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David Bowie, el psiconauta

Viaje toxicómano por la vida y muchas muertes del hombre de las estrellas

David Bowie Mugshot
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“Estaba hambriento por experimentar todo lo que la vida ofrece. He hecho casi todo lo que es posible hacer”. En tiempos corría la leyenda de que la diferencia característica en el tamaño de su pupila izquierda era producto de una reconstrucción molecular a causa de las drogas, también se aseguraba que era prueba de su origen alienígena, pero tan solo era el resultado de una pelea por una chica cuando era un colegial.

Autodefininido como “curioso y entusiasta”, no conocía límites. “A los 14 años compré un paquete de cigarrillos mentolados y me los fumé en lo alto de un autobús. Me puse muy enfermo”. Un año después quedó fascinado por la lectura de “En la carretera” de Jack Kerouac, sin vislumbrar que, ya convertido en estrella del rock, sería íntimo de otro integrante de la Generación Beat, William S. Burroughs –Bill, lo llamaba él–, con quien compartió la hedonista convicción de que el camino del exceso conduce a la sabiduría, como decía Blake. “Los que exploran esos campos y consiguen salir al otro lado, lo suelen hacer de alguna manera reforzados. Suena peligroso, en mi caso así ha sido”.

Durante el Swinging London, luchó por hacerse un hueco en la escena artística. Aborrecía buscar un trabajo y una vida convencionales. “Pasé buena parte de mi veintena lanzándome de lleno a la vida solo para ver qué ocurría, tomando drogas, siendo total, completa e irresponsablemente promiscuo”. Su primer colocón de maría fue con el también músico John Paul Jones –tiempo después en Led Zeppelin–, pero antes incluso había conocido a su preferida, la cocaína. No en vano una revista musical británica le calificaría de “vieja nariz aspiradora”. A través del folk psicodélico roza por primera vez la fama con Space Oddity, tema que algunos decodifican como un viaje lisérgico. Aunque el LSD no sorprendía al artista: “Era muy colorido, pero mi propia imaginación era más rica, de una forma natural y más significativa para mí. El ácido solo da a la gente un vínculo con su propia imaginería. Yo ya lo tenía, no era nuevo para mí”. The Man Who Sold The World, el disco que le propulsó, se editó cuando era “una especie de abanderado del hachís. Pero tan pronto como lo dejé, me di cuenta de que empantanaba mi imaginación. Basta de drogas lentas”. Pocos años antes había “coqueteado tontamente con el jaco, por el misterio. Nunca me gustó. Me gustan las drogas rápidas. Odio caer, no tenerme en pie y esas cosas. Me parece una pérdida de tiempo. Odio las bajadas y las drogas lentas como la hierba. Odio el sueño. Prefiero estar despierto, trabajando, todo el tiempo”. Y a fe que lo hizo en los años 70.

Rayo David Bowie

Transmutado por el travestismo del glam rock y en la piel del extraterrestre Ziggy Stardust viaja a Estados Unidos, donde se emparenta con la mitología del rock drogata: Lou Reed e Iggy Pop. Junto al segundo obtuvo su famosa y elegante mugshot (foto de ficha policial), tras ser arrestados en una habitación de hotel de Rochester, New York, con 182 gramos de marihuana. Nixon arrancaba su “War On Drugs!” y se enfrentaban hasta a 15 años de prisión. Sorprendentemente, el caso acabó archivado con sendas fianzas de 2.000 $. Se alegaron dificultades diplomáticas por la ciudadanía británica de Bowie así como el cumplimiento inaplazable de sus compromisos de gira. También ayudó el savoir faire de su letrado Anthony F. Leonardo, conocido en la región como el abogado de la mafia. Al fin y al cabo, era absurdo encarcelar a Aladdin Sane por una sustancia que ni siquiera disfrutaba, al menos no tanto como la coca colombiana con la que el cartel de Medellín arrasaba en los USA. Bowie retratado en el documental Cracked Actor, esquelético, exultante e incoherente, compartía camello con los Stones Keith Richards y Ronnie Wood. Cuando Iggy Pop ingresó en un psiquiátrico, Bowie llamó a Dennis Hopper, protagonista de Easy Rider, para juntos colarle en la habitación un montón de drogas, preocupados porque hacía días que no consumía. “A mitad de los 70 estaba tan fuera de control que me resultaba imposible funcionar de una manera racional, así que olvidé que estaba interpretando un personaje”. Y se sumergió en el más ruin de todos, The Thin White Duke, el insensible y pálido dandy que coqueteaba con el fascismo, fanfarroneando con que a “Gran Bretaña le podría beneficiar un líder fascista”, alardeando ansias de dominación mundial. Inmerso en la Cábala, el Santo Grial, la magia negra y el ocultismo, parió Station To Station, aplaudido por la crítica, aunque él apenas recuerda retazos de su gestación: “Sé que fue en Los Angeles porque he leído que así fue”. Subsistía a base de leche, pimientos, cocaína y cuatro paquetes de Gitanes al día. Podía pasar seis días sin dormir, obsesivamente volcado en su obra. “Pagué con la peor depresión maníaca de mi vida. Había pedazos de mí por todo el suelo”. Estaba “convencido de que no cumpliría los 30”, como tanta rockstar contemporánea. “Un día en California me soné la nariz y salió la mitad de mi cerebro”.

"Siempre creí que si sólo tenemos una vida debemos experimentarla"

Así que a finales de los 70, decide abandonar L.A. con Iggy “para ir directamente a Berlín, la capital europea de la heroína”, aunque perjura que ni se enteraron de ello. Considerando el ritmo del que huían, fueron años espartanos, donde “lo realmente difícil era vivir sin drogas”. El bajón da vida a uno de sus mejores discos, Low. Y con el posterior, Heroes, estrecha lazos con la heroína de la heroína, Christiane F., en el filme de culto para el que compuso la banda sonora e hizo un cameo. La época heroica de la trilogía berlinesa le alejó de la mayoría de drogas, pero no del alcohol. De vuelta en Londres, acaba a puñetazos con Lou Reed. Al separarse de la “Angie” a la que cantaba Mick Jagger, Bowie es nombrado tutor de su hijo Zowie –hoy Duncan Jones, director de la película Moon–. Es hora de exorcizar demonios y en la autobiográfica Ashes To Ashes rescata al astronauta a la deriva de la triposa Space Oddity para tacharlo de “yonqui, colgado en lo alto del cielo / tocando un mínimo histórico”. Los años 80 suponen la desintoxicación del camaleón, pese a triunfar con el hit China Girl, escrito por Iggy con un probable subtexto drogófilo, tal vez referido al α-Methylfentanyl también conocido como China White. En lo más alto de su popularidad, pierde el interés en su propia música y por el “público de Phil Collins” que acude a sus conciertos. Y así se deshace de otra tremenda adicción, la fama. Esa fama a la que tres lustros antes cantaba junto a un John Lennon recién regresado de su “Lost Weekend”, como calificó el exBeatles a su año y medio entre alcohol y coca, lejos de Yoko.

Tal y como rezaba la canción titular de Station To Station, “no son los efectos secundarios de la cocaína / estoy pensando que debe ser amor”, Bowie se casa con la modelo Iman y se transforma en un hombre de familia. Tan estable y recuperado que se ofrece como guía chamánico hacia la sanación para un Trent Reznor, el líder de Nine Inch Nails, en lo peor de sus adicciones. La vida de casado –y algún que otro ataque al corazón–, lleva al viejo Duque Blanco a abandonar su último vicio. “Ya no bebo, me mataría. Soy un alcohólico”. A finales de los 90, agradecía la suerte “de haber podido reiniciar mi vida. Tantas veces”. Sereno en todos los sentidos, un superviviente que se siente más humano que nunca, el bautizado David Robert Jones aún tendría tiempo de otorgar un digno final al mito David Bowie, estrella negra que era su reverso, antes de emprender él mismo el último viaje. "Siempre fui terriblemente consciente de que la vida se acaba, y siempre creí que si solo tenemos una vida, debemos experimentarla". Se lo llevó un cáncer, como el que poco antes había esquivado la esposa de su hijo, un firme defensor, por cierto, del cannabis medicinal. Su padre pensaba en él cuando dijo: “De alguna manera sobreviví repetidamente a decisiones terriblemente temerarias, y habiendo salido entero, me alegra haberlas tomado. Pero no por eso voy a decirle a mi hijo que me parece una gran idea que se coloque hasta salir disparado miles de kilómetros en dirección a la Luna. No quiero, por si resulta que explota. Pero sé que se siente, cómo es el viaje... ¡Wow! ¡El espacio exterior!”.

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