Las drogas y el mal por José Luis Vila Leirós
Ilustración: Martin Elfman

Las drogas y el mal

José Luis Vila Leirós
Este artículo se publicó originalmente en el número 277 de la revista Cáñamo España

Los antecedentes de la prohibición internacional sobre drogas tienen más de cien años pero la moral que las condena como diabólicas cerca de dos mil. No dejaremos atrás las consecuencias de esa prohibición si no comprendemos cómo la idea moralizante del mal se encuentra detrás de lo que creemos que es “la droga”.

“Las Partes, preocupadas por la salud física y moral de la humanidad…”, así de a saco empieza el preámbulo de la Convención Única de 1961 sobre estupefacientes, uno de los tres tratados de fiscalización internacional que orientan las políticas sobre psicoactivos a nivel mundial. “Las Partes”: los más de 180 países que han firmado esos tratados y que parecen poner de acuerdo al 99% de la población del planeta. Pero: ¿qué es la salud moral de la humanidad? ¿Es que se puede estar enfermo moralmente?

Moral y toxicomanía

¡Ay! El discurso moralizante, solo hace falta sentarse y esperar a que pronuncie sus palabras mágicas: “bien” y “mal”. Las convenciones internacionales sobre drogas no son una excepción. La de 1961, por ejemplo, dice que “la toxicomanía constituye un mal grave (serious evil) para el individuo”. El uso de este evil marca el tono de unas convenciones para las que las drogas se relacionan, ya no con lo que es malo o dañino (se podría hablar en términos de bad, harm o damage), sino con lo malvado o maligno, con lo diabólico, con lo demoníaco. El discurso habitual sobre drogas que recogen las convenciones cree que existe un más allá de la enfermedad física: la enfermedad moral, actualización de la antigua enfermedad espiritual. Punto importante a la hora de comprender la prohibición para todos aquellos que somos críticos con ella: ¿qué significa pensar así? ¿Qué consecuencias tiene?

Al leer este serious evil quizás hemos pasado algo por alto: se da por sentado el concepto de toxicomanía. Este concepto, aparentemente neutral para algunos, contiene ya un juicio. Toxicómano, etimológicamente, es aquel que se vuelve loco por el veneno. A poco que uno rasca tanto en la historia de la locura como en la de las drogas descubre que con la palabra “toxicómano” se está caracterizando un tipo muy concreto de persona: aquella irracional que corre directa a la perdición, la pecadora que condena su alma a través del cuerpo. Y es que habría que ser un loco inmoral y suicida para acercarse a las drogas (y más si se las piensa, en primer lugar, como un tóxico) ya que, evidentemente para cualquier persona de bien, no existe un uso razonable para ellas. Conclusión: hay que prohibirlas.

Criticar “la prohibición”, entre otras cosas, implica decir lo siguiente: que hay una enorme cantidad de usos deseables y razonables sin caer en la toxicomanía. Afortunadamente las convenciones dejan, con acierto, un amplio espacio para todos ellos. En primer lugar estarían los médico-científicos, en segundo... nada. Nada porque ya está, no hay más. Únicamente dos alternativas: toxicomanía o uso científico. Se huele la forma de pensar maniquea y moral que hemos mencionado: o bien o mal, o medicina o toxicomanía. ¿Qué produce este cepo intelectual? Considerar que todo uso al margen del médico-científico es patológico, maligno.

¿Las plantas psicoactivas eran diabólicas? Sí, pero porque, entre otras cosas, conducían a sensaciones corporales peligrosamente cercanas a las sexuales 

La lógica de patio de colegio de muchos políticos y científicos contemporáneos garantiza con esto que los usuarios de drogas sean los malos (o enfermos) de la película, únicamente seguidos por los narcotraficantes a los que, por algún misterioso motivo, no pueden derrotar. ¿Sucede entonces al revés? ¿Son los políticos y científicos prohibicionistas los malvados (o enfermos)? Yo diría que no. No basta con decir que se equivocan, ni siquiera que son malintencionados o estúpidos, se incurriría en el mismo error. Por eso es recomendable investigar un poco más los antecedentes de “la prohibición” evitando caer en provincialismos y, de paso, comprendiéndola un poco mejor. Y es que sucede con frecuencia que cuando un antiprohibicionista se manifiesta en contra de la prohibición envía un mensaje dudoso a las personas no familiarizadas con el “problema de las drogas”: que solamente hay una prohibición a tener en cuenta, La Prohibición. Pasar el rodillo simplificador del singular sobre las prohibiciones puede dejar en mal lugar a este antiprohibicionista, sobre todo si es percibido como una persona interesada por una prohibición, la que más le afecta. Así como se debe criticar, y con razón, a todos aquellos que hablan de “la droga” no estaría de más llamar la atención sobre el uso discursivo de “la prohibición” evitando dar a entender que la que pesa sobre las drogas es la única o la más importante que existe. Buen motivo, este también, para profundizar en el pasado a la luz de los prejuicios morales que han formado tanto esta como otras normas prohibitivas.

Aprendiendo de la historia

En la Historia General de las Drogas, de Antonio Escohotado, encontramos una investigación del pensamiento moral prohibicionista y su afinidad con el pasado religioso de nuestra sociedad.

Un ejemplo rápido: tres sacerdotes (Charles H. Brent, Wilbur Crafts y Homer Stunz) estuvieron dando el coñazo incansablemente a grupos conservadores de EE UU para presionar a la Casa Blanca. Con ello consiguieron promover la Convención Internacional del Opio de 1912, la base de los actuales tratados de fiscalización de la ONU. ¿Casualidad que estos sacerdotes creyeran que el uso del opio era inmoral, como el del resto de drogas, cuando no era médico?

Otro: no solo a los curas se les cuela la moral, como hemos dicho, también les sucede a algunos “científicos”. En el libro Las drogas y la mente un tal De Ropp afirma: “algunas ratas con electrodos en ciertas regiones del hipotálamo se estimularon más de dos mil veces por hora, durante un día entero. ¡Sorprendente hallazgo! Qué curiosos abismos de depravación se abren ante nuestros ojos. Si fuese humana, esa rata enloquecida de placer presentaría justamente el cuadro de degradación moral del toxicómano que trota la calle en busca de droga, mientras su mujer y sus hijos mueren de hambre en un hotel de mala muerte. ¿Será posible que los neurofisiólogos hayan logrado aquello que ni siquiera el demonio consiguió con todos sus siglos de experiencia? ¿Acaso habrán conseguido inventar una nueva forma de pecado?”.

Abismos de depravación, enloquecimiento de placer, degradación moral del toxicómano y consecución de lo que no logró el demonio: “una nueva forma de pecado”. Esta mezcla de jerga religiosa y científica no está tan lejos de la religioso-política de las convenciones. De Ropp no habla de ningún serious evil pero sí menciona abiertamente el pecado y el demonio. ¿Casualidad que este bioquímico inglés escribiese un libro llamado Ciencia y Salvación?

El edicto del peyote y los misioneros cristianos

Como hemos dicho las drogas se han asociado históricamente con el mal mucho antes de “la prohibición” del siglo pasado. Veamos algunos ejemplos más adentrándonos en tiempos aún más remotos.

Primero: la prohibición del peyote en 1620 (venga, 400 años atrás sin despeinarnos). La iglesia católica se gustaba en la época, metía mano donde podía. Prohibía, perseguía, castigaba y torturaba gracias a su dream team sádico: la Santa Inquisición. Fue esta la que redactó un edicto del peyote por el que se castigaba a quienes usasen el cactus. ¿Por qué? Al tomarlo se hacía un pacto con el diablo: cogía “mas fuerça el vicio” que atentaba contra la Santa Fe Católica en el que “se ve notoriamente la sugestión y asistencia del demonio”.

Segundo, con dos nombres bien castizos: Bernardino de Sahagún y Toribio de Benavente. ¿Franciscanos cruzando el charco para evangelizar? Sí, porque antes del edicto del peyote ya había cosas chungas que perseguir, como el teonanácatl. ¿Qué creían estos dos? Que el hongo sagrado de los aztecas era diabólico (sorpresa). Al parecer la psilocybe mexicana provocaba el pacto de los indígenas con Lucifer “haciéndoles creer mil absurdos”. Algunos llegaban a afirmar que los nativos “se transforman en doctores-brujos y comulgan con el diablo”.

Tercer ejemplo: Francisco Hernández de Toledo, médico de la corte real. ¿Qué dirá? Que los hongos producen “visiones de todo tipo, tales como guerras e imágenes de demonios” y que los indígenas comían plantas para “provocar el delirio” en el que “se les aparecían miles de visiones y figuraciones satánicas”.

Cuarto: “solo el diablo podía dar a un hombre el poder de sacar humo por la boca”. ¡PAM! Iglesia católica gustándose de nuevo. Ese poder debió de inquietar a los vecinos de Jerez cuando vieron a Rodrigo (también de Jerez) fumando por las calles. ¿Uno de los marineros que volvió con Colón va envuelto en humo todo el día? Se entera la Santa Inquisición. Veredicto: es un brujo con hábitos demoníacos. A la cárcel siete años.

No basta con decir “no” a la prohibición: es más urgente decir “sí”. ¿“Sí” a qué? A nuevas perspectivas, pensamientos, prácticas y políticas sobre drogas que no partan del discurso moralizante. “Sí” a pensar las drogas más allá de esas dos palabras mágicas que lo confunden todo: “bien” y “mal”

Las drogas en cuerpo y alma

Lo que pasó hace cinco siglos nos pone sobre la pista del pasado de “la prohibición” y el argumento diabólico aplicado a las drogas. Resulta que las plantas psicoactivas eran malvadas incluso ya en el siglo VIII, cuando Carlomagno decía que el opio era “obra de Satanás”. Pero: ¿qué hay de lo maligno más allá de las plantas dado que el concepto de “mal” no se inventó por ellas? ¿De dónde viene?

Recordemos: moral, bien y mal. ¿Cuáles son el bien y el mal tradicionales en nuestro Occidente europeo marcado por el cristianismo? Pincelada gruesa, que no tenemos todo el día: bien = alma, mal = cuerpo. El cuerpo (la carne) corrompe el alma (o espíritu). ¿Las plantas psicoactivas eran diabólicas? Sí, pero porque, entre otras cosas, conducían a sensaciones corporales peligrosamente cercanas a las sexuales. ¿Qué es el mal? Nos lo dicen los Padres de la Iglesia: las obras de la carne, como la fornicación y la inmundicia.

El poder de las plantas amenazaba un espíritu que, siendo lo superior, no podía ser vencido por algo tan bajo como la carne. Por ello en la obra de Escohotado se puede leer que “lo corpóreo es algo que mancha, una ‘inmundicia’. La deidad no tendrá nada de misterio vegetal”, o que “el dolor es grato a Dios siempre que constituya una mortificación de la ‘carne’. Por el contrario, el goce sensual ofende al Creador en proporción a su intensidad”.

Es la intensidad corporal lo que ofende, por eso el cuerpo es malévolo. Esto ya se dijo mucho antes de los siglos XX o XV. Lo hizo por ejemplo Agustín de Hipona que, en el IV, hablaba de “la inmundicia de la concupiscencia” y los “vapores infernales de la lujuria”.

Emasculación y el otro inicio de ‘la prohibición’

Las drogas y el mal por José Luis Vila Leirós

Un poco más atrás todavía, venga, último ejemplo, fin de trayecto: Pablo de Tarso. Viene el heavy metal cristiano. Este señor defendía en el siglo I que hay que apartarse de “las borracheras y diversiones estrepitosas”, también que “la carne está contra el espíritu en su deseo, y el espíritu contra la carne”, así que lo mejor es que te hagas “sordo para con tus miembros inmundos sobre la tierra, a fin de mortificarlos”. Por el bien del alma (del espíritu, de nuestra salud moral) hay que castigar al cuerpo.

Como última anécdota, y broche final, otro señor relacionado con este: Orígenes. Vivió después de San Pablo, así que estaba al tanto del rollete de la mortificación. “Orígenes Adamantius”, como lo llamaban algunos, ha pasado a la historia como uno de los fundadores de la iglesia que vivió entre los siglos II y III. El tío se emasculó. Los que aún no sabéis qué significa “emascular” podéis disfrutar unos segundos más: la emasculación es el proceso de extirpación o inutilización de los genitales en un varón. Orígenes se castró. En el siglo III. Sin anestesia ni hostias: mutilación salvaje y en crudo, así de en serio se tomó lo de hacerse sordo a los “miembros inmundos”. Se quedó tan pillado con un pasaje de la Biblia (Mateo 19, 12) donde puede entenderse que para unirse con Dios mola cortarse los huevos y la polla que simplemente lo hizo. Más tarde nuestro “Adamantius” (que significa “hombre de acero”), admitió que igual se había flipado un poco, pero ya era tarde para su genitalia. No fue el único. A los tíos de la época les iba tanto la emasculación, era tan cool acercarse a Dios a cualquier precio, que muchos se dedicaron a coger piedras y hostiarse la entrepierna hasta destrozársela por completo. Poca broma: la cosa se puso tan loca que, en el siglo IV, el papa León I tuvo que ponerle fin legalmente. 

Tomemos un poco de aire: ¿de qué llevamos hablando todo este rato? ¿De que las drogas se han asociado, junto al cuerpo, al mal durante siglos? Sí, pero también de cómo históricamente el pensamiento moral ha calentado lentamente ese fuego. Un fuego que sigue quemando hoy cuando se arrastran ideas como la de que “la droga” es un mal (serious evil) de nuestro tiempo. ¿Y qué hacen las autoridades? Combatirla con la misma violencia que empleó Orígenes contra sus cojones pero a nivel mundial: esto es la guerra contra las drogas. Estas son las consecuencias de pensar las acciones humanas en función del bien y el mal. ¿Qué dijo Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas, en septiembre de 2016? “Hitler masacró a tres millones de judíos. Ahora hay aquí tres millones de adictos. Me gustaría masacrarlos a todos”. ¿Casualidad que continuase diciendo que quiere “acabar con el problema de este país y salvar a la próxima generación de la perdición”?

Se puede discrepar con Antonio Escohotado en varias cosas, incluso se debe. Sus planteamientos filosóficos y políticos tienen múltiples grietas que llevan años mostrándose y afectan al modo de concebir las drogas en nuestro país. Aun así no se puede pensar sobre ellas sin reconocer su enorme aportación y, en mi opinión, sin estar de acuerdo con él en que hay otro inicio, mucho más remoto, de “la prohibición” que se encuentra en los orígenes del cristianismo. Para muchos lo anterior pasa desapercibido al entender dicha prohibición como una simple cuestión política (con solución política también) iniciada el siglo pasado. Con esto se infravaloran las raíces y fuerza moral de costumbres y emociones religiosas que influyen determinantemente en la actual prohibición (y que afectan tanto a la población como a científicos y políticos). Dice Escohotado claramente: “debe, pues, afirmarse que la prohibición en materia de drogas está ya completamente definida desde el momento que triunfa la orientación paulina”.

Tomar distancia de esta orientación y sus versiones actuales puede ayudar a que dejemos de preocuparnos por la salud moral de la humanidad. También puede servir para oponerse firmemente a aquellos que insinúan que los usuarios de drogas están enfermos espiritual o moralmente, que en el fondo son viciosos o pervertidos. Hace mucho que se hizo famoso aquel “di ‘no’ a las drogas” que hoy suena tan absurdo. Pero no basta, como réplica, con decir “no” a la prohibición: es más urgente decir “sí”. ¿“Sí” a qué? A nuevas perspectivas, pensamientos, prácticas y políticas sobre drogas que no partan del discurso moralizante. “Sí” a pensar las drogas más allá de esas dos palabras mágicas que lo confunden todo: “bien” y “mal”.