Doctor, ¿me receta unos hongos?
Ilustración: Martín Elfman

Doctor, ¿me receta unos hongos?

Este artículo se publicó originalmente en el número 281 de la revista Cáñamo España

En la última década hemos visto como se ha producido un incremento exponencial tanto en el interés por las sustancias psiquedélicas, como en las investigaciones científicas relacionadas con ellas. Se ha acuñado la expresión renacimiento psiquedélico para describir esta época actual. Si bien los años sesenta vieron la revolución psiquedélica, ahora asistimos a una nueva oleada de interés renovado, mayor experimentación, así como más glamour académico e investigador.

El Cámbrico psiquedélico

En el momento actual existen cientos de estudios clínicos en marcha que investigan distintas cuestiones relacionadas con los usos, principalmente terapéuticos, de los psiquedélicos: la MDMA para el trastorno por estrés postraumático o el alcoholismo, la ketamina, la psilocibina y la ayahuasca para la depresión, la ibogaína para tratar trastornos adictivos…, y tantos otros que investigan las propiedades de estas sustancias y compuestos misteriosos utilizando sofisticadas técnicas de neuroimagen y metodologías científicas modernas.

El número de publicaciones científicas aumenta a diario, y resulta imposible estar al día de qué es lo que está ocurriendo en la comunidad científica psiquedélica. No hace tantos años, los investigadores que se dedicaban a estos menesteres, como mi querido amigo y colega José Carlos Bouso, conocían todas las publicaciones que habían ido saliendo y podían citarlas de memoria. Ahora resulta imposible tener una imagen panorámica de qué es lo que está sucediendo en la academia.

Paralelamente hemos asistido a una explosión inaudita en el interés que el público general empieza a tener por estas sustancias. Hace unas décadas, pocos eran los interesados en los viajes psiquedélicos, y menos todavía los que se aventuraban a viajar a países lejanos para experimentar con la ayahuasca u otras herramientas etnobotánicas, o a probar exóticos research chemicals obtenidos a través de oscuros proveedores escondidos en remotas páginas web. Los buscadores eran psiconautas que tenían un interés casi obsesivo en navegar por las profundidades de la mente, y exploraban con ahínco las moléculas psiquedélicas diseñadas por Alexander Shulgin.

Ahora el panorama es muy distinto. Personas de distintos perfiles, que tradicionalmente no hubieran tenido un interés particular en experimentar con estos estados no ordinarios de consciencia, buscan en los psiquedélicos, y en particular en las plantas maestras, la panacea para su mejoría física, psicológica y espiritual.

"Los diagnósticos deberían ser solamente herramientas para que podamos entendernos más rápidamente al hablar de ciertos problemas, no una condición necesaria para poder beneficiarse de la experiencia psiquedélica"

Miles de personas viajan a Latinoamérica para participar en rituales chamánicos, mientras otros tantos miles participan en ceremonias neochamánicas que se ofrecen semanalmente en todos los países occidentales. Muchos utilizan también las denominadas microdosis de LSD o psilocibina (cantidades mínimas que no provocan efectos perceptibles) para tratar de estabilizar su estado de ánimo o mejorar su rendimiento cotidiano. Así, el perfil de la persona interesada en estas experiencias se ha ampliado de una forma imprevista. La fascinación por estas sustancias ya no se limita a aquellas personas pertenecientes a comunidades psiquedélicas underground, psiconautas, adolescentes rebeldes o neohippies. Ahora hijos de vecino, influencers y hasta celebridades digitales, pasando por ricos programadores e inversores de Silicon Valley, acuden a los psiquedélicos esperando encontrar una medicina para el cuerpo, la mente y el alma. Es la renovada búsqueda del Santo Grial.

Este incremento del interés y la demanda por distintas modalidades de experiencias psiquedélicas ha provocado que se haya disparado también la oferta. Cualquier búsqueda en Google o incluso en Facebook nos permite encontrar multitud de centros que ofrecen retiros con psiquedélicos, empresas que venden microdosis de hongos mágicos pesadas y empaquetadas, terapeutas que hacen integración de experiencias psiquedélicas, grupos que organizan ceremonias chamánicas los fines de semana, formaciones acerca de terapias psiquedélicas, conferencias, charlas en línea, círculos de integración, podcasts psicodélicos, gurús de la criptomoneda ofreciendo su perspectiva sobre el uso de estas sustancias, empresas farmacéuticas desarrollando estudios clínicos, nuevos centros de terapia/investigación con inversores multimillonarios… y todo aquello que a uno se le pueda ocurrir.

Más que el renacimiento psiquedélico, esta rápida explosión y aparición repentina de tal variedad de oferta chamánica y enteogénica nos recuerda a la explosión cámbrica, aquella era en la que miles de nuevas especies aparecieron en la faz de la Tierra (y se extinguieron también, dicho sea de paso). Nos encontramos pues en el “Cámbrico psiquedélico”. Ojalá que lo que quede de ello en unos años sea algo más que protozoos y amebas fosilizados.

Reduccionismo epistemológico

Doctor, ¿me receta unos hongos?

Por un lado existe esta diversificación de prácticas, oferta de experiencias y múltiples líneas de investigación. A la vez podemos ver como se ha producido una reducción en cuanto a la intencionalidad del uso de las sustancias psiquedélicas. Actualmente, la indicación más extendida, investigada y respetada es el uso terapéutico. Parece que las sustancias psiquedélicas se están abriendo camino en la farmacopea occidental y que en breve serán medicinas que podrán prescribirse para tratar distintas dolencias (cómo, de qué manera, por quién y a qué precio es harina de otro costal y cuestión para otro debate). El potencial terapéutico de estas sustancias es tan prometedor que acapara todas las miradas y parece que va a revolucionar la psiquiatría de las próximas décadas. Esto son buenas noticias.

Esta situación implica que la mayoría de las personas se acercan a las sustancias psiquedélicas buscando sanación o curación de sus padecimientos emocionales y psicológicos. He hablado en otros lugares (revista Ulises, 2018) de los retos que esto plantea y de la importancia de entender que la terapia es una dimensión eminentemente pragmática y orientada a resultados. La terapia pretende solucionar un problema o padecimiento, si no hay problema, difícilmente podemos hablar de terapia.

En mi consulta veo en los últimos años un fenómeno que me provoca cierta inquietud, y me consta que varios colegas tienen opiniones similares. Algunas personas acuden a la consulta tras haberse autodiagnosticado algún trastorno específico. A menudo se trata de trastornos relacionados con experiencias traumáticas (tanto si la persona tiene conocimiento objetivo de su ocurrencia como si lo presupone), como el trastorno por estrés postraumático (TEPT) o el TEPT complejo (una categoría nueva descrita por Van Der Kolk en su libro El cuerpo lleva la cuenta).

Lo curioso de este hecho es que tras años de movimientos antidiagnósticos, en los que se ha tratado de escapar del encorsetamiento al que las distintas versiones del DSM (el manual diagnóstico psiquiátrico) someten a los pacientes, ahora son muchas personas las que se atribuyen un diagnóstico ellas mismas. Estas mismas personas rechazan la práctica psiquiátrica tradicional, el uso de medicación, los diagnósticos psiquiátricos y las formas de tratamiento habituales, pero, aun así, caen en la tentación de atribuirse un diagnóstico.

Si bien esto es comprensible, puesto que tenemos muy interiorizado que el hecho de recibir un diagnóstico implica descubrir la mecánica de nuestro sufrimiento y, por tanto, poder aplicar un tratamiento determinado, el hecho es que caemos en la misma trampa que hemos estado cayendo hasta ahora. La losa de los diagnósticos es pesada, y cuando uno recibe una etiqueta diagnóstica, sea por parte de un psiquiatra o por uno mismo, se crea una cierta realidad de la cual es difícil escapar.

Eso no quita, desde luego, que el sufrimiento de estas personas es real y tiene que ser tomado en serio. Las experiencias traumáticas son reales y demasiado frecuentes, dejan huella en nuestra historia e impactan en nuestra forma de estar en el mundo y de relacionarnos con los demás.

Sin embargo, la autoaplicación de un diagnóstico con la esperanza de recibir un tratamiento determinado y solucionarlo es un arma de doble filo. Algunos investigadores hablan del “efecto Pollan” (en relación con Michael Pollan, el autor del best seller How to change your mind) para referirse a las altas expectativas y las ideas preconcebidas que algunas personas desarrollan acerca de la utilidad de los psiquedélicos, y cómo esto puede tener un efecto pernicioso en el resultado del tratamiento.

En mi consulta me encuentro frecuentemente con casos así; personas que han acudido a retiros chamánicos para tratar de solucionar su sufrimiento, pero que sin embargo no han obtenido los resultados deseados o prometidos. Así que vienen para tratar de integrar esas experiencias y ver cómo pueden conseguir una mejoría duradera. Trabajo también como terapeuta psicodélico en un ensayo clínico con psilocibina para la depresión mayor, y en ese escenario resulta todavía más importante hacer un buen manejo de las expectativas, ya que puede ser un factor decisivo para el resultado del tratamiento. Diagnósticos y expectativas son elementos que afectan de forma profunda al tratamiento y su curso.

En cualquier caso, los diagnósticos deberían ser solamente herramientas para que podamos entendernos más rápidamente al hablar de ciertos problemas, no una condición necesaria para poder beneficiarse de la experiencia psiquedélica.

Los psiquedélicos en psicoterapia

"El consumismo se ha adueñado de los psicodélicos y la revolución ecológica que esperábamos sufre bajo la presión a la que son sometidos los pueblos indígenas y sus ecosistemas. El paradigma médico se está adueñando de las aplicaciones de los psiquedélicos, y aquellas personas que los quieren utilizar están aceptando que tienen que convertirse en pacientes"

En vista de lo anterior, puede resultar útil hacer una repaso de las distintas terapias psiquedélicas, es decir, de qué manera y con qué intención se utilizan los psiquedélicos con fines terapéuticos. Esta clasificación no es ni formal ni científica, pero puede ayudar a entender mejor el fenómeno y qué es lo que se busca en cada caso.

Por un lado, tenemos las aplicaciones principalmente farmacológicas, aquellas en las que lo que se espera es que el efecto farmacológico de la sustancia provoque los efectos terapéuticos. Algunas de estas líneas de terapia e investigación pueden ser el uso de ketamina para eliminar la ideación suicida o la depresión. Muchas de las clínicas que ofrecen estos servicios hacen hincapié en los efectos de la ketamina a nivel fisiológico y farmacológico, y no tanto en la experiencia subjetiva. Un caso parecido sería el del uso de ibogaína para la deshabituación de opiáceos u otras sustancias.

Un tipo distinto de aproximación sería la puramente psiquedélica. Aquí lo que se espera es que sea la experiencia la que provoque los efectos terapéuticos. La sustancia se entiende como un mero catalizador químico, pero que no explica los contenidos subjetivos de la experiencia. Por tanto, la sustancia en sí no cura, lo hace la experiencia que la sustancia provoca. Se ha trabajado con este propósito en el tratamiento de personas dependientes al alcohol y también de personas con depresión a las que se ha administrado LSD y psilocibina, respectivamente.

Luego existen aproximaciones psicológicas. La experiencia psiquedélica sirve como recurso para obtener información acerca de nuestro subconsciente y profundizar en la comprensión de uno mismo. Sin embargo, lo que resulta terapéutico en este caso es la elaboración psicológica y terapéutica de estos contenidos. Algunas líneas neochamánicas y new age, y la antigua tradición psicolítica (basada en escuelas psicodinámicas), serían ejemplos de esta forma de proceder.

Encontramos también aproximaciones mixtas, en las que se trata de encontrar qué tipo de psicoterapia resulta más adecuada para maximizar el potencial terapéutico de las sustancias psiquedélicas, o ver si las sustancias psiquedélicas pueden incrementar la efectividad de un tratamiento ya establecido. Aquí se entiende que la experiencia es importante, pero que el contexto psicoterapéutico alrededor de esta es crucial. Ejemplos de este tipo de aproximación serían los estudios con MDMA y terapia cognitivo conductual para parejas en las que un miembro sufre de TEPT, o el uso de psilocibina en el marco de un tratamiento cognitivo conductual para la deshabituación al consumo de tabaco.

Otra escuela distinta es la que podríamos denominar “espiritista”. Bajo esta perspectiva, el origen de la curación se encuentra en el espíritu de las plantas, sea la ayahuasca, el hongo mágico o el peyote.

La concepción que uno tenga va a determinar tanto la interpretación de la experiencia subjetiva, como la forma de proceder en el proceso terapéutico.

Cajones de sastre

Vemos pues que la forma de entender los psiquedélicos es muy variada, y que las distintas comprensiones y explicaciones del porqué de sus efectos terapéuticos pueden resultar contrapuestas e incompatibles. Esto puede ser una posible causa de esta explosión cámbrica psiquedélica.

Estamos tratando de encasillar, diagnosticar y etiquetar qué son estas sustancias de efectos tan misteriosos, que pueden entenderse de múltiples formas y que plantean retos ontológicos insalvables. Y el cajón en el que las hemos metido ahora es el cajón de las medicinas o, más particularmente, los psicofármacos. Con todo lo que ello implica.

Los psicofármacos deben ser fabricados por una farmacéutica y ser prescritos por un médico psiquiatra. Y los toman las personas enfermas.

Pensaban en los sesenta, y aún hoy, que las sustancias psiquedélicas iban a cambiar el mundo si un número suficiente de personas las tomaban. Pensábamos que los psiquedélicos iban a revolucionar el statu quo cuando fueran aceptadas por la sociedad. Anhelábamos la revolución espiritual y ecológica que los psiquedélicos iban a proporcionarnos, la ampliación de los derechos humanos y el respeto a las minorías, un cambio de era, una nueva consciencia, una medicina y psiquiatría más humanas, un nuevo paradigma económico que acabara con las injusticias del consumismo salvaje, y sobretodo, deseábamos el fin de la guerra y la paz universal. Esperábamos una panacea, esperábamos milagros.

Ahora vemos que las profecías se están cumpliendo, pero solo en parte. Es cierto que vemos como cada vez más personas utilizan sustancias psiquedélicas y se adentran en esta nueva consciencia que nos permiten vislumbrar. Sin embargo, vemos también que el status quo es quien está cambiando a los psiquedélicos y sus formas de uso. El consumismo se ha adueñado de ellos, y la revolución ecológica que esperábamos sufre bajo la presión a la que son sometidos los pueblos indígenas y sus ecosistemas ricos en plantas maestras. El paradigma médico se está adueñando de las aplicaciones de los psiquedélicos, y aquellas personas que los quieren utilizar están aceptando que tienen que convertirse en pacientes.

Paciencia.

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