Psilocibina. Variedades de la terapia psiquedélica III
Ilustración: Martin Elfman

La terapia con psilocibina

Variedades de la terapia psiquedélica III
Este artículo se publicó originalmente en el número 285 de la revista Cáñamo España

Los hongos mágicos han sido utilizados desde la antigüedad por distintas culturas. Las más de ciento ochenta variedades existentes crecen a lo largo y ancho del globo. Encontramos representaciones murales de hongos en las pinturas rupestres de Tassili, en el desierto del Sáhara, que datan de entre los años 7000 y 9000 antes de la era común, esto es, hace unos diez mil años. También en un mural en Selva Pascuala, Cuenca, aparecen representaciones de hongos que de nuevo datan alrededor del 7000 aec. Si bien algunos autores discrepan de que tales representaciones indiquen el uso de los hongos desde tiempos paleolíticos, existen menos dudas acerca de su importante papel en el Nuevo Mundo desde al menos el 500 aec. Así pues, los hongos psilocibes sean probablemente una de las sustancias psicoactivas que el ser humano ha venido utilizando de forma ininterrumpida desde el paleolítico superior. Es pertinente, por tanto, en esta nueva oleada psiquedélica, que nos preguntemos, ¿qué hay de nuevo, viejo?

Del teonanacatl a la psilocibina sintética

Mucho ha llovido desde el 13 de mayo de 1957, cuando la revista Life publicó el artículo en el que Gordon Wasson contaba sus viajes por la sierra de Huautla, en México, su encuentro con la curandera mazateca María Sabina y su primera experiencia con hongos mágicos en la velada que la chamana ofició para ellos. Fue la primera ocasión documentada en la que un hombre blanco participó en un ritual con hongos psilocibes, llamados teonanácatl (carne de los dioses) en náhuatl. Wasson contactó con el ya famoso químico suizo Albert Hofmann, quien descubriera la LSD en 1943, para que identificara y sintetizara el principio activo de los hongos, la psilocibina. Hofmann cumplió con éxito esta misión en 1958.

Un par de años más tarde, el singular Timothy Leary se dirigió a México para tener una experiencia con hongos. Tal fue el impacto que las visiones fúngicas tuvieron en él, que a su vuelta llevó a cabo el Harvard Psilocybin Project, junto a Richard Alpert (quien posteriormente se convertiría en el gurú Ram Dass), Aldous Huxley y otros pioneros de la psiquedelia.

En 1962, Walter Pahnke, bajo los auspicios de Leary y sus colegas, realizó el famoso experimento del Viernes Santo, en el que administraron psilocibina a estudiantes de teología, con la esperanza de comprobar si el alcaloide de los hongos mágicos podía inducir verdaderas experiencias místicas. Los resultados parecieron confirmar esta hipótesis.

El mismo año, Gordon Wasson viajó de nuevo a México para visitar a María Sabina, pero esta vez acompañado de Albert Hofmann, quien estaba interesado en investigar la Ska María Pastora (Salvia divinorum), y que además llevaba en su equipaje unos comprimidos de Indocybin, la psilocibina sintética producida por los laboratorios Sandoz, y que se estaba empezando a utilizar en psicoterapia psicolítica en Europa.

En la velada nocturna que siguió a este encuentro, Hofmann ofreció 20 mg de psilocibina sintética a María Sabina, quien tras una espera prudente declaró: “A las píldoras les faltaba el espíritu de la seta”. Hofmann le ofreció dos pastillas más, 10 mg, y entonces sí, la experiencia prosiguió sin más contratiempos.

Nos dice Hofmann: “Al clarear la mañana, cuando nos despedimos de María Sabina y su clan, la curandera señaló que las píldoras tenían la misma fuerza que las setas, y que no había ninguna diferencia. Esto fue una confirmación, y del sector más competente en la materia, de que la psilocibina sintética es idéntica al producto natural. Como regalo de despedida le dejé a María Sabina un frasquito con pastillas de psilocibina. A lo cual le declaró radiante a nuestra intérprete Herlinda que ahora podría atender consultas también en los períodos en los que no hubiera setas”.

Casi sesenta años después de este encuentro, la terapia asistida con psilocibina (sintética) está más viva que nunca, y las esperanzas depositadas en este compuesto para combatir la depresión y proporcionar experiencias místicas han revolucionado el panorama psiquiátrico.

¿Para qué utilizamos actualmente la psilocibina?

"Durante la experiencia, la persona es animada a permanecer con los ojos cerrados y los auriculares puestos, con la intención de internalizar la experiencia tanto como sea posible. El rol de los terapeutas es mantener el espacio seguro y apoyar a la persona en el caso de aparecer alguna experiencia sobrecogedora, sentir ansiedad o tener dificultades en permanecer en contacto con la experiencia"

Nuestros ancestros utilizaron los hongos mágicos con finalidades rituales, espirituales, curativas y adivinatorias, y en algunas culturas así sigue siendo. Pero, ¿para qué utilizamos los occidentales la psilocibina?

Una de las particularidades de la investigación moderna alrededor de la psilocibina es que los científicos se han interesado en ver el potencial de esta molécula de inducir experiencias místicas. Es un misterio por qué la investigación ha tomado esta dirección, y quizás tenga que ver con los primeros experimentos de Leary y, sobre todo, el experimento del Viernes Santo de Pahnke, que aún a día de hoy sigue siendo citado por la investigación actual. La herencia de la terapia psiquedélica clásica que vimos en otro artículo (dosis alta, tratar de alcanzar una experiencia cumbre) parece clara en este tipo de abordajes.

El grupo de investigación de la Universidad Johns Hopkins, liderado por Roland Griffiths y Matthew Johnson, probablemente sea el que más investigación ha realizado hasta la fecha, y aunque no todos los estudios tienen que ver con experiencias místicas, sí que hay una permanente atención a si tal experiencia ocurre o no, y las implicaciones que esto pueda tener. Pero vayamos por partes.

En el 2006, Griffiths y compañía realizaron un estudio en el que se preguntaban acerca del tipo de experiencia que inducía la psilocibina, comparada con un placebo activo (metilfenidato, un derivado anfetamínico que se utiliza, entre otras cosas, para el TDAH). Midieron las experiencias místicas con un cuestionario utilizado desde los días de Leary, el Mystical Experience Questionnaire. Encontraron que, incluso meses después, aquellas personas que puntuaban alto en este cuestionario seguían considerando la experiencia con psilocibina como una de las más significativas de su vida. Muchos de ellos, además, puntuaban más alto en el rasgo apertura a la experiencia, un rasgo de personalidad que normalmente no se espera que cambie una vez somos adultos.

A este estudio le siguieron otros. Uno de ellos evaluó la capacidad de la psilocibina para ayudar en el tratamiento de la adicción al tabaco. Este estudio es interesante por tener una orientación distinta a los habituales, más parecido al estudio de terapia cognitivo-conductual conjunta con MDMA para el trastorno por estrés postraumático que vimos en el artículo del mes pasado.

En este caso particular (Johnson et al. 2014), los participantes recibieron tres sesiones de dosis media (20 mg - 70 kg) y alta (30 mg - 70 kg) de psilocibina, en el transcurso de un programa de quince semanas de tratamiento cognitivo-conductual para la adicción al tabaco. Los participantes recibieron las sesiones de psilocibina en las semanas 5, 7 y 13 del tratamiento. No hubo diferencia entre la efectividad de la dosis moderada y la dosis alta, sin embargo, sí parece que la ocurrencia de una experiencia mística se correlaciona con unos mejores resultados terapéuticos.

Otro uso de la psilocibina que se ha planteado es su utilidad en el tratamiento de las cefaleas en racimo (cluster headaches, en inglés), un tipo de migrañas especialmente incapacitantes y para el que no parece haber un tratamiento efectivo. En este caso, parece que los efectos de la psilocibina podrían aliviar los síntomas. No se trata de una aproximación psicológica, sino más bien de una aplicación farmacológica de la psilocibina.

Los investigadores de la Johns Hopkins también han utilizado la psilocibina para tratar de aliviar la ansiedad existencial en personas que habían recibido un diagnóstico de cáncer. Este tipo de aplicación ya había sido estudiada en el pasado por Grof y otros pioneros, aunque la sustancia utilizada en aquel entonces era LSD. La experiencia mística parece ser también en estos casos un mejor predictor de buenos resultados.

Pero quizás sea en el tratamiento de la depresión resistente donde la psilocibina está ganando una mayor fama. Tanto el equipo de Griffiths, como el de Carhart-Harris en el Imperial College London, como otros grupos como Compass Pathways y Usona Institute, han apostado por esta línea de investigación.

El trabajo de un terapeuta psiquedélico

La terapia con psilocibina

Desde hace un par de años he tenido la suerte de poder participar en un estudio clínico sobre el uso de psilocibina para la depresión resistente que se está llevando a cabo en el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona. Mi papel en este estudio es de terapeuta, es decir, realizo las sesiones de preparación, asisto en la experiencia con psilocibina y hago las sesiones de integración de los participantes. En el momento de escribir estas líneas, estamos a punto de terminar el estudio, y la semana próxima vamos a realizar la última sesión de psilocibina prevista. Si mis abuelos, bendita sea su memoria, me vieran ganarme la vida administrando psilocibina en un hospital, probablemente se quedarían bastante sorprendidos.

¿Qué se entiende por depresión resistente? Hay distintos trastornos que pueden catalogarse con depresión, pero, en general, los criterios de inclusión para la categoría de depresión resistente al tratamiento (DRT) implican que la persona haya sufrido un episodio depresivo en el que ha utilizado al menos dos antidepresivos clásicos sin éxito. Tras un minucioso proceso de cribado realizado por el psiquiatra del estudio, que indaga acerca de estos y muchos otros temas, si la persona cumple los criterios para acceder al estudio empieza a dejar progresivamente la medicación que esté tomando, con la excepción de algunos ansiolíticos, que sí están permitidos durante el transcurso del estudio.

Para poder realizar la sesión de psilocibina, la persona debe haber estado un mínimo de dos semanas sin haber tomado medicación antidepresiva. Durante estas dos semanas se realizan las tres sesiones de preparación previstas, en las que se informa al participante de todos los pormenores del estudio y su desarrollo, se exploran los eventos vitales más relevantes, así como las expectativas ante la experiencia, se anima al participante a que haga todas las preguntas que tenga y, sobre todo, tratamos de desarrollar un vínculo de confianza que permita adentrarnos en la sesión con seguridad. Esto hay que hacerlo en tres sesiones, un tiempo que, si bien puede parecer corto, en este contexto específico de trabajo parece ser suficiente. El día antes de la sesión probamos todo el equipamiento: auriculares, altavoces y antifaz para reducir los estímulos externos, la sala y la cama en la que se va a realizar la sesión, y también se presenta al coterapeuta (trabajamos en parejas, hombre-mujer, preferiblemente) que nos acompañará durante la experiencia.

El día de la experiencia, la persona recibe cinco cápsulas blancas que pueden contener tres dosificaciones totales distintas: 1 mg, 10 mg y 25 mg, es decir, una microdosis que funciona a modo de placebo, una dosis moderada y una dosis tirando a alta. Ni el psiquiatra ni los terapeutas ni el participante saben qué dosis reciben. Durante la experiencia, la persona es animada a permanecer con los ojos cerrados y los auriculares puestos, con la intención de internalizar la experiencia tanto como sea posible. El rol de los terapeutas es mantener el espacio seguro y apoyar a la persona en el caso de aparecer alguna experiencia sobrecogedora, sentir ansiedad o tener dificultades en permanecer en contacto con la experiencia. La música es una lista de reproducción especialmente diseñada para amoldarse a una experiencia de psilocibina, y todos los participantes escuchan siempre la misma música.

Una vez las personas sienten que la experiencia ha terminado, el psiquiatra los chequea, rellenan algunos cuestionarios y se van a casa acompañados de un familiar o allegado. Al día siguiente se realiza la primera de las dos sesiones de integración. La forma de proceder durante estas sesiones es mediante un método que se denomina “preguntas curiosas”, y que tiene la intención de permitir que la persona llegue a sus propias conclusiones e insights sin que el terapeuta tenga que ser directivo, hacer interpretaciones o devoluciones o decirle qué tiene que hacer o dejar de hacer. Para la mayoría de terapeutas resulta difícil acostumbrarse a este método, puesto que solemos estar acostumbrados a trabajar desde nuestro propio campo de experiencia y formación, de manera que debemos desaprender muchas de las intervenciones y conceptos que formaban parte esencial de nuestra forma de trabajar. Sin embargo, una vez uno se acostumbra a este método, resulta apasionante trabajar con él. La segunda y última de las sesiones de integración se realiza a la semana siguiente, y procedemos utilizando el mismo método.

Los participantes seguirán en contacto con el psiquiatra de vez en cuando para realizar cuestionarios y asegurar que están estables, y los terapeutas se encontrarán de nuevo con el participante al final del estudio, unas doce semanas después del inicio, aproximadamente, para una última visita de cierre.

La bata blanca

Esta es una de las formas en que se está llevando a cabo la terapia psiquedélica actualmente. Como vemos, cuasi desprovista de cualquier modelo teórico de los que hablamos en capítulos anteriores; nada de escuelas psicolíticas basadas en psicoanálisis, nada de visiones místicas o trascendentes, ni cosmovisiones chamánicas ni espirituales. Simplemente, un contexto clínico en el que administrar una sustancia de una forma rápida y segura, tratando de observar sus resultados. Como vemos, las formas actuales de psicoterapia psiquedélica son más frías y asépticas que aquellas de los años sesenta. Este es el lenguaje que habla la ciencia de hoy en día y, según parece, el camino que hay que seguir para que la psilocibina (o la MDMA u otras) pueda terminar convirtiéndose en medicina.

Ahora bien, determinar las implicaciones de que estos compuestos se conviertan en medicinas o fármacos es harina de otro costal. Por un lado, hay una motivación positiva de que este tipo de tratamientos puedan estar disponibles y accesibles para un mayor número de personas. Pero ¿cuál es el precio a pagar?

Cuando asisto a las sesiones psiquedélicas en el hospital psiquiátrico, ataviado con mi bata blanca, me pregunto si la ciencia no se está dejando algo por el camino. Si, en esta carrera por poner de moda y lanzar al mercado los psiquedélicos, no estamos perdiendo algo de la magia que tienen estas sustancias y las experiencias que inducen. Si no estamos olvidando algunos factores esenciales en este tipo de búsqueda interior, si el método científico nos está haciendo reducir un fenómeno rico y complejo a una mera aplicación farmacológica, a una intervención mecánica.

Lejos quedan las teorías de los pioneros de los sesenta, que se preguntaban qué, cómo y por qué, y creaban teorías psicológicas que rozaban lo filosófico y espiritual y nos animaban a sentirnos parte activa, protagonistas de nuestra propia vida y experiencia psiquedélica. La revolución psiquedélica fascinó con su apertura espiritual, con su optimismo y alegría, con la esperanza de un mundo mejor y unas relaciones más armónicas entre humanos y con el planeta, también con su enfoque naif y con sus excesos, claro. El renacimiento psiquedélico nos alumbra con promesas de tratamientos efectivos, con acceso universal, con el fin del sufrimiento por enfermedades mentales, con grandes avances científicos, y también con cuantiosos beneficios económicos por el camino, con inversiones seguras en el mercado del capital, y fama y gloria.

El rey ha muerto. Larga vida al rey.

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