Una conversación con Antonio Orihuela
Foto: Juan Sánchez Amorós

La vida en otra parte

Una conversación con Antonio Orihuela
Este artículo se publicó originalmente en el número 284 de la revista Cáñamo España

El poeta Antonio Orihuela (Moguer, 56 años) se ha torcido un tobillo y contesta por escrito a las preguntas. Acostumbrado a verlo como profesor de instituto en Mérida, viajando en BlaBlaCar o arengando con sus versos a las multitudes antisistema, sorprende imaginarlo ahora con el ancla de un pie vendado. Una imagen sugerente, en cualquier caso, para alguien que entendió que después del éxtasis toca hacer la colada y que hay que aprender a bailar sobre una baldosa.

Entre sus muchas y variadas publicaciones, la más reciente es Repertorio de venenos, una antología de poemas sobre drogas cuyo prólogo y selección corren a cargo del historiador Juan Carlos Usó. En este psicoactivo repertorio, el lector encontrará epifanías psiquedélicas, consejos para salir de un mal viaje, menú de variedades cannábicas con sus sueños asociados, lamentos por la revolución perdida, vivas rocieros en formato sevillanas a la Blanca Farlopa, despedidas a la civilización, amores varios, historias de la generación vacía, catálogo de momentos sublimes, inspiración y expiración, locura y lucidez, ebriedad y sobriedad. En sus poemas resuenan con naturalidad William Blake, San Juan de la Cruz, Caetano Veloso, Samuel Becket, Chögyam Trungpa, Timothy Leary, Jesús de la Rosa, Hakim Bey, Simone Weil, Leonard Cohen, Allen Ginsberg, Silvio Melgarejo, Aldous Huxley, André Breton, Juan Ramón Jiménez y un largo etcétera de personajes singulares que supieron, como Antonio Orihuela, vivir su tiempo a contramano de las feas convenciones, ofreciendo a cambio un poco de belleza.

¿Cómo se gana la vida un poeta en el siglo xxi?

Los listos, trabajando para agencias de publicidad. Los tontos solemnes, dando lustre al canon, prevaricando en premios, mendigando bolos y engañando a incautas en talleres de poesía. Por último, hay una pequeña minoría que, siendo consciente de que la vida está en otra parte y tratando de ser consecuente con ello, eligieron el gozo de un vivir que consiste en cultivar y aumentar los graneros de amor, gracia y belleza en el mundo.

¿Y cómo se la gana Antonio Orihuela?

Aspiro a esa tercera categoría de disfrutones… Aun así, no he podido escapar a la tiranía de lo económico, pero intento entregarme todo lo más posible al ocio fecundo, a vivir lo más alejado posible de la muerte que nos ronda en la oficina, en la fábrica y en la televisión. Intento vivir en los márgenes y trato ahí de escapar a la violencia que entraña todo trabajo asalariado. Me gano la vida cuando dispongo de ella libremente, cuando la dedico a una actividad elegida, desinteresada en términos de beneficio y prestigio social, pero electrizante, absorta, sin horarios, tal y como sobrevive hoy en el arte, en la escritura, en la investigación, en la meditación. Una actividad que deja mucho tiempo libre para la cooperación, el acontecimiento, la complicidad, la ternura, el placer y la alegría.

  Retratado por uno de sus alumnos mientras ejerce como profesor en un instituto de Mérida.
 Retratado por uno de sus alumnos mientras ejerce como profesor en un instituto de Mérida.  

“Los enteógenos y la poesía son puertas, a menudo giratorias, al conocimiento, el deleite, la visión, la expansión de la conciencia y la integración de las experiencias personales en el caos de lo social”

Drogas, viajes, desprecio al capitalismo, condena del trabajo, anarcobudismo pensamiento Lao Tse… Leyéndote, pareciera que la contracultura sigue viva. En un mundo fragmentado, ¿qué queda de la contracultura?

La contracultura vive sin fin. No es un momento histórico congelado, sino una práctica politizada, rupturista, transformadora, provocativa y utópica. La contracultura desborda la realidad para mostrar que es posible vivir de otro modo. La contracultura sigue viva en toda aquella práctica que se quiera emancipatoria, comprometida, alternativa, participativa, colectivista y fraternal, desde la que enfrentarnos al biocidio programado al que parece abocado el mundo bajo el capitalismo.

¿Por qué desde la izquierda a menudo se ha condenado el uso de drogas como una práctica alienante?

Quizás por el puritanismo ideológico desde el que se encaró la lucha de clases desde el siglo xix. La clase obrera, como contrapuesta a la burguesía, tenía que asumir un imaginario antagonista y, por tanto, liberado de todas las lacras burguesas, entre ellas, las drogas; aunque su consumo, en realidad, estaba extendido a todas las clases sociales, aunque no todos consumían las mismas. La cruzada contra el alcohol y el tabaco, entre los anarquistas, es un buen ejemplo de ello, pues eran las más comunes entre el proletariado. De otro lado, los paraísos artificiales se veían como mecanismos de desactivación de la lucha social y de evasión de la realidad, por lo tanto, debían estar en las antípodas del obrero consciente, comprometido y combativo. A mi modo de ver, se obvió que la primera batalla a ganar era contra uno mismo, contra la construcción del yo que hemos asumido como natural bajo el capitalismo, y que determinadas sustancias también pueden contribuir a abrir la realidad, a transformarnos y transformarla, a descolonizar nuestra mente de las construcciones sociales al uso y ayudar, desde lo espiritual, a dar forma a la vida que querríamos vivir.

¿Qué tienen en común la poesía y la droga?

Ambas proporcionan cierta dicha relativa y fugaz. En el caso de los enteógenos y la poesía, ambas son puertas, a menudo giratorias, al conocimiento, el deleite, la visión, la expansión de la conciencia y la integración de las experiencias personales en el caos de lo social. La poesía y los enteógenos serían, pues, medicinas contra el desamparo espiritual y consuelo contra el sinsentido al que nos condena la sociedad contemporánea. Los enteógenos, como la poesía, la canción y la música –afirma el poeta, mi querido Daniel Macías siguiendo a Hofmann–, son la llave a los vínculos sagrados, hoy totalmente olvidados, que cultivó el hombre precivilizado. Hemos olvidado que somos espíritu, comunidad y naturaleza; y recuperar esos vínculos, entrelazar esas tres realidades, reconocer que somos “eso”, en medio del colapso social y ecológico al que nos abocamos, es lo único que nos podrá salvar como especie. Sin embargo, seguimos en guerra contra la expansión de la conciencia, es decir, contra nosotros mismos; seguimos en guerra contra los demás, porque así lo dicta el neoliberalismo, y seguimos en guerra contra la naturaleza, cuando deberíamos estar en guerra contra el capitalismo.

En los poemas en los que mezclas drogas y juventud hay mucho exceso y politoxicomanía, ¿el camino del exceso, como decía William Blake, conduce a la sabiduría?

La juventud es, por definición, exuberancia; pero la exuberancia nos puede perder, finalmente, entre la maleza. La vida siempre es excesiva; cuanto antes lo asumas, con más sabiduría te podrás conducir en tu caminar.

Los que saben distinguen etapas vitales en la vida de un consumidor, los excesos juveniles con el tiempo se vuelven muy incómodos y dan paso (a veces) a una ebriedad más reposada que busca el confort. Cuéntame cuál ha sido tu evolución como usuario de sustancias y qué aprendiste en el camino.

He aprendido que la meditación es tan necesaria como la fiesta y que, a medida que envejecemos, la meditación es la mejor fiesta.

Durante un recital en el Centro Social Okupado de Pola de Siero, en Asturias
Durante un recital en el Centro Social Okupado de Pola de Siero, en Asturias.

Baudelaire terminaba Los paraísos artificiales condenando al opio y al hachís como atajos tramposos y demoníacos para acceder a los jardines del éxtasis. Decía que los “medios honestos para ganar el cielo” eran el ayuno, la oración y el trabajo constante, que con ellos se podía crear “para nuestro uso un jardín de auténtica belleza”, “el único milagro para el que Dios nos ha otorgado permiso”. Si te lo encontraras resucitado y con ganas de hablar del asunto, ¿qué le dirías?

Que tenía razón. Los paraísos artificiales son un atajo a la ebriedad y el éxtasis, pero, para crecer espiritualmente, para poder conducirse y maniobrar en esos atajos, es necesario echar mano de otras técnicas de comunicación con lo sagrado. La sobriedad, la meditación y el trabajo gustoso llevan igualmente a la contemplación trascendente; adquirir estas técnicas de modo natural y practicarlas en la vida cotidiana debería ser el fin último de nuestras primeras, torpes y balbucientes, búsquedas.

A Flaubert le gustó mucho Los paraísos artificiales, pero le puso como objeción a Baudelaire que había insistido demasiado en el “espíritu del mal” y que sobraban los vestigios de catolicismo que aparecían a lo largo del texto. “Hubiera preferido que no condenara el hachís, el opio, el exceso”, le dijo por carta. Los malditos, con sus poses de extraviados en la senda de lo prohibido y con la exhibición de sus calvarios, ¿no son al final una reafirmación de la moral establecida y de la propaganda que insiste en que el uso de las drogas conduce inevitablemente al infierno?

Totalmente de acuerdo. Producto de la modernidad, el éxito del maldito como modelo social, tan execrable como atrayente, estriba en que encarna las ideas socialmente establecidas sobre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo lícito y lo ilícito de la moral convencional. Hay pocas figuras que generen tanto consenso, dentro de los intereses y parámetros que configuran el orden social hegemónico, como la del genio aislado, libre, poseedor de su propia razón, su propia alma, su propio gusto y sus normas, autosuficiente e independiente del resto de la sociedad, productor de obras de arte que enfatizan su naturaleza separada de los espectadores mientras oculta su relación cómplice con los mecanismos del poder político y económico. En el mejor de los casos, obra y artista guardan cola en el ejército de reserva de los productores de capital simbólico para integrarse, neutralizados, descontextualizados y asimilados, en el mercadillo de los objetos y la historia del espectáculo. Las drogas conducen al infierno si ya tienes dentro de ti el infierno. Las drogas te pondrán frente a él, no habrá forma de esquivarlo: el infierno de las convenciones, aspiraciones y representaciones sociales, de las pasiones tristes, de los deseos inducidos; el infierno que nos hemos construido junto a los demás, a imagen de la ideología dominante, para llamarlo vida cotidiana; pero como decía Italo Calvino, cabe otra opción, peligrosa y exigente, de aprendizaje continuo, que consiste en buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio, y construirnos desde ahí como consciencia emancipadora, práctica de oposición al orden existente y desafío a lo establecido a través de la manifestación de lo no permitido.

¿Por qué “nadie quiere viajar a donde el cactus florece?, ¿por qué “nadie quiere el descapotable de la mente”?

En realidad, todos queremos viajar “a donde el cactus florece”, el problema es que el capitalismo ha cambiado el viaje y otros rituales de tránsito por el turismo del “todo incluido”; todos queremos el descapotable de la mente, pero nos conformamos con Netflix. La presión social es muy fuerte y nadie quiere desentonar; todos queremos ser aceptados, amados, respetados, y nos parece que la única forma de conseguirlo es compartir los delirios colectivos de una vida convertida en mercancía y unas consciencias pastoreadas desde los medios de formación de masas. La moral convencional y los usos sociales no dejan lugar para mucho más. La fortaleza para construirse desde otro lugar conlleva mucho trabajo, soledad, complicidad, esfuerzo y dedicación. Un pensar otro, un estar en el mundo de otra manera, solo es posible desde una apertura mental que no todos queremos encarar. En este sentido, los enteógenos y otras sustancias embriagantes, las grandes naos –como dice mi hermano Daniel Macías– son un magnífico aliado para descubrir esas costas extrañas, esos caladeros de belleza desconocidos; son la gran hoguera en la que verás arder todas tus adherencias, en la que chisporrotearán y se derretirán todos los implantes; la puerta para acceder a la delicada delicia del eterno momento siempre estará abierta, aunque sean muy pocos los que se atrevan a cruzar el umbral.

Antonio Orihuela con un fondo de banderas de plegarias budistas en Rewalsar, lugar de peregrinación en Himachal Pradesh, India
Antonio Orihuela con un fondo de banderas de plegarias budistas en Rewalsar, lugar de peregrinación en Himachal Pradesh, India.

Leo el poema de La derrota y me pregunto si es posible disfrutar de la siesta mientras el mundo se va a pique.

Disfrutar de la siesta, aplicarse devotamente al ritual diario de la siesta, sería una forma de evitar que el mundo se vaya a pique irremediablemente. Recordando a Pascal, si todos fuéramos capaces de estar tranquilos en una habitación, disfrutando tan solo de nosotros mismos, este mundo aún tendría una oportunidad frente al biocidio en ciernes al que nos aboca un modo de vida hecho de aceleración productivista, deseos inducidos, consumo de placebos, ansiedad e insatisfacción.

El proletariado ha perdido su impulso revolucionario y se entrega al consumo de garrafón. Visto el desastre que dejaron tras de sí las revoluciones políticas, ¿no es mejor así?

Suele ocurrir cuando dejas una revolución en manos de los políticos, sean estos proletarios o propietarios; pero también crecieron proyectos vitales que no deberíamos dejar en el olvido, como las colectividades libertarias que florecieron por todas partes durante el breve verano de la anarquía, durante la revolución española. Obreros y campesinos supieron organizarse desde abajo, sin partidos, sin jefes; liberados del yugo de los dominantes y del estado…; ellos dieron a luz formas de vida en común que hoy parecen ciencia ficción, pero que sin embargo un día se encarnaron en la misma tierra que pisamos.

Los pies del poeta, antes de torcerse un tobillo, en la bucólica escalera de su casa de Mérida.
Los pies del poeta, antes de torcerse un tobillo, en la bucólica escalera de su casa de Mérida.

Al caer el muro de Berlín, Octavio Paz dijo que fallaron las respuestas, pero que las preguntas seguían abiertas. Para un mundo como el nuestro, ¿cuál sería la revolución pendiente?, ¿qué cabida tendrían las drogas y la poesía en ella?

Mi querido hermano, el poeta y psiconauta Daniel Macías, sostiene, con toda razón, que son tres las revoluciones pendientes: la económica, la sexual y la espiritual. Estoy convencido de que tanto la poesía como las drogas han acompañado y acompañarán a los que quieran poner en práctica estas revoluciones. La poesía no deja intacto al mundo y las drogas no dejan intacto al ego. Dinamitados mundo y ego, el paraíso se encarnaría en la Tierra y en el interior de cada uno de nosotros.

En “Iluminaciones / Sunflower Sutra” reúnes una colección de momentos sublimes entre los que destaca una poética en boca de Jorge Riechmann: “Esto de la poesía va de estar atento, celebrar la vida, no acostumbrarse, encontrar cosas y recibir regalos”. ¿Cuál sería la poética de Antonio Orihuela?

En ese poema lo que hago es poner en boca del hermano Jorge lo que ambos pensamos. Sí, desde luego, más que una poética es una forma de estar poéticamente en el mundo, que es lo que nos interesa a los dos y, por extensión, a toda la legión de renunciantes, de reinventores de su propia vida, de buscadores y transmisores de la buena nueva del camino de la simplicidad y del desarrollo espiritual, de todos los compañeros de viaje tocados por la magia de la vida flamenca, es decir, por vivir una vida encendida; algo que solo se consigue a base de amor y atención, generosidad y cuidados, celebración y asombro, búsqueda y hallazgos precarios, pero, sobre todo, a base de no tomarse demasiado en serio a uno mismo, y no dejar de bailar, aunque solo nos dejen para ello una baldosa.

Junto a Repertorio de venenos, ¿qué otros poemarios o poemas sobre la ebriedad recomiendas leer este agosto?

Ya que los he citado a los dos a lo largo de la entrevista, recomendaré vivamente, más allá de lo que de ebriedad politóxica haya en ellos, el gozo de la lectura de alguno de los libros de Daniel Macías Díaz, por ejemplo: Guadalquivirmente: los mil yogas del flipar (Amargord Ediciones) y Manual de neuroguerrilla (Amazon), y de Jorge Riechmann: Futuralgia (Calambur) y Fracasar mejor (Olifante).

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Repertorio de venenos(Antología de una antología)

Esto va a empezar,
lo tengo en la punta de la lengua.

LSD

***

No te preocupes, ahora cierra los ojos,

¿ves?,
todo sigue igual,

brillando para ti,

siempre brillando,

aunque cierres los ojos.

***

CAMINO EN EL CAMPO, CON ÁRBOL, ANOCHECER

No deberíamos recordar, aunque tampoco importa,

porque lo que termina siendo lo que a ti te pareció

nunca es lo que realmente fue.

Bueno, recuerda:
ese cuenco de la entrada nunca estuvo lleno de canicas,
ese camino que llevaba a Florencia lleva en realidad a la nada,
este tren que entra en el túnel de Somport sale del túnel del Pertús,
esa mujer que corre por el aeropuerto internacional Enfidha-Hammamet nunca será la misma que toma té con menta y piñones
en el café des Nattes de Sidi Bou Said,
el viento que sopla paralizando el ferry frente a las costas de Gibraltar
no puede ser el mismo viento que prometió ahogarnos
en la playa de Manzanillo,
ese vestido que compras en Sesimbra no puede ser tu asesino,
ese cardo descolorido clavado en la pared
nunca fue la rosa del misterio que acariciaba
para aplacar el corazón desbocado
y la sangre doliéndome en las venas
durante el tiempo que tardabas en abrir la puerta
y asomarme a tu sonrisa de candil tembloroso
sobre el primer peldaño de la escalera.

Solo el cielo es el mismo,
deberíamos haber ido más allá de Marrakesch
para sentir un cielo menos seguro, menos firme, más duro y encementado
que el amable cielo de tu dormitorio con sus fantasmas polícromos
mirando con infinita melancolía cómo asesinamos el tiempo,
cómo vibramos de felicidad entre las sombras
hasta que un día nos cansamos de soñar juntos y,
de tanto despedirnos, terminamos, como Estragón y Vladimir,
quietos sobre el escenario porque no hay otro sitio a dónde ir.

Sí, de ser mejores actores, tú serías Estragón,
porque eres la rubia que tiene un problema de memoria,
te quieres alejar de mí y crees que siempre te están dando palizas
cuando los peores golpes los sueles dar tú.

Yo sería Vladimir, el que tanto te hacía reír antes de los platos rotos,
el que te regalaba libros que perdías o jamás leías
y al que, en los mejores días, encendías velas en tu piscina,
y tú eras para mí una estrella lejana y muy alta,
no el quebranto sin voz de mi altar caído,
no este piano de pocas teclas, mi amor resbaladizo y portugués,
callejón sin salida donde tanto lloré el extravío de tu luz.

Tú, que nunca te terminas, amor, que
como Estragón, no sabes quién eres,
recuerda aquella gota de DMT
que te dijo que esto es un sueño
y que nos hemos ahorcado el uno al otro
solo para pasar el tiempo.

Si te digo la verdad, creo que los dos estamos agotados.

–¿Qué?, ¿nos vamos?

–Vamos.

(No se mueven)

***

Este pozo
no tiene brocal,
ni sima,
ni hondura.

Cómo asomarme, entonces,
a su corriente.

***

Puede que el cielo sea un gran pájaro azul
que desconoce su vuelo

igual les ocurre a las grandes palabras

***

Háblame mejor del humo,
todas las palabras son como él,
así que no me digas
las palabras que ahora te gustan
sólo porque te gusten a ti.

Háblame mejor del humo,
porque es humo
lo que sale de esta vieja arguila

o, mejor, no me hables y, en silencio,
comparte conmigo
el sentido de esta cazoleta

de hierbas
bien apretaditas...

***

EL VELO DESCORRIDO

El capitalismo tardío puede describirse,
por tanto, como el momento en que se eliminan
en gran parte los último vestigios de naturaleza
que sobrevivieron al capitalismo clásico, es decir,
el Tercer Mundo y el inconsciente.

Fredric Jameson

Mira, todo esto es un invento.

Eres el producto de una comedia
que alguien programó en tu cerebro
con imágenes de segunda mano,
un extra mal pagado
de la película de bajo presupuesto de otros.

Nuestra única oportunidad es limpiar nuestro animal,
tu única oportunidad:

desenchufarte,
desprogramarte,
salir del trance hipnótico de la vida moderna,
abrir ventanitas para la bella locura.

El cambio mental es la clave del poder,
así que hazte con tu mente
y cesará para ti la estupidez y la ignorancia,

porque pensamiento es acción,
porque mente es materia,
porque revolución es conciencia

tenemos que empezar a dirigir nuestra propia película,
nuestra propia aventura,
ése el único objeto de nuestra vida,

cruzar la puerta,
recorrer el borde del anónimo huerto,
ser el ignoto hortelano de esa amena realidad,
el desconocido peregrino, el ignorado cantor,
el secreto tejedor de lo sagrado,
el oculto socio de lo divino
contra el que el negro corazón del capitalismo
no sabrá qué hacer ni cómo gobernar.

En la oscura noche de la vida
sea nocturna nuestra política,

Sea, sin mirar atrás,
nuestro caminar.

II

Cambia el corazón,
la mente lo seguirá.

***

Infiernos del agua

ahora me paseo lineal y suave,
abriendo una brecha en la memoria para que salga
lo que quede de todo lo que fue...

cartoncito,
dolor de piernas,

me alegro, igual que la fina proa recta de mi barca,
así nos vemos, sin rumbo,
no vinimos aquí para ganar concursos,
sino para pasar disfrutones en el concurso
que es vivir con otros vivos
sin juicio.

Es hermoso salir de este agua de marisma
y respirar la noche sin humo
y sin más ruido que el de los astros desplazándose,
regalo extendido que nos han hecho seres muy brillantes,
dividiéndonos entre la azucena,
los maestros naranjas
y este resoplar de perro que se atraganta de sol en los atardeceres...

¡Ay de ti!, si pruebas
un sorbo de todo esto.

***

THE BLANK GENERATION

Antonio Orihuela recitando sus poemas en el MACBA, Barcelona.
Antonio Orihuela recitando sus poemas en el MACBA, Barcelona.

Hace treinta años, en el pueblo, era fácil encalar la fachada de tu casa. Hoy tienes que pedir un permiso especial en el ayuntamiento, una especie de disco de papel con el prohibido aparcar, y espacios destinados a contar la película. Todo el pueblo se entera de que vas a pintar menos los que no saben dónde dejar el coche y se limpian el culo con las ordenanzas municipales.

Desde el día que llegamos a la casa de la abuela mi mujer me había estado diciendo que había que pintar la fachada, me lo dijo unos cuarenta millones de veces, así que ahí estaba yo, al final de las vacaciones, pegando el dichoso cartel un par de tardes antes de marcharnos de allí hasta las siguientes vacaciones.

Había quedado a las ocho de la mañana con un pintor porque no me gusta pintar solo. Me levanté a las siete y media, desayuné, llené media calzada de cajas de tomates,

que siguen siendo la contraseña de toda la vida para evitar que alguien aparque delante de tu puerta, y me senté a esperar al pintor.

Habíamos quedado a las ocho y se presentó con puntualidad andaluza a las nueve y media. Se justificó diciéndome que se había acostado a las cinco, que había estado toda la noche pinchando.

–¿Qué eres, practicante?

–No, pinchadiscos.

Pensé que ya nadie pinchaba discos.

–Bueno, es una forma de hablar, aunque cuando empecé aún había platos.

Le pregunté la edad, no recuerdo si me dijo que tenía 24 o 32 años.

–¿Y tú?, treinta y seis, ¿no?
Me eché a reír.
–Tampoco eres tan viejo.
–Cuarenta y dos ¿No has visto mis canas?

David me contó que había sido el último disc-jockey de la discoteca del pueblo, antes de que la gente joven dejara de pensar en serlo y sólo quisieran convertirse en Hermano Mayor de una cofradía de penitencia o de rocieros. Entonces tuvieron que cerrar.

            –¿La conociste?

Conocí a casi todos los disc-jockey que pasaron por aquel antro, y antes a los de la Barbacoa y El Patio, donde si acaso se pinchaba algo era ya alguna vena.

–Yo conocí a Ángel, el que murió de sobredosis.

Mis recuerdos aún son más viejos, le digo al rulo de pintar, y mientras la voy extendiendo aparecen en la pintura fresca escenas de aquel tiempo, cuando mi vida, que fue de niño muy lenta, comenzó a acelerarse, allá por 1984, cuando reunimos unas pocas miles de pesetas, nos pusimos a mirar en El Cambalache y compramos el equipo de música y los instrumentos de una banda que hacía bodas y bautizos y acababa de pasar entera, en un accidente de automóvil, a mejor vida.

Alquilamos un garaje y le buscamos un sonoro nombre a nuestro grupo: Mi Novia la Barra. Un grupo que era sólo casi ese nombre, porque todo lo demás eran peleas. El Rubio quería que tocáramos rockabilly y que vistiésemos con ropas vaqueras
y sombreros tejanos y gafas Ray Ban. Fran, el batería, estaba por el rollo de darle duro,
algo muy punky que aderezar con las fumatas de papel de plata. Jesús, Víctor y yo estábamos por otras historias, no nos queríamos parecer a nadie, estábamos por hacer mucho ruido, de acuerdo, pero sin concesiones, no íbamos a tocar sevillanas por mucho que nos las pidieran en los conciertos.

Por lo demás, nos llevábamos bien, ninguno tenía mucha idea de música y eso siempre facilita las cosas, las letras las ponía yo, pura caña, había que escupir sobre lo establecido, así que íbamos a salir a tocar para machacar el modelo de éxito social que, entonces, se encarnaba en el banquero repeinado con gomina y traje oscuro. Ese sería nuestro uniforme, queríamos llegar a la gente aunque después vimos que a la gente le importa todo un carajo.

Tampoco tuvimos muchas ocasiones, sólo llegamos a tocar un par de veces, aunque eso no quita que El Rubio y Fran estuvieran todo el día de gira, a veces me apuntaba yo, otras la furgoneta iba completa camino de las tierras de la Tranquilidad, la Serenidad y la Paz. Estábamos en el garaje ensayando y comenzábamos a ver a través de las paredes, tocábamos entonces piezas auténticamente hermosas, tanto que cuando todo acababa nadie recordaba un solo acorde.

Mi Novia la Barra dio su primer concierto en el bar de Camilo, un concierto para cinco amigos, todo muy selecto. Canté completo el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz para una versión de guitarras fritas, bajo y batería. Aún conservo la grabación. Todo un éxito de público y crítica. La fiesta para celebrar nuestro bautismo de fuego se celebró allí mismo y se alargó hasta el amanecer.

Me recuerdo revolcándome en pelotas con Jesús y dos relucientes americanas que no sé de dónde coño habrían salido por una superficie costrosa y llena de cristales rotos que aquella noche hizo las veces de suelo. También de Jesús vertiendo un resto de gin tonic sobre un cenicero tuberculoso lleno de colillas y bebiéndoselo sin rechistar. Era verano, hacía calor, abríamos las cervezas, las agitábamos bien y nos duchábamos con ellas, después seguíamos rodando por el suelo, medio a oscuras, perseguidos por la música de The Stooges, revolcándonos con aquellas chicas salidas de ninguna parte y que nadie volvió a ver nunca más.

En nuestro primer concierto hubo muerte y resurrección, Fran y El Rubio se piraron a buscar jaco en cuanto dejaron de sonar los aplausos. Fran y El Rubio eran carne picada, currantes de diecisiete años en la albañilería y los comercios, desertores del instituto donde el resto seguíamos penando veinte años y un día rodeados de imbéciles llenos de granos con problemas en la piel, pajilleros y preciosidades que querían casarse por la Iglesia y fundar una familia. Paz y Amor hasta que el dinero y las polacas os separen para siempre, debería haber dicho el cura durante todos esos años, mis años ochenta, los años de la Generación Vacía, el envés de estos de la Generación Ahíta, aunque entonces como ahora tampoco esté pasando nada.

Los años de la Generación Vacía. Los hippies se habían reconvertido en políticos de lo posible y en la izquierda del consenso. Los punkis derrotados por Reagan, muertos o en trance de ello, la movida controlada por el Estado, desinfectada y exportada por el Ministerio de Cultura dentro de cajitas de bombón glasé como la nueva imagen de España en el mundo.

Los políticos y las compañías se habían puesto de acuerdo para apoderarse de la cultura y ya no nos pertenecía, bien, se podían quedar con toda aquella basura de la pintura figurativa, el rey del pollo frito, el tecno pop y toda aquella música de entonces que era una mierda total tocada por conejitos Duracell que iban de gira si antes les habían dado cuerda en una multinacional. No teníamos nada que recuperar de un mundo que sólo nos ofrecía paro, drogas y muchas cosas de las que quejarnos. Si acaso, lo que teníamos era que destruir el capitalismo, crear sobre sus cenizas nuestra propia forma de vida, trabajar por la anarquía con la imaginación, desde nuestras imperfecciones, poniendo creatividad en la vida que hasta entonces sólo nos había querido mostrar su lado más vergonzoso y estúpido. Eso pensábamos, nosotros que vivíamos en el culo del mundo, queriendo ir más allá, más allá, queriendo hablar a la gente de revolución, a la gente que le importa todo un carajo. Ratas, numeradas ratas, decía uno de nuestros temas. Tú eres la luz entrando por la ventana, decía otro que tenía mucho del Jesús de la Rosa de Tu Frialdad y la atmósfera de King Crimson y el corazón de la Patti.

Tarareaba aquellas canciones increíbles y el mundo cobraba un extraño aspecto, como más brillante, más nuevo y apetitoso. Cantaba aquellas canciones y tenía la certeza de que todo se llenaba de una magia tal que parecía que Dios se había puesto por fin a trabajar. Qué bien sonábamos de viaje por aquel garaje, nosotros que apenas éramos también gente quemada, tipos pobres que sabían que era mejor no hacer preguntas cuando alguno llegaba al garaje con un puñado de púas, un pie de micro, un ampli, y hasta con un sintetizador, tipos sin suerte con las buenorras casaderas que nos habían puesto muy al final en su lista de posibles, gente sola que buscaba en la música
una forma de estar con alguien sin tener que hablar, que buscaba en las drogas un carril bus por el que alcanzar un estado de plenitud tal que parecíamos cinco muñecos de la Goodyear a punto de estallar y diseminarnos en el aire.

Salíamos así de puestos a tocar, dando todo lo mejor que teníamos dentro
aunque delante no hubiera nadie, como nos pasó en un concierto que dimos en Nerva y que en teoría tenía que ser gratis porque lo pagaba la Diputación, pero a la concejala de turno se le ocurrió cobrar mil pesetas de entrada como si fuéramos los Rolling. Toda la peña del pueblo, a excepción de la concejala y su marido, estaba afuera, expectante por oír, aunque fuera de lejos, a aquel grupo que no conocía nadie y que cobraba mil pelas de entrada, así que le dijimos a la señora concejala que o dejaba entrar a la gente
o nosotros tocábamos en la calle y entraron.

Tocamos aquella noche porque teníamos un sueño, porque habíamos mirado dentro de él y el sueño nos pareció bueno, muy bueno y cargado de los mejores augurios. Tocamos aquella noche para más de cien personas. ¿Te acuerdas, Rubio, te acuerdas, Fran? Lleváis años bajo tierra pero hay cosas que conviene no olvidar. El Maja, Lolín, El Vargas, Serena, Fernando El Cojo, Gonzalito, El Mellizo, Pepín El Chico, el de Zárates, El Conejo, Pepe Recio... Ninguno cumplió los cuarenta. La Generación Vacía, los chicos de las alegres vacaciones, todos en un frío agujero bajo tierra, justo al lado del otro agujero donde nos arrojaron al resto, adornado con una TV y una hipoteca. Todos viendo cómo vienen los ángeles a buscarlos, ángeles afeitados que conducen buenos coches y les dicen que a partir de ahora se acabó eso de ir a fichar en el paro, que van a empezar a trabajar en grandes cosas.

Nuestro segundo concierto en aquella gira promocionada por la diputación para animar a los grupos de la provincia fue en Isla Cristina. Nos fuimos tempranito con idea de comprar algo de costo y revenderlo luego en el pueblo y hacernos con algunas pelas, pero para cuando cayó la noche ya nos habíamos pulido hasta el que habíamos traído. Íbamos tan pasados que nada más terminar el primer tema empezaron a volar latas de cerveza sin abrir, morteros de tristeza y desolación cayendo sobre nuestras cabezas, un espectáculo conmovedor en el que Fran, parapetado tras la batería, aún tenía fuerzas para agacharse a recogerlas, abrirlas, beber a morro y saludar al público haciendo el mono con las baquetas.

No recuerdo cómo salimos de aquella, el caso es que tuvimos cerveza gratis en el garaje durante varios días. También chichones, moratones y pequeños cortes
se repartían generosamente por nuestra piel, pero eso daba igual, en aquella época la gente parecía de goma, indestructible. La vida era como en los dibujos animados, por muchas drogas, peleas y golpes, nadie se hacía daño de verdad.

Poco antes de deshacer el grupo grabamos una maqueta a cuatro pistas, en Ramblado, el estudio más barato que entonces había en Huelva y que estaba detrás de una tienda de discos. Como para ingerir drogas no hace falta mucho talento, llegamos tan ciegos que no atinábamos ni a montar los instrumentos. Nos pasamos las cuatro horas que habíamos contratado yendo y viniendo del cuarto de baño. Pepe, el técnico de sonido, supermosqueado con el trasiego, no hacía más que preguntarnos que qué pasaba con tanto viaje al baño.

–Es que cuando actuamos bebemos mucha agua.

Grabamos aquella maqueta y la enviamos al Espárrago Rock. Recibí una carta, nos habían aceptado, pero estábamos sin un duro y decidimos ir en autobús, con los instrumentos en el maletero.

Nos habíamos levantado a las cinco de la mañana para ir a Huelva, y desde allí a Sevilla donde pillar otro bus hasta el Espárrago. Desayunamos en la estación en plan macrobiótico, café, tostadas, zumo de naranja y un poco de polvo de ángel que había traído Fran y que nos dijo era ideal para mantenernos despiertos.

Aquella mañana, sentados en el bar de la estación, fuimos viendo pasar ante nuestros ojos todos los autobuses que iban a Sevilla. Escuchábamos cómo voces de ultratumba los anunciaban por megafonía, los veíamos arrancar entre estremecidas de gelatina arco iris y salir con un blando traqueteo líquido de la estación, en medio de una música que era también un carrusel de mutaciones de forma y color maravillosas, que llenaban el aire y explotaban en nuestro interior provocando oleadas de calor y felicidad. Nos mirábamos extasiados, conectados, sincronizados unos con otros como jamás lo volveríamos a estar, diciéndonos, sin abrir la boca, en el siguiente, tíos, eh, venga, vamos a estar al loro, en el siguiente nos vamos... y así se nos hizo de noche.

También pensé en la posibilidad de probar suerte en Madrid, marcharme solo o con Jesús, el resto de la banda ya empezaba a estar lo suficientemente enganchada como para no poder tocar ni la pandereta. No es que fueran adictos a la heroína, es que eran adictos a la adicción. Movidas con camellos, navajas, préstamos urgentes que jamás se devolvían, películas cada vez más increíbles, caras tornasoladas un día a verde, otro a azul y su constante olor a medicamentos... Empecé a llamarlos El Trío Problemas, les decía que éramos Mi Novia la Barra y el Trío Problemas directamente desde Boza, el supermercado al que se acercaban a pillar. Estaba cansado, asqueado con la idea de que, finalmente, más que música, parecía que hacíamos el grito de la cabra cuando la degüella el carnicero.

Se lo comenté a Jesús y estuvo de acuerdo, en Madrid o Barcelona no seríamos unos colgados, seríamos normales, dos almas torturadas con un extraño sueño que no cabía en aquel pueblo. Hicimos planes, pero las evidencias pesaban más que nuestros deseos. Cada vez que intentábamos marcharnos era como si el pueblo se expandiera más y más, haciendo que las calles midieran miles de kilómetros, calles interminables de las que era imposible salir.

Un treinta y uno de diciembre, en el funeral de Camilo, se lo dije a Jesús. Nos hemos jugado la vida en esto, pero no hemos podido sacar a la victoria de las garras de la derrota, que diría Johnny Thunders.

Todo ha terminado. Somos la Generación Vacía.

Cae el sol a plomo cuando rematamos de pintar la fachada. Le digo a David y a sus ojos rojos y faltos de sueño que hace años yo tuve un grupo.

–Ah, ¿sí?, de sevillanas, ¿no?

–Sí, de sevillanas.

Estos poemas forman parte Repertorio de venenos (editorial Invasoras, 2021) de Antonio Orihuela, antología seleccionada y prologada por Juan Carlos Usó.

Repertorio de venenos (editorial Invasoras, 2021) de Antonio Orihuela, antología seleccionada y prologada por Juan Carlos Usó.

 

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