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Interés mediático por el cannabis y por sus efectos psicoativos a principios del siglo XX

Barco

Durante los primeros años del siglo XX la prensa española demostró un gran interés por el cannabis y por sus efectos psicoactivos, cuando esa y otras sustancias que hoy se consideran drogas peligrosas todavía se vendían libremente en todas las farmacias del Estado.

Alrededor del Mundo

Uno de los medios escritos más interesado en este sentido fue el semanario ilustrado Alrededor del Mundo. Fundado por Wanderer (seudónimo de Manuel Alhama Montes) y publicado entre 1899 y 1930, el semanario trataba asuntos de contenido general, curiosidades, aunque también se ocupó de temas artísticos, así como de la publicación de reportajes sobre lugares, pueblos, tradiciones, expediciones, aventuras, etc., por lo que gozaba de una gran popularidad debido a su carácter costumbrista. También se hacía eco, con carácter divulgativo, de las novedades científico-técnicas de la época, si bien este apartado fue criticado por algunos contemporáneos.

Durante sus primeros años de andadura, la revista dedicó tres artículos al cannabis. En el primero de ellos, titulado “Efectos curiosos de narcóticos” (13 mayo 1908), se denunciaba la extensión de la “narcoticomanía” por Europa y, junto al opio, al láudano, a la cocaína y al mezcal, también se hablaba del hachís en términos verdaderamente curiosos:

Probablemente la droga que más extraños efectos produce en la mente humana es el hachich, que se obtiene del cáñamo indio, y cuenta con muchos partidarios en los países orientales. Lo más curioso de este ingrediente es que hace creer al que lo toma todo cuanto se le dice. Si es un árabe, bastará decirle que es sultán para que inmediatamente se pavonee entre los suyos y ordene con despótico acento ejecutar a sus enemigos. Dígasele que es un gallo y cantará y cacareará como si pudiera hacerlo el más gallardo señor del gallinero. Se cita el caso de dos yanquis que quisieron experimentar en sí mismos los efectos del hachich; a uno de ellos se le dijo que era una locomotora, y empezó a resoplar y a silbar, corriendo con toda la velocidad de sus piernas en torno de una mesa, hasta que cayó rendido de fatiga. Al otro se le hizo creer que estaba muerto, y sin pararse en barras empezó a dar instrucciones para su propio entierro.

Dos años después publicó otro artículo sobre “Las visiones del hachich, contadas por los que las experimentaron” (15 junio 1910), con testimonios del escritor estadounidense Bayard Taylor, de su compañero de viajes Carter Harrison y del también escritor y viajero francés Teófilo Gautier. Por último, publicó uno centrado en “Los fumadores de hachich” (15 enero 1913) con informaciones muy alarmantes:

Generalmente los aficionados al paraíso artificial del cáñamo indio o hachich lo mastican, pero también hay fumadores de hachich en Creta, Turquía y Siria […] La substancia que fuman es un extracto impuro reducido a pequeños fragmentos o a polvo, de color castaño, que produce un humo acre e irritante.

Se fuma en una pipa de las llamadas narguile y se mantiene la combustión por medio de ascuas de carbón de leña. El fumador aspira profundamente el humo y lo retiene el mayor tiempo posible. Unas cuantas bocanadas de humo sirven para producir la embriaguez, la cual se manifiesta por una gran excitación. El fumador charla, se agita y se entrega a una mímica exuberante al mismo tiempo que sus movimientos pierden la coordinación, y su rostro se pone abotagado. Si se acostumbra a fumar la droga, cambia rápidamente, se pone embobado, pierde la energía y cae en un estado de decrepitud que puede llegar hasta la demencia definitiva.

 

Blanco y Negro

Por esos mismos años, la revista Blanco y Negro, fundada por Torcuato Luca de Tena y base de la editorial Prensa Española, cuyo éxito motivó la creación del diario ABC, también mostró su interés por el cannabis. La revista presentaba la novedad de las ilustraciones y gozaba de gran prestigio por sus artículos y colaboraciones literarias. Siguiendo el estilo marcado años antes por La Ilustración Española y Americana o Nuevo Mundo, tenía tiradas cercanas a los 20.000 ejemplares, siendo la primera publicación periódica española en utilizar el color y el papel cuché. Además, el 12 de mayo de 1912 publicó la primera fotografía en color de la prensa en España. Así, fiel a su línea, el artículo titulado “El cultivo del cáñamo” (1915) incluía varias fotografías sobre el tema, pero también hacía una mención a las propiedades psicoactivas de la planta:

En África, sobre todo, existe una variedad que alcanza enormes proporciones, y los árabes sacan de ella doble provecho, puesto que, además de utilizar sus fibras para hilaza, extraen uno de sus jugos, que después saborean, fumándolo como el opio. Produce efectos narcotizantes, y figura, por consiguiente, entre los regalos más preciados que puede recibir un devoto de la dulce indolencia musulmana. El haschich, que así se llama, alcanza elevados precios en los mercados orientales.

 

El Diluvio

El periódico El Diluvio, fundado por Manuel de Lasarte Rodríguez-Cardoso —su primer director— y publicado en Barcelona entre 1879 y 1939, ha sido descrito como “el más independiente, popular y longevo de la variopinta familia de la prensa republicana”. Propiedad de la familia Lasarte y escrito en castellano, nunca había estado vinculado a ninguno de los partidos —posibilistas, progresistas, federales— en que se había venido escindiendo el republicanismo, ni había reconocido a ninguno de sus líderes. De pequeño formato, compensado con un mayor número de páginas, era un diario anárquico, pintoresco y burdamente anticlerical —en su redacción se emboscaban varios curas, frailes y seminaristas rebotados—, que solía publicar buena parte de las muchas notas, sueltos y artículos que llevaban a su redacción todos los que querían manifestar su opinión o a protestar contra alguna injusticia, lo que le confería una gran popularidad. Con una tirada de entre 15.000 y 17.000 ejemplares, era el diario que se leía en las tabernas, en las barberías, en los limpiabotas, en los tranvías, es decir, sus lectores eran funcionarios municipales, pequeños tenderos, dependientes de comercio, obreros, etc.

En plena Primera Guerra Mundial, en el decano de la prensa republicana de Barcelona se publicó un artículo titulado “La marihuana” (1 octubre 1917), firmado por Eduardo Valera. Su título ya no dejaba lugar a dudas y en el primer párrafo ya se dice que en México “se usa y abusa de ella porque produce las bienandanzas de los paraísos artificiales”. Los efectos son clasificados aquí por el autor bajo la influencia de tres coloridas diosas, la Roja, la Blanca y la Negra. De la estimulación de los instintos y la intensificación de los sentimientos, a la abulia y la incitación al crimen, son algunos de los poderes que se le atribuye a la sustancia en este artículo que por su valor testimonial reproducimos por entero a continuación.

Pipa

 

Alrededor del Mundo… Una vuelta más

Cuando ya hacía dos años que las autoridades españolas habían decidido someter algunas drogas (opio, morfina, éter, cocaína, etc.) a un régimen de control y restricción, aunque todavía no el cannabis, el citado semanario Alrededor del Mundo publicó un nuevo artículo titulado “Los paraísos artificiales. Lo que hacen sentir el hachich y el opio” (9 febrero 1920). Si Valera mencionaba tres diosas, el autor de este artículo evocaba a la “pálida y vaga”, “anormal y siniestra” Princesa de los Sueños, que suele aparecerse a los devotos del hachís “en medio de sus soporíferas visiones, para conducirlos y revolotear en torno a ellos, y cada vez se hace más viciosa y formidable”.

Como puede comprobarse, más que disuadir, pudo actuar perfectamente entre sus lectores como una irresistible incitación a su consumo:

La marihuana

En Méjico se cultiva una hierba que, a pesar de la prohibición del Gobierno, para evitar su difusión, se usa y se abusa de ella porque produce las bienandanzas de los paraísos artificiales. Pertenece a la familia del cáñamo y se la conoce con el nombre de marihuana. Es originaria de Oriente y se ha difundido ya por toda Europa y América.

Sus hojas están preparadas como el tabaco y sus efectos son de tantas modalidades que unos la llaman Diosa Roja y otros Blanca o Negra, porque de estos colores indistintamente son las sensaciones provocadas por la marihuana, según quien la fume.

¡La Diosa Roja! exclaman, inculpándole todos los estragos. Pero no es así. La virtud de la marihuana radica simplemente en el poder estimulante de los instintos. Los despierta, los exaspera, los agiganta y luego los deja correr libremente como aullante mesnada de lobos hambrientos o como numerosa bandada de palomas.

Los sentimientos elevados al cubo. La bondad y la maldad en grado superlativo.

Gran parte del pueblo de Méjico desciende de una raza sanguinaria. Su historia, sus leyendas, sus costumbres hieráticas, sus cultos, todo chorrea sangre. Los sacrificios antiguos asumían proporciones de hecatombe y contornos de flagelación. No es sorprendente, pues, que la misteriosa virtud de la droga conduzca a ese pueblo al crimen individual o a la tragedia colectiva. El crimen y la tragedia duermen dentro de su alma... Es cuestión de despertarlos.

Cuando se ha tomado tal droga, se crea un estado de alucinación en que no se alteran las facultades intelectuales, pero determina una abulia más o menos completa y el individuo no tiene ya más gobierno que el de sus fantasías y el de sus emociones.

La marihuana produce un fenómeno curioso que consiste en la pérdida de la noción del tiempo y del espacio. La anestesia parcial no sólo se admite en el dominio fisiológico, sino también en el orden moral. No es raro por eso el que los desgraciados que la fuman, en un estado de excitación y de delirio alucinativo, den muerte a la persona que se atraviesa en su camino, ya sea un amigo, un rival o un superior.

Sintéticamente tal es su efecto. Pero aún hay otro: la locura. Son muchos los fumadores que enloquecen. El Estado mejicano, sin embargo, reconoce a todo ciudadano el derecho al estado de la locura; pero el derecho al crimen lo reconoce solamente en ciertos y determinados casos. Por ejemplo, algunas horas antes de entrar en combate los soldados pueden fumar la endiablada hierba, que les nubla el cerebro con una visión rojiza y los arroja de lleno en las fauces de la muerte.

¡La Diosa Negra! Noches de pesadilla, fantasmas de insomnio, gestos torturados, cavilaciones fantasmagóricas, visiones, gritos, deseos, rugidos, llantos, ansias, estremecimientos febriles, pensamientos perturbadores como fragor de bronces, instintos que estallan como petardos, odios luminosos como fuegos de artificio y angustias policromas, todo como una montaña que cayera sobre el pecho. Los que están predispuestos al incubo, huyen de la marihuana; los que la aman, no.

Se reúnen hombres y mujeres en la penumbra de una habitación, y después de haber dado las tres clásicas chupadas al mismo cigarrillo, que pasa de mano en mano, palidecen hasta la lividez, se transfiguran y, como locos, perfectamente enloquecidos, se sienten reyes del misterio, soberanos del espacio, emperadores de la nada, y en contorsiones epilépticas y espasmódicas se retuercen furiosamente como si quisieran quebrarse. Y no sufren, son felices, pues el gesto horroroso de la cara contrasta con la beatitud excelsa de los ojos.

Para esos adoradores de la penumbra, la marihuana es la diosa que los lleva a las regiones donde reina lo informe o lo deforme. ¡Es la Diosa Negra!

La Diosa Blanca es la diosa de las ilusiones; la bondad que prohíja algo así como si el mundo fuera un enorme lago sereno, en cuya superficie se reflejara un sol que parezca envuelto en una tulipa de seda japonesa, dejando caer tenues barras de oro y plata: los hombres todos buenos; las mujeres hermosas y santas todas. El imperio de la Paradoja. Ricos y pobres, sanos y débiles en un amplio abrazo solidario. La vida en eterna acuarela y, por encima de todo, un ansia loca, desesperada, de ser más bueno, más y más, hasta lo infinito, hasta la Hipérbole.

Y produce tres horas de un olvido total de luchas y ansias. Tres horas de ensueños evaporados en el momento que se desea con una simple copa de agua que suministre cualquier amigo.

La Diosa Blanca produce tales efectos y posee el secreto de hacer olvidar la maldad acumulada por la lucha con la vida.

Si los malos, como los buenos, sólo sintieran los efectos de la marihuana con la Diosa Blanca, aun cuando su uso condujera a la locura, sería de una belleza superior el usarla.

Pero como están acompañados de la Roja y de la Negra, sus efectos son bien perniciosos. Y sería más hermoso morir loco, creyéndose bueno, que cuerdo con la conciencia intranquila por las maldades ejecutadas.

Porque en el mundo somos más los malos que los buenos.

 

EDUARDO VALERA.
El Diluvio (Diario republicano), año LIX, núm. 267, 1 de octubre de 1917 (edición de la tarde), pág. 3

Los paraísos artificiales: lo que hacen sentir el hachich y el opio

El brillante escritor inglés Arthur Symons ha publicado recientemente un trabajo sobre este asunto, relatando con gran maestría los efectos de las drogas de más entidad en la creación de paraísos artificiales.

El hachich, que se extrae de los capullos florecidos y de los tallos tiernos del “cannabis índica” —dice Symons—, es una poderosa droga que esclaviza la imaginación y altera la naturaleza de la voluntad. Es algo así como un mago que transforma los sonidos en colores y los colores en sonidos. Destruye el espacio y el tiempo y tiene toda la divinidad de una hechicera y todo el encanto de una mujer peligrosa e insinuante. Produce efectos mórbidos en los sentidos y despierta visiones fantásticas en los ojos entornados.

Como los de todas las drogas intoxicantes, los efectos del hachich son malignos y diabólicos. Bajo su acción una parte de nuestro ser queda completamente subyugada, de modo que se puede decir con propiedad de un adicto a ella que: “Il a voulu devenir ange; il est devenu bête.”

El tomador de hachich pasa a ser algo así como un espectador que contempla en un teatro la representación de un drama. Durante esas extáticas alucinaciones ve ante sí un infinito drama de sueños; percibe las impresiones más sutiles, espectáculos de hadas, irrealidades que parecen cosas de espectros; en una palabra, parece contemplar las fronteras del infinito. Entonces, como para revelar todavía más claramente la fantástica naturaleza de sus milagrosos poderes, la gramática, ¡hasta la más árida gramática!, pasa a ser para el soñador algo como un sortilegio evocado. Las palabras son seres vivientes, de carne y hueso; el substantivo en la majestad de su substancia; el adjetivo vestidura transparente que lo arropa y lo colora, y el verbo, ángel de movimiento, que infunde una especie de balanceo rítmico a toda la frase.

Al comenzar las alucinaciones, todas las formas exteriores toman aspectos singulares; se deforman y se transportan. Entonces vienen las transposiciones de las ideas, como analogías inexplicables que penetran el espíritu. La música, oída o imaginada, parece inconmensurable, más conmovedora y más sensible.

A voces, bajo el mágico hechizo en que nos envuelve la droga, la idea de una evaporación, de una evaporación lenta, sucesiva, eterna, se apodera del espíritu, y por una singular equivocación, por una especie de transportación mental, sentimos como que nos estamos evaporando. El momento se transforma en eternidad, aunque la alucinación es súbita, perfecta y fatal. Se experimenta una sed excesiva. una gran inquietud física, una aprensión nerviosa que al fin se convierte en ese estado extraño que los orientales llaman “kief”.

Los efectos del hachich son mucho más turbadores que los del opio, más vehementes, más extáticos, más malignos, más evocadores, más inaprensibles. Nos elevan por encima de horizontes más infinitos y nos transportan más apasionadamente en las apasionadas ondas de tormentas desconocidas que agitan mares invisibles. Nos arrastran, no a la eternidad, no al caos, no al cielo, no al infierno (aunque todos estos pueden remolinear en torbellino ante nuestra deslumbrada visión),. sino a una existencia increíble que no domina ningún mago, ni rige ninguna bruja, ni preside ningún dios.

Los efectos mentales del hachich son también más activos que los del opio. Cuando se fuma éste, las cosas aparecen adormecidas, lentas, vacilantes. Hombres y mujeres nos parecen velados; nunca les vemos claramente el rostro. Hay luz, pero no la luz del sol, mi la de las estrellas, ni la de la luna. Las casas no tienen ventanas; en el interior no hay espejos. En todas partes y durante toda la alucinación, se percibe un olor, un vaho especial, ese vaho producido por el opio y por las degradaciones morales del opio. Las calles están cubiertas de grama; y por alguna razón inexplicable, si vemos algún animal, es un animal estupefacto. En una palabra: el somnoliento mundo del opio no tiene bases en la acción o en la vida; sus escenas exhalan algo peor que la inacción: una estupefacción inexplicable.

Los efectos del hachich son más inesperados y más extraños que las del opio. Es una droga que puede separarnos de nosotros mismos; transforma nuestras propias formas en imágenes informes; ahogarnos en el profundo fondo de la aniquilación, del que salimos después vaga, lenta, agradablemente.

Imaginaos un universo en desorden, poblado por seres extraños que no tienen la menor relación entre sí; cuyo lenguaje es un ininteligible; donde las cosas que se ven están construidas de modos increíbles, ninguna con líneas rectas, muchas en triángulos; donde los animales son enteramente distintos de los que conocemos en el nuestro: unos más pequeños que hormigas, otros mayores que las bestias de la selva; donde no hay iglesias ni se descubren calles; donde se ven sombras, pero no esas sombras que el sol hace que proyecten nuestros cuerpos al andar; no las sombras de la luna que se burlan de nosotros, sino las sombras de las mismas arenas y vapores y llamas del infierno; donde, si se ve fuego, el humo se dirige hacia abajo en vez de hacia arriba; donde las llamas saltan del suelo para convertirse en sierpes vivientes. De repente vemos que una serpiente torna a convertirse de nuevo en su propia llama. En ese país fantástico no parece que hay dioses, ni ídolos, ni sacerdotes, ni santuarios, sino caos y humo, y música, y el sonido de danzas y de fiestas y de innumerables lupanares.

A pesar de todo lo que tiene de agradable, el hachich es uno de los medios más terribles e insinuantes empleados por la Princesa de los Sueños para esclavizar a la humanidad, para producir a sus víctimas una sensación monstruosa del horror de la vida, de la perversidad, no sólo de los seres vivos, sino del Espacio y del Tiempo también. Aquellos que han tomado largo tiempo este veneno parecen condenados a sentirse lanzados, sin tregua y sin cesar, entre torbellinos de horror violentos y contradictorios.

La pálida y vaga Princesa de los Sueños tiene el hábito de aparecerse en persona a sus devotos, en medio de sus soporíferas visiones, para conducirlos y revolotear en torno de ellos, y cada vez se hace más viciosa y formidable. Y a pesar de ser pálida, y a pesar de estar muerta, y a pesar de ser anormal y siniestra, siempre permanece siendo la heroína do todos sus sueños.

Y la Princesa se hace de día en día más cruel y despiadada. En sus ojos arde una luz más radiante y violenta; se torna más insaciable que la Muerte, más voraz que la Vida.

Generalmente, la última señal del dominio de la droga sobre el hombre consiste en despertarle una admiración desordenada de sí mismo; en hacerle glorificar a sí mismo; en hacerlo considerarse como el centro del universo entero, tan convencido de sus propias virtudes como de su genio y de su destino.

 

Alrededor del Mundo
9 de febrero de 1920, pág. 15

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