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El optimismo invencible del empresario cannábico

Thomas Duchenê, empresario al mando de la feria Expogrow
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No es fácil cazar a Thomas para entrevistarlo. Dice que prefiere mantenerse en la sombra, en su ocupado día a día, aunque, después de las primeras preguntas, se relaja y se descubre como un optimista lúcido que en la vorágine cotidiana recuerda con nostalgia el silencio del Sahara, su vida despreocupada como viajero en Senegal, la fiesta continua que vivió en Croacia en plena guerra o su época de falso pintor francés en Alemania vendiendo cuadros made in Taiwan.

Hijo de un médico rural y de una madre que al terminar con la crianza de sus hijos se hizo bibliotecaria, califica de feliz su infancia en Dreteil, un pueblo de la Bretaña francesa cercano al bosque de Brocelianda, enclave mítico de druidas como Merlín o como el mismísimo Panoramix, cuya poción mágica volvía invencibles a los resistentes galos. También Thomas, como Obélix, parece haberse caído cuando niño en una marmita, en su caso, de rebosante optimismo. Un optimismo que lo convierte en invencible o al menos lo protege del desaliento y lo lleva a no parar de meterse en nuevas aventuras. Casado desde hace casi dos décadas y con dos hijas, una de quince y otra de siete años, conversamos con él en la antigua casa de Enrique Morente, hoy reconvertida en exquisito restaurante con impresionantes vistas a la Alhambra.

 

¿Cómo fue tu vida antes de tu primer porro?

He crecido en un pueblo pequeño, rodeado de naturaleza, con unos padres de la generación del sesenta y ocho, medio intelectuales, que me han transmitido mucho amor y, por tanto, mucha confianza. Estoy convencido de que este capital de amor que recibes cuando niño es fundamental para el resto de tu vida y para conseguir lo que te propones. Mi adolescencia fue corta, hice mucho deporte, guitarra clásica… Pero después del primer porro decidí tener una vida de aventuras, bohemia y libre. A los diecisiete años dejé los estudios y me fui a viajar. Abandoné el entorno confortable de mi casa y así me encontré ganándome la vida en Alemania siendo aún menor de edad. Un año estuve recorriéndome Alemania haciéndome pasar por pintor, vendiendo cuadros hechos en Taiwán. Para mí que he sido autodidacta, aquel año fue un curso acelerado de venta.

 

"El tiempo es el lujo, la verdadera riqueza. Ahora, en ese sentido, soy más pobre que antes, cuando tenía tiempo hasta aburrirme, aunque, te aseguro, no me aburría jamás"

¿Fueron tan definitivos aquellos primeros porros?

En mi caso, sin querer hacer apología, hubo un antes y un después del primer porro, que me transmitió un deseo de libertad, de ser dueño de mi vida. Recuerdo las crisis de risas tan irrepetibles y la sensación de tomar distancia sobre mi realidad, cómo fumar me permitió reflexionar sobre lo que quería hacer con mi vida y tomar la decisión de viajar y asumir riesgos. Mi vida desde entonces está asociada a afrontar riesgos: el haber decidido, por ejemplo, con diecinueve años viajar por Croacia en plena guerra fue en parte irresponsable, pero se convirtió en una experiencia muy importante en el aspecto humano. Fueron tres meses, y al volver regresé con la sensación de tener unos años más. No he vivido bajo las bombas, las escuchaba todas las mañanas, pero estaba a cincuenta kilómetros del conflicto. Convivir con gente que está en una guerra civil, una guerra de primo contra primo, de hermano contra hermano, fue una experiencia que me enseñó mucho. Pese a que mi condición de viajero me permitía irme cuando quisiera, la situación extrema de convivir con gente que pensaba que aquel podía ser su último día de vida fue una gran escuela. Cada día era una gran fiesta para celebrar el estar vivos un día más.

 

¿Qué otras enseñanzas recuerdas de aquellos años?

Con dieciocho años, dos amigos y yo fuimos detenidos en Francia con seiscientos gramos de hachís comprados en Holanda. Le prometí al juez que aquello no se repetiría y que volvería a los estudios. Después de dos semanas me soltaron; no fue mucho pero suficiente como para haber aprendido la lección.

 

Sin embargo, no volviste a estudiar.

Hasta los veinticinco años seguí viajando con muy poco dinero por Europa, por Marruecos, por Senegal, por Mali… En Marruecos he llegado a trabajar en el campo, de camarero en Agadir, de guía en el Sahara. En Mhamid, al final del valle del Draa, a cambio de techo y comida me encargaba de establecer contacto con los europeos que pasaban por allí; mi trabajo consistía en que se quedaran en el albergue, no en el hotel de la competencia, y luego venderles excusiones por el desierto. Todavía me acuerdo de los cielos del desierto, tan llenos por las noches de estrellas fugaces que dejas de pedir deseos, y, cuando no había viento, aquel silencio mágico que podía escucharse. Recuerdo también mis días en Casamance, al sur de Senegal, una región con una gran cultura musical, donde la magia negra funciona, o al menos, la gente cree que funciona. África es muy animal, es tierra, y allí me he encontrado en situaciones sorprendentes donde mi mentalidad cartesiana entraba en crisis. De todo aquello mi gran nostalgia es el tiempo: en África el tiempo se estira de manera ilimitada y no hay esta obligación de rendir, de justificar los días a fuerza de hacer cosas. El tiempo es el lujo, la verdadera riqueza. Ahora, en ese sentido, soy más pobre que antes, cuando tenía tiempo hasta de aburrirme, aunque, te aseguro, no me aburría jamás.

 

¿Por qué decides torcer de pronto tu destino de viajero en favor de los negocios?

Fue durante uno de mis viajes por Gambia y Senegal; sentí que había terminado una etapa. Me permitía el lujo de viajar sin dinero, pero era testigo a la vez de la vida de gente que tenían esa realidad sin poder escapar. Gente que estaba en la miseria, pero era muy generosa: te abrían su puerta y te daban lo que tenían. No quiero hacer demagogia, pero, de pronto, me dio vergüenza estar recibiendo de manos de gente más necesitada que yo. No solo había que recibir, también había que repartir. En el viaje de vuelta pensé que tenía que hacer algo para poder compartir, para ofrecer y dar trabajo. En la decisión de estabilizarme también contribuyó la que es hoy mi mujer. Ella me hizo comprender que si no me estabilizaba la iba a perder, y, en fin, surgió el deseo de formar una familia.

Thomas Duchêne

Una empresa en Granada y mucho más

Por la mañana hemos estado en las naves de Plantasur y Kannabia haciendo fotos en un veloz recorrido en el que Thomas nos ha ido mostrando las oficinas, los almacenes y a su gente, una dinámica plantilla que cumple con los criterios de paridad más exigente. Junto al comedor con la nevera repleta, hay dos habitaciones destinadas al shiatsu, donde una vez por semana una cualificada fisioterapeuta atiende a los trabajadores que lo necesiten. Marcar la diferencia es una de las obsesiones profesionales de Thomas; sea con el shiatsu o con Expogrow, que significativamente se presenta en su publicidad como “mucho más que una feria del cannabis”, y ofrece una programación de conciertos de primera categoría por donde han pasado artistas internacionales de la talla de Cypress Hill, Lee Scratch Perry & Mad Professor o Asian Dub Foundation, y nacionales como Chambao, El Langui o Tomasito.

 

"Ser guiri ha sido mi elección de vida. He vivido como guiri en muchos sitios, y en Granada ha sido donde me he sentido más integrado. La malafollá es un arte, y tiene también su gracia"

¿Por qué decidiste instalar tu negocio en el sur?

Mucha gente me decía que no era el sitio más estratégico para un distribuidor nacional abierto a una expansión internacional. Pero para mi mujer y para mí la razón era la calidad de vida. Empezamos a distribuir con nuestro primer negocio, un smart shop en la frontera de Holanda con Alemania. Tuvimos éxito y empezamos a atender pedidos de varias tiendas españolas; eso nos hizo pensar en la posibilidad de empezar a distribuir desde España. Y así lo hicimos, allá por el 2002. Queríamos dejar la lluvia y el gris de Holanda, pero no queríamos grandes ciudades, ni Madrid ni Barcelona; soy de pueblo y la parte cateta y también la belleza de Granada me correspondían muy bien.

 

¿Qué te gusta de aquí?, ¿la malafollá granaína no te habrá puesto las cosas fáciles?

Encuentro en Andalucía el viento de libertad africano que amo. Estoy enamorado de la cultura de aquí, de ese equilibrio que hay entre una dejadez sin juicio y una cultura profunda y verdadera. Nadie elige dónde nace y tu cultura es un jardín privado, pero elegimos dónde vivimos, y yo he elegido vivir aquí. Ser guiri ha sido mi elección de vida. He vivido como guiri en muchos sitios, y en Granada ha sido donde me he sentido más integrado. La malafollá es un arte, y tiene también su gracia.

 

Ahora que están de moda en el mundo editorial los libros sobre liderazgo empresarial, ¿cuál es tu filosofía como empresario?

Lo primero es trabajar, no hay secreto si trabajas y te involucras con lo que haces. Te tiene que gustar lo que vendes y se tiene que corresponder en cierto modo con tu personalidad. También la suerte ayuda. Luego hay que tener una buena relación con el trabajador, compartir con ellos y querer que tu éxito sea también el suyo. Aunque algunos días soy un pesado de jefe, quiero creer que mi éxito es compartido con ellos, que mis trabajadores se sienten orgullosos de pertenecer a esta familia y por eso dan lo mejor de ellos mismos. Solo no eres nadie, necesitas a gente que te acompañe en el crecimiento de la empresa. Por eso son importantes estos detalles como el shiatsu. Si algún trabajador tiene necesidad de un pequeño préstamo saben que pueden llamar a nuestra puerta antes que a la de un banco… Se trata de intentar humanizar el sistema capitalista en el que estamos.

 

Háblame de tu equipo. Una noche compartí mesa con treinta de ellos y me sorprendió la energía que gastaban después de una jornada dura de trabajo en una feria cannábica.

No sé si tengo la mejor empresa del mundo, pero tengo el mejor equipo del mundo, de eso estoy seguro. La media de permanencia laboral en nuestra empresa es muy alta. Intento limitar el espacio de incomprensión que puede haber entre un jefe y un trabajador. En mi empresa hay bastante brazo-roto, gente con una sensibilidad distinta que quizás se aparta un poco del modelo de empleado habitual y que con nosotros se ha adaptado muy bien, alcanzando un reconocimiento profesional y humano que no habría conseguido ni de lejos en otras empresas. También a veces, como es normal, tenemos conflictos con algunos trabajadores. Soy un poco jefe paternal, y sé que si trasmites confianza a tu trabajador él se va a involucrar más. ¿Has visto cómo funciona el puesto de Plantasur y Kannabia en una feria? Es una cadena perfecta, es una coreografía donde el cliente entra y va pasando de un lado a otro como en un baile. Eso no se enseña, eso solo es posible si los trabajadores se sienten reconocidos en su labor.

 

No es fácil un sector que gira alrededor de una planta cuyo comercio es ilegal, ¿has tenido alguna vez problemas con la ley?

A los seis meses de instalarnos en España tuvimos problemas por distribuir los productos de smart shop. Los primeros grow shop que se abrieron tenían siempre su rincón de smart shop, una parte importante del negocio que duró como un año, hasta que intervino el Seprona. Hubo un festival en Málaga, si no recuerdo mal, donde murieron dos menores por tomar productos de smart shop mezclados con otras sustancias, una tragedia que desató la guerra contra estos productos que yo distribuía. Estuve tres días detenido y luego dos años firmando cada quince de mes, pero nunca hubo juicio y el caso contra nosotros se cerró sin consecuencias.

 

¿Cómo ves el mundo políticamente?, ¿cuál es tu utopía política?

La utopía y la política no suelen ir juntas. Soy de cultura de izquierdas por mi familia, y aunque la izquierda y la derecha hoy se confunden, sigo pensando que la riqueza hay que repartirla desde arriba: son los que más tienen los que más tienen que dar. Respecto a la actualidad, necesitamos una mayor igualdad entre hombres y mujeres. Que no exista una paridad salarial entre hombres y mujeres es una vergüenza increíble en el siglo xxi, y hay mucho trabajo por hacer.

Thomas en el almacén de Planta Sur.
Thomas recorriendo los pasillos del almacén de Planta Sur.

Los desafíos y oportunidades de la regulación

Thomas no para estos días ultimando los detalles de Expogrow Business, un evento previo a la feria de Spannabis, que el 8 de marzo reunirá en Barcelona, en la emblemática Casa Llotja de Mar, a lo más selecto del sector nacional e internacional. Un encuentro solo para profesionales que está llamado a ser una cita ineludible al ofrecer un ambiente cómodo, relajado y seguro para los negocios y los acuerdos empresariales. Thomas, una vez más, parece ir un paso por delante de la competencia, ejerciendo de dinamizador del negocio en España.

 

¿Cómo ves el sector cannábico en nuestro país?

Lo veo bien. Nadie de los que estábamos en el sector hace quince años podíamos imaginar que hoy estaríamos aquí. Hemos ganado muchas batallas y, en comparación con el resto de Europa, podemos presumir del número de tiendas que tenemos en España, algunas muy profesionales, otras no tanto. El boom que vivió el sector no ha sido fácil de controlar para algunos. Llevamos quince años, la edad de la adolescencia, y se nota en algunas actitudes que tenemos: actitud y visión a corto plazo, propias de la adolescencia. Tenemos que pensar a largo plazo. Es primordial creer. Hace diez años trabajábamos con la inseguridad de que nos cerraran el negocio: hoy nuestra realidad se ha suavizado, la sociedad ha cambiado, los políticos no tienen otra que adaptarse a esta realidad… Ya es hora de creérnoslo y crear una mayor profesionalidad en el sector. Dejar de ser adolescentes y abandonar el miedo y la inseguridad propios de esta edad. Soy positivo. Hemos ganado muchas batallas y acabaremos ganando la guerra.

 

¿Pero en qué crees que podríamos mejorar?

A mí me gustaría que este gremio fuera menos conservador. Como vendemos en treinta y cinco países podemos comparar, y sabemos que España es muy conservadora con los productos novedosos. Aquí son bastante refractarios a la innovación, se acostumbran a un producto y no hay manera de que cambien. Hay también una gran diferencia en este sentido entre el sur y el norte de España; por ejemplo, con los productos de CBD, que en el norte son muy reclamados pero aquí en el sur no. Otra cosa es esta carrera por bajar los precios que le quita valor al trabajo y a nuestros productos. Ser competitivo con el precio es importante, pero no sacrificando el ochenta por ciento de los beneficios. Los países latinos se diferencian en creer que vender más barato que los otros es ser más listo, y más listo es el que vende más caro. El entusiasmo y la frescura de los comienzos nos permitieron llegar hasta aquí. Pero tenemos que pasar a otro nivel, creernos más nuestra legitimidad y pensar a largo plazo.

 

La falta de decisión política en favor de la regulación en España, ¿no nos está haciendo perder el tren respecto a otros países como Estados Unidos o Alemania?

No hay que juzgar muy duramente a España. Si la comparamos con Francia, en relación con el cannabis o con el matrimonio homosexual, vemos que España no está tan mal. El gobierno está preparando su adaptación a la regulación, aunque no lo haga público. Alemania es la locomotora europea, y el resto de los países van a remolque de lo que los alemanes decidan para actuar a continuación. Encima de la realidad cannábica está la realidad europea, pero, aunque vayamos por detrás de Alemania, no creo que España vaya a perder el tren del negocio.

 

¿No crees que aquí en España nos falta la ambición empresarial necesaria para sacar partido a esta oportunidad?

Tú has hablado de Estados Unidos, un país en el que cualquier gilipollas puede llegar a ser Bill Gates; fíjate si no el presidente que tienen ahora. Esta cultura empresarial americana es distinta a la manera de funcionar en Europa, donde tres o cuatro familias se reparten el pastel y no quieren compartirlo. Mi temor es que la legalización que se adopte en Europa siga el mismo modelo que funciona en otros ámbitos, como el alimentario o el farmacéutico. Mi miedo con una legalización así es que pasemos de una piscina de agua oscura con peces a una de agua clara, pero con otro tipo de tiburones con los que nos puede costar adaptarnos.

 

Cuando llegue la regulación, ¿la pequeña y mediana empresa tendrá cabida en el negocio, o el nuevo pastel se lo van a repartir las viejas élites?

Mi bola de cristal no me ha dicho nada. Pero, bueno, ya hemos visto cómo el gobierno ha concedido licencias de cultivo a algunas empresas determinadas y por qué lo ha hecho, en lugar de concederlas a empresas como la mía o la de otros empresarios del sector. Depende de nosotros pelear para encontrar nuestro sitio; es muy fácil echarle la culpa al sistema. Pero es un riesgo que puede existir, el de que por ejemplo la legalización impida el autocultivo y eso perjudique a las tiendas o a una empresa de distribución como la mía. La cadena que existe actualmente puede verse muy cambiada. Es muy contradictorio, pero la legalización puede ser un factor de enorme cambio que perjudique a los actores que hemos peleado mucho para estar donde estamos. A ver si podemos cosechar de igual manera que estas otras grandes empresas farmacéuticas o alimentarias que todos conocemos. En cualquier caso, estamos condenados a adaptarnos. Nuestro sector requiere optimismo; es frustrante lo lentamente que avanzan las cosas, pero no hay que perder el optimismo.

Padre, hijas y porros de polen

¿Cuál es tu relación actual con el cannabis?

Thomas Duchêne

Sigo fumando, no con la misma intensidad que antes, pero soy fumador diario. Todos los días me fumo un porro por la mañana cuando bajo a la empresa, para tener la distancia adecuada y poder enfrentarme a las tareas que surjan. Soy fumador de chocolate, la yerba a veces es más complicada para tomar las decisiones apropiadas. Soy un amante del polen marroquí de toda la vida; el chocolate que no miente, como digo siempre, con un efecto que se puede gestionar y no intercede en mi capacidad de decisión. Luego me fumo otro por la noche, y los fines de semana algunos más. El chocolate marroquí, ese polen verde que sale del kif y que está desapareciendo, es mi magdalena de Proust, cada vez que lo huelo cierro los ojos y me vienen las primeras experiencias en Marruecos.

¿Qué les dice a tus hijas?, ¿te escondes cuando fumas?

No me escondo porque no lo considero una vergüenza. He fumado siempre delante de mis hijas, con cuidado de que el humo no las moleste, y creo que no esconderse y mostrarlo como algo normal le quita al asunto la parte de transgresión que puede resultar tan atractiva a un adolescente. Siempre lo he hablado claramente, y mis hijas son testigos del efecto que produce en mí este producto; como no me ven deprimirme ni perder los papeles quizás consideren que el producto no es tan peligroso como a menudo se vende. No hago con esto ninguna apología, y a la mayor también le cuento sobre los posibles efectos perjudiciales, debidos sobre todo a la relación entre la sustancia y la persona concreta. Hay momentos de mayor fragilidad en los que la marihuana, según como seas tú, a lo mejor no te sienta bien.

¿Y qué te dice tu padre, que es médico?

Mi padre no fumaba. Pero un día entró en mi habitación, allá en Francia, y me sorprendió fumando con un amigo. Y quiso probarlo y le encantó. Ahora fuma, con mucho control, como médico que es. Tiene setenta años y cada vez que voy a casa me pide que nos fumemos un porro juntos.

 

Fotos de Javier Martínez Bueno

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