Oriol Romaní
Fotos Anna Achón

Entrevista con Oriol Romaní

Antropólogo, activista y pionero de la investigación en el ámbito de las drogas
David Pere Martínez Oró
Este artículo se publicó originalmente en el número 258 de la revista Cáñamo España

Nuestros lectores seguro que en algún momento han conocido algún trabajo de nuestro entrevistado. Tal vez muchos de ustedes han tenido la oportunidad de conocerlo por su actividad académica, política o activista. Entre sus múltiples trabajos y facetas, le reconocemos haber sido el pionero en España en emplear las historias de vida y la etnografía urbana. La trayectoria profesional de nuestro protagonista está marcada por la crítica al prohibicionismo y por defender los derechos de los consumidores de drogas.

En marzo del 2019 se digitalizó su tesis doctoral: Droga i subcultura: una història cultural del “haix” a Barcelona (1960-1980). Gracias a esta digitalización, la literatura científica ha incorporado a las bases de datos una referencia bibliográfica indispensable. Los tres pesados volúmenes, con sus más de ochocientas páginas, después de solicitarlos a los parsimoniosos bibliotecarios, solo podían consultarse en la sala (nada de préstamos) de las cinco bibliotecas universitarias catalanas donde están albergados. Después de casi cuarenta años de su defensa, los amantes de la historia social y cultural de las drogas tenemos a nuestro alcance una auténtica joya de la literatura cannábica. En Cáñamo aprovechamos este hito para conversar con el autor sobre su tesis, en aras de conocer con mayor detalle el momento histórico y los contextos que posibilitaron y delimitaron su trayectoria.

Romaní encontró en el París del 68 un ambiente politizado y sumamente interesante para un jovende diecisiete años recién aterrizado de la España en blanco y negro

Antropólogo e historiador. Académico y activista. Profesor y mentor. Seny i rauxa. Genio y figura. Oriol Romaní nació en Barcelona el 7 de enero 1951. Estudió el bachillerato elemental en la Escolanía de Montserrat, el bachillerato superior en el instituto Milà i Fontanals de Barcelona. Estudió Geografía e Historia en el edificio histórico de la Universidad de Barcelona, donde se doctoró bajo la dirección del pionero de la antropología cultural en España, Claudi Esteva Fabregat. Pasó por los diferentes niveles del cuerpo docente universitario hasta convertirse en catedrático de universidad en la Rovira i Virgili. Actualmente es profesor emérito. Más allá de esta breve presentación académica, clásica e incluso típica cuando hablamos de un profesor de universidad, queremos centrar la entrevista en sus andanzas a nivel político y activista. En su trayectoria observamos como la política y las drogas desempeñan un papel fundamental. Por eso, no nos debemos extrañar de que las políticas de drogas sean el punto de encuentro del Romaní activista y académico. Hecha esta breve presentación, dejemos que nuestro protagonista tome la palabra.

 

Oriol, ¿cuéntanos cómo fueron tus inicios en la militancia política durante los estertores del franquismo?

Para mí fue muy importante el viaje a París en el 68, pero no en mayo, sino de junio a setiembre. En el curso 67-68 estudiaba en el instituto, y ya me había empezado a mover con los colegas de curso a través de los Comités de Estudiantes de Bachillerato (CEB). Entonces me sentí muy atraído por el mayo del 68 gracias a unas crónicas fascinantes en el Tele/eXpres. Cuando terminó el curso, después de San Juan, mis padres querían estrenar con un viajecito un Seat 850 que se acababan de comprar, así que me acompañaron hasta Carcasona junto a mi colega más colega del instituto; y de allí, en autostop hasta París. En París, el momento álgido, casi revolucionario, ya había pasado, pero encontramos un ambiente politizado y sumamente interesante. En París entré en contacto con un grupo de trotskos españoles de la IV Internacional. Allí conocí al actor Jordi Dauder, quien sería mi jefe de célula una vez regresé a Barcelona, y al hermano de Raúl Sendic (líder de los Tupamaros), y conviví con mucha gente afín en el piso del barrio de Pigalle, donde Sendic y su mujer (ambos trabajadores de la Renault) ejercían de adultos responsables de toda la juventud que por ahí circulábamos.

¿Qué haces cuando regresas a Barcelona?

Cuando volví a Barcelona me fui a vivir con unos colegas mientras hacía el último curso de bachillerato. Formalicé mi militancia con los trotskos mediante la afiliación en el Partido Obrero Revolucionario Trotskista (PORT). En marzo del 1969 me detienen. El juicio se celebró dos años después. Mi pertenencia a la IV Internacional implicó que estuviese bajo jurisdicción militar y fuese procesado por “alta traición y espionaje”; en consecuencia, cuando me leyeron los cargos, el fiscal pidió entre tantos años y... ¡pena de muerte! Finalmente, el Tribunal de Orden Público me condenó a poco más de un año, por tanto, ya no volví al talego. La cárcel preventiva fue un proceso de aprendizaje para conocer diferentes líneas de militancia, cosa que, por lo menos indirectamente, me influyó en que meses después abandonase a los trotskos para militar en otras esferas políticas más pragmáticas.

Después de desvincularte de los trotskos, una vez en la universidad, ¿cómo sigue tu implicación política?

Más allá de una breve militancia en el PSUC durante los primeros años de universidad, mi actividad política ha superado la lógica partidista. Por ejemplo, durante los años de la facultad, además de participar activamente en los Comités de Curso, creamos un grupo de arte revolucionario que era una especie de “teatro de guerrilla”. Actuábamos en actos reivindicativos en distintas facultades, e incluso en algún barrio. Presentamos por primera vez después de la guerra civil (según me contó mi profesor Ricard Salvat, que de teatro sabía mucho) la obra Jaume el Conqueridor, de Serafí Pitarra, pieza de un humorismo procaz bastante notable. También participé en movimientos más sesudos, como el “Por una política revolucionaria en el frente de la enseñanza”, un grupo teórico de orientación gramsciana. Durante la carrera me volvieron a detener, junto a mi amigo Víctor Ríos, pero no llegó a durar las treinta y seis horas de rigor, pues por lo visto el juez dijo que “estos dos se nota que ya tienen experiencia”.

¿Algún aspecto vivencial que quieras destacar de esa época?

El descubrimiento de Wilhelm Reich y la liberación sexual tuvo en mí efectos personales importantes. Esto me llevó a dar charlas de sexualidad en los barrios, en un grupo coordinado por un ginecólogo y unas enfermeras del Hospital Clínico. Y lo mismo hice cuando en 1972-73 me tocó hacer la mili, de la que no me pude salvar por la ficha política que tenía. En mi compañía, coincidí con un alférez muy progre, y montamos charlas a los soldados sobre prevención de venéreas, homosexualidad, aborto...; esto fue demasiado para la autoridad competente, que las prohibió después de tres o cuatro sesiones.

Oriol Romaní
El maestro Romaní conversa con su discípulo David Pere por el Raval de Barcelona, barrio donde el Botas protagoniza sus andanzas.

Oriol, por fin tu tesis está digitalizada. Esta pone en el centro de la discusión y de análisis el cannabis, concretamente el hachís. ¿Podrías explicarnos cuál era tu relación con el cannabis antes de empezar la tesis doctoral?

Durante los años de facultad conocí a alguien de ciencias o algún colega melenudo de letras que fumaba, pero para mí aún representaba una realidad ajena, era bastante underground. Al principio, por la facultad no se veían circular los porros como los veríamos años después. Durante la carrera, hasta el setenta y cinco, fumé esporádicamente. El cannabis aún pertenecía en gran parte al mundo de los grifotas, y la relación entre estos y los estudiantes era muy incipiente. Con el tiempo, empecé a fumar de vez en cuando en pisos de estudiantes. Con una chinita de hachís, compartida entre unos cuantos, experimentábamos unos efectos impresionantes.

Esto que nos explicas es un claro ejemplo de la teoría de los efectos simbólicos propuesta por Howard Becker. Como recordarás, este sociólogo norteamericano afirma que los efectos de una sustancia no se deben exclusivamente a sus propiedades farmacológicas, sino que el contexto y la predisposición de la persona son más determinantes que la substancia en sí.

Esto está clarísimo. Personalmente siempre le explico al personal que en nuestras primeras experiencias, a nivel material, disponíamos de muy poca sustancia, pero el entorno que le poníamos, las expectativas que teníamos y la preparación psicológica, hacía que alucinásemos por un tubo.

¿Cómo era el abastecimiento de hachís en aquellos años en Barcelona?

El epicentro era el Raval, bueno entonces era el Chino, donde lo vendían los grifotas y otros personajes: plaza Regomir, plaza Real... En ocasiones bajábamos a comprar allá, pero también era habitual abastecerse entre colegas que tenían un buen proveedor. Más minoritario, aunque presente en aquella época, era comprarlo a personas que habían viajado a Marruecos, Afganistán o Holanda. Aunque de Holanda llegaban sobre todo tripis.

Y, ya que hablas de tripis, más allá del cannabis, ¿tuviste contacto con otras sustancias?

En mi caso, sobre todo con el LSD, pero cuando lo había tomado, casi siempre había sido con preparación. Nos íbamos con los amigos a contextos naturales, como La Floresta o Gualba, para disfrutar de la experiencia. Aunque, ya más mayor, una vez lo tomamos en un carnaval o algo parecido en la Zona Franca, y aquello fue muy heavy... En alguna ocasión había tomado setas alucinógenas, pero su disponibilidad era muy intermitente. Y, también de mayor, experimenté con mescalina, MDMA...

“Mi tesina ‘Droga i consensus social’ (1978) representa mi primer trabajo formal. La primera mitad trata sobre la coca en el Perú a lo largo de la historia, y la segunda sobre el cannabis en Barcelona, en la cual explico lo que hacíamos quienes vivíamos en pisos multitudinarios”

Todo este bagaje y experiencias deberían de ayudarte en tu tesis. Hablemos de ella: ¿cómo se gesta tu tesis doctoral?

En aquellos tiempos, antropología como tal no existía, estudié la especialidad de Historia del Arte, con la idea de hacer una cosa que me gustara pero que no supusiera demasiado tiempo, para poder dedicarme a lo que estaba estudiando de manera más informal, es decir, marxismo y antropología. Así que cursé todas las asignaturas de mi actual disciplina que impartía Esteva Fabregat, y luego empecé a hacer prácticas de antropología en el Centro de Etnología Peninsular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). En este centro observé que había material sobre los usos de la coca en la colonia española. El último año de carrera, el 74-75, había escrito un pequeño trabajo sobre este tema. El curso 76-77, cuando estaba dando clases de historia en un instituto autogestionado en el barrio Sant Andreu de Barcelona, me piden que vaya a trabajar a la facultad –cosa que en la actualidad, tal y como está el empleo en las universidades, resultaría impensable; pero hay que decir que ya estaba en el ambiente, pues, por ejemplo, fui uno de los fundadores del Institut Català d’Antropologia–. Total, que tenía que realizar la tesina, y entonces me acordé de aquel trabajo de final de la carrera. Además, como en ese momento participaba del ambiente fumeta, tenía mucha gente a mi alrededor que fumaba y tripaba. Personalmente quería hacer la tesina sobre la coca en el Perú, pero Joan Prat, que ahora es también profesor emérito en mi departamento, me comentó: “¿Por qué no le dedicas una parte al consumo de cannabis en Barcelona?”. Acepté la idea y escribí la tesina (“Droga i consensus social, 1978”). La primera mitad sobre la coca en el Perú a lo largo de la historia, y la segunda sobre el cannabis en Barcelona, en la cual explico lo que hacíamos quienes vivíamos en pisos multitudinarios. La tesina representa mi primer trabajo formal y el origen de lo que posteriormente desarrollé en la tesis doctoral.

¿Qué haces una vez terminada la tesina?

Con la tesina acabada, tuve la suerte de recibir lo que sería un tipo de beca, casi equivalente a la actual formación de personal investigador (FPI), que era una plaza de profesor ayudante. Mi cometido principal era hacer la tesis doctoral, aunque también impartía algunas clases. Fui profesor ayudante de 1978 a 1982, tiempo en que realicé la tesis…, y tuve dos hijos; vaya, que fue una época muy fecunda. Desde el punto de vista de la creación intelectual fue uno de los mejores momentos de mi vida porque tuve mucho tiempo para investigar, escribir, leer, pensar… Tenía todo el tiempo del mundo, lo que me gusta llamar “el ocio creativo”, en un momento en que además estaba fresco como una rosa. Una situación que me permitió realizar la tesis con garantías hasta que la defendí en setiembre de 1982. Esta época coincide con la Transición.

Explícanos un poco cómo vivió en Barcelona la Transición un estudiante de doctorado como tú.

A nivel general, la Transición fue percibida como una época en que todo era posible. Luego ya vinieron los famosos desencantos. Era momento de muchas probaturas, también hubo una gran resistencia social. Esa imagen que se ha querido dar de una Transición, podríamos decir, “sin ruptura de vajilla”, no es verdad. Hubo muchos muertos. Hubo las muertes de ETA, pero también todas las muertes provocadas por ciertas facciones del aparato del Estado que mandó con puño de hierro España durante décadas. Toda aquella extrema derecha llamada incontrolada. Creo que una parte del franquismo quería situarse estratégicamente en el nuevo marco de la democracia, pero a otra parte (...¿o se mezclaban?) le interesaba que la sociedad percibiese la amenaza militar para mantener su poder. El famoso ruido de sables estuvo bien presente. Fue una época muy contradictoria. Pero, por otra parte, fue la época de mi vida en la que mejor me lo pasé. Claro, coincidió esta época de búsqueda y explosión colectiva con una época muy particular de la biografía de cada uno, para mí era “ara que tinc vint anys”, como cantó Serrat y tantos otros poetas. En la tesis creo que la Transición influyó en el estado de ánimo, porque daba a entender que todo estaba por hacer, todo era posible y teníamos un futuro que era nuestro. Todo esto nos hacía tener mucha marcha.

“Desde el punto de vista teórico, siempre he pensado que la historia es básica; no puedes entender los fenómenos socioculturales si no das cuenta de la perspectiva histórica”

Es decir, la juventud gozaba de un estado de ánimo, o si se quiere de un espíritu colectivo, totalmente diferente al actual, caracterizado por la incertidumbre, los malestares y, en ocasiones, la impotencia.

Luego ya llegaron los batacazos. La “crisis de la heroína” de los ochenta fue un síntoma que la sociedad española había mutado. Pero, durante los setenta, Barcelona era una ciudad particularmente abierta y creativa porque aún no nos habían puesto en vereda y aún estaba lejos de convertirse en el parque temático en el que algunos se empeñan en convertirla ahora. Barcelona era una ciudad inconformista, pero Madrid tampoco se quedaba corta. De vez en cuando hacíamos la locura de ir a Madrid (en coche, si pillábamos uno; o en vuelo nocturno, que era más barato). Allí se percibía un ambiente muy contestatario, pero a la vez más extremo. Por una parte, observabas toda la presencia del aparato de las instituciones del Estado. Por otra, veías toda la gente rebotada contra el sistema. Quizás sí que había una parte que respondía a lo que me dijo una vez Esteva Fabregat: “En Madrid son más lanzados, pero muchos de ellos son hijos de familias de clase media de origen franquista, por lo cual la represión no tiene tantas consecuencias”...; aunque no siempre fue así, si recordamos el triste caso de Enrique Ruano, el estudiante defenestrado por la policía.

Oriol, tu tesis es conocida porque empleas el método autobiográfico en el ámbito de las drogas, una rareza hasta el momento en nuestro país. La autobiografía del Botas, era la única parte de tu tesis que conocíamos gracias al libro A tumba abierta. ¿Nos puedes explicar cómo se te ocurre o por qué contactas con personajes como el Botas, y tanto otros, para tu tesis?

Primero de todo, una anécdota. Defendí mi tesis el día de San Miguel y el Botas se llamaba Miguel. Dicho esto, por un lado, yo contaba con toda la red de informantes de amigos y amigos de amigos que había cultivado durante la tesina, es decir, fumetas, gente del rollo, frikis, alternativos… Empecé a hacer observación participante por el Chino para ver cómo iban las cosas, pero me di cuenta de que me interesaban los aspectos históricos del cannabis. Desde el punto de vista teórico, siempre he pensado que la historia es básica; no puedes entender los fenómenos socioculturales si no das cuenta de la perspectiva histórica. Aquí me planteé que los trabajos disponibles relativos a la historia de las drogas eran escasos e incompletos, por eso decidí que debía hacer algún tipo de reconstrucción histórica. La primera historia de vida que leí me la pasó Rafael Argullol, el filósofo (Une vie d’Algérien, est-ce que ça fait un livre que les gents vont lire?, Ahmed, eds. Seuil, 1973), y también en algún libro de antropología se hablaba de ello... Entonces vi que esta técnica tenía posibilidades para alcanzar mis objetivos. Así que busqué personas para hacerles su historia de vida. Empecé a mover hilos, a través de amigos, de los dibujantes del Víbora. Y entre otros contacté con Gaspar Fraga, primer director de Cáñamo.

¿Cómo fue el contacto con el fundador de la revista Cáñamo?

Gaspar me llegó a través de un amigo de mi cuñado, traductor como él. Le contacté y él desde el primer minuto estuvo encantado de participar. Un día salimos juntos, tomamos unas birras, nos fumamos unos canutos y le planteé el tema de la historia de vida. Entonces empecé a ir a su casa, por Gracia si mal no recuerdo, para hacer diferentes sesiones de entrevista. Una vez terminada esta fase, tuvimos una época en que nos veíamos de vez en cuando. Años después de terminar la tesis, me vuelvo a reencontrar con Gaspar gracias a la gente del Makoki y, posteriormente, en ARSEC.

Tal vez la historia de Gaspar no es tan kafkiana como la del Botas, pero también es particular. ¿Algún detalle que quieras destacar?

Cuando aún era casi un niño trabajaba de botones en un banco de Madrid. Allá empezó con el tema. Estuvo fuera de España por cuestiones políticas. En el extranjero se curtió mucho y al regresar estuvo en mil y una historias, creó una revista musical muy interesante. Hoy en día diríamos que era todo un emprendedor. Luego creó Cáñamo.

¿Cómo fue la historia con el Botas?

El perfil de informante como el Botas fue muy difícil de contactar. Encontré un exgrifota, a través de un conocido de Santa Coloma de Gramanet, pero en ese momento era camionero y ya no quería saber nada ni quería explicar nada de toda aquella época. Llegamos a hablar alguna vez, pero no saqué ninguna información de valor. Estaba un poco desesperado, cuando me llama una alumna mía que trabajaba en el Institut de Reinserció Social de Barcelona (IRES) que sabía qué tipo de tesis tenía entre manos y me dice: “Tenemos un usuario que te vendrá al dedillo para tu trabajo”. Ella nos presentó en el IRES, pero rápidamente salimos a la calle para conocernos y cogernos confianza mientras nos fumábamos unos canutos y nos bebíamos unas cervezas. Una vez nos conocimos y habíamos aclarado nuestro punto de vista, las sesiones de grabación las hicimos en un despacho del IRES. Allí estuvimos tranquilos y pudimos sortear el problema que representaba para las grabadoras de la época que al mínimo ruido dejase de ser audible la grabación. Con el Botas, nuestra relación fue mucho más allá; alguna vez quedamos con nuestras familias, salíamos a pasear, a fumar y a beber juntos. En ocasiones íbamos por el paseo Marítimo, que ahora parece muy civilizado, pero entonces había un caldo de cultivo muy interesante, donde el Botas tenía unos colegas bastante alucinantes; allí, en la parte de abajo del paseo, más concretamente. En aquella época los hippis, alternativos y demás fauna frecuentábamos el London, los Enfants Terribles, o los talleres Tejada (en la calle Aragó) cuando ya todo estaba cerrado; en fin, todos esos sitios más conocidos. Pero con el Botas descubrí una geografía urbana particular y bastante desconocida que sin él nunca habría visitado.

¿Cómo empieza tu relación con ARSEC?

Un personaje clave de mi reincorporación a la militancia cannábica fue Jaime Prats, también fundador de la revista Cáñamo. Jaime, más o menos en el 85, había terminado Biología, entonces se enteró de que yo había defendido una tesis doctoral sobre el hachís. Él me contactó, me visitó y estuvimos preparando un proyecto de investigación. Jaime se encargaría de la parte biológica y yo de la parte social. Lo presentamos al organismo de investigación de la Generalitat, pero no nos lo dieron, claro. A partir de ese momento Jaime se convirtió en un contacto clave porque conocía a toda la gente del Makoki. A veces quedábamos en el bar de un anarquista en la calle Avinyó, del que ahora no recuerdo el nombre. Allí fue donde me enteré de que habían creado ARSEC. Obviamente me apunté al momento porque me pareció una idea excelente.

¿Cómo era el activismo cannábico antes de ARSEC?

Pensad que durante los ochenta el escenario de los consumos de drogas se había, para entendernos, “yonkizado”. La heroína dominaba el imaginario colectivo y parecía que era la única droga. Eso hizo que mi militancia y mis esfuerzos profesionales estuviesen centrados en el Grup IGIA. Hacerme socio de ARSEC me permitió recuperar, a mediados de los noventa, la cuestión del cannabis, que había aparcado como investigador una vez defendí la tesis doctoral. Aunque durante todos esos años, a nivel personal, el cannabis me acompañó en mi vida cotidiana, a nivel de militancia era capital dar apoyo a un colectivo que defendía sus derechos como consumidores de drogas. Una novedad sin precedentes por aquel entonces.

Explícanos un poco. ¿Qué era el Grup IGIA? ¿Y cómo conjugaba la vertiente más técnica con el activismo político?

En 1984 conozco una gente, básicamente, psicólogas y médicas, que están organizando una asociación muy ligada a la práctica, pero al mismo tiempo como ámbito de reflexión teórica y crítica. Una vez constituida como ONG nos encontramos allí, además de las profesiones ya mencionadas (que eran las predominantes), psiquiatras, trabajadores sociales, juristas, sociólogos, periodistas... Y, con los años, también usuarios en activo (sobre todo, de opiáceos). Durante treinta años –de los cuales, más de diez, fui el presidente, ya más allá del 2000– nos dedicamos, por un lado, a hacer investigaciones, sobre todo cualitativas, ligadas a programas de intervención, al análisis de tratamientos, a evaluaciones, etc., lo que implicaba, también, la organización de seminarios internos o abiertos, según, sobre los temas que íbamos tratando, la elaboración de publicaciones...; y por otro lado, el debate y la difusión de nuestras ideas en charlas y conferencias, la organización de “conferencias de consenso” para difundir la perspectiva de la reducción de daños y de las políticas antiprohibicionistas, tanto a nivel español como a nivel internacional (sobre todo, sur de Europa y Latinoamérica), con las Conferencias Latinas de Reducción del Daño (CLAT) que hicimos a lo largo de la primera década de los dos mil en Barcelona, Perpiñán, L’Hospitalet, Milán y Oporto. Hicimos sinergias con muchos movimientos y asociaciones, entre ellos ARSEC o ENCOD, en este último caso sobre todo a través de nuestro recordado amigo Joep Oomen... En fin, creo que fuimos actores clave para la renovación profesional en el campo de las drogas, tanto aquí como en Latinoamérica, pues nuestras posturas de entonces eran minoritarias en él. Destacamos la necesidad de regular todas las drogas para poder hacer un tipo de intervenciones mucho más respetuosas con la salud pública y los derechos humanos.

Creo, Oriol, que es importante destacar a nuestros lectores, especialmente a los más jóvenes, que, aunque el cannabis se consumía en abundancia, la realidad social estaba colonizada por el monstruo de “la Droga”. ¿Qué implicó la irrupción de la heroína?

Para sintetizarlo. Durante la primera época de la tesis, todo era un desmadre y había mucha alegría en el ambiente. Pero a partir de principios de los ochenta de repente todo cambió. Empecé a ver un personal que no era como el que había visto hasta el momento. También tuvimos noticia de los primeros muertos por sobredosis. Algunos de mis informantes murieron a causa del caballo. Después de la tesis dejé un poco el campo, pero volví rápido. En el 85 hice con Jaume Funes el libro Dejar la heroína. Durante los ochenta vendrían otras investigaciones sobre el mundo del caballo, por ejemplo, una que analizaba el tratamiento de los drogodependientes en las cárceles españolas, otra encargada por el ayuntamiento de Barcelona sobre el mundo de la heroína titulada “Toma de contacto con heroinómanos de alto riesgo”, otra, ya en los noventa y a nivel de toda Cataluña, sobre “La integración social de los drogodependientes”…

Es decir, Oriol, la demanda social fue aquello que te arrastró hacia la heroína.

Sí, sin duda. Fue porque diferentes instituciones me decían: “Tenemos que hacer algo”; después de haber contactado con profesiones entonces más conocidas como médicos, criminólogos o psicólogos, finalmente buscaban al “antropólogo bombero” para que les apagase el fuego. Claro, hacían investigaciones desde otras perspectivas, pero no terminaban de llegar a los usuarios en activo ni a entender lo que pasaba en la calle. Nosotros estábamos en la calle y podíamos tomar nota de lo que realmente sucedía. Todos estos trabajos a nivel vivencial fueron muy duros...; suerte que en casa siempre tuve un apoyo decisivo. Y al mismo tiempo, sobre todo en la década de los noventa, fue la época de la demanda de charlas y conferencias sobre el tema en muy diversos foros, época en la que coincidimos muchas veces con Antonio Escohotado, haciendo el papel, como decía él, de “boys de la cultura”.

Es curioso que si analizamos el relato oficial y el trabajo de las administraciones de los ochenta parece que el cannabis no existía, como si estuviese ausente en la sociedad española. Pero bien sabemos que durante aquellos años experimentó un proceso de difusión notable. En el discurso oficial no aparece “la angustia antiporros” hasta llegar al siglo xxi. ¿Crees que al mundo cannábico le fue mejor cuando estaba fuera del radar de las instituciones?

Piensa que durante los ochenta el sida fue durísimo. Personalmente, lo experimenté tanto en los colegas que eran fumetas y luego se metieron en la heroína, como en amigos gais que se infectaron de sida sin saber exactamente qué era eso. Vi cómo tomaban aquellos tratamientos que les hacían adelgazar e iban desapareciendo hasta morir. Lo más duro era saber que no había nada que hacer. Durante los ochenta, las instituciones estaban preocupadas por la heroína y el sida. El cannabis no empezó a despertar la preocupación institucional hasta el año 2000. Lo que a mí siempre me ha parecido muy contradictorio en el mundo del cannabis es aquella gente muy “cannafílica”, muy luchadores por la legalización del cannabis, que algunos consideran incluso que no es droga, según ellos las drogas son las otras, y parece que estas ya les va bien como están. Esto lo encuentro un despropósito de arriba abajo. Me parece una barbaridad. Siempre he tenido clarísimo que, si hay que hablar de la normalización, de la legalización, del reconocimiento de los derechos de las personas que consumen drogas, tenemos que hablar de todas las sustancias. Aunque tengo claro que será más fácil empezar por la legalización del cannabis.

Biblioteca de Oriol Romaní
La biblioteca de Romaní está llena de detalles que evidencian lo vivido por el antropólogo

Parece obvio que una vez se legalice el cannabis nos quedaremos cuatro y el cabo pidiendo la legalización de todas las drogas. Pero bien, esto que comentas entronca con el planteamiento del Grupo de Estudios de Políticas del Cannabis (GEPCA).

Sí, la propuesta del GEPCA (estamos hablando ya del 2016 hacia adelante) está pensada en este sentido. Nosotros hicimos una propuesta de regulación del cannabis en España, pero con mucha consciencia de que era el primer paso para la regulación de todas las drogas. Desde el punto de vista político, ideológico y profesional, esto lo tenemos claro mucha gente. Imagínate, desde el año 89, cuando publicamos Repensar las drogas, el libro colectivo de Grup IGIA que fue una especie de manifiesto fundacional, que defendemos que la forma de gestionar los conflictos derivados de las drogas debe ser mediante una regulación de todas ellas, con regulaciones específicas, pero sacándolas todas del Código penal. Sabemos que la criminalización solo hace complicar el escenario. Y esto es un elemento clave con el cual debemos insistir.

Entiendo que no te conformas con la legalización del cannabis.

Si queremos la legalización del cannabis es porque sencillamente queremos la legalización de todas las drogas y una vida mejor para todo el mundo. Y no solo para que cada uno pueda hacer con su cuerpo lo que le dé la gana, sino porque la legalización permitirá gestionar de una manera más efectiva los problemas derivados de las sustancias, incluso para aquellos que no tengan tan fácil eso de hacer con su cuerpo lo que deseen.

Volviendo al GEPCA. Hace dos años se presentó su propuesta, pero a pesar de las expectativas creadas, ha quedado en un planteamiento como tantos otros que han hecho otros tantos actores sociales. En este sentido, parece que no avanzamos, sino que vamos para atrás, con el drogotest, la “ley mordaza”, las sentencias del Supremo sobre los CSC…

Hay un primer elemento a tener en cuenta para entender el escenario actual. El Procés como síntoma de una crisis política en el Estado, y esta crisis como síntoma local de una crisis mundial producto de la globalización y de la ofensiva neoliberal que nos quiere hacer volver al siglo xix con tecnologías del siglo xxi, imposibilitan que nosotros podamos poner en la agenda política la cuestión del cannabis. Cuando hablan de la “nueva economía”, es que me río porque socialmente estamos volviendo al diecinueve. Además, aún es más difícil cuando propones unas políticas del cannabis, pero en el marco de unas políticas públicas que pretenden reequilibrar los desmanes del neoliberalismo.

“Siempre he tenido clarísimo que, si hay que hablar de la normalización, de la legalización, del reconocimiento de los derechos de las personas que consumen drogas, tenemos que hablar de todas las sustancias”

Pero hay lecturas políticas que conceptualizan el cannabis como un producto para hacer negocio, sin atender a estas políticas más protectoras para la ciudadanía. ¿Cómo crees que evolucionará el escenario del cannabis?

Hay una serie de elementos a tener en cuenta. Por una parte, vemos como algunos estados de Estados Unidos han legalizado el cannabis con un espíritu liberal. Tendría que analizarlo con más detalle, pero de entrada me parece que este no es el mejor camino para defender intereses colectivos básicos. Por otra parte, aquí observamos como no nos hacen caso con nuestras propuestas de regulación, pero te enteras de que el señor Abelló (o sea, compañías farmacéuticas) ha obtenido una licencia para cultivar miles de hectáreas de cannabis. Por tanto, queda claro, otra vez más, que entra en acción el capitalismo de amiguetes. Las grandes empresas se están preparando para repartirse el cotarro y dejar fuera a los más pequeños. Todo esto creo que nos aleja de los elementos definitorios del consumo de cannabis como es la sociabilidad y los usos ligados a las necesidades reales, no creadas por la publicidad. Por tanto, tenemos que reconocer el autocultivo, reconocer el asociacionismo cannábico real y reconocer el ámbito comercial, pero con limitaciones. No sé si políticamente tendremos la fuerza para conseguir este modelo, pero a mí me parece el más sensato y adecuado. No podemos permitir que triunfe un modelo estrictamente comercial que convierta al consumidor en cliente y le haga pagar veinticinco euros el gramo. Si es así, la legalización fracasará, porque los consumidores continuarán comprando en el mercado negro.

Una última pregunta: ¿nos queda mucho en España para legalizar el cannabis?

Yo que sé [risas]. Esta es la pregunta del millón. Mientras no se resuelva la crisis global es difícil que España lo legalice. Aunque, tal vez, un día por cuestiones económicas decidan legalizarlo sin tener en cuenta ninguna voz cannábica. Tal vez me aventuraría a decirte, aunque luego me tenga que arrepentir...: ¿dos o tres años?

Mi primer porro

Por Oriol Romaní

 

Mayo de 1969. Cárcel Modelo de Barcelona. Con dieciocho añitos había ido a parar ahí cuando, a inicios de 1969, a Franco se le ocurrió que, con la instauración de unos meses de estado de excepción (broma macabra: como si no fuera suficientemente excepcional la situación del día a día bajo aquella sangrienta dictadura...), podría controlar las movilizaciones sociales que, a pesar de toda la represión habitual de la dictadura, se fueron sucediendo desde mediados de los sesenta cada vez con más intensidad y en más puntos de España.

Total, que en el instituto Milà i Fontanals, donde yo estudiaba el bachillerato superior, y junto con compañeros y compañeras de otros institutos, habíamos creado las Comisiones de Estudiantes de Bachillerato (CEB); pero, además, yo militaba en un partido trotskista, lo cual agravaba más las cosas. Sea como fuere, “cayó el aparato de propaganda”, lo cual quiere decir que la poli nos descubrió la ciclostil con la que imprimíamos nuestros papeles clandestinos en la vecina parroquia de Sant Pau del Camp, y una cosa llevó a la otra... Finalmente, me detuvieron a mediados de marzo; es decir, ahora, cuando escribo esto, hace ni más ni menos que ¡cincuenta años!

Pues bien, después de haber pasado por la experiencia de una semana en los calabozos de la Vía Layetana (experiencia que no deseo a nadie, a no ser que sea un grandísimo joputa), estaba ya en la cárcel Modelo con una relativa tranquilidad y podríamos decir que con mucho ambiente, pues a los “delincuentes habituales” del “hotel Entenza” había que sumar la gran cantidad de “políticos” a los que nos trincaron en aquella temporada. En efecto, ahí estaban, además de unos chavales muy marchosos de “la Trini” (del barrio de Trinitat Vella), cantidad de psuqueros. trabajadores de Comisiones Obreras de la Seat y de otras fábricas, o izquierdistas casi imberbes como yo, otros personajes como Coll i Alentorn, el democristiano que fue el primer presidente del Parlament de Cataluña una vez recobrada la democracia; el comunista Solé Tura, uno de los padres de la Constitución y futuro ministro de un gobierno socialista; o el también psuquero Rodés, que, cosas de la vida, después de haber sido, según decían, el jefe de seguridad del PSUC, fue luego el primer director de la Escola de Policia de Catalunya...

Un día, un chaval de una celda vecina a la mía en la galería de jóvenes, un tipo muy simpático y cuyo padre, según nos contaba, fabricaba tapones para recipientes de plástico como los del Cola-cao (cosa que entonces era una gran novedad, por cierto), entra y dice: “Oye, mira, qué os parece, tengo un poco de grifa de esa, ya veréis, ya...”. Bueno, pues superadas las normales reticencias iniciales, que las hubo, desde luego, pero teniendo en cuenta que cuando eso ocurrió yo ya debía de llevar ahí más de dos meses, es decir, que tenía una sensación de cierta seguridad, nos lanzamos a probarlo. En aquel entonces, yo no fumaba nada de nada, así que la experiencia no fue demasiado gratificante; aquello picaba bastante, me dieron algunos ataques de tos, los efectos esperados no llegaban ni a tiros... Y así quedó la cosa, pues el chaval desapareció del mapa (supongo que lo liberarían) y no hubo ocasión de repetir.

Pero lo cierto es que lo de los porros empezaba a estar en el ambiente. Cuando todavía estaba con los troskos, recuerdo discutir con un joven arquitecto que nos dejaba su casa para reunirnos (en un grupo de casas de diseño verdes, al pie de la sierra de Collserola) sobre los pros y los contras del asunto, si aquello sería contrarrevolucionario o no... Claro, la línea oficial del partido afirmaba que la droga (así, en general) era un vicio pequeñoburgués, una treta para desviar a la juventud de sus verdaderos objetivos revolucionarios, mientras otros empezaban a valorar la experimentación de los estados alterados de conciencia, la liberación corporal y sexual... Vaya, que entre una cosa y otra, y desde distintas esquinas, nos íbamos asomando a las ventanas a través de las que se podían atisbar los variados caminos del futuro. Como decía el añorado Pau Malvido en sus estupendas crónicas de los ambientes contraculturales de la época Nosotros, los malditos (Editorial Anagrama, 2006), hubo quien llevaba una vida de dobles o triples clandestinidades: respecto a la familia o, en todo caso, a la sociedad en general, por pertenecer a una organización izquierdista; pero también respecto a esta, o a algunos otros conocidos de sus ambientes cotidianos, por empezar a fumar canutos y cosas similares...

Pues bueno, al cabo de un tiempo de lo de la cárcel, con los colegas más colegas del instituto, aunque juraría que ya era a inicios del primer curso de la facultad, llegó la ocasión. Ya no estaba con los troskos, pero sí con la organización de los comités de curso, tocando el chelo en un conjunto de free jazz (por aproximación, por llamarlo de alguna manera, Taverna2 era su nombre), haciendo otras actividades paralelas como, por ejemplo, un sesudo seminario sobre El capital (¡sí, el libro de Karl Marx!) con el sesudo profesor Jacobo Muñoz, etc., cuando, finalmente un día, uno de ellos vino entre contento e intrigado, diciéndonos que había conseguido una chinita de hachís, y aunque aquello era muy pequeño, sabíamos que era la novedad que teníamos que probar; pues ya era otra cosa, ¡no se trataba de aquella grifa de los “lejías”! Y en un piso del Eixample, vacío de familia por vacaciones, fin de semana o algo parecido (¡ay!, las cosas que aprendimos en estos pisos vacíos...), nos reunimos los cuatro, con velas de sándalo, poca luz, cojines a mansalva, cervezas, música de Pink Floyd (seguramente, fue la primera vez que la dichosa “Eugenia, ten cuidado con esta hacha” logró sorprenderme...), aunque Procol Harum también debía de andar por ahí... En fin, la cuestión es que a aquel pedacito de chocolate le sacamos un provecho enorme; no veas, ¡cómo nos subió aquello! Grandes ensoñaciones, muchas risas, etc. Hasta que nos entró el hambre loca y hubo que salir a la calle a buscarse la vida, a pesar de que, una vez fuera, nos parecía que todo el mundo nos miraba... Entonces sí, puedo afirmar que aquello fue realmente el primer porro de todos los que vendrían después.

Fotos

Anna Achón