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Del ocaso del tabaco al auge de la nicotina: ¿podría esta denostada molécula tener un mejor futuro?

Mientras el tabaco fumado, con millones de muertes a sus espaldas cada año, se hunde en glamour, mercado y aceptación social, la nicotina aislada regresa disfrazada de parche, vapeador, bolsita oral e incluso promesa biomédica. Aunque durante décadas se haya asociado a la nicotina con el enorme daño del tabaco, hoy, separada de la combustión, esta vieja molécula vuelve a plantearnos preguntas incómodas sobre su verdadera toxicidad, adictividad, potencial de reducción de daños, nootrópico e incluso su potencial médico… Y esto, pese a sus riesgos, podría abrirle un futuro inesperado.

Hubo un tiempo en que fumar era elegante. Un símbolo. Se fumaba en las películas, en los bares, en los trenes, en las oficinas, en los platós, en las clases, en los hospitales y, casi, en las cunas. Fumar era sofisticado, masculino, femenino, intelectual, sexy, moderno o rebelde, según quién vendiera el anuncio y a quién se quisiera seducir. El tabaco no solo era una droga: era una coreografía cultural. 

Poco a poco, la factura de este hábito fue haciéndose cada vez más visible e innegable, materializándose en forma de adicción, cáncer, enfermedad pulmonar, patología cardiovascular, décadas de mentiras, manipulación industrial y un impacto en la salud pública tan obvio, que acabó llevándose por delante cualquier intento de defenderlo. Y es que, en las últimas décadas el consumo de tabaco fumado ha ido dejando de ser una costumbre social glamourosa y omnipresente para empezar a verse como una actividad de riesgo que conviene limitar lo más posible por el bien de la salud pública. 

En ese proceso, la nicotina quedó equiparada con el tabaco, y se convirtió en un sinónimo. Sin embargo, la farmacología rara vez tolera bien las simplificaciones. Porque, aunque la nicotina sea la principal sustancia adictiva del tabaco y tenga riesgos que pueden ser importantes (como cualquier droga), ella sola no podría explicar todo el peligro del tabaco fumado, donde buena parte del daño proviene de la combinación de los cientos de moléculas diferentes presentes en la planta junto a la nicotina, de las que se han ido añadiendo y de las muchas otras que se producen en su combustión. 

Eso no significa que la nicotina sea inocente. No lo es. Es una droga adictiva, con efectos y riesgos claros sobre el sistema nervioso, el sistema cardiovascular o el feto. Puede producir dependencia, tolerancia, síndrome de abstinencia, taquicardia, náuseas, insomnio o nerviosismo. No conviene trivializarla, pero tampoco es correcto (ni justo) seguir hablando de ella como si fuese igual de peligrosa que el tabaco. Porque precisamente ahora, cuando el tabaco clásico se apaga por méritos propios, la nicotina está ganando protagonismo no solo en sus mismos espacios, sino también en varias áreas nuevas y más inesperadas. 

Una planta con mucha historia

El tabaco (Nicotiana tabacum) es una planta originaria del continente americano que ha sido usada durante siglos por diferentes pueblos indígenas. Se fumaba, sí, pero también se mascaba, se aspiraba en forma de rapé y se integraba en contextos curativos, ceremoniales o sociales. No era simplemente un entretenimiento. Era una planta con significado, con potencia simbólica y con una presencia profunda en distintas culturas. 

Como tantas otras drogas, Europa la importó, la descontextualizó y la convirtió en otra cosa. Lo que en origen había sido una planta ritual o medicinal pasó a circular como exotismo botánico, hábito aristocrático, producto de moda y, con el tiempo, mercancía de masas para abuso diario. Durante siglos convivieron muchas formas de consumir tabaco: el rapé distinguido que viajaba en cajitas ornamentadas (tabaco en polvo a cuyo consumo esnifado debemos la expresión “echar un polvo” o la denominación anatómica de “tabaquera” a esa parte de la mano usada para aspirarlo), el tabaco de mascar asociado a ciertos trabajos o territorios, el snus escandinavo (saquitos de tabaco que se colocan debajo en la encía), la pipa, el puro, el cigarrillo… 

En 1828, la nicotina fue aislada como el principio activo del tabaco por los químicos alemanes Wilhelm Heinrich Posselt y Karl Ludwig Reimann, y nombrada como la planta que lo contenía, Nicotiana tabacum, que a su vez había sido nombrada en honor a Jean Nicot de Villemain, embajador de Francia en Portugal, quien en 1560 mandó tabaco a París para su rey. 

Desde un principio, la nicotina ya venía mostrando su doble cara. Por un lado, era una sustancia psicoactiva apreciada por sus efectos estimulantes, reguladores o placenteros, que además resultó ser útil para estudiar el funcionamiento de algunas partes del cerebro, hasta el punto de que también acabó dándole nombre a uno de nuestros receptores neuronales: los receptores nicotínicos de acetilcolina, un honor neurobiológico que solo han conseguido drogas como el opio, el cannabis, el GHB o la muscarina. 

Pero, por otro lado, era bien conocida su gran utilidad como insecticida y su toxicidad a dosis altas, que podía causar desde simples mareos y náuseas hasta la muerte, convirtiéndola en un veneno homicida, sobre todo, en novelas policíacas, junto a otros grandes del género como el arsénico, la estricnina o el cianuro. No estamos hablando, por tanto, de una molécula amable malinterpretada por accidente, sino de una herramienta farmacológica poderosa y muy ambivalente, cuyos riesgos se verían amplificados con la industrialización y masificación del tabaco. 

Cuando el humo eclipsó a la molécula

Del ocaso del tabaco al auge de la nicotina. Fotos: Laura Aranda

La revolución industrial no solo supuso el abaratamiento del tabaco y su masificación internacional, sino que también multiplicó su impacto en la salud humana. El cigarrillo industrial ya no era simple hoja de tabaco envuelta en papel, sino una tecnología para potenciar la absorción y la adicción, que fue muy perfeccionada por la industria. Al fumar, la nicotina llega al cerebro con rapidez, desencadenando su efecto y reforzando la conducta para convertirla en hábito. Pero la nicotina no llega sola, sino mal acompañada. Llega montada sobre alquitrán, monóxido de carbono, inhibidores de la monoaminooxidasa, acetaldehído, amoníaco, partículas finas y miles de sustancias más, muchas de ellas irritantes, tóxicas o carcinógenas, muchas de las cuales se añaden al tabaco o se forman durante su combustión. Incluso algunos aditivos de apariencia inocente, como el mentol, en realidad potencian el efecto de la nicotina. 

Y así se fue fraguando un gran desastre. El tabaco se convirtió en lo que a día de hoy sigue siendo: la principal causa de muerte evitable en el mundo, la droga que más personas mata en el planeta, un producto responsable de más de 6,6 millones de muertes anuales según la Organización Mundial de la Salud (OMS). 

Como tabaco y nicotina se usaban indistintamente en el acerbo popular, la percepción pública acabó fundiéndolas. Se culpó a la nicotina de casi todos los daños del tabaco fumado, cuando solo es una parte de la ecuación y, por ejemplo, a día de hoy no está incluida en la lista internacional de sustancias carcinógenas elaborada por la OMS (donde sí está el tabaco o la carne roja) porque todavía no se ha demostrado que aislada cause cáncer en humanos.1 Por eso hoy, cuando comparamos fumar tabaco con usar nicotina pura por otras vías, conviene no perder el matiz de que tienen perfiles de riesgo distintos. 

De hecho, esa distinción afortunadamente lleva años sustentando las terapias sustitutivas. Los chicles de nicotina, los parches, los comprimidos o espráis bucales existen porque, para una persona fumadora, sustituir el cigarrillo por una fuente más limpia, controlada y menos dañina de nicotina puede ser una estrategia útil para conseguir abandonar el tabaco cuando la abstinencia total de nicotina se le haría imposible. Ahí la nicotina deja de ser el enemigo y pasa a ser, en cierto modo, parte de la solución. Una solución que a los más puristas de la salud les sonará imperfecta, sí. Pero en el mundo de la salud, exigir la perfección a veces es la mejor forma de no conseguir cambiar nada. 

No todo lo adictivo daña igual. No toda vía de administración implica el mismo riesgo. No todos los productos con nicotina son equivalentes. Fumar un cigarrillo no es lo mismo que usar un parche. Ni un consumo esporádico de vapeador es lo mismo que un paquete diario de tabaco rubio. La sustancia puede ser la misma, pero el vehículo, la velocidad de llegada, la intensidad del refuerzo y el perfil toxicológico cambian muchísimo. En reducción de daños esto es casi una obviedad. Fuera de ese ámbito, todavía no tanto. 

El tabaco cae, pero la nicotina se reinventa 

Mientras fumar tabaco se ha ido tornando cada vez más claramente dañino y socialmente denostado, la nicotina aislada ha empezado a encontrar nuevos trajes. Algunos son clínicos (como los parches y chicles), otros son tecnológicos (como los cigarrillos electrónicos y vapeadores), mientras que otros parecen diseñados por una startup nórdica de branding minimalista (como las bolsitas orales de nicotina mentolada sin tabaco, la versión moderna del snus, que a menudo son vendidas con estética impecable y apariencia casi farmacéutica). 

El fenómeno no es casual. La sociedad ya no tolera igual el humo del tabaco, pero no ha renunciado a sus efectos, y la industria ha sabido transformarse para seguir cubriendo esa demanda, creando nuevos sustitutos para los viejos hábitos. Así que la nicotina está encontrado su resurrección desacoplándose del tabaco y del humo. 

Los cigarrillos electrónicos o vápers de nicotina son el ejemplo más visible. En ellos, la nicotina se administra en un aerosol sin necesidad de quemar hoja de tabaco. Eso elimina buena parte de los productos tóxicos derivados del tabaco y de la propia combustión, aunque no lo convierte en inocuo ni mucho menos, porque sigue conteniendo nicotina y algunos compuestos como el propilenglicol y el diacetilo (que también tienen sus riesgos) o incluso metales pesados, pudiendo causar algunas enfermedades pulmonares importantes además de la adicción. Pero que no sea una alternativa segura no implica que equivalga a seguir fumando. Para muchas personas que ya eran fumadoras, vapear puede suponer una reducción importante del daño si sustituye por completo al tabaco, pero también puede mantener la dependencia, facilitar el consumo dual o atraer a personas jóvenes que nunca habían fumado. 

Con las bolsitas orales del nuevo snus blanco esta ocurriendo algo parecido. Al no haber humo ni tabaco vegetal, disminuyen varios de los riesgos clásicos del cigarrillo, pero la nicotina sigue ahí, a veces en cantidades considerables, y la dependencia, también. Un buen ejemplo de esto es el caso de Suecia, donde el consumo de estas bolsitas está muy extendido y hay mucho menos tabaquismo, convirtiéndolo en el país europeo con menores tasas de cáncer de pulmón, aunque el consumo de este producto llega a ser abusivo. Como tantas veces, el valor de reducción de daños depende del contexto: para un fumador veterano, pueden ser una alternativa menos dañina; para un adolescente que nunca tocó un cigarro, pueden ser un nuevo problema. 

Ese es el gran dilema contemporáneo de la nicotina: puede ser, al mismo tiempo, herramienta de reducción de daños y un vehículo para la expansión del consumo. 

Del efecto recreativo al funcional 

Del ocaso del tabaco al auge de la nicotina

Pero la nicotina aislada no está volviendo solo por su utilidad para dejar de fumar o por su reinvención comercial. También está regresando por algo mucho más antiguo: sus efectos subjetivos e incluso funcionales. 

La nicotina, como todas las drogas, tiene riesgos, pero si se consume es porque también tiene efectos subjetivos que son valorados por quienes la usan. No solo quita el mono o calma al exfumador dependiente, sino que también puede aumentar el estado de alerta, mejorar ligeramente ciertos aspectos de la atención y de la memoria.2,3 En algunas personas se vive como un pequeño empujón cognitivo, en otras como un ansiolítico raro disfrazado de estimulante, o ambos efectos a la vez. Esto ha provocado que, en los últimos años, estudiantes y biohackers estén recurriendo a nicotina en forma de parches, chicles o snus para intentar potenciar su rendimiento cognitivo.

Eso también explica parte del enorme éxito histórico del tabaco. No se popularizó únicamente por moda, imagen o dependencia (eso llega después), sino porque acompañaba el trabajo, la escritura, la reflexión, la espera, el estudio y la conversación. Era una droga que, más allá de sus problemas, tenía un pequeño efecto hedónico y que se consideraba funcional. 

Aquí hay que hacer una precisión importante. En fumadores habituales, una parte de esa “mejora” cognitiva subjetiva puede no ser una mejora real sobre el estado basal, sino simplemente el alivio del síndrome de abstinencia. Es decir, la nicotina no necesariamente mejora tus capacidades: a veces solo te devuelve al punto normal del que te habías alejado por llevar horas sin consumir. Aun así, incluso teniendo esto en cuenta, la investigación lleva bastante tiempo observando que la nicotina sí que puede tener efectos procognitivos genuinos en algunas funciones cuando se usa en determinadas dosis, personas y contextos. 

De droga estigmatizada a posible herramienta biomédica 

Desde finales del siglo xx hasta nuestros días, sugerir que la nicotina pudiera tener algún interés terapéutico era considerado casi obsceno, una imprudencia y hasta una herejía. Pero en la farmacología pocas cosas son negras o blancas, más bien nos movemos constantemente en los grises matices de las distintas dosis, frecuencias, personas y contextos. Y lo que la investigación moderna está mostrando es que la nicotina interactúa con sistemas que van mucho más allá del placer breve y la adicción.

Uno de esos terrenos es la cognición. Se ha estudiado la nicotina, por ejemplo, en deterioro cognitivo leve, demencias, en algunos aspectos de enfermedades como el Alzheimer y el Párkinson,4 en esquizofrenia y en otros cuadros en los que la activación de receptores nicotínicos podría tener efectos beneficiosos sobre atención, memoria o procesamiento mental. No se trata de una cura mágica, ni mucho menos. No hay que fantasear con parches de nicotina convirtiéndose en el nuevo santo grial de las demencias. Pero sí existen datos suficientemente interesantes como para que el tema se esté investigando en serio. 

La lógica no es nada extravagante, porque si una molécula modula circuitos relacionados con la atención, la memoria y ciertas funciones cognitivas, y si además actúa sobre receptores relevantes en procesos neuronales, es razonable explorar su potencial. Puede que al final la propia nicotina no sea el mejor fármaco, pero su papel sea abrir la puerta al diseño de compuestos más selectivos, menos adictivos y con menos efectos periféricos. Pero eso no quita que el interés científico actual sea real.

Otro de los lugares donde esta molécula está reapareciendo con fuerza es el de la inflamación, y muy particularmente la neuroinflamación. Desde hace tiempo se investiga el llamado eje colinérgico antiinflamatorio, una vía mediante la cual ciertos receptores nicotínicos parecen participar en la modulación de la respuesta inmune. Y en este campo, la nicotina aislada podría reducir o amortiguar ciertos procesos inflamatorios en algunos contextos concretos. 

Esto ha generado interés en patologías autoinmunes, inflamatorias y neuroinflamatorias, en las cuales parece ejercer efectos antiinflamatorios, como pueden ser la colitis ulcerosa, la artritis, la sepsis y la endotoxemia.5 Algunas señales históricas, como las observaciones en colitis ulcerosa, ya apuntaban hace años a que la nicotina del tabaco no encajaba del todo en el relato simplista de “sustancia mala en todos los casos y circunstancias”. De hecho, la colitis ulcerosa es uno de esos ejemplos incómodos para la medicina: durante años se observó que algunas personas empeoraban al dejar de fumar y que la nicotina podía tener efectos que merecían estudio. Nada de esto convierte el fumar en tratamiento, por supuesto, pero la nicotina en parches sí podría ser un tratamiento a explorar.6

En los últimos años, además, ha empezado a sonar con fuerza una expresión concreta: low-dose nicotine, ‘nicotina a baja dosis’. Generalmente, se habla de parches pequeños, usados con la idea de explorar efectos procognitivos o antiinflamatorios sin buscar una exposición alta. Alrededor de esta práctica ya empiezan a circular evidencias anecdóticas y algunos casos de éxito. Los pacientes lo están usando para niebla mental, neuroinflamación, fatiga persistente, COVID persistente7 y otros cuadros difusos, difíciles de tratar y, a menudo, carentes de tratamientos eficaces y desesperantes para quien los padecen. Incluso hay investigación preeliminar en ratones que muestra un efecto antienvejecimiento y de mejora del metabolismo.8

Pero no olvidemos que, aunque la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia (de efecto), a día de hoy, en este campo la evidencia sigue siendo preliminar o escasa. Hay racionales biológicos sugerentes, observaciones, experiencias clínicas dispersas y mucho entusiasmo informal, pero todavía estamos lejos de poder hablar con seguridad de una terapia validada. Ese matiz es importante, porque internet suele convertir en “tratamiento prometedor” lo que a veces no pasa aún de intuición mecanística y datos limitados. 

En conclusión… 

La nicotina encarna muy bien una de las grandes dificultades que la sociedad tiene con las drogas: nos cuesta aceptar que una sustancia pueda ser a la vez peligrosa en muchos casos y útil en algunos contextos. Preferimos la sencillez de los extremos. O es veneno puro o es medicina injustamente perseguida. Y, sin embargo, la realidad suele ser bastante menos simple.

La nicotina no puede ser absuelta por todo el daño histórico del tabaco, pero tampoco tiene sentido seguir atribuyéndole en solitario culpas que pertenecen a un conjunto de elementos del que solo es una parte. No es un suplemento inocente ni una moda banal, pero tampoco es la encarnación química del mal: es una droga vieja, compleja y ambivalente, que puede llegar a ser mucho más interesante de lo que su mala fama popular deja entrever. 

Esto nos obliga a pensar en todos los matices. Más allá de su adictividad y otros riesgos, la nicotina puede ser útil como tratamiento de sustitución en fumadores y como herramienta de reducción de daños si realmente desplaza al cigarrillo. También puede crear nuevos problemas si atrae a personas que nunca habrían consumido nicotina. Sabemos además que tiene cierto potencial procognitivo y que la investigación está explorando su posible papel en medicina para campos como la neurodegeneración, la inflamación o la niebla mental, pero ese interés científico todavía exige prudencia y está muy lejos de justificar la automedicación alegre que ya estamos viendo en algunas comunidades. Separar nicotina de tabaco no significa blanquearla, sino poder entenderla mejor, con más rigor. 

Lo que ya parece claro es que, mientras en nuestra sociedad el tabaco está entrando en su ocaso histórico, la nicotina acaba de empezar su segunda vida. Y quizá ese sea precisamente el signo de esta nueva etapa. El cigarro se apaga, pero la nicotina no desaparece: reaparece aislada en nuevos formatos, preparaciones clínicas, en productos de reducción de daños, en el campo de los nootrópicos y los biohackers, así como en nuevos horizontes de investigación. Vuelve sin cenicero, más separada del humo, pero no libre de riesgos ni de contradicciones. 

 

Referencias

1.    National Center for Chronic Disease Prevention and Health Promotion (US) Office on Smoking and Health. The Health Consequences of Smoking —50 Years of Progress: A Report of the Surgeon General (Centers for Disease Control and Prevention (US), Atlanta (GA), 2014). 

2.    Alhowail, A. (2021). “Molecular insights into the benefits of nicotine on memory and cognition” (review). En: Molecular Medicine Reports, n.º 23.

3.    Li, Y. et al. (2026). “Nicotine Improves Working Memory via Augmenting BDNF Levels Through α7 nAChR: Evidence from Clinical and Preclinical Studies”. En: Nicotine and Tobacco Research, n.º 28, pp. 340-350.

4.    Wang, Q. et al. (2023). “Nicotine’s effect on cognition, a friend or foe?”. En: Progress in Neuro-Psychopharmacology & Biological Psychiatry, n.º 124, 110723. 

5.    Zhang, W. et al. (2022). “Nicotine in Inflammatory Diseases: Anti-Inflammatory and Pro-Inflammatory Effects”. En: Frontiers Immunology, n.º 13, 826889. 

6.         McGrath, J.; McDonald, J.W.D.; Macdonald, J.K. (2004). “Transdermal nicotine for induction of remission in ulcerative colitis”. En: Cochrane Database of Systematic Reviews. CD004722

7.         Gauthier, A.G. et al. (2021). “From nicotine to the cholinergic anti-inflammatory reflex - Can nicotine alleviate the dysregulated inflammation in COVID-19?”. En: Journal of Immunotoxicology, n.º 18, pp. 23-29. 

8.    Yang, L. et al. (2023). “Nicotine rebalances NAD+ homeostasis and improves aging-related symptoms in male mice by enhancing NAMPT activity”. En: Nature Communications, n.º 14, 900.

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #338

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