La farmacéutica y el cártel
OxyContin, el medicamento comercializado de manera engañosa por Purdue Pharma que está en el origen de la crisis de los opioides.

La farmacéutica y el cártel

Este artículo se publicó originalmente en el número 288 de la revista Cáñamo España

Las pastillas de OxyContin solían ser las más cotizadas en el mercado negro de analgésicos. Por su elevado precio, muchos de estos adictos recurren a opciones más baratas, como el Fentanyl o la heroína. Y para ello resultó fundamental un pequeño cártel llamado Xalisco Boys que logró operar durante dos décadas sin apenas llamar la atención de las fuerzas policiales.

Cada semana, unas mil trescientas personas mueren en Estados Unidos por una sobredosis relacionada con el consumo de opiáceos. En total, durante el 2020, unas setenta mil personas murieron de sobredosis, según datos del Centro para el Control de las Enfermedades (CDC) del gobierno estadounidense. Esta cifra es seis veces superior a la de 1999, cuando el problema parecía solucionado y se dejaron de contabilizar las sobredosis. Detrás de este fenómeno hay dos responsables: una compañía farmacéutica de Connecticut y una pandilla de primos de Xalisco, un pequeño pueblo mexicano en el estado de Nayarit, los Xalisco Boys.

El perfil del yonqui ha cambiado. Mientras que en la década de los ochenta y noventa eran predominantemente negros y latinos, hoy el setenta y cinco por ciento de los adictos son blancos y muchos de ellos de un perfil de clase media. Esta transformación no se explica sin la familia Sackler, dueños de Purdue Pharma. Esta farmacéutica, fundada en 1991, se describía como “pionera en el desarrollo de medicamentos para reducir el dolor, una de las principales causas del sufrimiento humano”. Su producto estrella, el OxyContin, era un derivado de la morfina y más adictivo que la heroína.

Durante la década de los noventa, Purdue Pharma emprendió una agresiva campaña dirigida a los médicos estadounidenses para que recetasen OxyContin para tratar el dolor que no es crónico. Invitaban a los médicos a resorts de cinco estrellas para celebrar simposios sobre el tratamiento del dolor para convencerles de las bondades de los derivados de opio. En Estados Unidos, la cobertura médica es privada y tiene un coste mensual de cuatrocientos cincuenta y dos dólares (390 €). Existe una cultura por la que, si vas al médico por el que estás pagando una cantidad considerable, te dará a cambio una receta.

Los ejecutivos de las farmacéuticas les aseguraban que su producto era seguro y que no provocaba adicción. Miles de médicos empezaron a recetar opiáceos para tratar dolores de espalda o de rodilla. En el 2012 se rompió un récord cuando se emitieron doscientos cincuenta y cinco millones de recetas de opiáceos como el OxyContin; suficientes para darle una receta al ochenta y uno coma dos por ciento de toda la población estadounidense. Sin embargo, Purdue Pharma sabía, al menos desde 1996, que el OxyContin era muy adictivo. En sus primeros meses en el mercado detectaron que había atracos en las farmacias para robarlo, que se vendía en el mercado negro y que se trituraba en polvo para esnifarlo. También recibieron denuncias de médicos alertando de su enorme poder adictivo. Sin embargo, continuaron diciendo que no era adictivo y fomentando su consumo en núcleos urbanos y en zonas rurales.

En el 2007, Purdue Pharma se declaró culpable de minimizar el riesgo de adicción que representaba el OxyContin. Tres directivos de la compañía pagaron una multa de seiscientos treinta y cuatro millones de dólares. Los problemas legales de la compañía no cesaron allí y, en septiembre pasado, se declararon en bancarrota. En un polémico auto judicial, la familia Sackler, dueños de la farmacéutica, tendrán que pagar una multa de cuatro mil trescientos millones de dólares, que se destinarán a financiar centros de rehabilitación. La sentencia, además, exonera a los Sackler y les hace inmunes de futuras demandas relacionadas con su responsabilidad en la crisis de opiáceos, que en los últimos veintidós años ha provocado medio millón de muertes en Estados Unidos.

Xalisco Boys

"El usuario recibía una llamada del supervisor para valorar la experiencia de la compra de heroína y la amabilidad del conductor que se la había llevado a casa"

Las pastillas de OxyContin solían ser las más cotizadas en el mercado negro de analgésicos. Hasta el 2016, una pastilla en una farmacia cuesta en torno a cuatro dólares; sin embargo, en la calle se venden por cuarenta dólares, según datos del CDC estadounidense. Por su elevado precio, muchos de estos adictos recurren a opciones más baratas, como el Fentanyl o la heroína. Y para ello resultó fundamental un pequeño cártel, llamado Xalisco Boys, especializado en el tráfico de heroína negra (más barata de producir y transportar que la asiática) y que logró operar durante dos décadas sin apenas llamar la atención de las fuerzas policiales.

Los Xalisco Boys no eran un gran cártel ni aspiraban a serlo, se conformaban con traficar pocos kilos. Todos sus integrantes procedían de la ranchería de Xalisco, en el estado de Nayarit, según el periodista Sam Quinones, de Los Angeles Times y autor del libro Dreamland. Este cártel llegó a tener cuarenta y una células en veinte de los cincuenta estados de Estados Unidos. Evitaban ciudades como Nueva York, Baltimore o Filadelfia, que ya tenían pandillas que controlaban el tráfico de heroína, y apostaron por abrir nuevos mercados en Charlotte, Columbus, Nashville, Portland y Denver. Al llegar a una nueva ciudad, solían merodear por los dispensarios de metadona para ofrecer muestras gratis de su chivo, heroína negra, y dejar su número de teléfono.

Una de las principales características de este cártel era la amabilidad. Tenían claro que su clientela eran blancos de clase media. No portaban armas y acudían al domicilio de sus clientes a entregar los pedidos a cualquier hora del día o de la noche. En ocasiones, el usuario recibía una llamada del supervisor para valorar la experiencia de la compra y la amabilidad del conductor. También destacaba la alta calidad de su producto, que corría del boca a oído y terminaban teniendo más demanda. Cada célula tenía un “teleoperador” encargado de recibir los pedidos. Este transmitía la dirección a los conductores, que recorrían las calles con veinte o treinta bellotas de heroína en la boca y una botella de agua. Si los pillaba la policía se tragaban las bellotas y seguían con su día.

Los Xalisco Boys fueron únicos, dado que más que un cártel era un grupo de células independientes en las que cada responsable controlaba todos los eslabones de la cadena: desde la producción de la heroína en la sierra de Nayarit, hasta su distribución al menudeo en las calles de Estados Unidos. El responsable de cada célula vivía en Xalisco y, de hecho, rara vez viajaba al norte. Enviaba a algunos primos o conocidos del pueblo a establecer las células en el país del norte. Además, a los pocos meses repatriaba a la célula a casa y enviaba a unos jóvenes nuevos a ocupar su lugar. Cada dos semanas un grupo de mujeres viajaba a Estados Unidos para traer de vuelta las ganancias del cártel. “No era gente mafiosa, no era gente que quisiera ser el próximo Scarface. Es gente que quiere ganar un poco de dinero, volver al pueblo, comprar un poco de tierra y convencer a una chica para que se case con él”, apunta Quinones.

En el año 2000, la DEA lanzó la operación Tar Pit para desmantelar la red de los Xalisco Boys. En junio de ese año detuvieron a doscientas personas, todas ellas en Estados Unidos y una sola en México. El cártel se repuso pronto del golpe y sustituyó, con otros muchachos del pueblo, a quienes habían detenido. El grupo continuó operando durante la primera década del año 2000, aunque desapareció hacia el año 2012, según Quinones. Este pequeño cártel rehuía de la violencia, y cuando los grandes cárteles empezaron a ver lo lucrativo del mercado de la heroína y se metieron en sus plazas, algunos de los productores se retiraron y otros se integraron a los cárteles.

El próspero Xalisco 

El próspero Xalisco

Xalisco es un municipio de cuarenta y dos mil habitantes a las afueras de Tepic, la capital del estado de Nayarit. Era un pueblo pobre dedicado al cultivo de la caña de azúcar, en el que los peones cobraban siete euros por jornada. En la década de los noventa, todo empezó a cambiar cuando muchos jóvenes del pueblo se fueron al norte. Volvían con Levi’s y con miles de dólares en los bolsillos. En comparación con el jornal del peón, un conductor de los Xalisco Boys cobraba quinientos dólares a la semana.

De la noche a la mañana se erigieron chalets. El pueblo vio por primera vez una puerta de garaje automático y los vecinos se congregaban para verla en operación. Luego se empezaron a normalizar, se construyeron más chalets y por las calles del pueblo circulaban Cadillacs y otros coches de alta gama. La Feria de la Caña se convirtió en un evento imprescindible en el calendario social nayarita. Algunos de los traficantes contrataban jugadores profesionales de baloncesto para participar en el torneo de la feria, con una bolsa de tres mil dólares para el ganador. En el 2010, Xalisco llegó a estar entre el cinco por ciento de los municipios más ricos de México. Su auge económico coincide con el inicio de la pandemia de opiáceos que azota Estados Unidos.

 

 

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