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El hiperespacio del DMT: apuntes cartográficos, étnicos y pararreligiosos

DMT
Ilustración: Ramón Sanmiguel

El hiperespacio es un lugar extraño y difícil de definir. Para un fumador de DMT es el espacio al que se accede tras un breakthrough en condiciones. Aquí breakthrough se me antoja intraducible, aunque en mi experiencia lo suelo verbalizar como “estar dentro”. Cuando uno se aproxima al uso del DMT lo normal es que lo haga condicionado por todo lo que ha leído y escuchado sobre el tema, por el Libro de los muertos tibetano, por toda clase de tryp reports espectaculares, y por la promesa de inmersión en el viaje enteogénico más potente que está al alcance de la mano...

Tiene gracia, porque esta promesa se queda corta, pero para poder experimentarla lo normal es, por falta de práctica, quedarse a las puertas varias veces antes de, por fin, “entrar”. Por eso digo que “estar dentro” es mi forma de traducir el famoso breackthrough. Ahora, ¿dentro de qué? Pues dentro del hiperespacio. El lugar donde lo imposible ocurre, donde la emoción se desata, donde la información sobre los grandes misterios del alma se revela definitivamente, donde el color explota y se reinventa, y la geometría sagrada te retrotrae a tiempos ignotos, tiempos en los que el hombre aún no había aparecido, y tiempos donde el hombre hace una eternidad que se ha extinguido. El lugar donde el ego se funde con el cosmos, donde la conciencia se separa del cuerpo y emprende un viaje infinito, bajo la sospecha de que el lugar inabarcable que está explorando no es más que una celda entre millones de celdas, una célula, tal vez un átomo.

Y digo que es un lugar porque, de manera hiperreal (surreal, dirían en los años veinte del siglo xx), se nos presenta como autónomo, fuera de nuestra conciencia, tanto como la revista que tienes entre las manos, aunque con inteligencia y autoconsciencia propia. De ahí que haya constantes que cualquiera que se aventure a visitarlo va a poder experimentar. Constantes estructurales, físicas, incluso cartográficas, y lo que resulta más extraño: las entidades que lo pueblan también pueden ser categorizadas. Terence McKenna –uno de los ideólogos fundamentales en torno a la enteogenia en los noventa– hizo una especie de “bestiario de entidades”, que la comunidad psiconauta ha ido completando mediante “encuentros sincrónicos”, esto es, trips realizados por múltiples personas alrededor del mundo al mismo tiempo, para poner en común los “encuentros” experimentados.

La realidad del hiperespacio

Y en este punto surge la gran pregunta: pero todo esto del hiperespacio y de las entidades que lo habitan, ¿es “real”?; ¿de verdad existe ese lugar o es simplemente una proyección de nuestra psique, una especie de sueño lúcido inducido por los alcaloides de la dimetiltriptamina? Cualquiera que no haya estado allí se decantará sin dudar por la segunda opción, pero para los que hemos visitado ese lugar las cosas no son tan sencillas, ni tan unívocas. Es complicado afirmar que el lugar donde estuvimos de manera tan intensa, preclara y vivencial simplemente nos lo hemos imaginado. Aunque, claro, dejar en suspensión todo nuestro sistema de creencias aunque solo sea por un instante puede parecer un ingreso asegurado en el Castillo de la Locura, en nada más y nada menos que la Capilla Peligrosa de los mitos artúricos... Menos mal que, una vez el psiconauta integra la experiencia, se da cuenta de algo claro: que loco no está. Y que dar presunción de “realidad” a lo vivido supone cuestionar el significado de lo que es real y lo que no, y claro, la reflexión se suele detener ahí... O no, allá cada cual. Con esto quiero decir que ni afirmo ni desmiento, pero lo que resulta innegable es que tanto lo que se experimenta como los seres con los que uno se encuentra en el hiperespacio coinciden misteriosamente con lo experimentado por prácticamente todos los seres humanos que dicen haber estado allí. Y aquí no vale lo del subconsciente colectivo, porque no tiene nada de subconsciente. De hecho, podríamos decir que son experiencias hiperconscientes.

Las primeras veces es normal sufrir un shock psiquedélico causado por nuestra incredulidad. Es el trauma que supone salir de la Caverna de Platón para ver la realidad en su esplendor, después de haber visto solo su sombra

Así, se habla de un crisantemo o flor de una belleza deslumbrante, de colores brillantes y formas fractales, que florece ante nuestros ojos justo en la antesala del hiperespacio. Es lo que en el Libro tibetano de los muertos definen como “el circo de la retina”. Imágenes caleidoscópicas en constante evolución que dejan anonadado al visitante, que muchas veces no consigue pasar de ahí. Durante este proceso aparece un sonido, que se le ha dado en llamar “onda portadora”, parecido al zumbido de un theremín, el mismo de los platillos volantes en las películas de los cincuenta, que tiene un tono que parece que hace que todas las células del cuerpo resuenen con él, y que provoca la disolución de todo el entorno, incluyendo el crisantemo que estábamos viendo, y que nos anuncia que esta vez, por fin, “estamos dentro”. Las primeras veces que esto ocurre es normal sufrir un “ontoseísmo”, un shock psiquedélico causado por nuestra incredulidad: esto no puede estar pasando, estoy flipando… Pero es que está pasando... Es el trauma que supone salir de la Caverna de Platón para ver la realidad en su esplendor, después de haber visto solo su sombra desde que tenemos recuerdo. En cuanto uno acepta el nuevo entorno, se da cuenta de que le resulta más familiar de lo que parecía al principio, como si ese fuera el lugar donde estaba nuestra conciencia antes de nacer, o el lugar al que hemos ido otras veces, pero que habíamos olvidado. Uno puede ver ciudades enormes, o habitaciones que dan a más habitaciones, replegándose a su paso, decoradas por Schnörkels (término germano para filigranas o florituras) con vida propia, que crecen y se desarrollan, cambiando de color caprichosamente. No es raro viajar en el tiempo, ir hacia el futuro vertiginosamente para luego retroceder, o encontrarse con objetos aparentemente cotidianos que, de repente, se revelan como mágicos al desafiar las leyes de la física que hemos aprendido en nuestra vida terrenal. En este punto, psiconautas aprensivos coinciden en lo que han dado en llamar “la garganta de mármol”, la sensación de que no hace falta respirar para viajar por el hiperespacio. Algo que puede angustiar ligeramente pero que, como todo en este lugar, hay que asumir para poder seguir hacia delante.

Bestiario de entidades

Y llegamos al encuentro con las entidades. Hay psiconautas que dicen que hay entidades benignas y entidades malignas. Y que el simple hecho de hablar de las malignas o de describirlas es una manera muy poderosa de invocarlas, por lo que hay cierto consenso en no hablar de ellas. (Aunque se habla, y mucho, pero de momento, yo me abstendré de hacerlo. Por si acaso.) Incluso hay psiconautas que dicen que todas las entidades son malignas, solo que hay un buen número de ellas que se nos presentan como benignas, aprovechándose de nuestra ingenuidad para ganarse nuestra confianza. Al fin y al cabo, somos especímenes raros para ellas, y a saber qué intenciones pueden tener con nosotros.

Según la clasificación de McKenna, hay dos tipos de seres luminosos, que ha dado en llamar “arcángeles” y “ángeles”. Los primeros son capaces de expandir el hiperespacio y de crear nuevos niveles dentro del mismo, son protectores, de una gran inteligencia, y suelen ayudar al psiconauta a moverse por el hiperespacio a gran velocidad. Como los ángeles, tienen rostro, pero es difícil de distinguir por la gran potencia de la luz que irradian. Se supone que están conectados al logos, la mente de Gaia, o lo que se ha denominado recientemente la “Luz Central”. Se trata de una fuente de luz abrumadora, de una intensidad solar, que posee una inteligencia infinita, y que se percibe como el eje en torno al que se despliega el hiperespacio. Su hallazgo (muchas veces gracias a la ayuda de un arcángel) hace que las demás experiencias palidezcan ante la revelación de esta luz, que se manifiesta como eterna, anterior a la existencia y causa primigenia. Es normal sucumbir a la kinesióptica, neologismo con el que la comunidad describe la percepción sensorial de que el cuerpo se convierte en el órgano perceptor de la luz, en lugar del ojo. El cuerpo puede sentir y puede ver la luz, para deconstruirse y desaparecer, mientras la percepción de la luz permanece. En términos religiosos, el encuentro con la Luz Central podría interpretarse por el psiconauta como un encuentro con Buddha, Krishna, el Cristo o cualquier otra deidad que encaje con su paradigma religioso. De este modo, alcanzamos la kalonkinesióptica, esto es, la percepción de manera kinesióptica de la belleza absoluta, la belleza trascendental, que puede llevarnos al lumenorgasmo; sí, lo habéis adivinado, la experiencia orgásmica que genera la kalonkinesióptica ante la visión kinesióptica de la Luz Central.

Pero hay otras entidades, menos grandiosas, pero sí misteriosas, como los elfos mecánicos o tykes. Se les considera los habitantes primarios del hiperespacio, abundan en las habitaciones cuajadas de Schnörkels que he descrito más arriba, y están en mutación constante. Son unas criaturas que parecen estúpidas, pero tienen una gran inteligencia, una especie de mente colmena que culmina en la materialización de la Reina de los Elfos Mecánicos, una presencia femenina que encierra todos los patrones fractales que creaban a sus criaturas, de hecho, se ve con claridad que Ella “es” ellos... Su visión puede llevar a experiencias kalonkinesiópticas, como la de la Luz Central.

Muchos psiconautas han reportado el encuentro con el Libro de los archivos Akashicos, con una escritura hecha de luz, imposible de leer pero sí de comprender, en el que se encuentra el conocimiento más profundo y la sabiduría que el psiconauta le reclame.

También se reportan seres más arquetípicos, como hadas, jiins, plantas inteligentes y semovientes, magos, kodamas como salidos de una película de Miyazaki, figuras fantasmales, dioses de toda clase de olimpos, seres completamente alienígenas que no responden a ningún arquetipo morfológico o lingüístico, seres que hacen regalos de formas misteriosas, o de animales, o de luz. Y puede uno encontrarse con humanos, otros humanos que presumiblemente están también explorando.

Toca ya ir volviendo a la “realidad” ordinaria, renacer a este mundo, para volver a mirarlo de nuevo, maravillado por el Misterio, e integrar lo vivido, sin necesidad de explicarlo, dejando que el recuerdo acomode el viaje en el lugar de los sueños, para así poder seguir viviendo... Hasta la próxima visita al hiperespacio.

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