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El final de la tristeza

Sesión con Paloma, en un edificio del barrio madrileño de Huertas, 1984.
Sesión con Paloma, en un edificio del barrio madrileño de Huertas, 1984.

De las fotografías que acompañan al texto, ninguna testimonia mi primera experiencia con el cannabis, que tuvo por escenario una guarida de cineastas y poetas sita en la calle de Silva, junto a la Gran Vía madrileña, en 1974. Contaba, pues, veinte años. Del lugar, conservo, entre otros, el recuerdo de una turbulenta velada pasada por alcohol, en la que Julia, que acababa de recibir un importante premio de poesía, se lio a puñetazos con un par de tipos.

Aquella calada pionera fue matinal, no vespertina o nocturna, como se convertiría en norma paulatinamente. Paco me tendió el canuto sin mayor ceremonia. Acabábamos de conocernos a través de Manolo, otro cineasta aficionado a la lírica, y enseguida congeniamos. Fue un bautismo sonriente, pero no percibí ninguna transformación específica de la realidad externa o interna, tal vez porque nuestro estado de ánimo era de por sí bastante inspirado. Nada coloca tanto como descubrir un interlocutor, un alma gemela, un bicho raro de la misma familia. Aparte de iniciarme en el hachís, Paco me introdujo en dos hábitos fundamentales: el café y la autocrítica.

Todavía me suministra cada año un paquete de nueces y una pieza de queso elaborado con leche de oveja de su propio rebaño. Tenía un talento descomunal para la escritura cinematográfica y poética, pero decidió volverse loco sin ayuda de nadie. En una sociedad como la nuestra, no habría tenido ninguna posibilidad de sobrevivir sin traicionarse. En 1978, se retiró indefinidamente a un valle de Cantabria. Aunque parece haber desistido de la felicidad de hacer cine a cambio de vivir la vida como séptimo arte, no desespero de ser espectador de una película suya, por casera que sea. Ya logré convencerle una vez de reunir sus poemas en un volumen titulado El final de la tristeza.

Paco y José Luis. Autorretrato en la comarca de La Vera, hacia 1978.
Paco y José Luis. Autorretrato en la comarca de La Vera, hacia 1978.

Mi amigo dejó pronto los canutos. No le divertía levitar. Yo he permanecido fiel. De su mano, recibí la droga predilecta. Hasta donde alcanza mi memoria, el chocolate, y en menor medida la yerba, comenzaron a extenderse simultáneamente por varios círculos madrileños durante el primer lustro de la década de 1970, dando forma a diversos rituales y haciéndose compañero de todo tipo de aventuras: celebración de la amistad, ejercicio introspectivo, praxis erótica, quehacer intelectual. Lentamente, fue desplazando al alcohol, que auspiciaba todos esos menesteres a costa de no pocas resacas. El momento más vibrante coincidió con el cambio de siglo, cuando Lavapiés se convirtió en el barrio más tolerante y creativo de Europa. En él tenían sede, por ejemplo, el colectivo Refractor y el centro social okupado El Laboratorio, cuya historia –pocas veces he sentido la revolución tan viva como entre aquellas paredes desconchadas– debería animarse a contar algún día, en clave personal, Amador Fernández-Savater. Luego llegó el 11-M (marzo del 2004); después, el 15-M (mayo del 2011).

Tuve que aguardar a cumplir sesenta años para ejercer por primera vez –a modo de segunda iniciación– el derecho de abastecerme en una asociación responsable, en lugar de buscarme la vida en la calle o abusar de los amigos. Durante un tiempo, resultaba agradable hacer excursiones de aprovisionamiento a Vallecas. Pero una noche de 1993 acabé en urgencias tras ingerir una bazofia que me vendieron en Chueca.

“La vida hunde sus pies en el estiércol de la vida y no halla fondo”, escribía Paco el mismo año en que abandonó Madrid. Procuro no dejar transcurrir demasiado tiempo sin rendirle visita. Sus imprevisibles oráculos me son imprescindibles. “Hay que renunciar a todo, salvo a la felicidad”, le oigo decir. Quiero creer que al menos eso se ha salvado de la debacle.

Como sus poemas anunciaban, las hemos pasado putas, naufragado, perdido batallas, descendido a los infiernos. Pese a todo, aquella primera bocanada sigue protegiéndonos de la tristeza. En una carta fechada el 1 de diciembre de 1977, me exhortaba con estas palabras: “No escribas cosas tristes ni dejes que nadie las escriba. Declara el estado de felicidad permanente, el derecho de cada uno a todos los privilegios. Sé cruel o malvado, si así te place, pero no triste ni nostálgico, te lo advierto”.

Mayo de 1977. Colocón en alguna playa africana. Rafa hizo las fotos.

Nº 235 ya en los quioscos

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