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Música para un buen viaje

Entrevista a Mendel Kaelen

LSD

Psicólogo y neurocientífico, forma parte del equipo de investigación de Robin Carhart-Harris en el Imperial College de Londres, donde realizó su doctorado con una tesis titulada “The psychological and human brain effects of music in combination with psychedelic drugs” (‘Efectos psicológicos y cerebrales de la música en combinación con drogas psiquedélicas’). Actualmente está cursando estudios posdoctorales y sigue investigando acerca de sustancias psiquedélicas con especial atención a su relación terapéutica con la música.

Conocí a Mendel Kaelen hace muchos años. No recuerdo exactamente dónde, puede haber sido en una conferencia organizada por Stichting Open en Ámsterdam, quizás en el Boom Festival o en algún otro lugar. Y a lo largo de los años hemos coincidido en conferencias, formaciones de MAPS sobre terapia con MDMA y también celebraciones. Mendel es un hombre joven, que habla poco y prefiere pasar desapercibido, pero que cuando habla muestra una inteligencia excepcional y una claridad sorprendente a la hora de transmitir conocimientos. Es además un buen amigo, y siempre disfruto conversando con él.

Para ponernos en situación, ¿podrías hacer una breve descripción de las investigaciones acerca de música y sustancia psiquedélicas que has realizado?

El psicólogo y neurocientífico Mendel Kaelen

He estado estudiando la interacción entre las drogas psicodélicas y la música en el Imperial College de Londres. Lo que me interesaba era saber acerca de la relación que se establece entre el efecto de estas sustancias y la percepción de la música. Queríamos entender mejor cómo afectan estas drogas a la experiencia directa de la música, y para ello hemos hecho investigación psicológica cualitativa y también estudios de neuroimagen. En uno de estos estudios, dimos LSD a los voluntarios, pusimos música y les hicimos una resonancia magnética. Analizamos cómo cambia el funcionamiento cerebral, y tratamos de relacionar estos cambios de funcionamiento con el cambio en la manera en la que los sujetos percibían la música. Otro de los estudios trataba acerca del efecto terapéutico de estas sustancias. Queríamos ver si la psilocibina podía ayudar a personas que tuvieran depresión severa, y mi tarea fue diseñar tanto la lista de reproducción que iban a escuchar, como el contexto en el que se iba a desarrollar la sesión. En este estudio, además de medir los resultados para la depresión, hicimos una investigación cualitativa acerca de cómo estas personas percibían la música durante su experiencia, y también si había relación entre la forma en que percibían la música y los resultados positivos en los indicadores de reducción de la depresión.

En el estudio sobre depresión y psilocibina, ¿cómo fue el proceso de seleccionar la música?

Fue un reto, desde luego. Por un lado hay una parte de intuición. Desde pequeño he sido aficionado a la música y con el tiempo he recopilado muchos tipos distintos de música, así que tenía mucho de donde empezar a escoger. Por otro lado también hay estudios y artículos acerca de este tema que se hicieron en el pasado, como el de Bonny y Pahnke, en el que hablan del uso de distintos tipos o cualidades de música acorde con las diferentes fases de la experiencia psicodélica, para adaptarse al efecto de las sustancias. Nosotros basamos nuestra lista de reproducción en estos principios.

Distinta música para distintas fases de la experiencia. ¿Cuáles son estas fases?

Por un lado está la fase que llamaron pre-onset, en la que uno está esperando a que los efectos empiecen a aparecer. Luego el onset, la subida, en la que los efectos se manifiestan. Sigue el peak, o la meseta, en la que los efectos son máximos y se mantienen durante unas horas. Y finalmente la vuelta al estado ordinario de consciencia. Lo importante es que en cada una de estas fases hay distintas necesidades, a las que la música puede adaptarse y ayudar a acompañar la experiencia. Por ejemplo, en la fase del pre-onset, lo importante es ayudar a que las personas se sientan seguras y tranquilas; algunos terapeutas utilizan la expresión de crear un “entorno que sostenga”, para que uno pueda sentirse lo suficientemente seguro para abrirse a la experiencia. Pero a la vez debe ser una música que mueva y acompañe a abrirse a las sugerencias terapéuticas. Una vez los efectos empiezan a sentirse, la música debe ser más rítmica, y en la medida que nos acercamos a la meseta la música se vuelve más emocional. La intención es que pueda ayudar a las personas a adentrarse en procesos terapéuticos significativos, tanto personales como transpersonales.

Y dentro de este esquema, ¿cómo se decide qué tipo de canciones pertenecen a cada fase?

Como te decía, tengo una biblioteca muy amplia, y además personas como Bonny y Pahnke, y también Stanislav Grof, han hecho sugerencias de tipos de canciones adecuadas para cada una de estas fases. Así que estudié qué tipo de composiciones recomendaban para cada momento. Lo que pensé al leer sus trabajos es que, si bien había muchas sugerencias acerca de la música, pertenecían a un momento determinado de la historia. Así que, con este estudio en el que trabajé, quería asegurarme de que la música reflejara y fuera adecuada a la mentalidad de nuestra época, al setting actual. Eso no quiere decir que utilice música pop, pero sí que quise utilizar a artistas contemporáneos. Otro aspecto importante que hay que tener en cuenta es que mucha de la música que esos autores recomendaron es muy conocida, y eso puede afectar a la capacidad de vivir experiencias nuevas. Ellos recomendaban cosas como algunos movimientos de la Pasión según san Mateo de Bach, misas de Réquiem de Brahms y conciertos de Beethoven. Si bien utilizo alguna composición clásica tradicional, incluyo composiciones clásicas contemporáneas desconocidas, así como distintos géneros, desde música étnica de distintos pueblos, pasando por jazz. Para la fase de pre-onset utilicé algunos temas de Stars of the Lid, como “Articulate Silences”. Para el onset, música más evocativa, como “Against the Sky”, de Brian Eno y Harold Budd. En la fase de meseta, piezas de activación emocional, como composiciones clásicas de Arvo Part, y tiempos de silencio, para proporcionar calma emocional. Ya en el descenso, un cierto movimiento pendular en la intensidad de las composiciones, alternando silencios, piezas más tranquilas como “Stillness de Nest” y otras más emotivas, como “Nierika”, de Dead Can Dance. Para la fase final, piezas más meditativas como “Don’t Bother They’re Here”, de Stars of the Lid.

Camas
Los detalles y el ambiente son importantes. Una habitación de hospital, antes y después de adaptarse para una sesión de terapia lisérgica.

¿Qué dificultades encontraste a la hora de hacer la selección de las canciones para tu lista de reproducción?

Entre los terapeutas existe la opinión de que es importante que pueda haber cambios en la música. Con ello me refiero a que la música pueda adaptarse a lo que está ocurriendo en la experiencia de la persona. Pero, claro, es imposible predecir qué tipo de experiencia va a tener cada uno de los participantes. En seis horas, a veces más a veces menos, cada participante tiene su proceso, y por tanto, es imposible saber qué es lo que va a estar ocurriendo en cada momento. Lo ideal sería poder adaptar la música a la cualidad de la experiencia, para apoyar el proceso de la mejor manera posible. Sin embargo, y como se trataba de un estudio clínico, no se me permitió el adaptar la música a cada persona y cada momento, sino que hubo que crear una lista de reproducción estándar, para que cada participante escuchara exactamente la misma música durante el estudio. Introduje una dinámica, un cierto flujo dentro de cada fase, para que hubiera distintas energías y emociones. Como si se tratara de una especie de péndulo, en el que la intensidad de las emociones y la potencia evocativa de la música van y vienen, y se alternan períodos de más intensidad, con períodos más reflexivos o incluso de silencio que permiten procesar lo ocurrido y de alguna manera dar un tiempo para integrarlo.

¿Qué crees que aporta la música en una experiencia psiquedélica?

Los psiquedélicos permiten que uno esté más implicado con la música que está escuchando. De esta manera, la imaginería mental que se experimenta se vuelve más vívida, y por eso en mi opinión lo que la música aporta es oportunidad terapéutica. Por supuesto que puede haber otras modalidades terapéuticas del uso de psiquedélicos en las que la música no se utilice o que quizás no sea apropiada, pero la música puede ser una herramienta que dé la oportunidad a los clínicos de trabajar con ella para inducir experiencias más terapéuticas. Otra acción que tienen los psiquedélicos es la de disolver la forma habitual en la que pensamos acerca de las cosas o nos percibimos a nosotros mismos. Disolver los mecanismos de defensa, hacernos más vulnerables a los contenidos que aparecen. Así que la música puede activar contenidos significativos, y mediante la acción de los psiquedélicos podemos perder la sensación de identificación con ellos durante períodos determinados de la sesión. Pero también es importante, como te decía antes, que haya un período de calma o de silencio después de estos momentos para recoger la experiencia.

¿Puedes hablar más del silencio?

Cuando nos planteamos qué música utilizar y cómo, lo que estamos planteando es cómo dar apoyo a las experiencias psiquedélicas de la mejor manera posible. De alguna forma lo que nos preguntamos en el fondo es: ¿cómo se hace terapia psiquedélica? Así que cuando hablamos de la música, podemos imaginar que hablamos de otro terapeuta, de un coterapeuta. Desde luego que un terapeuta humano y la música tienen funciones distintas, pero comparten algunos aspectos importantes, como, por ejemplo, que tanto con la música como con el terapeuta existe una interacción con el paciente. La música, en este caso, es una interacción no verbal, sin palabras. Podemos entender la música como sugerencias terapéuticas no verbales, que puede proporcionar condiciones terapéuticas de apoyo en dos formas: una sería el proporcionar dirección, la música da una potente sugerencia en una dirección determinada, mediante la potencia emocional que aporta. Uno puede ir con la música y aceptar esta dirección, o puede tratar de resistirse. Si utilizamos música directiva y la persona se resiste, esa música puede convertirse en algo molesto, pero si uno se permite ir con la música, entonces es llevado por ella en el viaje. Eso es a lo que me refiero con que la música provee dirección. Los silencios, por otro lado, también aportan condiciones terapéuticas, pero lo hacen en otro sentido, mediante dar apoyo no directivo. En vez de activar material inconsciente mediante la utilización de estímulos externos, lo que hacemos en este caso es permitir que el material inconsciente se active de forma intrínseca, interna. Los silencios dan espacio para estar en contacto con uno mismo.

Como terapeuta uno hace algo parecido: tras períodos en los que hay una experiencia emocional intensa, o un insight relevante, los terapeutas dan un tiempo de silencio, para enfatizar lo ocurrido y dar espacio para que sea procesado. Siguiendo con la directividad de la música, en los estudios de Bonny y Pahnke, proponían que la música no debería contener letra que el paciente pueda comprender. Como mucho, sugerían que la música con letra se utilizara hacia el final de la sesión. ¿Cuál ha sido tu proceder al respecto?

Cerebro

Sí, ese es un buen ejemplo de la manera de trabajar de estos modelos, tanto del de Bonny y Pahnke como del de Grof, que hemos adoptado. Durante las primeras cinco horas de la sesión no hay música con letra. Sí hay música con voces humanas, y las personas parecen reaccionar de forma muy intensa a las voces humanas y los cantos. Hacia el final de la sesión sí que introdujimos algunas canciones con letras reconocibles, como el “Gracias a la vida”, de Mercedes Sosa. Paralelamente al estudio de la depresión, llevamos a cabo una investigación cualitativa acerca de la experiencia de la percepción de la música que habían tenido los sujetos. Les preguntamos cómo había sido el escuchar la música bajo el efecto de los psiquedélicos, qué canciones o tipos de música les habían gustado más y cuáles menos... Y lo que encontramos es que a la mayoría de las personas no les gustaron las canciones con letra, aunque estuvieran al final. Parece que les confundió, les hacía tratar de entender y racionalizar la experiencia, y la verdad es que todas las canciones con letra que utilizamos tratamos que fueran positivas y con mensajes inspiradores. Siguiendo esa visión de la directividad, las canciones con letra están en el extremo de las más directivas, mientras el silencio estaría en el otro extremo, el no directivo. Así que en ocasiones las músicas con letra pueden mandar el mensaje de “ahora deberías estar sintiendo amor o sintiéndote feliz”. De hecho, la última parte de la sesión es la que me pareció más difícil de diseñar, porque es muy difícil prever el estado emocional de las personas seis horas después de empezar. Distintas personas estarán en estados muy distintos. Algunos todavía están lidiando con conflictos no resueltos, mientras otros se encuentran en estados de gozo extático. Volviendo a la pregunta acerca del uso de canciones con letra, tal vez en futuras listas de reproducción no las utilizaré. Quizás, si las personas quieren poner alguna canción que tenga letra, se podrían usar, eso sí, unas seis horas después del viaje.

En muchas ocasiones parece que el potencial terapéutico de estas experiencias está en la comprensión que se produce. Dices que muchas personas sentían que las canciones con letra les hacían racionalizar su experiencia y que eso no les resultaba agradable.

Lo interesante acerca de la terapia psiquedélica es que es muy experiencial; las personas viven una experiencia. Y creo que es precisamente por eso por lo que es una terapia muy prometedora, porque en vez de analizar tu propia mente, o pensar acerca de ella o de tus problemas, y tratar de poner consciencia a nivel cognitivo, lo que ocurre es que uno encarna, incorpora la experiencia a un nivel emocional. Y para poder cambiar comportamientos lo que hace falta es atravesar experiencias y aprender. Hay un aprendizaje implícito en la práctica. Si quieres aprender a montar en bicicleta, no sirve el hablar con tu padre acerca de cómo se hace, sino que hay que montarse en la bicicleta y practicar. Así que para mí es lo mismo con la terapia; uno tiene que aprender ciertas cosas y solo se puede hacer con la experiencia y no mediante el hablar de ellas. Desde un punto de vista neurocientífico, una de los efectos de los psiquedélicos es el de disolver la forma habitual en la que procesamos de forma abstracta los conceptos, o el significado que otorgamos habitualmente a esos conceptos. Así que esto se disuelve y es reemplazado por experiencias directas.

¿Qué te gustaría seguir investigando en el futuro?

Estoy muy interesado en la optimización de la psicoterapia. Ahora lo que me interesa más específicamente es investigar acerca de los factores extrafarmacológicos y su influencia en el desarrollo de la sesión y en el resultado terapéutico. ¿Cuáles son los factores, además de la sustancia, que podrían influir en lo que ocurre durante la experiencia y cómo afectan al beneficio del tratamiento? Algunos de estos factores incluyen la relación terapéutica, el contexto físico, y desde luego la música. En la forma en la que actualmente se lleva a cabo la terapia psiquedélica y los estudios (los sujetos con los ojos cerrados y escuchando música toda la sesión), es evidente que la música tiene una influencia enorme. Eso es lo primero que me llamó la atención y lo que me gustaría seguir investigando: el rol de la música para inducir resultados terapéuticos. Me planteo qué tipo de herramientas pueden ayudar a los terapeutas para manejar la música y escogerla de la forma más adecuada para cada situación. Así que me gustaría desarrollar estas herramientas prácticas que puedan hacer más efectiva la terapia psiquedélica. Como terapeuta uno no quiere tener que preocuparse por la música durante la sesión, eso te saca de la situación y de la presencia que requiere el apoyo terapéutico, así que tiene que ser algo sencillo que no requiera una atención constante, pero que a la vez permita la flexibilidad necesaria para ajustar la música a las necesidades específicas de cada momento de la sesión.

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