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Trance en Doñana

Trance en Doñana

Crónica psiconáutica del festival de música psytrance Transition, que se celebra desde hace diez años junto al Parque Nacional de Doñana.

Salimos mi amiga y yo en coche desde Madrid el miércoles por la mañana. Dejamos atrás centros urbanos y paisajes intervenidos, parcelados, yermos y vaciados de vida natural. En Extremadura la tierra se llena de árboles y se asemeja más a lo que un día fue la península Ibérica. Bordeamos Monfragüe y la central nuclear de Almaraz. El sur de Badajoz y norte de Sevilla es verde y hermoso, un entorno natural en apariencia intacto, si no fuera por la autovía sobre la que rodamos. Arribamos a las puertas del festival en Almonte, Huelva.

Seis noches por delante, música electrónica de primera calidad y un entorno inigualable para soltar el espíritu y entregarse a la psicodelia. Quiero jugar bien las cartas, racionalizar, proteger receptores, tener en cuenta sinergias y combinaciones, y sobre todo, escuchar al cuerpo para evitar cansancios innecesarios, paranoias o malgasto de sustancias y dinero.

A las veintidós horas y veintidós minutos comienza la ceremonia de apertura del festival Transition 2017 en medio de un chaparrón primaveral. Pasamos el rato en el coche charlando y fumando maría. Cuando escampa nos acercamos a la pista de baile; esta primera noche: un par de cervecitas, unas caladitas de hierba y a la cama.

El día del jueves lo invierto en conocer el terreno: accesos, zona de mercadillo, comida, baños... Es un festival pequeño, muy pequeño, y ahí reside su encanto. La decoración de la pista de baile consiste en telas de colores y figuras de animales reales y ficticios. Lo mejor es la abundancia de árboles y la sombra que proporcionan. La oferta culinaria es excelente: paella casera, hamburguesas caseras, opciones veganas, té, batidos de frutas... No hay colas ni aglomeraciones. Todo fluye. Llueve de forma intermitente pero el suelo y la abundante vegetación lo absorben y se agradecen las suaves temperaturas y el cielo nublado.

A las seis de la tarde cortan la música, una pausa que dura hasta las diez de la noche. La mayoría de los asistentes a esta décima edición del Transition son extranjeros. Un serbio le compra una gota de LSD a un italian,o y en medio de una tormenta conversamos sobre festivales, enteógenos, música y viajes. Yo llevo unos papeles secantes con dibujos de Robert Crumb. Ya conozco esta partida, en agosto pasado tomé uno y medio en el Boom Festival de Portugal durante el día con un sol de justicia. Fue bastante fuerte y el calor era intenso. Bebí tanta agua para evitar deshidratarme que acabé orinando claro cada veinte minutos.

Pista de baile festival
La pista incluía un podio para bailar, liarse un cigarrito o sentarse un rato.

También llevo algo de speed, el comodín contra el cansancio, pero que evito mezclar con psicodélicos. Proporciona mucha energía, que sin embargo acabo pagando con intereses los días siguientes. La maría que fumo es una sativa excelente procedente de un club de fumadores de Madrid. Además, llevo un par de cápsulas de 2CB, una feniletilamina superpsicodélica, muy clara mentalmente, que mantiene el ego intacto y con la que he comulgado unas pocas ocasiones.

Quiero obtener MDMA en cristales, mejor que pastillas, porque nunca se sabe bien qué llevan dentro. También quiero conseguir ketamina, ese anestésico con propiedades psicodélicas que todavía no conozco bien. Para saciar mi curiosidad ante esta enigmática sustancia me acompaña en el viaje el libro Ketamina, de Eduardo Hidalgo Downing, publicado en la colección Amargord. En el pasado, la ketamina y yo no nos hemos llevado bien; he tenido un par de episodios desagradables debido a mi falta de conocimiento.

La toma

El LSD será lo primero que tome, sin mezclarlo con nada. En agosto pasado en el festival Lost Theory, celebrado en el norte de Extremadura, no encontré el momento adecuado. Tomé mucho éxtasis, dormí mal, bebí cervezas, tomé demasiado speed, algo de keta... No tenía la mente limpia y abierta para viajar a los confines e iba dejándolo para el próximo día. Terminó el festival y me quedé sin comulgar con la que para mí es la reina de las moléculas de los festivales de trance.

Arquitecturas efímeras bajo los pinares
Arquitecturas efímeras bajo los pinares para degustar refrigerios orgánicos y veganos.

La del jueves es la noche para el ácido. Ya son las veintidós horas. Comienza la música. Estoy bien, descansado, con la mente relajada. La maría me engancha a la música, profunda y poderosa. Tomaré el secante a medianoche, así tal vez baile hasta las ocho o nueve de la mañana. ¿Qué hora será? Bailo. Podría pasar todo el festival solo con estos porritos de maría tan buenos metido en la música. Me paso de la medianoche. Venga, el secante para dentro. Uno solo. Está entre mis dientes, bebo agua, ¿dónde ha quedado?, ¿me lo habré tragado? No lo encuentro, lo tenía en la punta de la lengua. ¿Lo habré absorbido? Pronto lo sabré.

El cuerpo pesa. ¿Me estará subiendo ya? Me siento como en una montaña rusa mientras escalo metros poco a poco en anticipación del gran salto. Hermosos visuales expresan júbilos, belleza, miedos y sentimientos de todo tipo. Ante las dudas y los bucles mentales la solución, para mí, es siempre agarrarse a la música. Siento electricidad por todo el cuerpo, pequeñas descargas por toda la piel. Todo está en mi cabeza. El LSD no afecta a ningún órgano. Todo está en mi cabeza. No existe ninguna interacción fisiológica más allá de la boca seca o la ansiedad, que solo puede producir mi propia mente. Chispazos en la piel. ¡Está lloviendo! Cae agua torrencialmente. Lleva así varios días y no podía faltar en esta noche. Corremos a cubierto. No importa. Paciencia. Todo pasa. La lluvia es buena, que hable el cielo. Este paisaje verde y arbolado solo es posible gracias a ella. Sigue la música, qué calidad. Camino confuso, doy vueltas. El espacio parece más grande de lo que realmente es. ¿Dónde estará mi amiga?

Observo con los ojos del LSD. Estoy muy bien. Aparece el sol. Veo todo, hasta con sobriedad. ¿Se me habrá pasado ya? Imposible, solo hace cinco horas que lo tomé. Estoy sereno, es solo una ilusión. Sigo de tripi, pero ya he conquistado la cima, he superado el puerto de montaña psicológico. Es de día, ¿voy a dormir durante esta mañana? No. Estoy cansado, pero el dance floor está a rebosar y no quiero irme a dormir.

Se me ha pasado. Necesito energía. Voy a hacerme una raya de speed. Estoy mejor. Voy a tomar un poco más de secante, quiero volver a navegar las aguas psicodélicas. Un cuartito. Lo noto. Bailo. Otro cuartito. Estoy bien. Cansado, un poco más de speed. Poquito. Otro cuartito. El speed mata un poco la psicodelia y me están dando paranoias, pensé que había aprendido esta lección hace mucho tiempo, creo que me he equivocado. No importa. Ya no tomo más speed y con suerte dormiré bien.

La música se mueve entre notas progresivas y psicodélicas, más o menos luminosas. Cada dj y productor tiene un sonido muy definido y su presencia en la cabina, su comunicación no verbal, también transmite enormemente. Bailar es la terapia: libera, limpia y abrillanta el alma. La mente se aclara en este ritual chamánico contemporáneo; hago mi transición. La música es lo más importante, junto al lugar: el dance floor es el contenedor perfecto para la experiencia psicodélica, se convierte en la obra de arte total, una dimensión efímera en la que se combinan todas las artes, donde no hay espectadores sino participantes, donde el cuerpo y el baile de cada uno forman parte de esta obra colectiva.

Pista de baile festival
La decoración incluía lobos, dragones, coyotes y telas de colores que mantenían la pista en sombra.

Cortan la música. Unos porritos. Hablar con amigos, beber agua. Llevo treinta y seis horas despierto. Cada maestrillo tiene su librillo, y en Burning Man aprendí que en los festivales largos el mejor plan es salir una noche y dormir la siguiente. Treinta y seis horas de fiesta, ocho dormir, repetir. La maría, y el cuerpo, me pide a gritos entregarme a Morfeo. Espero que el speed me deje dormir. Caigo y duermo once horas seguidas. Qué maravilla.

Críticas y alabanzas

Sábado por la mañana. He dormido muy bien, pero estoy cansado. El halo mágico del LSD no es tan pronunciado como otras veces. Creo que es por las paranoias de última hora; ¡maldita anfetamina! Un paisano que vive en la zona pasea en bicicleta y me transmite su desacuerdo con el festival. Para él esto es un negocio de unos pocos, con un envoltorio atractivo. Opina que no es más que un divertimento y que lo importante para ser realmente libre es el día a día. Le entiendo, pero le explico que esto puede considerarse como un ejercicio que sirve para abrir la mente, limpiar la mirada, ser mejor persona y conectar el espíritu con la naturaleza y con la vida que habita este planeta. No le convenzo del todo, pero quedamos bien y me invita a visitar su casa y ver cómo vive emancipado, de la tierra, de las conservas de la huerta, de manera sencilla, sin deberle nada a nadie y sin pagar iva.

Una chica de un puestecillo está contenta. Ha vendido poco, pero para ella se compensa con la magia del lugar. Otra en cambio es muy crítica; cree que está mal configurado, que habría que dirigir el flujo de personas a través de la zona comercial y no directamente al dance floor desde el acceso. Ella es más de teknivales libres y piratas, y no comulga con estos festivales psytrance de pago. Son dos palos distintos.

En la carpa de Energy Control hay varias alertas por pastillas adulteradas o por comprimidos que pueden llevar hasta doscientos miligramos de MDMA, una cantidad muy por encima de lo recomendado, que puede resultar muy peligrosa. Tienen papeles para hacer turulos personales, así como información sobre todo tipo de sustancias, incluso de las más raras. En el dance floor encuentro éxtasis en cristales. Me fío del facilitador, porque le conozco de vista de otros festivales y me lo ha recomendado un amigo. Está bueno. Me sube, pero no demasiado, la rayita de speed que he esnifado antes para combatir la sensación de cansancio, a pesar de las once horas de sueño, le roba la leve psicodelia y las propiedades entactógenas al eme. No tomaré más speed. Quiero estar limpio para el 2CB, pero tengo el estómago fastidiado y me preocupan las náuseas que a veces aparecen en la fase de subida.

Fruta y comida de calidad
Fruta y comida de calidad para reponer fuerzas a precios asequibles.

Estoy cansado. Busco algo de keta. Recuerdo las palabras de Hidalgo: “La rápida e intensa embriaguez que produce, la euforia y estimulación, los ligeros efectos disociativos (sensación de flotar)”. El que me la consigue me da mucha confianza, le he visto bailando todos los días y transmite seguridad y paz interior. Está buena, estimula y distorsiona. Sirve para bailar, aunque también me puede aislar de los demás. Dedico la noche entera del sábado –¿o era la del domingo?– a la keta. La empiezo a entender mejor. Comparto rayitas con un italiano que no está familiarizado con ella pero tiene curiosidad y agradece los consejos que a mí me hubiera gustado recibir en ocasiones anteriores, como no mezclarla nunca con alcohol. La música suena fuerte y oscura. ¿Será por la keta? La pista de baile huele a hachís y a changa.

Lecciones

Los seis días se pasan volando y me llevo varias lecciones muy valiosas. Confirmo mi abandono casi total del alcohol en estos festivales. Destilados hace años que no bebo, y ya cada vez tomo menos cerveza. Siempre caen algunas, bastantes, pero ya no es una ingesta permanente como antes. No mezclaré speed y psicodélicos; para mí la anfetamina tiene otro lugar y me da mucha resaca. Con lo que mejor me pega es con el alcohol y el tabaco, con ella fumo sin parar, de alguna manera me desconecta del cuerpo y el alma.

La keta me ha parecido interesante, aunque por lo que he visto crea tolerancia y bastante dependencia –he conocido a gente muy adicta, con años de uso, a veces diario–, da pie a atracones y consumos compulsivos en los que el ciclo no se cierra nunca. La forma de administración, pequeñas puntas cada poco tiempo, me resulta engorrosa para la pista de baile: parece que en otros entornos se le puede sacar más partido a su aspecto de viaje puramente psicodélico.

Esta vez me quedé sin tomar el 2CB; me gustaría cumplir mejor mis planes, aunque sin obsesionarme. Voy a seguir cuidando al máximo al LSD, es el rey, el maestro chamánico digital de nuestra sociedad occidental, que en esta ocasión me animó claramente a dejar el tabaco. Igualmente cuidaré a la MDMA; para mí, con ella, menos es más: cuanto menos la tomo, más la disfruto. Ampliaré el menú a otra sustancia que me tiene intrigado: la changa. Y siempre escuchar a mi cuerpo, ser consciente de lo que tomo y confiar en lo que me transmita la más fiel y honesta de mis amigas: la marihuana.

Pista de baile festival
La ocupación de la pista de baile fluctuaba según las horas del día, pero siempre había alguien bailando el alma en cada paso.

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