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La ofensiva anticannábica del Tribunal Supremo

Una conversación con Martín Barriuso

2013, segunda devolución a Pannagh. Pocos minutos después de recoger la marihuana en la comisaría de la Ertzaintza de Laudio.
2013, segunda devolución a Pannagh. Pocos minutos después de recoger la marihuana en la comisaría de la Ertzaintza de Laudio.

El Tribunal Supremo dictaminó el pasado 9 de diciembre que Martín Barriuso, presidente de la Asociación de Usuarios de Cannabis Pannagh, así como el secretario y la tesorera de la asociación, debía ser condenado a una pena de un año y ocho meses de prisión, con la accesoria de inhabilitación para el derecho de sufragio pasivo durante el tiempo de condena, y multa de 250.000 euros, como autor de un delito contra la salud pública.

Con esta sentencia, remacha el Tribunal Supremo su ofensiva contra los clubs de consumidores, cerrando la puerta a esta solución regulatoria. Un Tribunal Supremo siempre cuestionado por sus servidumbres hacia los partidos que han nombrado a sus miembros, y cuyas decisiones, en un momento de cambio político, parecen representar menos que nunca la realidad social.

Hemos charlado con Martín Barriuso, militante cannábico y uno de los máximos referentes del “modelo de clubs”, sobre esta sentencia, un ataque directo a los nuevos espacios de tolerancia que las asociaciones de consumidores de marihuana han ido construyendo. Y, como tan importantes resultan los manuales de cultivo ideológicos como los botánicos, le hemos pedido que nos aporte algunas pistas para interpretar sus consecuencias.

Montando el primer invernadero de Pannagh, en 2007
Montando el primer invernadero de Pannagh, en 2007

La gran noticia de estos últimos meses, la que más impacto puede tener en el presente y futuro del movimiento cannábico, ha sido el duro posicionamiento del Tribunal Supremo, arremetiendo contra los clubs de consumidores de cannabis. Y para ello han utilizado el recurso de los fiscales contra vuestra previa absolución, para volver a condenaros. En este sentido, tus opiniones al respecto tienen interés por una triple faceta: como activista, como analista del movimiento cannábico, pero también como persona metida en unos embrollos enormes. Son tres aspectos que, supongo, interfieren a veces unos con otros.

No te creas, lo del activismo sí que interfiere en mi vida personal, por la dedicación que exige y por los palos que he recibido, que quieras o no te afectan, pero las otras dos facetas se complementan bien. Un activista que no analiza se estrella y un analista que no se implica no tiene mucho sentido, al menos para mí. Aunque tengo claro que mi labor activista va por delante de mi faceta de analista.

Es indudable que la sentencia tendrá gran influencia en el futuro de las políticas sobre drogas. Pero me interesa también conocer cuáles son las implicaciones a nivel personal: cómo te sientes tras todos estos años de batalla, y también en lo que se refiere a vuestra asociación y su futura actividad.

Pues la verdad es que empiezo a estar bastante harto.

No me extraña.

Es agotador pelearse con gente tan rastrera e hipócrita, que no se corta en hacer trampas cuando ven que no te pueden ganar jugando limpio. Ahora bien, yo ya sabía dónde me metía y la sentencia, por injusta y chapucera que sea, no me ha pillado de sorpresa. La lógica jurídica decía que nos debían absolver, como mínimo por la existencia de un error, puesto que estaba claro que teníamos motivos de sobra para creer que no cometíamos un delito.

Parte de la cosecha de 2005 de Pannagh se seca en compañía de los típicos pimientos choriceros. Tres días después de la foto, la Policía Municipal de Bilbao se llevó los cogollos y no los recuperamos hasta 2007, en un estado lamentable.
Parte de la cosecha de 2005 de Pannagh se seca en compañía de los típicos pimientos choriceros. Tres días después de la foto, la Policía Municipal de Bilbao se llevó los cogollos y no los recuperamos hasta 2007, en un estado lamentable.

Supongo que el Tribunal Supremo usó vuestro caso para lanzar un mensaje…

Sí. Existía la posibilidad clara de una sentencia política para lanzar una advertencia al movimiento cannábico, usándonos como cabezas de turco, que es lo que ha pasado. Han tenido la desfachatez de hacer como si no supieran que tenemos antecedentes judiciales favorables, a pesar de que constan en las diligencias. Así que no nos han dejado otro remedio que seguir peleando, y aunque preferiría poder dedicar mi tiempo y mis energías a otras cosas, estoy dispuesto a seguir dando la batalla.

¿Manteniendo el ánimo alto como siempre?

De ánimo estoy bien, porque veo que hay mucha gente apoyando y creo que esto nos puede servir para unir fuerzas y seguir avanzando.

Pero entristece comprobar, una vez más, que los partidos políticos quedan como espectadores neutrales en esta historia, y que es el poder judicial, al que no le corresponde, quien asume ese papel. Y resulta curioso que, precisamente cuando hay un reequilibrio de fuerzas políticas en el Parlamento, y tras años de relativo mutismo, sea ahora el Tribunal Supremo quien le ponga pilas nuevas a la prohibición. Un Tribunal Supremo cuya composición corresponde al viejo reparto de fuerzas.

En el plano político, provoca bastante amargura ver que después de jugar con las cartas boca arriba, de acudir a las instituciones, de tratar de hacerlo todo por los cauces legales, este autodenominado estado de derecho te avasalla de esta forma. Me da rabia tener que sufrir y financiar a jueces retrógrados puestos a dedo, y vivir en un país donde la separación de poderes es un mal chiste, y las leyes las interpreta gente cuya visión de la realidad es totalmente ajena a la de la mayoría de la sociedad a la que dicen servir.

La cosecha 2008, camino a la manicura. Entonces todavía lo hacíamos a tijera.
La cosecha 2008, camino a la manicura. Entonces todavía lo hacíamos a tijera.

Volvamos, si me permites, a las consecuencias de las sentencias, y a sus implicaciones en el futuro de los clubs de consumidores y del movimiento cannábico.

Es evidente que las sentencias de Ebers, primero, y Three Monkeys, después, cierran una etapa y hacen inviables determinados modelos de club cannábico, al menos los más grandes y profesionalizados, aunque a la vez abre la posibilidad del cultivo compartido, que antes no existía en la jurisprudencia. Está claro que los clubs que quieran sobrevivir tienen que transformarse casi como el Ave Fénix. Los grupos pequeños y horizontales tienen una oportunidad, aunque está claro que, en cualquier caso, a quien más beneficia todo esto es al tráfico ilícito.

Y de paso, golpeándoos a vosotros, atacan a la militancia cannábica.

Sí, llega nuestra sentencia y es como si nos dijeran: “Y a los que además de cultivar marihuana habéis estado enredando en política y tocando las narices, por querer cambiar este sistema en el que tan bien nos va a algunos, os vamos a dejar en la ruina para que nadie os imite”.

Está en el aire la composición del gobierno. A partir de los nuevos equilibrios de fuerzas, ¿hemos de esperar más tolerancia basada en mirar hacia otro lado, más prohibición o más regulación?

La tolerancia y el mirar para otro lado se acabaron, el Supremo ha cerrado una puerta que solo puede volver a abrir el Parlamento. El debate político, que a mí siempre me ha parecido lo más importante para resolver nuestra situación, ahora es central. Y creo que la cosa está madura, más que nada porque hay un cambio generacional que se refleja en las encuestas sobre drogas y en los programas de los llamados partidos emergentes. La gente ya no ve al demonio en el cannabis, la percepción social ha cambiado y no van a poder ponerle puertas al mar por mucho tiempo.

Alguien tiene que dar, pues, algún giro respecto a sus antiguas posiciones.

La clave es que el PSOE, el responsable de la Ley de Seguridad Ciudadana y de la contrarreforma del Código penal del 88, abandone su tradicional falta de coraje y su doble juego en este tema y se moje de una vez, a no ser que quiera seguir avanzando en su declive.

Ante la inmovilidad de los políticos, siempre he pensado que la desobediencia civil es clave en el fin de la prohibición. Desde la primera plantación de ARSEC, hasta vuestra sentencia, hay una continuidad histórica, ideológica y moral. Y resulta emocionante comprobar el efecto multiplicador y ejemplificador que los ejemplos particulares, como el tuyo, tienen en la sociedad.

De entrada, creo que lo nuestro no es exactamente desobediencia civil, porque no hay un incumplimiento frontal de la ley, sino más bien una construcción de espacios alternativos en áreas grises de la legislación. Hace años propuse el término “desobediencia proactiva”, porque no se trata de hacer algo que sabemos que es ilegal, sino de hacer algo que en un principio no está claro si lo es o no, pero que creemos que debería serlo. Y cuando los tribunales empezaron, hace ya bastantes años, a fallar a nuestro favor y a decir que aquello no era delito, lo que estábamos haciendo era crear un nuevo marco legal en un ámbito que las instituciones no han regulado como es su obligación. Hasta que llegó el Supremo e hizo de legislador una vez más, solo que a la contra.

Ante una ofensiva prohibicionista, como la que auguran estas sentencias, no tengo claro que el antiprohibicionismo militante esté preparado. Constato que toda una generación ha crecido ya en esta situación de tolerancia extraña, donde la libertad no está garantizada en absoluto, pero puede parecerlo. Y eso puede influir en un menor grado de activismo, precisamente porque se da por descontada una situación a la que ha costado mucho llegar, y que sigue, como vemos, al albur de interpretaciones jurídicas.

Desde luego, los que se encontraron la cosa medio hecha van a tener que pelear, porque de momento está claro que no nos van a regalar nada. Pero creo que esta es una generación que lucha de otra forma, y que tampoco se va a dejar pisar así como así. Tal vez haya más desobediencia por libre que enfrentamiento frontal o reclamación política, pero está claro que el autocultivo colectivo en el Estado español no va a desaparecer tan fácil, y que mucha gente ya está buscando la siguiente brecha en el muro, un muro que se agrieta cada día más.

Demos ahora un paso atrás y miremos el panorama antiprohibicionista de un modo más amplio. Tengo la sensación de que con un periodismo ignorante y vendido, y unos políticos que miran hacia otro lado, no se ha destacado lo suficiente lo ocurrido en España en los últimos treinta años en materia de drogas, y particularmente en lo relacionado con el cannabis: una situación actual que, aunque represente un equilibrio inestable, es un ejemplo estudiado en todo el mundo.

A mí me impresionó bastante descubrir hasta qué punto lo que estábamos haciendo aquí tenía impacto en otros países y en el debate internacional. Y ya fue la repera oír hablar del “modelo español” para referirse a la combinación de autocultivo individual y asociaciones sin ánimo de lucro, como alternativa a la prohibición y al mercado negro. Eso ya queda ahí pase lo que pase, la experiencia ya es conocida e incluso aplicada, como en Uruguay, por mucho que haya cosas de allí que no me gustan.

La Marcha Mundial de la Marihuana 2009 en Bilbao, llegando a la plaza de Santiago
La Marcha Mundial de la Marihuana 2009 en Bilbao, llegando a la plaza de Santiago

¿Qué cosas no te gustan de la experiencia uruguaya?

No me gusta que haya que inscribirse en un registro para poder cultivar y comprar, como si hiciera falta un carné para ir a los bares; tampoco el límite de miembros tan bajo que se ha impuesto a los clubs, que los limita mucho en sus posibilidades; ni entiendo por qué una persona que quiera fumarse un porro por diversión va a tener que irse a la farmacia. El sistema en general me parece un gran avance, pero hay algunas cosas como estas –fruto en mi opinión de una obsesión controladora por parte del Estado– que me parecen un tanto absurdas.

Sí, creo que junto al fin de la prohibición veremos excesos regulatorios. Y aunque Uruguay es ya una punta de lanza en el corazón de la prohibición, resulta difícil asumir que se trate al consumidor de marihuana como a un adicto que debe estar registrado y que debe comprar su droga al boticario. Sigamos hablando de regulaciones, pero volvamos a nuestros territorios. ¿Qué sistema de regulación consideras que deberíamos tener aquí?

Mi modelo ideal sería mixto, una mezcla de diversas posibilidades. Lo mejor sería que convivieran el cultivo individual y colectivo informales, las asociaciones de personas usuarias y un circuito comercial, aunque siempre teniendo en cuenta que, si no se toman al principio medidas que lo eviten, el circuito comercial puede engullir casi totalmente a los otros dos, que son los más interesantes desde el punto de vista de la autogestión y de la reducción de riesgos. El afán de lucro puede ser legítimo, pero incrementa los riesgos, sobre todo si es la única opción disponible, como demuestra el caso del tabaco.

Resulta fascinante, en este momento en que la prohibición se tambalea en muchas partes, y en una era de información instantánea y de conocimiento compartido, que siga habiendo tanta disparidad entre los modelos regulatorios. Uno de los grandes problemas pendientes es el debate sobre cómo gestionar el fin de la prohibición, sin excesos ni nuevos prejuicios para sustituir a los anteriores. Aunque, de un modo u otro, la libertad cannábica parece contagiosa. ¿Cómo nos veremos afectados por la aparentemente imparable liberación de la marihuana a nivel global?

Espero que siga habiendo algún tipo de efecto dominó en otros países, y eso también nos ayudará en nuestro camino. No es lo mismo ser el primero o el único en hacer algo que ir a la par o detrás de otros países. Ahora bien, yo no creo que la regulación del cannabis sea tan fácil de conseguir en gran parte del mundo. En buena parte de Europa y América el debate está en la agenda política, pero sobre todo en Asia la cosa es bien diferente. A la prohibición le queda todavía bastante cuerda, me temo. Aunque para el hemisferio occidental creo que las perspectivas son buenas a medio plazo. Y en el caso español, creo que todo lo que hemos ido sembrando en los últimos años, sembrando en todos los sentidos, va a seguir dando frutos. Solo se trata de seguir regando y de mantener a raya esos pulgones negros que le han salido a la planta.

2009. Un invernadero casi a punto para la cosecha
2009. Un invernadero casi a punto para la cosecha

Fotos: Archivo Pannagh

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