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Ejército, guerrilla, paramilitares y raspachines
Ejército, guerrilla, paramilitares y raspachines

“La coca la consume quien ahora está sentado a tu lado en el tren y la ha tomado para despertarse esta mañana, o el conductor que está al volante del autobús que te lleva a casa porque quiere hacer horas extras sin sentir calambres en las cervicales. Consume coca quien está más próximo a ti. Si no es tu padre o tu madre, si no es tu hermano, entonces es tu hijo”.

Así comienza CeroCeroCero, el ensayo que escribió Roberto Saviano sobre la cocaína. Durante cuatro páginas, el autor va citando a todas las personas posibles que ese mismo día, o esa semana, han consumido cocaína. Según la encuesta del 2014 de Global Drug Survey, en España, más o menos un 30% de la población encuestada afirmó haber consumido cocaína en los últimos doce meses. Eso significa que tres personas de cada diez la consumen. Contamos tres personas en nuestro trabajo, y elegimos una; contamos tres personas en el autobús, en la sala de espera del médico, en la fila del supermercado o en el colegio de nuestros hijos, y elegimos una. Aunque lo más seguro es que no haga falta; muchas de las que leéis esto ahora mismo estáis pensando en la bolsita del armario, o recordáis que tenéis que pillar para la fiesta del fin de semana. Y eso, en mayor o menor medida, ocurre en cualquier ciudad europea, o estadounidense, o en las zonas pudientes de los países empobrecidos. Solo así se entiende que las mil toneladas aproximadas de cocaína que se producen en el mundo cada año sean capaces de haber mantenido a flote las economías europeas y norteamericanas durante los años más duros de la crisis. Tal y como afirmaba en diciembre del 2009 Antonio María Costa, el director ejecutivo de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito: “Muchos bancos han esquivado la crisis gracias al dinero procedente del narcotráfico... Pero voy más allá: no es cierto que las mafias busquen al sector bancario para invertir; el sector bancario está buscando el dinero de las mafias”.

Sin embargo, en un momento en que los estados se desangraban traspasando dinero público para evitar la quiebra del sistema bancario, esta afirmación de todo un director de la ONU no apareció en portada de los diarios ni abrió un noticiero. Todavía no había personas indignadas en las plazas, comenzaban algunos casos de corrupción política, y en las competiciones deportivas ganaban las selecciones nacionales. Apenas, de vez en cuando, en los telediarios de la noche, alguna incautación por aquí y otra por allá, no muchas tampoco; en realidad, unas sesenta y tres toneladas en toda la Unión Europea en el 2013. La cocaína corre por lavabos sucios, mesas de espejo, salpicaderos de coches, despachos universitarios, incluso en el buque insignia de la Armada. Nada parece a salvo de su presencia. El 94% de los billetes de la Unión Europea tienen rastros de su presencia. Si tiene cinco billetes en su cartera, cuatro han sido empleados para esnifar. En Inglaterra su consumo está tan extendido que se pueden encontrar rastros en el agua potable. Ninguna otra droga en la historia ha conseguido una presencia tan global, interclasista e intensa. Este hecho no es fortuito y una de las causas fundamentales es su profundo arraigo con las dinámicas económicas propias del capitalismo. La cocaína es la droga de la nueva aldea global.

Cuenta tres personas y elige una.

 

Petróleo, oro, naranjas, cocaína e incendios

El cannabis, los hongos o los cactus son imposibles de controlar; cualquier persona puede cultivar sus plantas con un poco de práctica, su monopolio es complicado sin gastar grandes recursos contra el contrabando. La heroína y la metanfetamina en grandes dosis desmantelan el mercado de mano de obra de baja calificación, tan necesario, además de suponer grandes costes sanitarios y sociales. Sin embargo, las lógicas de la cocaína son las mismas lógicas de los mercados globales: producción controlada geográficamente con mano de obra barata, distribuidores internacionales, venta al por menor, acumulación de capital por unas pocas personas y, sobre todo, efectos positivos para el aumento de la producción. Las personas consumidoras de cocaína aguantan la fiesta más, follan más, trabajan más, consumen más. La unión con el capitalismo es tan íntima que sus raíces confluyen: un estudio de los profesores Alejandro Gaviria y Daniel Mejía muestra que el 97,4% de los beneficios del tráfico de cocaína se blanquea en los circuitos financieros de Estados Unidos y la Unión Europea. Apenas un 2,6% de esos beneficios se queda en Colombia. Estos datos apuntalan las declaraciones anteriores del director ejecutivo de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito.

Materia prima extraída a bajo coste de un país desfavorecido –Colombia tiene una pobreza del 30%, y un 8% de pobreza extrema con un índice Gini de 0,54, el mayor de toda América Latina, y equivalente a muchos países africanos–, distribución en pocas manos, venta globalizada, beneficios manejados por la banca de los países consumidores. Podemos estar hablando tanto de cocaína, como de petróleo, oro o naranjas. Los productos ya no importan, cuentan las dinámicas, las barras de los gráficos, las flechas logísticas, las cuentas bancarias. La legalidad es una circunstancia comercial, una masacre es una ampliación de mercado, el desplazamiento de campesinos una optimización de la producción.

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Cadenas que unen

Dicen que todas las personas están unidas al resto por una cadena de conocidos de seis o siete personas, según versiones. Si conoces al Papa, por ejemplo, esas cadenas se acortan mucho. La cocaína es como el Papa. Con facilidad, el miligramo que pasa por una nariz en Estocolmo, puede haber salido de la misma pasta base que el miligramo de otra nariz en Portland, Madrid, Southampton, Camberra o Faluya. Las manos del campesinado colombiano nos unen, nos hermanan, acortan cadenas. El proceso productivo de la cocaína es como cualquier otro proceso industrial: el productor recolecta la hoja de la planta, realiza una extracción básica del compuesto activo con gasolina, ácido sulfúrico y cal. Esto genera una pasta base que se vende al primer intermediario. Estos realizan las purificaciones secundarias, de las que se obtienen las diferentes calidades de cocaína. Luego llega el segundo intermediario, el distribuidor internacional. A su llegada a los países consumidores, el importador, el tercer intermediario, corta la cocaína con un gran número de sustancias diferentes: talco, lactosa, bórax, anfetamina, novocaína o benzocaína. Algunas simplemente rebajan el precio, otras la adulteran para que parezca más pura. Con ese corte, pasa al cuarto intermediario, el minorista local, que la separa en dosis, y que suele cortar a su vez para aumentar el beneficio, y la reparte al quinto intermediario, el vendedor. El gramo que se compra en una esquina alcanza con suerte un 30 o 40% de pureza.

 

Raspachines

Un agricultor español recibe por un kilo de lechuga unos 0,06 euros, y se vende en el mercado a un euro. De igual forma, el precio de un gramo de pasta base del campesinado colombiano es de 0,20 euros: en el mercado se pagan 55 euros de media.

En los años noventa, la idea de la cooperación al desarrollo mezclada con una cierta intuición política generó los movimientos de comercio justo con las principales materias primas procedentes de los países, como se denominaban entonces, en vías de desarrollo: el comercio del café, cacao, azúcar, té y otra media docena de productos fueron revisados y se establecieron sellos de garantía para que hubiera un oferta en el mercado donde el reparto fuese más equitativo con los pequeños productores. Aquello visibilizó las condiciones de trabajo de millones de personas para producir nuestros productos básicos al menor precio. Ese movimiento llegó más tarde a la ropa, a los productos deportivos, e incluso a la manufactura maderera. Ikea marca sus productos con un sello que garantiza su procedencia de bosques renovables. Nestlé tiene una línea de productos de comercio justo. En la práctica, poco se ha conseguido por un cambio estructural, pero ya nadie puede aducir inocencia respecto a las consecuencias de su compra.

Sin embargo, la ilegalidad de la cocaína hace que los productores de pasta base no tengan ningún sello de comercio justo, nadie piensa en ellos cuando se mete una raya ni se plantea la explotación de su trabajo al comprar un gramo. Comen, aman, crían bajo las presiones de los grupos armados que marcan los precios de compra, dependientes además de los insumos, fertilizantes, químicos, que estos mismos grupos les venden a precios desorbitados. Pero aún hay un escalón más bajo. El documental Rayas y fusiles, de la productora vasca Filmak, hace un recorrido por los lugares de producción en Colombia y su relación con el conflicto armado. Es una de las pocas obras donde aparece el último eslabón, o el primero, de la cadena de la cocaína: los raspachines, las personas que arrancan las hojas de la planta y las enfardan hasta el primer laboratorio.

La planta de la coca permite unas tres o cuatro cosechas al año. La parte valiosa de la planta son las hojas, que contienen aproximadamente un 1% de cocaína, y se deben recolectar a mano. Los cultivos de coca están situados en zonas inaccesibles donde no hay lugar para la mecanización. Se necesitan unos cien kilos de buenas hojas para sacar un kilo de cocaína, así que es preciso emplear un buen número de gente para arrancar esas hojas. A eso se llama raspar, y tiene una mecánica sencilla en principio: se pasa la planta entre las piernas y con las manos se tira de las ramas arrastrando las hojas, que caen en un saco colocado debajo.

La jornada laboral tampoco es complicada: comienza antes de salir el sol y termina poco después del mediodía, cuando se regresa a la casa; unas diez horas. No importan la lluvia, la niebla, el sol, el viento o si fumigan con glifosato las avionetas del Gobierno. Como se muestra en el documental, una de las estrategias estatales para la erradicación de los cultivos de coca fue la fumigación indiscriminada de las zonas susceptibles de tener coca. Sin embargo, también aparecen los testimonios que representan la multitud de denuncias del uso de la fumigación contra los cultivos comestibles de zonas de resistencia pacífica campesina e indígena, en resistencia contra las políticas de extracción gubernamentales. Estas fumigaciones son una de las cosas que más temen los raspachines; no tanto por las repercusiones en su salud, no hay muchos raspachines que lleguen a viejos, sino porque si los cultivos se mueren, el trabajo se va a otras partes.

Durante la cosecha, se trabajan todos los días por unos quince euros diarios, dependiendo de la cantidad de mano de obra y las arrobas que consigas. Los más rápidos pueden llegar a sacar treinta o cuarenta euros al día. A un raspachín se le identifica por las manos: palmas callosas, duras, deformadas, lisas, sin líneas de vida o amor, apenas reconocibles como manos por los cinco dedos que nacen de ellas. Algunos se las envuelven en jirones de tela y otros usan pedazos de mosquitera para los dedos; la regla es no dañar la planta. Las personas más veteranas lo hacen a pelo, con una piel que se podría cortar sin llegar jamás a encontrar sangre. No hay edad para ser raspachín, niños y niñas de diez y once años contribuyen al mantenimiento familiar pelando las plantas pequeñas o en las zonas de difícil acceso. Sí que parece haber condición social. Los raspachines pertenecen principalmente a las clases más desfavorecidas, campesinado sin tierra, personas desplazadas, parados urbanos, aunque también, en ocasiones, hay estudiantes o temporeros de otros cultivos. Los raspachines son material de usar y tirar: cuando no pueden trabajar, no cobran, ni nadie se preocupa de ellos. No hay seguros sociales ni laborales, los accidentes incluyen picadura de serpiente, intoxicación por agroquímicos, derrumbamientos de terreno, aplastamiento por sacas que se desprenden, torceduras, desgarros, disparos en el pecho, la espalda, la cabeza.

Nadie echa de menos a un raspachín si no acudió al trabajo, y a muchos de ellos tampoco los echan de menos si no vuelven a casa. Por eso, tal vez, sus vidas son la moneda de cambio frecuente entre los grupos armados que compiten por el control territorial de la coca, o son el objetivo militar de los grupos guerrilleros que desean frenar la financiación de los paramilitares. No son raros los asesinatos colectivos de raspachines para detener la producción de coca de un grupo rival.

Los raspachines son la fuerza de trabajo sobre la que se sostiene cualquier fiesta en Europa. La clase trabajadora que ha mantenido el sistema financiero mundial durante la crisis. Hay sudor de raspachín en los baños de los pubs, en los festivales de verano, en los encuentros literarios, en las orgías swinger y en los atardeceres de Ibiza.

Cuenta tres personas, elige una. Si las tres personas han nacido en Colombia, mira sus manos. La persona que has elegido es un raspachín.

Imágenes del documental Rayas y fusiles, Filmak Media

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