Ilustración: cannabis, activismo
Ilustración: Martín Elfman

Jack Herer: el activista está desnudo

David Pere Martínez Oró
Este artículo se publicó originalmente en el número 255 de la revista Cáñamo España

Jack Herer, antes de convertirse en una variedad de sativa, fue un activista norteamericano en pro de la legalización del cannabis. Dedicó su vida a difundir las propiedades de la planta del cáñamo, con especial atención a las aplicaciones agrícolas e industriales, con la voluntad de denunciar la conspiración contra la marihuana perpetrada, a su parecer, por las élites político-económicas. 

El libro que le dio fama mundial es El emperador está desnudo. El cáñamo y la conspiración de la marihuana. La difusión de algunas ideas y planteamientos que contiene esta obra han provocado bastantes confusiones y malinterpretaciones. El presente artículo pretende poner en perspectiva político-histórica la obra de Jack Herer, con el objetivo de aclarar algunos errores. La discusión de la reforma de las políticas de drogas debe cimentarse sobre evidencias contrastadas, por eso es necesario desterrar los postulados erróneos de Herer, porque demasiadas voces a favor de la legalización aún los emplean. La finalidad de estas líneas es mejorar el argumentario antiprohibicionista, en ningún caso, menoscabar la figura del activista.

La persona y sus circunstancias

El filósofo Ortega y Gasset es recordado por el aforismo “yo soy yo y mis circunstancias”, que viene a decirnos que las personas somos el resultado de vivir en un contexto sociohistórico particular. Los culturalistas rizan más el rizo y afirman: “yo soy mis circunstancias”, es decir, “soy rebelde porque el mundo me ha hecho así”, como diría la canción de Jeanette, sin ningún otro particular de orden genético, biológico ni nada por el estilo. Jack Herer, su obra y su legado son el producto de vivir en los tiempos en que la prohibición era inimpugnable. Él se atrevió a presentar una enmienda a la totalidad, aunque fuese a costa de argumentaciones exageradas y de evidencias poco solventes.

El Emperador del Cáñamo nació dos meses antes del estallido de la segunda guerra mundial. Un niño de la postguerra de los cuarenta. Un adolescente de los alegres años cincuenta norteamericanos. Un joven durante la época de la contracultura, el hippismo y los movimientos antimilitaristas contra la guerra del Vietnam. No hay constancia de que Herer fuese uno de los dos millones y medio de estadounidenses movilizados contra el Frente Nacional de Liberación de Vietnam (FNLV) o el Vietcong, como lo llamaban los yanquis, aunque su página web apunta que fue policía militar durante la guerra de Corea. Stricto sensu es materialmente imposible, porque la guerra terminó en 1953 y dudamos de que fuese movilizado con catorce años. Más verosímil es que estuviese destacado en Corea a finales de los cincuenta, cuando tenía alrededor de veinte años, como parte del contingente del Tío Sam que controlaba el paralelo 38. Un hueco biográfico que nos evidencia que en el caso de Herer, como en el de tantas otras figuras, poco importan ciertos aspectos de la persona cuando existe un personaje.

Herer vivió los sesenta casado y tuvo tres hijos. Según explicó para el libro La cultura del cannabis, de Patrick Matthews (edición española de Alianza del 2002): “En esa época me consideraba un conservador tipo Goldwater. Tenía un aspecto totalmente convencional. Toda mi ropa era de poliéster”. Imagínense cómo eran de conservadores sus valores que se divorció porque su mujer empezó a fumar marihuana. En 1968, una vez separado, se mudó a Los Ángeles, donde se enamoró de una chica también amiga de la mandanga. Después de negarse durante meses, un día decide fumar con ella Acapulco Gold. Entonces tuvo la epifanía que guiaría el resto de su vida. “Fuimos a la cocina después de hacer el amor y la primera pregunta que le hice fue: ‘¿Por qué está esto fuera de la ley?” (Matthews, 2002, p. 129). Intentar darle respuesta lo propulsó, junto a su amigo el Capitán Ed, a una tarea de documentación y estudio de la planta que duró lustros, concretamente hasta 1985, cuando vio la luz la primera edición de El emperador está desnudo. Las conclusiones que alcanzó mostraban que había una mano negra que quería erradicar el cáñamo de la faz de la tierra. Él no lo permitiría. Desde entonces se erigió como el profeta de la marihuana y empezó a trabajar para abrir los ojos a la población mundial de semejante conspiración.

La conspiración del cáñamo

En clave botánica, el Emperador afirmaba que el cáñamo era el gran enemigo porque gozaba de unas prestaciones (rendimiento, ciclo anual, etc.) y aplicaciones (papel, material de construcción, textil, etc.) insuperables. Aunque no cabe duda de que el cáñamo está infravalorado, el doctor en agrónomos Hayo van der Werf (sin ningún conflicto de interés conocido), en su tesis doctoral (1994) dedicada a la fisiología vegetal del cáñamo, rebajó considerablemente los cálculos y afirmaciones de Herer.

En clave histórica, la tesis de Herer sostiene que las élites norteamericanas querían erradicar el cáñamo porque lo concebían como el gran obstáculo de la pujante industria petroquímica, que en los últimos tiempos había sacado al mercado nuevos plásticos y tejidos sintéticos (poliéster, nailon, etc.). Según su parecer, el magnate de la prensa William Randolph Hearst (sí, el personaje que inspiró a Orson Welles en la película Ciudadano Kane) y el zar antidrogas Harry J. Anslinger (no, este no sugestionó ningún film pero es el máximo perpetrador de la pesadilla de la prohibición mundial) no eran unos ultramoralistas, racistas y puritanos, sino los mamporreros de las élites norteamericanas, con la familia Dupont como máximo exponente, que, a través de artículos sensacionalistas y de razias policiales, defendían los intereses de la nueva industria. Es decir, al criterio de Herer, la prohibición del cannabis era producto de oscuros intereses económicos. Y toda la cuestión moral y racista era solo la fachada de la conspiración contra el cáñamo.

Las tesis de Herer desvían la atención hacia relatos imaginarios, mientras dejan de atacar la raíz moral del problema. No podemos desmontar los sofismas prohibicionistas con teorías conspirativas. 

Bien sabemos que la prohibición mundial es producto de la imbricación de la moral enemiga de la ebriedad con el racismo (y, por extensión, la aporofobia). No hay más vuelta de hoja. Las evidencias son infinitas. Además, Herer, como tantos otros autores, sitúan el inicio de la prohibición mundial del cannabis en Estados Unidos con la aprobación de la Marihuana Tax Act en 1937. Juan Carlos Usó siempre nos recuerda que la prohibición no es un producto genuino de Norteamérica exportado a otros países como lo fue la Coca-Cola, sino que las élites de múltiples países europeos de moral judeocristiana emprendieron acciones fiscalizadoras espoleados por la prensa, que azuzaba el pánico moral en artículos sensacionalistas. Si hay algún país que es el decano de la prohibición moderna, este es Sudáfrica en 1909, donde los colonos británicos veían con auténtico pavor el uso de la dagga por parte de los aborígenes (negros, claro). Y fue Egipto, en la Convención de Ginebra de 1925, el primero en introducir la cuestión del cannabis en la agenda internacional.

Ni conspiración ni intereses ocultos ni Estados Unidos como ombligo del mundo. Si la idea era eliminar el cáñamo como enemigo comercial, ¿por qué España (y tantos otros países) nunca ha dejado de cultivarlo?, ¿por qué la Unión Europea se ha abstenido de realizar objeción alguna a semejante cultivo? En el campo español, la labranza de cáñamo quedó relegada a un papel marginal porque otros cultivos ofrecían mejores rendimientos y porque otros productos le ganaron la batalla en el plano comercial, sin que ninguna ilegalización tuviese que interceder a favor de las fibras sintéticas.

Ilustración: cannabis, activismo
Ilustración: Martín Elfman

De la conspiración al activismo

Lo más sorprendente de todo es que una idea, que el propio Herer no duda en calificar de conspiración, haya hecho tanta fortuna durante tanto tiempo. Pues bien, eso se explica en gran medida porque, entre 1985 y el 2000, su libro vendió la friolera de setecientos mil ejemplares. Con este volumen de ventas es lógico que ejerciera una gran influencia sobre el argumentario de consumidores y activistas, carentes hasta la fecha de un relato verosímil contra la prohibición. Como fue el primer libro en llegar al gran público, sus ideas se han reproducido acríticamente durante décadas. En este sentido, en la actualidad es habitual escuchar que el cannabis se ilegalizó en Estados Unidos por los intereses económicos de la industria química y textil. Y en la literatura especializada sobre el tema, también la académica, encontramos demasiadas referencias que explican la historia del cannabis a partir de la conspiración de Herer.

Recurrir a este argumentario a la hora de dar cuenta del porqué de la prohibición, más allá de faltar a la verdad y denotar ciertos déficits, blanquea el prohibicionismo porque apunta que el motivo es económico y no moral. Si empleamos las tesituras de Herer, desviamos la atención hacia relatos imaginarios, mientras dejamos de atacar la raíz moral del problema, es decir, aunque sea involuntaria e inconscientemente, enmarañamos las discusiones con argumentos torticeros. No podemos desmontar los sofismas prohibicionistas con teorías conspirativas.

Haríamos bien en entender el libro de Herer como un acto de activismo a tumba abierta y no como una obra de referencia. El Emperador del Cáñamo planteó su tesis durante los años más duros de la hegemonía prohibicionista. Preparó el trabajo cuando Nixon declaró la guerra a las drogas, y lo publicó en el momento en que Nancy Reagan encabezaba la célebre, por bochornosa, campaña Just say no. En aquellos tiempos, las voces disidentes eran una excepción, casi una anomalía, y aquí debemos reivindicar la labor activista de Herer. Él, durante la larga noche prohibicionista, caminó con tesón y sin tregua, con un quinqué que le iluminó lo suficiente para alcanzar ciertas cuotas de normalización del cannabis. La senda activista de Herer es innegable. Y el activismo y la industria cannábica española deben reconocerle esta faena, porque él fue una de las figuras que catapultó la cultura del cannabis en Ámsterdam, entre otras acciones a través de la Cannabis Cup. Bien sabemos que para la vieja guardia cannábica su primera visita a la Cup holandesa representó un antes y un después.