El por qué y para qué de la integración psiquedélica
Ilustración: Martin Elfman

El papel del papel del regalo

El por qué y para qué de la integración psiquedélica

En la comunidad psiquedélica se habla con mucha frecuencia de la importancia de la integración. Multitud de terapeutas, facilitadores, coaches y demás profesiones de ayuda ofrecen servicios de integración. Estos servicios son de lo más variopintos, y bajo una misma palabra, integración, se esconden multitud, no solo de prácticas distintas, sino de formas de comprender la terapia psiquedélica, las experiencias no ordinarias e incluso cosmovisiones completamente opuestas e incompatibles. Así que, ahora que la integración está de moda, no está de más tratar de comprender de qué va todo este meollo.

¿De qué hablamos cuando hablamos de integración?

El concepto de integración se inscribe dentro de un proceso alrededor de una experiencia psiquedélica. Tal proceso incluye tres partes distintas: la preparación, la sesión psiquedélica y la integración. Antes, durante y después.

La preparación es todo aquello que hacemos antes de la experiencia. Desde el momento en el que uno decide participar en una sesión, empiezan a ocurrir cosas: tanto el participante como los organizadores suelen llevar a cabo ciertas acciones que tienen la intención de empezar a poner contexto y calentar motores para la experiencia. Aquí incluimos desde el screening, para asegurarnos de que la técnica va a ser segura para el participante, hasta los cambios en la dieta y ciertas restricciones que en ocasiones se imponen antes de una toma de ayahuasca u otra planta maestra; también, todo el proceso interno de decisión, el viaje hasta el lugar de la sesión y todo aquello que nos ocurre en nuestros fueros internos antes de que empiece la experiencia, y por supuesto, todas las actividades que los organizadores suelen preparar antes de entrar de lleno en la experiencia, tales como círculos de apertura, presentaciones, dinámicas interpersonales y un largo etcétera.

Luego tenemos la sesión en sí misma, la experiencia psiquedélica, durante la que viajamos por los mundos no ordinarios y navegamos por las profundidades de la psique o los confines del universo. Y, posteriormente, al finalizar la experiencia, empieza el periodo de integración. Tan pronto como los efectos de la sustancia van desapareciendo, entramos en esta fase, y si bien la mayor parte del trabajo ya está hecho, empieza otro tipo de trabajo distinto.

Este proceso de preparación-sesión-integración es como una mesa de tres patas. Para que podamos sostener algo en esa mesa, las tres patas tienen que estar enteras. Si una falta, se vuelve mucho más complicado que la mesa tenga ninguna utilidad, e incluso puede provocar que sea causa de un accidente. Por tanto, en este proceso, cada una de estas partes es de especial importancia, y todo lo que ocurre en una afecta a la siguiente.

El resultado de una experiencia psiquedélica, pues, depende de un montón de factores. Lo que ocurre en la preparación afecta al desarrollo de la experiencia posterior, y todo ello afecta después a cómo será la integración.

Fases y dimensiones de la integración

Decíamos que la integración empieza en el punto en el que los efectos de la sustancia empiezan a disminuir y vamos regresando a nuestra realidad ordinaria. Así hay dos fases temporalmente distintas del proceso de integración. Por un lado, tenemos la integración inmediata, es decir, el tiempo justo después de la experiencia. En esta fase lo principal es el descanso y la recuperación tras la experiencia. En ocasiones, una experiencia con plantas maestras puede ser físicamente exigente, por la falta de sueño y las largas horas de experiencia, por los efectos físicos de vómito, deshidratación y falta de alimento, además de toda la intensidad emocional experimentada.

Así que en la integración inmediata de lo que se trata es de descansar, dormir, hidratarse, comer y recuperarse. Que el aterrizaje sea todo lo suave y cómodo que pueda ser. En los retiros, a menudo encontramos otros elementos que se añaden en esta fase, como pueden ser la expresión artística, el dibujo, los círculos de compartir y otras actividades que se realizan en las horas después de la experiencia.

Después de todo esto, nos vamos a casa y cada uno sigue con su proceso de integración a su manera. Empieza otra fase, que podríamos llamar integración a largo plazo. Esta fase puede durar días, semanas, meses, años o incluso no terminar nunca. Las experiencias psiquedélicas contienen tal cantidad de información y pueden interpretarse de tantas formas distintas a lo largo de nuestra evolución, que son casi como los textos sagrados de distintas culturas: podemos volver a ellas una y otra vez, y en cada ocasión podemos encontrar preguntas y respuestas distintas. Sabemos cuándo empezamos a integrar una experiencia, pero resulta un misterio saber cuándo terminamos.

Además de la dimensión temporal, la integración implica otras dimensiones. A menudo pensamos solamente en integración como una comprensión racional y cognitiva de la experiencia, como una interpretación de los símbolos, imágenes y experiencias vividas. Sin embargo, hay mucho más que la mera comprensión intelectual de la experiencia. Me gusta imaginarme que la integración implica las siguientes siete dimensiones: física, emocional, cognitiva, comportamental/ética, espiritual, social y temporal. La experiencia psiquedélica es algo de una complejidad fenomenal y, por tanto, debemos abordarla desde una perspectiva amplia.

Ilustración: Martin Elfman

¿Para qué necesitamos la integración?

En mi manera de entender la integración psiquedélica, si nos preguntamos por las necesidades durante el periodo que se abre tras una experiencia, existen dos escenarios distintos.

En primer lugar, nos encontramos con la situación en que la experiencia ha sido positiva y/o ha transcurrido sin mayores sobresaltos ni problemas. La persona experimenta cierto bienestar tras la experiencia y la considera algo positivo, bien porque ha tenido ciertos insights acerca de sí misma, porque ha contactado con alguna vivencia trascendente o por cualquier otra razón. En estos casos no suele existir la sensación de una necesidad urgente de hacer nada en el periodo de integración, puesto que todo ha ido sobre ruedas. Sin embargo, en muchas ocasiones observamos como tras una experiencia positiva, e incluso extática, la mejoría solamente se mantiene durante unos pocos días, semanas o, con suerte, meses. Así que la necesidad que surge en esta situación es conseguir maximizar los beneficios de esta experiencia.

Por otro lado, tenemos la situación opuesta, desgraciadamente, cada vez más habitual. La experiencia psiquedélica ha sido difícil e incluso traumática, y la persona, una vez terminada la experiencia, siente que está peor de lo que estaba antes de empezar. Las razones por las que esto puede ocurrir son múltiples, y lo discutiremos en próximos artículos, pero pueden estar relacionadas tanto con cuestiones propias del participante y su experiencia, como con aspectos relacionados con el trabajo del facilitador o chamán. En ocasiones, ciertas experiencias, por su intensidad o excepcionalidad, no son bien acompañadas por parte de algunos facilitadores noveles, con poca experiencia o insuficiente preparación. En tales casos, la persona puede experimentar dificultades más o menos graves tras la experiencia. Las personas que se encuentran en esta situación sí suelen tener la percepción de una necesidad urgente: sienten que no están bien y que deben hacer algo con lo que ha ocurrido. En este caso, la necesidad que surge es lidiar con los efectos adversos que han aparecido tras la experiencia.

El quid de la distinción entre estos dos escenarios es que lo que ayuda a una persona en la primera situación no es lo mismo que necesita alguien que se encuentra en la segunda. La mayor parte de las personas que se preguntan cómo maximizar los beneficios tras una experiencia positiva se benefician de las prácticas de integración que suelen llevarse a cabo durante los retiros: mandalas, dibujos, círculos de compartir, meditar y reflexionar sobre la experiencia. En tales casos no suele hacer falta un terapeuta para hacer un proceso de integración; un facilitador o un no profesional de la terapia puede perfectamente sostener círculos de compartir y proponer tareas como las descritas anteriormente. Sin embargo, algunas personas sí buscan apoyo profesional para tratar de maximizar los beneficios, sobre todo si ya han tenido experiencias con anterioridad y han visto como su problema regresaba una y otra vez.

En la segunda situación, cuando existen complicaciones tras una experiencia psiquedélica, las maniobras habituales de integración que se proponen en los talleres y experiencias no suelen ser suficientes para paliar el problema. En tales casos sí se hace necesaria la ayuda de un terapeuta versado en este tipo de procesos, que pueda proporcionar un tipo de intervención que permita resolver el problema. La intención de este tipo de terapias no es solamente eliminar los síntomas presentes, como ansiedad, miedo, ataques de pánico, insomnio, entre otros que veremos en otra entrega. La eliminación de los síntomas y la resolución de la experiencia es algo muy importante, y los terapeutas deberían saber tratar estos aspectos en un tiempo razonablemente breve, para limitar el sufrimiento de la persona. Pero, además, una buena terapia de integración debería promover que, una vez los síntomas desagradables hayan desaparecido, la persona sienta que puede sacar algo positivo de la experiencia.

Como dice un querido amigo, el papel en el que envolvemos los regalos no vale prácticamente nada, sin embargo, resulta una experiencia muy distinta recibir un regalo envuelto que uno sin envolver. Las experiencias psiquedélicas son un regalo, y el envoltorio, la preparación e integración, puede añadir valor, utilidad y consistencia a esas navegaciones del alma.

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