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Pasar la antorcha

Chris Conrad y Mikki Norris, portadores de la legalización

Chris Conrad y Mikki Norris

Chris y Mikki son historia viva. Igual que Zelig o Forrest Gump, estuvieron presentes en días históricos, estrechando la mano, o si hacía falta poniendo en vereda, al panteón en pleno del activismo cannábico mundial. A menudo desde un discreto segundo plano –que, entre risas y batallitas, se aseguran de poner en valor–, pero lo cierto es que esta pareja prácticamente inventó el carnet del movimiento americano y ha vivido para verlo ganar.

Combatiendo el prohibicionismo, han viajado durante cuatro décadas por todo el mundo. También a Europa, desde que Chris donara parte de su colección de objetos de cáñamo a un incipiente museo del cannabis de Ámsterdam, que la pareja acabaría rediseñando a principios de los noventa. Hoy, veinticinco años más tarde, son invitados por el filial español, el Hash Marihuana & Hemp Museum de Barcelona, ubicado en un lujoso palacete modernista del barrio gótico. Allí, en lo que asemeja el patio de un riad marroquí, nos sentamos a tomar café y té de cannabis.

Escucharles es un viaje en el tiempo. En el olímpico 92 visitaron por primera vez esta ciudad portuaria. Nada más pisarla, les robaron la bolsa con los contactos de trabajo. Solo recuperaron el diario personal de Mikki, quien rememora su viaje por España: “Cuando llegamos a Granada nos enamoramos del lugar. ¡Debíamos vivir ahí!”. Permanecieron más de medio año en el paraíso verde nacional. “¡Aquí se podía fumar en las plazas!”, celebra Conrad. Ella ejercía de profesora de inglés y él escribía su primer libro, el manual que con mayor detalle ha tratado los múltiples usos del cáñamo, Hemp: Lifeline to the Future. Como el cinematográfico Doc de Regreso al futuro, Conrad rebosa conocimiento y esclareciéndote el ayer te transporta hacia el mañana.

La chispa

Se conocieron en 1981, “porque entonces también teníamos un terrible presidente”. Coincidieron en una concentración contra Reagan y, al volverse a encontrar en un encuentro antinuclear, Chris se insinuó: “¿Haces algo además de manifestarte?”. A partir de ahí sus voces enlazan el relato, sin apenas espacio a las preguntas. Si se detienen, es porque uno interrumpe al otro; intercambian miradas de disgusto y exigen turno. Tienen mucho que contar, recuerdan el año exacto de cada batalla y se apasionan al abordar el compromiso político sobre el que construyeron una vida en común.

Conrad, activista político de base, se sumó a la causa cannábica en 1988 en respuesta al DARE, el infame programa “educativo” prohibicionista estadounidense. La sobrina de Mikki llegó a casa repitiendo lo que decían en el cole sobre la marihuana. “Me puso furioso, habían mentido a nuestra sobrina. ¡Ahora era algo personal! –ríe Conrad–. Le dije que la marihuana debería ser legal y ella contestó: ‘¿Entonces por qué está prohibida?”. Así que fue al origen, hurgando en las actas del Congreso de los años treinta: “Entonces solo el Gobierno hablaba de marihuana. Los expertos detallaban las propiedades medicinales del cannabis, los granjeros testificaban que lo que cultivaban era hemp (‘cáñamo’). ¡Había que recuperar esa palabra!”. Bajo el nombre Business Alliance for Commerce in Hemp (BACH), empezó a producir y repartir títulos como The Many Uses of Hemp: “¡Es uno de mis primeros folletos, está expuesto en este museo!”. La repopularización del término se tradujo con igual éxito en todo el mundo, ampliando el debate más allá de ciertos prejuicios. “En América, hablar de marihuana era algo sucio –sitúa Mikki–. Era la época de Bush padre y su política de tolerancia cero”. “Su estrategia era contratar más policía y llenar más prisiones”, denuncia Chris. En Estados Unidos solo se podía encontrar “cáñamo en cuerdas y como semillas para pájaros –ilustra Norris–. ¡Entonces llegaron las ‘camisetas de fumeta’, hechas de cáñamo chino!”. Conrad anotaba cada nuevo producto, su procedencia, y, en su ansia por compartir, distribuía las listas en la era preinternet: “Iba por ahí con un maletín lleno de objetos fabricados con cáñamo, explicando cómo conseguirlo. ¡Y la gente empezó a abrir negocios!”.

Crean el divulgador American Hemp Council, para cuyas reuniones mensuales Mikki cede su apartamento en Los Ángeles. También fundan el Family Council on Drug Awareness, donde Conrad publica 10 Things Every Parent, Teenager, and Teacher Should Know About Marijuana. Encadena textos como Hemp for Food, Hemp for Fuel, incluso Hemp & the Bible. “¡Se trataba de llegar a todos! Cuanto más investigaba sobre el cáñamo, más entendía que aglutinaba todos los movimientos políticos por los que luchaba: salvar las granjas, crear empleo, mejorar el sistema sanitario y alimentario...”. Norris interviene: “Y la justicia social, los derechos humanos”. “¡Y el medio ambiente! –suma él–. Cuando me enteré de que para hacer papel se puede usar cáñamo y no talar árboles, ¡me cabreé de verdad! Dicen que el amor puede cambiar el mundo. Yo creo que cabrearse también ayuda” [risas]. Es una opinión que seguro compartía con Jack Herer, mítico empresario y activista cannábico fallecido en el 2010. “La primera vez que coincidimos, discutimos. Creo que le pasaba a menudo. Tenía una colorida chaqueta de cáñamo e iba diciendo que era de marihuana ilegal. ¡Provocaba a la gente! Yo prefería atraerla, descubrirle las muchas utilidades del cáñamo ¡y ya hablaríamos luego de marihuana!”. Herer, autor del clásico cannábico El emperador está desnudo (The Emperor Wears No Clothes), encargó a Conrad la edición revisada de 1990, que se convertiría en la canónica. Según Chris, en el profuso original de 1985 “había al menos tres libros distintos. Mi idea fue que cada página contara una historia, incluyendo notas a pie de página, para que la gente pudiera fotocopiar y distribuir la información. Vi que su libro sería mucho más potente si lo centrábamos en el cáñamo, juntando sus historias y mis ideas acerca de cómo esa planta podía cambiar el mundo. Fue nuestra segunda discusión, ¡porque Jack insistía en contar también sus experiencias con los hongos!” ]risas]. A cabezazos y abrazos, “nos hicimos íntimos”. Durante un lustro levantaron codo a codo el movimiento por la legalización, empezando por redactar la California Hemp Initiative de 1990, la primera de muchas propuestas de ley tumbadas por los votantes, pero germen de futuros triunfos.

Chris Conrad y Mikki Norris
Chris Conrad y Mikki Norris a unas calles del Hash Marihuana & Hemp Museum de Barcelona, donde se celebró la entrevista.

Tras una década juntos, Mikki y Chris se casaron. “Estábamos en contra del matrimonio, ¡pero nos dio la gana hacerlo! –se troncha Mikki–. Para que tuviera sentido para nosotros, denunciamos la institución durante la ceremonia”. Abandonaron sus trabajos como profesora y editor de un diario de gran tirada, y salieron por primera vez de gira. Del Pacífico al Atlántico, ofrecían charlas y se reunían con tantos activistas como podían. En 1991 vuelen a Ámsterdam y conocen a Ben Dronkers, fundador del imperio Sensi Seeds, quien en 1985 había abierto en Ámsterdam el primer museo del mundo sobre el cannabis. El Hash Marihuana & Hemp Museum original no tardó en convertirse en centro de peregrinaje, pero “entonces era muy pequeño. Apenas exponía una vitrina con plantas, un armario de cultivo y algunos objetos de cáñamo que yo les había mandado al saber de su existencia. Páginas de mi edición para El emperador está desnudo decoraban las paredes. Mi faceta artística despertó y empecé a sugerirles mejoras”. El matrimonio fue nombrado comisario del museo y vivieron un tiempo en el desangelado piso encima del local. La reestructuración que planearon no finalizaría hasta el 2000, y entretanto se mudaron a España. Pensaban ya en regresar a Estados Unidos, pero aún volvieron a Holanda, invitados al legendario Cannabis Castle, adquirido por Dronkers tras crear el Sensi Seeds Bank. Erigido junto a la frontera alemana por Neville Schoenmaker, fundador de The Seed Bank, el edificio fue cuna de la Northern Lights e icono en la intrincada mitología de la Haze. “En aquella mansión victoriana se cultivaba en los jardines, en invernaderos, en armarios de interior... Había marihuana por todas partes. ¡Se te enganchaba a los zapatos, te la encontrabas en las sillas!”.

La llama

Reubicados en la bahía de San Francisco, Conrad edita en 1993 el libro escrito en España. “Todo el mundo quería hacer algo sobre la marihuana, pero faltaba liderazgo. Solo Jack [Herer] tenía un plan y era seguir igual, pidiendo firmas por la legalización total. Empezamos a distanciarnos. Siempre he trabajado formando coaliciones y creía que para conseguir cambios debíamos centrarnos en cada sector: el industrial, el medicinal, el cultivo y consumo adulto y la regulación del negocio”. Inspirados por la libertad de uso y comercio en Ámsterdam, fundan la Hemp Industries Association, influyente asociación gremial de la que Chris fue primer presidente: “Y Jack nos acusó de ser unos vendidos”. Pero eso no les detuvo. En 1995, las Naciones Unidas celebraban en su ciudad el cincuenta aniversario de su primera reunión, y Mikki deseaba “aprovechar la ocasión para mostrar al mundo los graves problemas de derechos humanos en Estados Unidos”. Contraprogramó la cita mundial con una impactante exposición itinerante, Human Rights and the Drug War, que ponía cara a las víctimas de las políticas prohibicionistas. Todo surgió “cuando me mostraron una foto de Jodie Israel”. Sentenciada a once años de prisión, Israel fue detenida junto a su marido rastafari en posesión de menos de dos onzas de marihuana (56 g), dentro de una operación del FBI que acusó de “conspiración para vender marihuana” a una veintena de estadounidenses, en su mayoría practicantes de la religión de la ganja. Bajo la norma americana del mandatory minimum [‘mínimo obligatorio’], que aplica a ciertos delitos una misma pena inflexible, la ley dejó “prácticamente huérfanos a los hijos de Israel. Denunciamos que sus padres eran presos de conciencia”. Y conocieron a la hoy fallecida Virginia Resner, directora de la asociación Families Against Mandatory Minimums de California, que había documentado los casos de multitud de mujeres, “la mayoría encarceladas porque habían pillado con droga a sus parejas”. Retratos de las presas formaron una muestra fotográfica con la que podía empatizar todo padre de familia. “Lo cierto es que pensábamos que las cosas cambiarían muy rápidamente –confiesa decepcionada Norris–. Se suponía que vivíamos en la tierra de la libertad, no del encarcelamiento”. La exposición daría lugar a dos libros, firmados por ambas mujeres junto a Conrad, cuyo éxito abrió una nueva vía en la denuncia de la guerra contra las drogas, que les llevó incluso a declarar en Viena ante la Comisión sobre Estupefacientes de la ONU en el 2009.

“Vuestros clubs nos parecen muy interesantes, porque unen a la gente. Recuerdo que antes en España el consumo era más individual y, cuando era compartido, ¡dabais largas caladas antes de pasarlo por si no volvía!”

Pero volvamos a inicios de los noventa. El matrimonio se involucra en la seminal Proposition P, redactada por el popular Dennis Peron después de ser arrestado con maría para su novio enfermo de sida. Aunque sin efecto legal, logran que la ciudad de San Francisco apoye oficialmente el consumo para mitigar los síntomas de dicha enfermedad, y ello motiva a Peron la creación del San Francisco Cannabis Buyers Club, el primer dispensario de cannabis terapéutico de Estados Unidos. Al morir la pareja del activista, este lidera la ya mítica California Proposition 215, ley de uso compasivo, que, aprobada por los votantes en 1996, convirtió al estado californiano en el primero del mundo en legalizar el consumo medicinal. Pero no fue fácil conseguirlo. Conrad recuerda que, en la época, “Herer insistía en mantenerse puro y exigir la legalización absoluta. Llevábamos muchos años luchando y estaba harto de no lograr verdaderos cambios. ¡Con la medicinal podíamos ganar!”. Chris fue reclutado para dirigir un equipo de voluntarios y obtener las más de cuatrocientas mil firmas necesarias para votar la propuesta. “Dennis nos había dicho que contaban con muchísimos más apoyos de los que realmente tenían”. Desesperados a medida que los plazos corrían, “animamos al empresario George Zimmer a apoyar la iniciativa”. Conseguir la generosa donación de este millonario sensibilizado por la muerte de su madre con cáncer supuso sumar a otros filántropos progresistas como el famoso George Soros, lo que le ganaría a Conrad un nuevo equipo profesional. “En dos meses conseguimos seiscientas mil firmas”, muchas más de las necesarias. “Es lo más duro que hemos llevado a cabo nunca”, se sincera Norris, mientras su marido señala: “Aprobar la medicinal fue un punto de inflexión; demostró que el cannabis aporta soluciones”.

Aunque habían ganado la batalla, la implementación de la ley “no impidió que la policía siguiera persiguiendo y arrestando por posesión de marihuana”, delata Conrad, quien se convirtió en habitual de los juzgados, invitado por la defensa como experto en la materia. Hiperactivo, siguió en modo multitarea. Escribió el libro Cannabis para la salud, un éxito internacional, especialmente en Latinoamérica; y el tratado académico Cantheism, acerca del uso ritual del cannabis en la mayoría de las religiones, que sentaría las bases de la doctrina canteísta, presentando el consumo de cannabis como digno de la protección dispensada por la Constitución estadounidense a las prácticas religiosas, y que también cosecharía numerosos fieles en países como Italia. Por su parte, Mikki, frustrada ante la inmovilidad de las leyes federales tras años exponiendo a familias rotas por la crueldad del sistema penitenciario, opta por cambiar el enfoque y contar “las historias de éxito de consumidores respetables y responsables”. En el 2002 crea la Cannabis Consumers Campaign, que anima “a salir del armario y exigir iguales derechos para los consumidores”. Cubiertos estos flancos, para Chris llega “el momento de centrarse en permitir la venta de cannabis. El sector crecía y, aunque lentamente, la legislación empezaba a cambiar”.

El fuego

“Hay que parar a la policía”, sentencia Conrad, mientras Norris detalla su última victoria en defensa del consumidor. Extiende uno de tantos folletos confeccionados por la pareja a lo largo de los años; resume la Proposition 64 para el consumo adulto en california, que lograron se aprobara el año pasado y que a partir del 2018 permitirá a los californianos desde los veintiún años cultivar hasta seis plantas para uso personal, además de poseer y transportar hasta ocho gramos de concentrado de cannabis para su consumo recreativo, tanto en el hogar como en locales habilitados, parecidos a bares pero sin alcohol. De hecho, Mikki y Chris visitaron algún club cannábico barcelonés para catar lo que están por gozar. “Vuestros clubs nos parecen muy interesantes, porque unen a la gente. Recuerdo que antes en España el consumo era más individual y, cuando era compartido, ¡dabais largas caladas antes de pasarlo por si no volvía!” –se carcajea Conrad–. En California, en cambio, siempre ha sido una cosa más comunitaria, por eso nos oponemos a las leyes que buscan romper esa comunidad, y por eso la 64 legaliza locales donde fumar juntos”.

Chris Conrad y Mikki Norris

Al decretarse la recreativa en Colorado, “vimos que ese era el camino”. Allá donde se legaliza el negocio verde crece una millonaria industria que, pese a sus inconvenientes, juzgan muy positiva. Mikki entiende que “la gente se había acostumbrado a un mercado muy abierto y ciertos activistas estaban felices sin mucha regulación. Cuando defendíamos la Prop 64, se quejaban de que no permitía tanto como querrían o de que la regulación les parecía excesiva. Pero aunque no fuera perfecta, era un logro. También al apoyar la medicinal muchos aseguraban que, de aprobarse, nunca obtendríamos la recreativa. ¡Y mira ahora!”. “A la gente no le gustan las normas –interviene Chris–, pero son necesarias para crear una industria; algo básico para una economía como la de California, donde no hay muchas opciones”. Añaden que la 64 ha permitido avances como controlar “el uso de pesticidas o el consumo responsable del agua”. También “rebaja la pena por posesión por encima del límite establecido”, pasando de dos años de prisión a seis meses, aplicable de forma retroactiva, y además “permitirá que los menores arrestados con droga queden libres de antecedentes penales, si cumplen con servicios comunitarios y reciben asesoramiento terapéutico. La meta de nuestras iniciativas reguladoras ¡siempre ha sido la justicia social!”.

Reconocen que en un sector regulado, los pequeños productores deben lidiar con la competencia voraz de las grandes corporaciones, pero Conrad cree “que hay mercado para todos y existen iniciativas muy interesantes, como The Humboldt Sun Growers Guild, que organiza en cooperativa a pequeños cultivadores” californianos. “Es cierto que no todo el mundo puede cumplir con las regulaciones, pero esas normas nos permiten saber, por ejemplo, el índice de cannabidiol de lo que consumimos”, argumenta Norris, en referencia al etiquetado obligatorio de los productos con CBD, fundamental para el uso terapéutico. “Me gusta comer mis edibles [‘productos cannábicos comestibles’] con la seguridad de saber qué tomo”. Tampoco es que el panorama les parezca ideal. “Los gobiernos locales lo ponen difícil. Algunas ciudades, por ejemplo, permiten el cultivo en casa, pero prohíben el cultivo de exterior. Y es importante controlar que los impuestos no suban demasiado. Pero sin duda nuestro mayor problema es el Gobierno Federal”, cuyas leyes aún entorpecen el transporte interestatal de cannabis, la comercialización nacional de productos con CBD y las transacciones bancarias del negocio cannábico. “Eso, y que Trump es un imbécil”, zanja Chris.

Las brasas

“Siempre fuimos a contracorriente, defendiendo lo que creíamos justo”, afirma ella. Él lo ejemplifica: “Al principio, me advertían que abogar por la marihuana arruinaría mi reputación, pero lo hice igualmente. Cuando empecé a declarar en juicios, me aconsejaron limitarme a los casos seguros, pero fui a por los más polémicos y conflictivos. ¡Las críticas siempre me han estimulado! Disfruto buscando un terreno en común. Todo el mundo está motivado por su propio interés, así que hay que hacerles ver lo que pueden salir ganando. Esto empezó como una movida entre hippies, pero nuestra táctica desde los años ochenta fue abrirnos a quien no formaba parte de la comunidad y sumarles a la causa”.

“Aún me preocupa que a la mayoría no parezca importarle que se encarcele a personas de por vida en casos relacionados con cannabis. Pero hemos progresado hasta un punto en que no hay vuelta atrás"

El futuro por el que lucharon está a la vuelta de la esquina. ¿Fue todo como planearon? “Creíamos que las leyes cambiarían mucho más rápido y que los pioneros del movimiento serían los líderes de una nueva era para el cáñamo –confiesa Chris–. No sabíamos que costaría tanto tiempo, y eso lo ha hecho más duro. La gente del principio buscaba cambiar el mundo, éramos una gran familia y creo que eso se ha perdido. Durante los primeros quince años se trataba de unir a la gente, pero en la última década vemos cómo se dividen. Hay convenciones cannábicas para médicos, para enfermos, para empresas... Cada uno va por libre”. Mikki aporta otra perspectiva: “Aún me preocupa que a la mayoría no parezca importarle que se encarcele a personas de por vida en casos relacionados con cannabis. Pero hemos progresado hasta un punto en que no hay vuelta atrás. El negocio se hace fuerte y la gente aprende los beneficios de la planta. La opinión pública evoluciona. Se abren oportunidades. ¡Se crean sueños!”.

En España llevamos décadas esperando ese momento. “Todo llegará. ¡Habéis avanzado mucho con los clubes sociales! Ahora que el cambio ha llegado a nuestro país, líder del prohibicionismo, hay que seguir trabajando globalmente. Estados Unidos ha sido el primero, pero el liderazgo internacional ya no le corresponde. Ahora es el momento de Canadá. Y de Latinoamérica, tan prometedora... ¡Me encantaría ver florecer un mercado de granjeros mexicanos!”, fantasea Conrad, seguro que con Trump aún en mente. Creen que pasó el momento de Estados Unidos, y sienten que ellos mismos pertenecen a otra época. “Durante mucho tiempo fue como si tuviéramos que empujar la historia, ahora parece que rueda sola –se sincera Chris–. Los nombres de todos con los que trabajamos ya no suenan a los jóvenes. En California, están cumpliendo veintiún años [mayoría de edad absoluta] los nacidos con la medicinal. ¡Para ellos siempre ha sido legal! Les hablas de Jack Herer y te dicen: ‘¡Ah, sí, está muy rica!”. Medio en broma, declara que ya libraron su guerra. “Nos sentimos felices pasando la antorcha a la siguiente generación –asiente Mikki–. Me alegro de haber vivido para ver llegar la legalización. Muchos de los que nos acompañaron no pueden disfrutarlo... Ha sido maravilloso formar parte de este movimiento y haber podido dedicarnos a nuestra pasión por el cambio social. La hemos llevado muy lejos, pero sabemos que no llegaremos hasta el final”. Conrad remata: “Fue genial crecer en los años sesenta y vivir todo esto. Verlo convertirse en uno de los mayores movimientos políticos del mundo. Nos ha dado una vida muy rica”.

Aún melancólicos, son de los que jamás se rinden. Siguen dando charlas por todo el mundo “para educar a la gente y organizarla”, gestionan la web The Leaf Online, y él da clases de Política e Historia en la Universidad Oaksterdam, en Oakland. Están muy ilusionados con acudir a Atlanta del 11 al 14 de noviembre para la International Drug Policy Reform Conference, eminente encuentro bianual de expertos que defienden que el prohibicionismo “hace más mal que bien. ¡Allí habrá mucha gente que sí se preocupa por el mundo!”, vaticina Norris. Envejecerán, pero tienen cuerda para rato. Tras más de dos horas de conversación, el museo debe cerrar sus puertas y amablemente nos invitan a la salida. Mientras descendemos por la formidable escalera de piedra labrada, conceden con sempiterno brillo en los ojos: “Tenemos mucha suerte de ser una pareja que comparte ideales”. A ellos han dedicado la vida. Si deseamos cambios, más allá de discutir utopías, tal vez debiéramos seguir su ejemplo.

Fotos: Adriana Domínguez Mata

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