El cártel de la CIA

El cártel de la CIA

Este artículo se publicó originalmente en el número 282 de la revista Cáñamo España

Sidney Gottlieb era el químico encargado del programa de control mental de la CIA, el proyecto MK Ultra. Una de sus hipótesis era que si un paciente tomaba suficiente LSD perdería el juicio. Ese era el primer paso del programa: destrozar la identidad y el ego del individuo. La siguiente fase era rellenar ese vacío con información nueva con la que la CIA podría controlar a la persona.

En 1954, la CIA pagó doscientos cuarenta mil dólares para adquirir la producción mundial de LSD, la sustancia alucinógena sintetizada por el químico suizo Albert Hoffman en 1938. Al inicio de la guerra fría, el gobierno estadounidense estaba convencido de que los comunistas habían conseguido avanzar en el desarrollo de una droga con la que podrían controlar la mente humana. Por ello, entre 1953 y 1973, la CIA puso en marcha el proyecto MK Ultra, con el que aspiraba a lograr avances en las técnicas para controlar la voluntad de las personas y con la que derrocarían a la Unión Soviética. Además de experimentar con los efectos del LSD en el ser humano, MK Ultra financió viajes a México para ingerir hongos alucinógenos y peyote. También realizó algunos de los experimentos más extraños de la historia en sus intentos por ganar la guerra fría.

Sidney Gottlieb era el químico encargado del programa de control mental de la CIA. Su familia era judía ortodoxa –aunque él no era practicante–, que había emigrado a Estados Unidos a principios del siglo xx. A pesar de sus orígenes, nada más hacerse cargo de MK Ultra, Gottlieb reclutó a médicos nazis y japoneses que habían realizado experimentos durante la guerra en campos de concentración. En el campo de Dachau, por ejemplo, los médicos llevaron a cabo “experimentos” para usar la mescalina –la sustancia activa del peyote– como suero de la verdad. Los japoneses, por su parte, tenían un programa con prisioneros, indigentes y homosexuales, a los que administraban distintas drogas con un objetivo: encontrar una pócima que haría que sus pilotos kamikazes no titubearan a la hora de cometer sus ataques.

Buena parte de los experimentos de Gottlieb se desarrollaban en Estados Unidos. Los primeros pacientes pertenecían a grupos vulnerables, incapaces de defenderse, como pacientes mentales, presos, adictos y prostitutas. Una de sus hipótesis era que si un paciente tomaba suficiente LSD perdería el juicio. Ese era el primer paso del programa: destrozar la identidad y el ego del individuo. La siguiente fase era rellenar ese vacío con información nueva con la que la CIA podría controlar a la persona. La meta final, según Stephen Kinzer, autor del libo Poisoner in chief sobre el director del programa MK Ultra, era obligar a una persona a cometer un asesinato y que, acto seguido, olvidase haberlo cometido, así como los detalles sobre quién le dio la orden.

Whitey Bulger era un mafioso estadounidense que en la década de los cincuenta del siglo pasado, mientras estaba preso en la prisión Federal de Atlanta, se ofreció de voluntario para un programa para curar la esquizofrenia. Su interés en el programa –y el de los otros dieciocho internos que participaron en él– no era del todo altruista, sino que esperaba reducir su condena. Durante un año y medio, Bulger ingirió LSD todos los días. La experiencia no fue del todo placentera, entre otras cosas, porque los médicos no le advirtieron de los efectos alucinógenos del fármaco. En los diarios de Bulger escribía que escuchaba voces y que temía estar enloqueciendo. Le aterraba confesarlo en el programa, dado que temía que, si lo hacía, lejos de reducir su pena, lo dejarían recluido el resto de sus días.

El programa MK Ultra violaba el código de Núremberg. Durante el juicio a los dirigentes nazis tras la segunda guerra mundial, se publicó un código que establece, entre otras cosas, que para participar en un experimento médico es imprescindible hacerlo con consentimiento voluntario e informado. Los experimentos con humanos deberían beneficiar claramente a la sociedad, algo muy dudoso en el programa de la CIA. Una de las divisiones de MK Ultra era la denominada Operación Clímax de Medianoche. En ella, la CIA abrió un burdel que tenía habitaciones de observación. Las prostitutas daban LSD a los clientes sin ellos saberlo. Las conclusiones fueron más bien mediocres. Observaron que tras mantener relaciones sexuales los hombres eran más propensos a contar secretos, aunque no estaba claro qué tanto lo hacían por el LSD o en qué medida venía propiciado por la intimidad que brinda alcanzar el clímax de medianoche.

Otro de los experimentos de Gottlieb consistía en inducir un coma durante tres meses, en los que el “paciente” escuchaba mensajes grabados o ruido de estática para ver qué pasaba. Sus experimentos más extremos los realizó en Alemania occidental y en Filipinas, donde sus pacientes eran “desechables”, agentes enemigos con quienes practicaba “terapias” más radicales como el uso de descargas eléctricas y exponer al ser humano a temperaturas extremas y a aislamiento sensorial.

Contracultura

"Gottlieb aseguró que, tras veinte años de programa, había sacado una conclusión: es imposible controlar la mente humana"

La CIA también creó fundaciones filantrópicas falsas con las que reclutó a decenas de universidades y centros de investigación para realizar sus experimentos. También financió un fotorreportaje a la revista Life, que envío al vicepresidente de JP Morgan a Oaxaca, México, para comer setas alucinógenas. “En Busca de la seta mágica” se publicó en la edición del 13 de mayo de 1957. Ese artículo llegó a manos de Tim Leary, un profesor de psicología de Harvard, quien viajó a México a probar las setas por primera vez. Al volver a Estados Unidos, probó por primera vez el LSD en uno de los experimentos del MK Ultra. Leary se convirtió en uno de los mayores promotores del uso de las sustancias psicoactivas para expandir la conciencia y puso en marcha el Harvard Psilocybin Project, que buscaba estudiar las posibilidades de las setas alucinógenas. El programa funcionó hasta 1963, cuando lo despidieron de la universidad tras las quejas por los experimentos que efectuaba.

Resulta irónico que algunos de los participantes del proyecto MK Ultra de la CIA terminaran convirtiéndose en portavoces de la contracultura psicodélica de la década de los sesenta. El poeta beat Allen Ginsberg fue uno de los primeros participantes, al igual que Robert Hunter –vocalista y letrista de Grateful Dead– y el escritor Ken Kesey –autor de Alguien voló sobre el nido del cuco–. A Kesey le gustó tanto la experiencia que empezó a trabajar en el hospital y robaba las dosis de LSD para repartir entre sus amigos. De esas experiencias nació la premisa para su novela más famosa.

Además de los experimentos con LSD, Sydney Gottlieb, químico de formación, era el jefe de los envenenadores de la CIA, que tenía infinidad de proyectos entre manos. Gottlieb ideó un plan para rociar de LSD un estudio de televisión en donde Castro iba a dar una entrevista para provocarle alucinaciones y hacer que el comunismo cubano se tambaleara, literalmente. Otra de sus operaciones consistió en poner talio en los zapatos del comandante para que se le cayese la barba. Otro de sus experimentos fue fabricar un veneno en una pasta de dientes con la que pretendían asesinar al primer ministro congoleño, Patrice Lumumba. El agente que tenía que llevar a cabo el asesinato se negó y a Lumumba lo derrocaron con un golpe de estado poco después.

Tras el escándalo Watergate, en 1973, el director de la CIA ordenó cancelar el programa y destruir toda la documentación relacionada con el proyecto MK Ultra. Solo sobrevivieron veinte mil documentos, que salieron a la luz en 1975, cuando se celebraron las sesiones del Comité Church del Senado estadounidense, que, tras el Watergate, investigó las operaciones de inteligencia desde la segunda guerra mundial. Gottlieb tuvo que testificar y aseguró que, tras veinte años de programa, había sacado una conclusión: es imposible controlar la mente humana.

Neohippy

Sidney Gottlieb

Gottlieb tiene una biografía atípica –como apunta el que un médico judío contrate a un nazi para que le revele sus secretos de técnicas de tortura– para ser uno de los torturadores más implacables de la historia. Al dejar la CIA, se mudó a la India con su esposa y dirigió una leprosería durante año y medio. Al volver hizo un máster en logopedia, dado que era tartamudo. Luego compró unas cabañas en un pequeño pueblo de Virginia, en donde, según su obituario del New York Times, “practicó dos de sus hobbies predilectos: bailar folk y ser pastor de cabras”.

Según sus propios cálculos, Gottlieb consumió LSD unas doscientas veces, con lo que pretendía mejorar sus experimentos. Nunca sintió remordimientos por los experimentos que realizó, que causaron, al menos, tres muertes, dado que estaba convencido de que podría encontrar la manera de controlar la mente humana y que era necesario para vencer a los soviéticos. La parcela que compró en Virginia la transformó en una comuna hippy en donde tenían cabras con las que hacían yogur y predicaba el ambientalismo. Subsistía trabajando en un hospicio para enfermos terminales hasta que falleció, a los ochenta años, en 1999.

 

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