para negar que pueda producir un sutil reburbullir neuronal, pero, créanme ustedes: colocar, no coloca.

Acto seguido me fui al bar y, ya antes de llegar, me puse blando y le envié un mensaje a mi chica: “He tomado oxitocina y ya se me ha pasado el mosqueo, pero creo que así no cuenta”. A lo que me contestó: “A mí también me apetece que vengas a mi casa, pero tampoco cuenta”. Total, que nos quedamos como estábamos: enfadados.

A lo largo de los siguientes días continué administrándome la “hormona de la unión”, a la vez que trataba de comprobar si en mí tenía alguno de los efectos que se le atribuyen:

Lactancia: la oxitocina provoca la secreción de leche en la glándulas mamarias. No hubo manera.

Contracción uterina: la oxitocina produce la contracción del útero. Tampoco hubo manera.

Orgasmos: ya lo saben, la oxitocina es liberada en los orgasmos femeninos y masculinos. No hubo manera. A lo largo de todo el experimento (aproximadamente, unas dos semanas) no conseguimos llegar nunca a la cama. Siempre nos enfadábamos antes. Normalmente, porque yo sentía que ella no me hacía caso y, cuando se lo decía, pues, claro, ella –para no contradecirme, supongo– se enfadaba y se iba. Una vez conseguimos llegar hasta su casa, pero apenas dos minutos después me fui pensando que me había echado. Poco después me aclaró por wasap que no me había echado pero que, de no haberme ido por iniciativa propia, no hubiese tardado en sugerírmelo expeditivamente ella misma.

Drogas: algunos estudios vienen a indicar que la oxitocina inhibe el desarrollo de tolerancia a varias drogas adictivas (opiáceos, cocaína, alcohol) y reduce los síntomas de abstinencia. Puedo jurar y perjurar que tampoco fue el caso, pero solo lo voy a jurar.

Aumento de la confianza y reducción del miedo social: algunas personas con fobia social perciben grandes mejorías al relacionarse e interactuar con los demás tras la administración de oxitocina. Fíjense en que a mí esto me pasa con el pitxu, pero con la toci, lo de siempre: no hubo manera.

Lazos maternales: ya lo hemos dicho, la oxitocina está fuertemente involucrada en el desarrollo del vínculo y el apego entre la madre y su bebé. En mi caso, teniendo cuarenta y seis años y viviendo aún con mis padres, tuve la deferencia de mantenerme alejado de mi madre durante todo el experimento para ahorrarle los posibles efectos de una sobredosificación oxitocínica, que de vínculos maternofiliales ya está más que servida.

Acción sobre la generosidad y aumento de la empatía: en un estudio, la administración de oxitocina aumentó la generosidad un ochenta por ciento en el juego del ultimátum pero no tuvo efecto en el juego del dictador. Yo lo más que jugué fue un partidillo de bádminton y me panearon, poco más puedo decir al respecto.

 

Los resultados

En resumidas cuentas, nada o poco me hizo. Ya lo han visto ustedes. Tanto es así que, tras algo más de dos semanas sin haber dejado de discutir con mi chavala (bien es cierto que la cosa ya venía de antes), decidí dejar de hormonarme y decidimos dejar de ser novios.

Inmediatamente después me fui a la boda de un amigo y, al volver, quedamos en la gran ciudad. En el Metro, para más señas. Apenas me vio, me preguntó:

–¿Qué tal la boda?

–Bien... ¿o te cuento?

–¿Qué te pusiste?

–Me puse speed, M, un par de gotas de LSD, ketamina...

–Qué te pusiste de ropa, ¡gilipollas!

–¡Ah!, la camisa.

–¿La azul?

–Sí, claro: la camisa.

–¡Qué guay! ¿Y lo pasaste bien?

–Mucho y casi hasta el final.

–Te enfadaste... ¿verdad?

–Con todos... Me fui andando y les dejé colgaos con sus coches.

–¡Qué tonti!

–Ya... Oye, ¿en qué punto estamos tú y yo? ¿Qué somos?

–En ninguno. Nada de nada. Lo único claro es que nos queremos...

–Anda, qué guay... Pues, ¡ven acá pacá!

Y nos dimos un largo abrazo; y un beso apasionado; y hasta se nos fue un poco la mano... Tanto que, a la hora de escribir estas líneas, ya nos hemos visto tres veces de buen rollaco total, sin discutir ninguna de las tres e incluso una rompiendo la cama.

Nº 255 ya en los quioscos

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