Las cuatro letras Rafael Zaragoza
"El Mencho", por el que la DEA ofrece una recompensa de diez millones de dólares.

Las cuatro letras

Este artículo se publicó originalmente en el número 284 de la revista Cáñamo España

Las siglas CJNG son las del cártel Jalisco Nueva Generación, el más poderoso y sanguinario de México. Solo tiene diez años de existencia y lo fundó –y sigue dirigiendo– Nemesio Oseguera, “el Mencho”.

Las imágenes del vídeo que subieron a las redes sociales son brutales. Se observa una columna de ochenta personas que parecen soldados, todos con metralletas. También hay diecinueve vehículos camuflados, como los del ejército. Sin embargo, mientras la cámara recorre la fila, en los laterales de las camionetas aparecen las siglas CJNG, las del cártel Jalisco Nueva Generación, el más poderoso y sanguinario de México. El Departamento de Justicia de Estados Unidos considera que es “el cártel mejor armado de México”. Y, ciertamente, lo parece por el vídeo, que son integrantes del Grupo Élite, el brazo armado del cártel. Ocasionalmente, como cuando es el cumpleaños de su jefe, suben vídeos en los que presumen de su poderío.

El cártel solo tiene diez años de existencia. Lo fundó –y sigue dirigiendo– Nemesio Oseguera, “el Mencho”. A sus cincuenta y cuatro años, es el narcotraficante más buscado de México y Estados Unidos (la DEA estadounidense ofrece una recompensa de diez millones de dólares). Nació en un pueblo de Michoacán que cultivaba aguacate. De joven se fue de mojado a Estados Unidos, donde empezó a trapichear. Estuvo preso entre 1992 y 1995 en aquel país y, posteriormente, volvió a México, donde empezó a trabajar para el cártel del Milenio, que se especializaba en drogas sintéticas. Se casó con una de las hermanas del capo y fue ascendiendo dentro de la organización.

El gobierno de Enrique Peña Nieto acabó con el cártel del Milenio. El Mencho sobrevivió, al igual que algunos de sus cuñados, y juntos formaron el CJNG. En un primer momento se aliaron con el cártel de Sinaloa, y su función en la organización quedaba clara con el nombre con el que se hacían llamar: los Matazetas. La alianza duró poco y también entraron en guerra con el Chapo. En el punto álgido de la ruptura, el Mencho secuestró a los hijos del Chapo. El 15 de agosto de 2016, los Chapitos –llamados Jesús e Iván– estaban en Puerto Vallarta (una plaza del Mencho) para celebrar el cumpleaños del menor de los hijos de Guzmán Loera. Llegaron a un restaurante, junto a una veintena de amigos, y al poco tiempo se los llevó un comando de cincuenta integrantes del CJNG, que no tuvieron problemas para desarmar a los dieciséis escoltas que acompañaban a los hijos del Chapo.

"El CJNG suele utilizar drones para la producción de sus vídeos, los mismos aparatos que utiliza para lanzar bombas"

El Mencho los retuvo durante cinco días. Los quería matar. El Chapo, por su parte, acababa de ser apresado por tercera vez. Según la prensa mexicana, el Mayo Zambada (jefe del cártel de Sinaloa) y Rafael Caro Quintero (fundador del primer cártel) mediaron con el Mencho para que los liberara. Según la prestigiosa revista Ríodoce, de Sinaloa, en las negociaciones también participaron integrantes del gobierno que querían evitar más violencia. Lo que terminó de convencer al Mencho es que su hijo (el Menchito) estaba preso y en esos días lo trasladaron a una celda de aislamiento para presionarlo. Solo así cedió y soltó a los Chapitos.

La extrema brutalidad que ha desplegado el cártel les permitió crecer, armarse y arrebatarle territorios a los cárteles rivales. Además de traficar con cocaína, en poco tiempo controlaron las zonas montañosas donde se cultiva la amapola. También siguieron exportando drogas sintéticas, además de traficar con cocaína. La DEA estima que la organización tiene presencia o controla veintitrés de los treinta y dos estados que forman México; también los han detectado en veintiséis ciudades de Estados Unidos –a lo largo de toda la frontera sur y también en lugares tan lejanos como Honolulu o San Juan de Puerto Rico–. También hacen negocio con el tráfico de indocumentados y extorsionan a empresarios o campesinos (se estima, por ejemplo, que controlan buena parte de la siembra de aguacate en Michoacán).

El CJNG suele utilizar drones para la producción de sus vídeos. Los mismos aparatos los utiliza para lanzar bombas –aunque con menor éxito, dado que, según se quejaba un sicario en un reportaje de VICE, no pueden llevar mucha carga explosiva–. El grupo también ha cometido algunos de los asesinatos más mediáticos de la última década. La prensa mexicana le atribuye la autoría del asesinato del exgobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval, y de su fiscal general (los dos ocurridos el año pasado). Ambos fueron asesinados a plena luz del día y en restaurantes: el primero en Guadalajara y el segundo en Puerto Vallarta.

¿Caída?

Tradicionalmente, gobernantes y narcotraficantes tenían un pacto para que no hubiesen atentados en Ciudad de México. Sin embargo, el cártel de las cuatro letras fue el primero en incumplirlo. En julio del 2019 asesinaron a dos ciudadanos israelíes que comían en un restaurante que está en un lujoso centro comercial de la capital llamado Plaza Artz. Los sicarios dispararon dieciséis veces y fueron grabados por las cámaras de seguridad, unas imágenes que abrieron buena parte los telediarios. El crimen no podía quedar impune y Omar García Harfuch, el jefe de la policía de Ciudad de México, encabezó las investigaciones. Hizo un trabajo meticuloso, empezó a detener a integrantes del CJNG y a ser un incordio para el Mencho.

Eran las 6.32 de la mañana del 28 de junio de 2020 cuando García Harfuch se dirigía a su oficina en la Secretaría de Seguridad Pública. En el trayecto se le atravesó un camión, del que emergieron veinte sicarios del CJNG con metralletas –incluido un fusil Barrett .50–, con las que acribillaron el coche del jefe de la policía capitalina. En pocos minutos dispararon cuatrocientos catorce disparos, que mataron a dos escoltas de García Harfuch y a una peatón. El secretario sobrevivió, aunque recibió tres balazos que le apartaron del cargo durante tres meses. Desde el atentado tuvo que alejarse de su familia. Ahora vive en un departamento en su oficina, o en alguna de las casas de seguridad que tiene la policía en diversos puntos de Ciudad de México. En una entrevista con El País, no titubeaba al señalar al Mencho como el autor intelectual del atentado.

La estrategia del gobierno de Andrés Manuel López Obrador para hacer frente al crimen organizado es incierta. El principio que parece regir los destinos de la lucha contra el narco es el “Abrazos, no balazos”, que decretó el presidente al inicio de su mandato. No está claro cómo se traduce este principio a la práctica, entre otras cosas porque las cifras de asesinatos han crecido con respecto a los gobiernos anteriores. Cuando le han preguntado por los vídeos del CJNG, se limita a calificarlos de montajes que intentan desestabilizar su gobierno.

Estados Unidos no comparte la visión optimista del presidente mexicano. En marzo pasado, el jefe del Comando Norte, el general Van Herck, aseguró que el crimen organizado controla entre el 30 y el 35% de su vecino del sur. La noticia no sentó nada bien a López Obrador, quien, simplemente, dijo: “No es cierto lo que se sostiene, pero respetamos las opiniones de todos”. Concluyó su conferencia con una cita de uno de los próceres de la patria, Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Un mensaje que, ciertamente, no ha calado entre el Mencho y sus sicarios.

Monstruos

 Los monstruos del CJNG

Uno de los vehículos estelares en los vídeos que produce el CJNG es el denominado “monstruo”, unas camionetas que las autoridades mexicanas describen como de “blindaje artesanal”. Los narcos compran una pick-up, que posteriormente es modificada y cuyo resultado final se asemeja más a un tanque que a un coche. Los “artesanos” cubren el vehículo con placas de acero, que protegen de las balas el motor, las ruedas y el tanque de gasolina. Suelen tener escotillas en los laterales, desde las que los sicarios pueden disparar, y algunos llevan incluso fusiles Barret .50, que son capaces de traspasar algunos vehículos blindados.

El uso de vehículos con blindajes más o menos artesanales se ha extendido entre una buena parte de los cárteles mexicanos. Cuando algún cártel captura el “monstruo” de un rival, suelen exhibir el vehículo calcinado por las calles de la ciudad que acaban de conquistar. El CJNG ha subido decenas de estos vídeos a TikTok, que son eliminados al poco tiempo, en los que una columna de “monstruos” desfilan por alguna calle. Van a un ritmo extremadamente lento y la vida se paraliza a su lado. No se escucha a nadie por la calle, solo el ruido del motor y del narcocorrido que tenga el conductor de turno.

 

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