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‘Microdosificación’: ¿qué sabemos y qué no sabemos (todavía) de esta llamativa práctica?

Pese a su gran popularidad y sus numerosos defensores, todavía quedan muchos elementos por aclarar en torno a la curiosa práctica del microdosing: su efectividad real y su seguridad a largo plazo. La ciencia avanza con algunas investigaciones encontrando beneficios claros, mientras que otras lo ponen en tela de juicio y hablan de efecto placebo. Pero, al margen de este lento proceso investigador, la realidad es que sus potenciales beneficios siguen atrayendo cada vez a más personas y despertando una gran curiosidad dentro de los círculos drogófilos, pero también fuera de ellos.

¿‘Microdosificación’?

Las microdosis, como su propio nombre indica, son dosis muy pequeñas de algo, y la microdosificación (o microdosing) es el nombre que ha recibido la práctica de tomar pequeñísimas dosis de sustancias psicodélicas (como LSD, psilocibina, ayahuasca, etc.) en el día a día con objeto de rendir mejor en el trabajo y encontrarse mejor en general.

Esta práctica se asienta en la teoría de que los potenciales beneficios de los psicodélicos observados a grandes dosis también podrían obtenerse de un modo más sutil pero continuado en el tiempo y sin la incapacidad funcional (y riesgos) que supone estar en un estado psicodélico durante largos periodos de tiempo, pudiendo incluso mejorar el desempeño en el trabajo... Todo esto mediante la ingestión de una pequeñísima dosis de una sustancia psicodélica como si fuese un café mañanero.

Esta práctica, que podría parecer un tanto extravagante, saltó a la palestra en el libro The Psychedelic Explorers Guide, de James Fadiman, en el 2011. En esta obra se relataban los beneficios que reportaban algunas personas que lo estaban haciendo (y que a la postre publicaría en forma de estudio en una revista científica1). Desde entonces, la microdosificación ha alcanzado grandes tasas de visibilidad en los medios de comunicación, asociada a su aparente popularidad en entornos de startups y alta innovación tecnológica, como Silicon Valley, o incluso en sectores financieros como Wall Street, convirtiéndose en una de las ramas más visibles de este proceso de renacimiento psicodélico que estamos viviendo desde hace unos veinte años.

Esto también supone un cambio importante en la percepción de los psicodélicos y sus potenciales utilidades, que pasarían de verse como una herramienta para desconectar del trabajo y el mundo ordinario a ser una herramienta para amplificarlo, o de ser algo de hippies a ser algo de yuppies (el estereotipo del joven ejecutivo exitoso en Estados Unidos, con ingresos medio-altos, a la moda, al día tecnológicamente y muy materialista), algo que puede parecer un giro de ciento ochenta grados en la percepción social.

Artículos como “How LSD microdosing became the hot new business trip”, en la revista Rolling Stone en el 2015, o libros como A Really Good Day: How Microdosing Made a Mega Difference in My Mood, My Marriage, and My Life, de Ayelet Waldman (2017), atestiguan este cambio, que ha venido acompañado de la reciente aparición de empresas que, aprovechando legislaciones como la holandesa, la canadiense o la de determinados estados de Estados Unidos, están empezando a distribuir packs de microdosis y todo tipo de servicios asociados a ellas.

¿Cómo se microdosifica?

Quienes lo practican consumen dosis subperceptivas (por las que no se noten alteraciones sensoriales) de sustancias psicodélicas en un régimen determinado. Suele consumirse una décima parte de la dosis regular de la sustancia, llamada microdosis o microdose. Por ejemplo, en torno a 10 μg (microgramos) de LSD (12-8 μg) o 2 mg (miligramos) de psilocibina (3-1 mg), equivalente a unos 0,25 g (gramos) de setas Psilocybe cubensis. Pero lo cierto es que todavía no hay un consenso sobre la dosis, sino más bien sobre evitar que esta tenga efectos sensoriales perceptibles, lo que para algunas personas supone consumir una décima parte pero para otras, una quinceava parte.

Una microdosis no es una minidosis o una dosis baja. Las minidosis se han usado muchas veces entre personas en entornos de ocio que querían sentir parcialmente los efectos psicodélicos pero sin entrar en una experiencia. Por ejemplo, una minidosis sería un cuarto de un blotter de LSD (unos 25 μg) o 0,5 g de setas Psilocybe cubensis (unos 5 mg de psilocibina). Estas minidosis tienen un claro efecto sobre la percepción que las descalificaría como microdosis, al no ser muy funcionales para acudir a la oficina, aunque en determinados contextos (como en el artístico) sí que podrían compaginarse con el desempeño profesional.

Se han popularizado varios protocolos diferentes de consumo de microdosis, que buscan maximizar sus supuestos beneficios reduciendo al máximo la tolerancia que puede producir el consumo continuado de un psicodélico. A continuación citamos algunos:

  • El protocolo Fadiman, según el cual se toma una microdosis un día y no se toma los dos siguientes, y así sucesivamente.
     
  • El protocolo Stamets, según el cual se toma microdosis durante cuatro días (y en combinación con niacina –vitamina B3– y hongo melena de león) y se descansa los tres días restantes tomando solo la niacina y la melena de león, y así sucesivamente.
     
  • El protocolo de días alternos, según el cual se toma una microdosis un día y no se toma el siguiente, y así sucesivamente.
     
  • El protocolo de dos días por semana, según el cual se toma la microdosis dos días fijos no consecutivos a la semana y se descansa el resto.

¿Qué dicen los ‘microdosers’ y qué dice la ciencia?

Microdosificación qué sabemos y qué no sabemos (todavía) de esta llamativa práctica

Quienes consumen microdosis refieren sentir mejoras en muchos aspectos: concentración, creatividad, estados de flow, mejora de hábitos (ejercicio, dieta), energía, bienestar general, humor, empatía... También hay personas que las consumen con un objetivo terapéutico en casos de depresión, ansiedad, adicciones, TDAH, TOC, etc.

Hace muy poco tiempo que todo este fenómeno ha empezado a ser estudiado de forma rigurosa por la ciencia en forma de investigaciones clínicas y, por el momento, no hay muchos estudios publicados como para que podamos formarnos una idea de la efectividad y la seguridad real de esta práctica.

La mayoría de los primeros estudios encontraron que la microdosificación es efectiva y segura, pues quienes la practican sienten mejoras sustanciales en diversas áreas y no parece que sufran muchas complicaciones. Pero cabe resaltar que dichos estudios se hicieron con cuestionarios de autoevaluación y autorreporte, que se consideran métodos poco fiables, y sin incluir un grupo placebo (personas que creen que están microdosificando pero en realidad están tomando una sustancia no psicodélica, como, por ejemplo, azúcar, y que permiten ver si el efecto observado es farmacológico o basado en creencias o expectativas), lo cual supone una seria limitación a su validez a la hora de establecer si esos beneficios provenían de la microdosis o de otros elementos.

Por ejemplo, en un estudio publicado en el 2021 cuyo título se traduciría literalmente como ‘Los adultos que toman microdosis de psicodélicos reportan motivaciones relacionadas con la salud y niveles más bajos de ansiedad y depresión en comparación con los que no toman microdosis’, sobre la base de análisis de los reportes de casi nueve mil personas, se concluía que los microdosificadores exhibieron niveles más bajos de depresión, ansiedad y estrés que quienes no tomaban microdosis. Pero, de acuerdo con este tipo de estudios, es imposible establecer una causalidad, es decir, saber si esa mejora provenía de la microdosificación o de otra variable. Otro estudio publicado en el 2022, cuyo título se traduce ‘Los microdosificadores de psilocibina demuestran mayores mejoras observadas en el estado de ánimo y la salud mental al mes en comparación con quienes no microdosificaron’, encontró mejoras en varios indicadores de salud mental y estado anímico en quienes microdosificaron durante un mes, pero al no haber un grupo placebo no se puede afirmar que esas mejoras sean por la sustancia o, por ejemplo, fruto de las expectativas o creencias de esas personas en que microdosificar te debería hacer rendir y sentir mejor.

Pero ya empieza a haber algunas pequeñas investigaciones con diseños algo más sólidos. Por el momento, los primeros estudios controlados con grupos placebo (esos que creen que se están microdosificando pero en realidad están tomando una sustancia no psicodélica, como, por ejemplo, el azúcar) están arrojando dudas sobre si los efectos beneficiosos se deben a las microdosis, porque algunas de estas investigaciones concluyen que aquellas personas que creían que estaban tomando microdosis psicodélicas (pero en realidad era un placebo) también sentían esas mismas mejoras anteriormente achacadas a las microdosis2 (como bienestar, atención plena y satisfacción vital). O incluso otros estudios usando mediciones más objetivas concluyen que no hubo mejoras entre quienes tomaban la microdosis ni entre quienes tomaban el placebo3.

Cabe destacar que todos estos estudios realizados hasta la fecha, incluso los más sólidos, presentan grandes limitaciones4 todavía, pues algunos usan muestras muy pequeñas; otros, test y mediciones que pueden no ser los más adecuados; varios, dosis desiguales, diferentes sustancias, etc., por lo que sacar conclusiones absolutas en base a ellos sería prematuro y probablemente erróneo5, ya que se necesita mucha más investigación. Pero, mientras, el debate está servido.

Algo que sí parece estar quedando más claro es que incluso a dosis tan bajas los psicodélicos son capaces de aumentar la liberación de factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF),6 una sustancia que se considera un “fertilizante neuronal”, pues estimula la supervivencia y crecimiento de las neuronas del cerebro. Esto quiere decir que, si bien todavía no está claro el efecto de las microdosis a nivel cognitivo-emocional inmediato (la principal razón por la que se consumen), podría darse el caso de que consumidas a largo plazo sí que tuviesen un efecto beneficioso sobre el envejecimiento cerebral, o en algunas enfermedades neurológicas y neurodegenerativas como el alzhéimer, pudiendo incluso retrasar su aparición o acelerar su rehabilitación. Pero esto todavía es movernos en el terreno de la especulación y tendrá que ser la ciencia quien vaya respondiendo a estas preguntas con el tiempo.

¿Son seguras?

Este tipo de uso de sustancias psicodélicas supone un gran reto para los servicios de análisis, información y reducción de riesgos, pues nos enfrentamos a numerosos interrogantes importantes para la seguridad: ¿es esta sustancia realmente la que el usuario cree que es?, ¿es pura o está adulterada?, ¿cómo puede dosificar una sustancia cuya dosis original no conoce? Pero es que, además, incluso en el mejor de los casos, todavía no se conoce la seguridad de esta práctica a largo plazo.

Sobre el papel, parecería que tomar dosis tan minúsculas de psicodélicos no debería presentar grandes problemas de seguridad y, de hecho, todos los ensayos realizados hasta la fecha concluyen que parece ser una práctica segura y con pocos efectos adversos, pero lo cierto es que todavía no lo sabemos muy bien. El motivo es que, si bien los psicodélicos vienen usándose desde milenios sin grandes problemas en el plano físico-fisiológico (consumo puntual a sus dosis normales) y con riesgos controlables en el psicológico (cuando se usan controladamente y en personas adecuadamente preparadas), el consumo de microdosis implica una forma de uso más sutil pero casi diaria y que todavía no se ha explorado ni estudiado a largo plazo.

De hecho, ante la popularización de esta práctica, han surgido voces que alertan de posibles (que no necesariamente probables) riesgos para la salud, en el plano tanto físico-fisiológico como mental. En el físico-fisiológico se advierte de que el consumo de psicodélicos de forma muy regular, como sería este caso, puede sobreactivar un receptor cardiaco llamado 5-HT2b, y esto a la larga podría derivar en enfermedades de las válvulas del corazón. En el plano psiquiátrico, se avisa de que en personas con predisposición a la psicosis o a la bipolaridad, en las cuales los psicodélicos siempre están contraindicados, estas pequeñas dosis también podrían facilitar ligeramente la aparición de episodios, aunque sea con menor probabilidad que las dosis altas, lógicamente. También podrían exacerbar algunos trastornos psicológicos existentes.

Ante esta incertidumbre, solo se puede recurrir a mensajes genéricos de reducción de riesgos con aquellas personas que hayan decidido probar: informarse (o, en este caso, actualizarse lo máximo posible) antes de decidir, hacer un buen balance beneficio-riesgo personalizado, planificar el consumo, adquirir la sustancia a una fuente lo más fiable y conocida posible, analizar la sustancia (cualitativa y cuantitativamente), ir de menos a más y no de más a menos, tener muy claros los objetivos del consumo y vigilar la evolución positiva o negativa de los efectos de esta práctica en uno mismo para parar si se detectan problemas, etc.

¿Qué podemos concluir por el momento?

Pese a su gran popularidad y sus defensores, todavía quedan muchos elementos por aclarar en torno a la práctica del microdosing, su efectividad real y su seguridad a largo plazo. Puede que estemos ante algo grande o ante un simple placebo, pero concluirlo en este punto todavía es prematuro y probablemente erróneo. Necesitamos más investigación científica y de mayor rigor para ir respondiendo a esta pregunta.

Como tantas veces en la historia de la humanidad, ante la falta de investigación oficial, la sociedad, que es eminentemente práctica, se impacienta y pasa a la acción implementando prácticas innovadoras que todavía no han sido avaladas por la ciencia. Esto significa invertir el proceso más riguroso de investigación, desarrollo e implementación y empezar con la implementación, luego el desarrollo y, por último, la investigación, con los riesgos (y los beneficios) que eso puede implicar.

Por ello, llegados a este punto en el que esta práctica del microdosing ya se ha popularizado e implementado en algunos sectores, es importante recordar que, ante la duda, todas las sustancias psicoactivas pueden tener riesgos (y beneficios) según cómo se utilicen y, a falta de mayor investigación científica, cabe pedir a quien esté llevando a cabo esta práctica (o piense hacerlo) que lo haga con la mayor prudencia, con una adecuada evaluación de riesgos-beneficios potenciales, informándose y actualizándose lo mejor posible de lo que se vaya descubriendo en este campo.

Referencias

1.    Fadiman, J.; Korb, S. “Might microdosing psychedelics be safe and beneficial? An initial exploration”. En: Journal Psychoactive Drugs, n.º, 51, pp. 118-122 (2019).

2.    Szigeti, B. et al. “Self-blinding citizen science to explore psychedelic microdosing”. En: Elife, n.º 10 (2021).

3.    De Wit, H.; Molla, H.M.; Bershad, A.; Bremmer, M.; Lee, R. “Repeated low doses of LSD in healthy adults: A placebo-controlled, dose-response study”. En: Addiction Biology, n.º 27, e13143 (2022).

4.    Ona, G.; Bouso, J.C. “Potential safety, benefits, and influence of the placebo effect in microdosing psychedelic drugs: A systematic review”. En: Neuroscience Biobehavioral Reviews, n.º 119, pp. 194-203 (2020).

5.    Polito, V.; Liknaitzky, P. “The emerging science of microdosing: A systematic review of research on low dose psychedelics (1955-2021) and recommendations for the field”. En: Neuroscience Biobehavioral Reviews, n.º 139, 104706 (2022).

6.    Hutten, N.R.P.W. et al. “Low doses of LSD acutely increase BDNF blood plasma levels in healthy volunteers”. En: ACS Pharmacology & Translational Science, n.º 4, pp. 461-466 (2021).

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #302

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