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Una de sirla con ración de denuncia y arresto

Ilustración de Cristóbal Robles
Ilustración de Cristóbal Robles

La madrugada del día 29 al 30 de septiembre de 2005 no la olvidaré mientras mi memoria se tenga en pie. Serían la una y media aproximadamente cuando el sonido de un motor en las cercanías de mi casa hizo sonar la alarma de la intranquilidad. A ralentí se oía el rugir de un motor de cuatro tiempos que andaba rondando mi casa, acechando a mis plantas. Esta vez no venían solos, otro coche más hacía de escolta al primero.

Sin duda se trataba de un sirle de plantas en toda regla. Dos semanas eran las que llevaban rondando mis plantas y, mi jardín, por desgracia, veía impotente cómo una a una desaparecían las plantas de la noche a la mañana. Así que esa noche me dije a mí mismo que no se lo iba a poner fácil.

Bourbon, un fila brasileiro de sesenta kilos, y Voira, una rottweiler de cuarenta, esperaban a mi lado el asalto. No sé si fue a causa de la valentía que da el miedo, pero me armé con un cuchillo (algo que jamás volveré a hacer...) y reté a esos cuatro sirleros a que intentaran de nuevo asaltar mi jardín.

Quizás desconcertados por el reto, lo cierto es que no tuvieron las agallas necesarias para aceptar el envite y saltar la valla de mi casa. A día de hoy me sigue asustando pensar lo que hubiera podido pasar si no se hubieran retirado.

La frustración les llevó a amenazarme, blandiendo ellos también sus cuchillos, mientras subían a sus coches y ponían rumbo hacia nunca jamás. Ante tales amenazas, no tuve más remedio que sacrificar el único ejemplar sativo que quedaba en tierra y dárselo de comer al compost, ya que su pureza como sativa le había impedido florecer en esas fechas.

A la tarde siguiente decidí ir a poner una denuncia a la policía nacional de mi localidad. Os podéis imaginar la cara a cuadros que se le quedó al policía instructor que recogió mi denuncia por Sustracción de plantas de Cannabis sativa con amenazas. Recuerdo que me dijo asombrado que había ido a la boca del lobo, yo le contesté que si ellos se sentían lobos me parecía muy bien, pero que yo no tenía porqué sentirme cordero, así que no debía temer nada.

La denuncia fue aceptada a pesar del desconcierto creado en la comisaría. Nunca antes habían sido testigos de un hecho similar, así que la expectación entre los policías era máxima. Al llegar a casa incluso el comisario en persona me telefoneó para confirmar los hechos denunciados, al tiempo de mostrarse condescendiente con mi persona y mi familia.

Todo parecía demasiado fácil y bonito, pero es evidente que nunca te puedes fiar de las fuerzas de seguridad del estado; era una pera en dulce para ellos, un número que engrosar a sus currículums. En menos de una semana, la policía judicial me había citado con la única intención de detenerme, cosa que terminó sucediendo tras el interrogatorio al que fui sometido.

Nada me preguntaron sobre los ladrones que me habían amenazado y no dejaron de tratarme como a un traficante. Me acabaron deteniendo alegando que me había autoinculpado de hacer plantaciones de marihuana, cuando en todo momento me declaré cultivador para el consumo propio. ¿Hubieran detenido sin pruebas a un verdadero traficante?

La médica forense de guardia que tuvo que hacer las pruebas tanto de cabello (¡cabello!, los que me conocéis ya sabéis la melena rasta que me gasto) como de orina, no daba crédito a lo que le contaba, incluso se indignó por el trato y porque me hubieran procesado, malgastando el valioso tiempo que le supone a las autoridades judiciales este tipo de casos irracionales. Al final, como era de esperar, la jueza instructora no vio indicio de delito alguno en los hechos y archivó la causa sin tener que llegar a juicio.

Si todos denunciáramos cuando nos roban plantas, no pasarían este tipo de casos tan absurdos. Solo hace falta echarle el valor necesario para declararse cannabicultor para el consumo propio; yo lo tuve y, casualidades o no de la vida y a pesar de que ya no cultivo en casa, desde entonces nunca más han vuelto a visitarme ninguna de ambas partes: ni los sirleros ni los maderos.

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