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Músicas y experiencias de trance

Músicas y experiencias de trance
Ilustración: Oscar Noguera
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I.

A menudo me piden recetas musicales para acompañar un buen viaje, pero la respuesta adecuada no es tan fácil de dar. Cada experiencia psiconáutica es única y depende de numerosos factores, no solo del paisaje musical de fondo.

Para empezar bien, definamos los términos que usamos: ¿qué entendemos por trance? Cuando el Barça marca un gol, ¿sus seguidores entran en trance? ¿Qué es esa manifestación tan ambigua llamada “música”? El ruido de máquinas inserto en una composición, ¿es música?

Por trance hay que entender un estado de consciencia extraordinariamente despierta que se caracteriza por el arrobamiento interior y por la desconexión parcial o total con el mundo exterior. Durante la experiencia extática dirigimos la consciencia despierta hacia las dimensiones subjetivas de nuestro mundo mental y espiritual. Esta forma de consciencia extraordinaria ha sido y es vivida por el ser humano como fuente de revelaciones, de gozo y de máxima manifestación de la unión con su divinidad. Por otro lado, se trata de una capacidad biológica innata, ya que no existe ni una sociedad que, en algún grado, no conozca tales estados psíquicos y no disponga de algún aprendizaje regulado para cultivarlos: samadhi budista, wäjd o jushúa entre los árabes magrebíes, éxtasis teresiano en el mundo europeo clásico, nembutsu en Japón, trance chamánico en Siberia y en América... Así pues, entendamos por trance lo dicho aquí, y no una mera explosión emocional o una pérdida de la consciencia.

Lamas tibetanos
En los cantos de los lamas tibetanos es la voz humana la que dirige el trance sin ayuda de ningún instrumento.

Al igual que el trance, se puede afirmar que el hecho musical es también algo innato, porque no hay ni un solo colectivo humano que carezca de música.

¿Qué es música? y ¿cuáles son las músicas más pertinentes para inducir o acompañar un trance extático? Para no entrar en un marasmo de especulaciones sobre la naturaleza de las músicas, prefiero atenerme a una definición clásica y simple, la que utilizo en el seminario bianual “Músicas e inconsciente” que imparto desde hace más de dos décadas, y en el que enseño con detalle las relaciones que hay entre las músicas y nuestro inconsciente. Así, definamos la música como ‘sonido humanamente organizado’ de acuerdo a un orden relacionado con las contingencias culturales y cognitivas, y cuyo contenido es entendido por la colectividad que la compone y la mantiene viva.

Desde el punto de vista biológico y al igual que el trance, se puede afirmar que el hecho musical es también algo innato, porque no hay ni un solo colectivo humano que carezca de música.

Por su lado, la antropología nos permite afirmar que el principal elemento cultural relacionado con la música es la búsqueda de estados extáticos y arrebatos emocionales. De hecho, el mercado musical actual es un ejemplo. Para mencionar solo algunos títulos que aluden al éxtasis: “En trance”, de Conrad Praetzel; “The feeling begins”, de Peter Gabriel; “From the Heart of Darkness” y “Desert Solitaire”, de Steve Roach, Kevin Braheny y Michael Stearns. De ahí también que, a menudo, aparezcan músicas actuales en fusión con músicas exóticas usadas en trances religiosos, como los cantos de los lamas tibetanos o la música chamánica amerindia. O, por sorpresa, algunos discos de cantos gregorianos de Silos alcanzan un gran éxito de ventas: durante más de una década, esta música espiritual se ha usado en discotecas para acompañar los ambientes juveniles teñidos por la MDMA.

Portada del disco Desert Solitaire

El elemento esencial que ayuda a entender la relación entre la música y el éxtasis es la capacidad de codificación temporal que tiene la música. La vida ordinaria transcurre en un tiempo marcado y dominado por elementos externos –sean horarios acordados o un cambio estacional–, en tanto que la capacidad de la música es su poder para crear otro mundo basado en un tiempo virtual, anímico y subjetivo. En palabras de Stravinski: “La música nos es dada con el único propósito de establecer un orden en las cosas, incluyendo de manera particular la coordinación entre el ser humano y el tiempo”. Esta es su magia.

Indios zuñi
El pueblo de indios zuñi realiza una de sus danzas ancestrales, caracterizadas por un perfecto control corporal. La imagen es de principios del siglo pasado.

II.

Por otro lado, aún la relación entre la música, la danza y el trance extático es uno de los fenómenos más variables y contradictorios que existen. Si analizamos los instrumentos musicales usados para inducir el éxtasis, no hay ningún tipo de generalización aceptable. Unas veces se trata de retumbantes tambores los que parecen esenciales para tal fin (diversos pueblos africanos), otras veces el instrumento se reduce a un simple manojo de hojas secas (trance chamánico de pueblos amazónicos). En unos casos, la música es el soporte sonoro para la danza, y en otros ni tan solo hay movimiento corporal del sujeto extático. Hay ocasiones en que los instrumentos son la base de la música de trance y cualquier voz humana resulta casi accesoria (los derviches giróvagos), en tanto que otras veces es la propia voz humana la que dirige el trance sin ayuda de ningún instrumento (cantos de lamas tibetanos). Hay pueblos que buscan el éxtasis de forma apolínea, bailando con un perfecto control corporal (los zuñi norteamericanos comedores de peyote), en otros casos se trata de un baile alocado y dionisíaco (los ritos de posesión afrobrasileños), y aun en otros, el individuo extático halla su experiencia en la quietud de una cueva silenciosa durante largas horas. En unos pueblos parece imprescindible el consumo de psicótropos para obtener la experiencia trascendente, en tanto que otros colectivos dicen limitarse a la música como medio inductor.

Así pues, la gran pregunta se formula por sí misma: la relación que hay entre trance, danza y música, ¿es una relación física (vibraciones sonoras, estimulación química del cerebro)?, ¿se trata de una inducción cultural? La cuestión es que si se trata de una causa física, ¿por qué no todo el mundo entra en éxtasis al escuchar los cantos tibetanos o las percusiones africanas? Y si se trata de una causa cultural, ¿por qué en todo el mundo, con pocas excepciones, se usan músicas para alcanzar el trance?

En el siglo xii hallamos al famoso sabio árabe Al Ghazzâlî, quien intentó demostrar que la causa del trance extático radica en la propia física del sonido y, para ello, argumentaba el caso de los pastores de dromedarios, que con sus cánticos conseguían dormir a sus animales. Pasaron los siglos, la pregunta seguía abierta. En los años mil novecientos sesenta, el científico A. Neher afirmaba que la relación entre la música y el trance es de carácter neurofisiológico, que la estimulación rítmica de frecuencias graves afecta directamente a la actividad bioeléctrica de zonas del cerebro que no están normalmente activadas. Esta explicación ha sido negada por otros científicos, a pesar de contener parte de verdad. Por su lado, W. Jilek, conocido etnopsiquiatra, analizó el sonido de los tambores de piel de ciervo que usan los salish en sus ritos extáticos, donde dominan las frecuencias bajas de cuatro a siete ondas por segundo, la misma frecuencia de las llamadas ondas theta en los electroencefalogramas, pero sin llegar a ninguna conclusión.

La discusión sigue. M.J. Herskovits, antropólogo, defiende una explicación cultural a los trances extáticos; el francés A. Daniélou dice que solo los ritmos impares –de tres, cinco, siete u once tiempos– inducen los estados de trance extático, mientras que las músicas con ritmo par –de dos, cuatro u ocho tiempos– carecen de tal capacidad. Todo ello es objeto del seminario mencionado, “Músicas e inconsciente”, en el cual, además de pasar varios días con la agradable tarea de escuchar numerosas músicas, se aprende a discriminar las “músicas vivas” de las “músicas muertas”. Así, de las pocas cosas que sigo enseñando tras más de dos décadas es a distinguir entre las músicas vivas y muertas, y entre “oír” y “escuchar” música. Si consigo que los estudiantes acaben el seminario discriminando ambas realidades, aunque pueda parecer poco, me doy por satisfecho.

Por músicas vivas no me refiero a audiciones en directo. No. Hay muchos conciertos en directo de los que solo emana música muerta. La música está viva cuando tiene la calidad y la capacidad para evocar, despertar e inspirar las dimensiones más profundas del alma y de la mente humana. Cuando desentierra el recuerdo de lo trascendente que hay en cada uno de nosotros. Las músicas vivas lo son por su capacidad de recordarnos que tenemos un origen y un destino más allá del mecánico día a día, que la vida humana puede tener sentido, que hay vida más allá de mi pequeño ego, que no todo empezó con mi nacimiento y acabará con la muerte de mi cuerpo. Las músicas vivas propulsan, como dicen los derviches giróvagos, que el alma salga temporalmente de la cárcel que es el cuerpo y vuele libre hacia la experiencia de la grandiosidad.

 

George Gurdjieff
George Gurdjieff, el maestro del Cuarto Camino y también autor de piezas musicales compiladas por su discípulo Thomas de Hartmann.
Michael Stearns
El compositor Michael Stearns, quien con Steve Roach y Kevin Braheny alumbró “Desert Solitaire”.
Sri Chinmoy
Sri Chinmoy, maestro que eligió el canto para predicar sus enseñanzas y tuvo como discípulo a Carlos Santana.
George Gurdjieff
Michael Stearns
Sri Chinmoy

III.

Para acabar, una pequeña reseña personal de músicas vivas de estilo clásico que, en mi sentir, son maravillosas para ayudar a que sea un buen viaje, sereno, profundo y alegre. En primer lugar, la música compuesta por Sri Chinmoy tiene una cualidad especial que calma el espíritu. Maestro espiritual de India, Sri Chinmoy destaca porque ha escogido cantar en lugar de predicar sus métodos de trascendencia. Fue el guía espiritual de Carlos Santana, y de entre las grabaciones de su

Gurdjieff de hartmann

música cabe destacar el disco O Dreamers of Peace, en la versión interpretada por un grupo femenino austríaco denominado Mountain Silence (edita, The Golden Shore). En segundo lugar, está la música orquestal contemporánea de Patrick Cassidy, en concreto –pero no solo– su disco Famine. Remembrance (BMG, Windham Hill Cop). No puedo dejar de citar la música de Gurdjieff, por ejemplo, Chercheurs de Vérité, Gurdjieff de Hartmann, interpretado por Alain Kremski (Auvidis Valois), y algunos cantos religiosos armenios de una sutilidad y delicadeza extremas, por ejemplo, alguna versión de “Amen Hayr Surp”, una de las piezas que más vida y paz profunda transmiten. De entre los compositores modernos, alguno de mis preferidos es el teclista Al Gromer Khan, y el compositor y arreglista canadiense Bill Douglas, especialmente el disco Deep Peace.

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